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| El pueblo judío y sus Escrituras Sagradas en la Biblia cristiana |
PRESENTACIÓN En la teología de los Padres de la
Iglesia la pregunta sobre la unidad interna de la única
Biblia de la Iglesia, compuesta de Antiguo y Nuevo Testamento,
era un tema central. Que eso no era ni de
lejos un problema sólo teórico, se puede percibir palpablemente en
el camino espiritual de uno de los más grandes maestros
de la cristiandad, San Agustín de Hipona. Agustín había tenido
a los 19 años, el año 373, una primera experiencia
profunda de conversión. La lectura de un libro de Cicerón
—el Hortensius, actualmente perdido— le había provocado un cambio profundo,
que él mismo describe retrospectivamente: « A Ti, Señor, se
dirigían mis plegarias. Empecé a levantarme, a volver hacia Ti.
Cómo ardía, Dios mío, cómo ardía por levantarme de la
tierra hacia Ti » (Conf. III 4,81). Para el joven
africano, que cuando niño había recibido la sal que le
convertía en catecúmeno, estaba claro que un retorno a Dios
tenía que ser un retorno a Cristo, que él sin
Cristo no podía verdaderamente encontrar a Dios. Por eso pasó
de Cicerón a la Biblia. Pero allí experimentó una terrible
decepción: en las difíciles prescripciones de la Ley del Antiguo
Testamento, en sus complicadas y a veces también crueles historias
no podía reconocer la Sabiduría a la que él se
quería abrir. En su búsqueda dio con personas que le
anunciaban un nuevo cristianismo espiritual, un cristianismo que despreciaba el
Antiguo Testamento como no espiritual y repugnante, un cristianismo con
un Cristo que no necesitaba el testimonio de los profetas
hebreos. Aquella gente prometía un cristianismo de la razón pura
y sencilla, un cristianismo en el cual Cristo era el
gran Iluminador, que llevaba a los hombres al verdadero conocimiento
de sí mismos. Eran los maniqueos.1
La gran promesa de
los maniqueos se demostró engañosa, pero con eso el problema
no quedaba resuelto. Agustín sólo se pudo convertir al cristianismo
de la iglesia católica después de haber conocido, a través
de Ambrosio, una interpretación del Antiguo Testamento que hacía transparente
la Biblia de Israel a la luz de Cristo y
así hacía visible la Sabiduría que él buscaba. Con ello
Agustín superó no sólo el desagrado externo por la forma
literaria no satisfactoria de la antigua traducción latina de la
Biblia, sino sobre todo el rechazo interior hacia un libro
que más parecía un documento de la historia de la
fe de un pueblo determinado, con todas sus peripecias y
errores, que la voz de una Sabiduría venida de Dios
y dirigida a todos. Esa lectura de la Biblia de
Israel, que por sus caminos históricos descubre el camino hacia
Cristo y con ella la transparencia hacia el mismo Logos,
la Sabiduría eterna, no sólo fue fundamental para la decisión
de fe de Agustín: fue y es fundamental para la
decisión de fe de toda la Iglesia.
Pero esa lectura
¿es verdadera? ¿Puede ser fundamentada y asumida aún hoy día?
Desde la perspectiva de la exégesis histórico-crítica parece, por lo
menos a primera vista, que todo habla en contra de
ello. Así el año 1920 el eminente teólogo liberal Adolf
von Harnack formuló la tesis siguiente: « rechazar el Antiguo
Testamento en el siglo segundo (alude a Marción), fue un
error que la gran Iglesia condenó con razón; mantenerlo en
el siglo dieciséis fue un destino al que la Reforma
todavía no se podía sustraer; pero, desde el siglo diecinueve,
conservarlo todavía en el protestantismo como documento canónico, de igual
valor que el Nuevo Testamento, es consecuencia de una parálisis
religiosa y eclesiástica ».2
¿Tiene razón Harnack? A primera vista,
parece que muchas cosas hablan a favor de él. Si
la exégesis de Ambrosio abrió para Agustín el camino hacia
la Iglesia y, en su orientación fundamental —naturalmente muy variable
en los detalles—, se convirtió en fundamento de la fe
en la Biblia como palabra de Dios en dos partes
y sin embargo una, se podrá objetar inmediatamente: Ambrosio había
aprendido esta exégesis en la escuela de Orígenes, el primero
que la aplicó de modo consecuente. Pero Orígenes en eso
—según se dice— sólo había trasladado a la Biblia el
método de interpretación alegórica que el mundo griego aplicaba a
los escritos religiosos de la antigüedad, especialmente a Homero. Por
tanto, no realizaría sólo una helenización de la palabra bíblica
extraña a su íntima esencia, sino que se habría servido
de un método que en sí mismo no era creíble,
porque en último término estaba destinado a conservar como sagrado
lo que en realidad no era más que testimonio de
una cultura incapaz de ser adaptada al presente. Pero la
cosa no es tan sencilla. Orígenes, más que en la
exégesis homérica de los griegos, podía apoyarse en la interpretación
del Antiguo Testamento que había surgido en ambiente judío, sobre
todo en Alejandría con Filón como adalid, la cual procuraba
de modo bien original hacer accesible la Biblia de Israel
a los griegos que desde hacía tiempo preguntaban, más allá
de sus dioses, por un Dios que podían encontrar en
la Biblia. Además, Orígenes aprendió de los rabinos. Finalmente, elaboró
principios cristianos totalmente propios: la unidad interna de la Biblia
como norma de interpretación, Cristo como punto de referencia de
todos los caminos del Antiguo Testamento.3
Pero sea cual sea
el juicio sobre la exégesis de Orígenes y de Ambrosio
en sus detalles, su fundamento último no era ni la
alegoría griega, ni Filón, ni tampoco los métodos rabínicos. Su
auténtico fundamento, aparte de los detalles de su interpretación, era
el mismo Nuevo Testamento. Jesús de Nazaret tuvo la pretensión
de ser el auténtico heredero del Antiguo Testamento (de la
«Escritura») y de darle la interpretación válida, interpretación ciertamente no
a la manera de los maestros de la Ley, sino
por la autoridad de su mismo Autor: «Enseñaba como quien
tiene autoridad (divina), no como los maestros de la Ley»
(Mc 1,22). El relato de Emaús resume otra vez esta
pretensión: «Empezando por Moisés y por todos los Profetas, les
explicó lo que en todas las Escrituras se refiere a
él» (Lc 24,27). Los autores del Nuevo Testamento intentaron fundamentar
en concreto esta pretensión: muy subrayadamente Mateo, pero no menos
Pablo, utilizaron los métodos rabínicos de interpretación e intentaron mostrar
que precisamente esta forma de interpretación desarrollada por los maestros
de la Ley conducía a Cristo como clave de las
«Escrituras». Para los autores y fundadores del Nuevo Testamento, el
Antiguo Testamento es simplemente la «Escritura»; sólo al cabo de
algún tiempo la Iglesia pudo formar poco a poco un
canon del Nuevo Testamento, que también constituía Sagrada Escritura, pero
siempre de modo que como tal presuponía y tenía como
clave de interpretación la Biblia de Israel, la Biblia de
los Apóstoles y sus discípulos, que sólo entonces recibió el
nombre de Antiguo Testamento.
En este sentido, los Padres de
la Iglesia no crearon nada nuevo con su interpretación cristológica
del Antiguo Testamento: sólo desarrollaron y sistematizaron lo que habían
encontrado en el mismo Nuevo Testamento. Esta síntesis, fundamental para
la fe cristiana, tenía que resultar cuestionable en el momento
en que la conciencia histórica desarrolló unos criterios de interpretación
para los cuales la exégesis de los Padres tenía que
aparecer como no histórica y por tanto objetivamente insostenible. Lutero,
en el contexto del humanismo y de su nueva conciencia
histórica, pero sobre todo en el contexto de su doctrina
de la justificación, desarrolló una nueva fórmula sobre las mutuas
relaciones de las dos partes de la Biblia cristiana, no
partiendo de la armonía interna de Antiguo y Nuevo Testamento,
sino de la antítesis esencialmente dialéctica entre Ley y Evangelio,
tanto desde el punto de vista de la historia de
la salvación como desde el punto de vista existencial. Bultmann
ha expresado de forma moderna esta posición de principio con
la fórmula de que el Antiguo Testamento se ha cumplido
en Cristo en su fracaso. Más radical es la propuesta
citada de Harnack, que ciertamente, por lo que puedo saber,
apenas ha sido acogida por alguien, pero que era perfectamente
lógica partiendo de una exégesis para la que los textos
del pasado sólo pueden tener el sentido que cada autor
les haya querido dar en aquel momento histórico. Que los
autores de siglos antes de Cristo que hablan en los
libros del Antiguo Testamento se hayan querido referir a Cristo
y a la fe del Nuevo Testamento aparece a la
moderna conciencia histórica como muy inverosímil. Por eso con la
victoria de la exégesis histórico-crítica, pareció que la interpretación cristológica
del Antiguo Testamento, iniciada por el mismo Nuevo Testamento, había
fracasado. Esto, como hemos visto, no es una cuestión histórica
de detalle, sino que con ello se debaten los mismos
fundamentos del cristianismo. Por eso queda también claro por qué
nadie ha querido seguir la propuesta de Harnack de proceder
finalmente a la renuncia al Antiguo Testamento, que Marción había
emprendido demasiado pronto. Lo que quedaría, nuestro Nuevo Testamento, sería
algo sin sentido. El Documento de la Pontificia Comisión Bíblica
que aquí presentamos dice sobre ello: «Sin el Antiguo Testamento,
el Nuevo Testamento sería un libro indescifrable, una planta privada
de sus raíces y destinada a secarse» (Núm. 84).
Bajo
este aspecto, se ve la magnitud de la empresa que
asumió la Pontificia Comisión Bíblica, cuando se propuso afrontar el
tema de las relaciones entre el Antiguo y el Nuevo
Testamento. Si tiene que haber una salida a la aporía
descrita por Harnack, tiene que ser el concepto de una
interpretación de los textos históricos, sostenible hoy día, que parta
del texto de la Biblia aceptado como Palabra de Dios,
pero amplíe y profundice el punto de vista de los
estudiosos liberales. En los últimos decenios han ocurrido cosas importantes
en esta dirección. La Pontificia Comisión Bíblica presentó los resultados
esenciales de estos conocimientos en su documento publicado en 1993,
«La interpretación de la Biblia en la Iglesia». La comprensión
de la pluridimensionalidad del discurso humano, que no está atado
a un momento histórico, sino que abarca el futuro, fue
de gran ayuda para entender cómo la palabra de Dios
se puede servir de la palabra humana para dar a
la historia en progreso un sentido que va más allá
del momento presente y obtiene precisamente así la unidad de
todo el conjunto. La Comisión Bíblica, identificándose con este documento
suyo anterior y sobre la base de minuciosas reflexiones metódicas,
ha examinado las grandes líneas de pensamiento de ambos Testamentos
en sus mutuas relaciones y ha podido decir en resumen
que la hermenéutica cristiana del Antiguo Testamento, que sin duda
se aparta profundamente de la del Judaísmo, «corresponde sin embargo
a una potencialidad de sentido efectivamente presente en los textos»
(Núm. 64). Este es un resultado, que me parece muy
significativo para el progreso del diálogo, pero también sobre todo
para la fundamentación de la fe cristiana.
Sin embargo la
Comisión Bíblica no podía en su labor prescindir del contexto
de nuestro presente, en el cual el impacto del Holocausto
(la Shoah) ha inmergido toda la cuestión en otra luz.
Se plantean dos cuestiones principales: ¿Pueden los cristianos, después de
todo lo que ha ocurrido, mantener aún tranquilamente la pretensión
de ser los herederos legítimos de la Biblia de Israel?
¿Pueden continuar con la interpretación cristiana de esta Biblia, o
tendrían que renunciar con respeto y humildad a una pretensión
que, a la luz de lo que ha ocurrido, tiene
que aparecer como una intromisión? De eso depende la segunda
pregunta: La presentación de los judíos y del pueblo judío
que hace el mismo Nuevo Testamento, ¿no ha contribuido a
crear una enemistad hacia el pueblo judío, que ha preparado
la ideología de aquellos que querían eliminar a Israel? La
Comisión se ha planteado las dos cuestiones. Está claro que
la renuncia de los cristianos al Antiguo Testamento no sólo
acabaría, como hemos indicado, con el cristianismo como tal, sino
que tampoco prestaría ningún servicio a una relación positiva entre
cristianos y judíos, precisamente porque les sustraería el fundamento común.
Lo que hay que deducir de los hechos ocurridos es
un nuevo respeto por la interpretación judía del Antiguo Testamento.
El documento dice dos cosas sobre el tema. En primer
lugar, constata que la lectura judía de la Biblia es
«una lectura posible que está en continuidad con las sagradas
Escrituras de los judíos del tiempo del segundo Templo y
es análoga a la lectura cristiana, que se ha desarrollado
en paralelismo con ella» (Núm. 22). Añade que los cristianos
pueden aprender mucho de la exégesis judía practicada durante 2000
años; viceversa los cristianos pueden confiar en que los judíos
podrán sacar provecho de las investigaciones de la exégesis cristiana
(ibid.). Creo que los análisis presentes ayudarán al progreso del
diálogo judeocristiano, así como a la formación interior de la
conciencia cristiana.
La última parte del documento responde a la
cuestión de la presentación de los judíos en el Nuevo
Testamento. En ella se examinan minuciosamente los textos considerados "
antijudíos ". Aquí quisiera subrayar sólo un punto de vista
que me ha parecido especialmente importante. El documento muestra cómo
los reproches que el Nuevo Testamento dirige a los judíos
no son ni más frecuentes ni más duros que las
quejas contra Israel que encontramos en la Ley y los
Profetas, es decir dentro del mismo Antiguo Testamento (Núm. 87).
Pertenecen al lenguaje profético del Antiguo Testamento y, por tanto,
se han de interpretar como las palabras de los Profetas:
denuncian los fallos del presente, pero son siempre temporales por
esencia y presuponen también siempre nuevas posibilidades de salvación.
A
los miembros de la Comisión Bíblica quisiera expresarles agradecimiento y
reconocimiento por su labor. De sus discusiones, mantenidas pacientemente durante
varios años, ha surgido este documento que, estoy convencido, puede
ofrecer una ayuda importante en una cuestión central de la
fe cristiana y en la tan importante búsqueda de una
nueva comprensión entre cristianos y judíos.
Roma, en la fiesta
de la Ascensión de Cristo, 2001
Joseph Cardenal Ratzinger
INTRODUCCION 4 1. Los tiempos modernos han impulsado a
los cristianos a tomar más conciencia de los vínculos fraternos
que les unen estrechamente al pueblo judío. Durante la segunda
guerra mundial (1939-1945), acontecimientos trágicos o, más exactamente, crímenes abominables
sometieron al pueblo judío a una prueba de extrema gravedad,
que amenazaba su misma existencia en gran parte de Europa.
En esas circunstancias, muchos cristianos no manifestaron la resistencia espiritual
que se tenía derecho a esperar de los discípulos de
Cristo y no tomaron las iniciativas correspondientes. Otros cristianos, por
el contrario, acudieron generosamente en ayuda de los judíos en
peligro, arriesgando a menudo su propia vida. Frente a esa
inmensa tragedia, se imponía a los cristianos la necesidad de
profundizar en la cuestión de sus relaciones con el pueblo
judío. En este sentido se ha realizado ya un gran
esfuerzo de investigación y de reflexión. La Pontificia Comisión Bíblica
ha querido asociarse a ese esfuerzo en la medida de
su competencia. Ésta no le permite evidentemente tomar postura sobre
todos los aspectos históricos o actuales del problema. Por eso
se limita al punto de vista de la exégesis bíblica
en el estado actual de la investigación.
La cuestión que
se plantea es la siguiente: ¿Qué relaciones establece la Biblia
cristiana entre los cristianos y el pueblo judío? A esta
pregunta, la respuesta general es clara: la Biblia cristiana establece
múltiples y muy estrechas relaciones entre los cristianos y el
pueblo judío. Por una doble razón: primeramente, porque la Biblia
cristiana se compone en su mayor parte de las "
Sagradas Escrituras " (Rom 1,2) del pueblo judío, que los
cristianos llaman " Antiguo Testamento "; en segundo lugar, porque
la Biblia cristiana comprende a su vez un conjunto de
escritos que, al expresar la fe en Cristo Jesús, la
ponen en relación estrecha con las Sagradas Escrituras del pueblo
judío. Este segundo bloque, como se sabe, es llamado "
Nuevo Testamento ", expresión correlativa a la de " Antiguo
Testamento ".
La existencia de relaciones estrechas es innegable. Un
examen más preciso de los textos revela sin embargo que
no se trata de relaciones demasiado simples; al contrario, presentan
una gran complejidad, que va del acuerdo perfecto sobre ciertos
puntos a una fuerte tensión sobre otros. Resulta pues necesario
un estudio atento. La Comisión Bíblica se ha consagrado a
él estos últimos años. Los resultados de este estudio, que,
ciertamente, no pretende haber agotado el tema, son presentados aquí
en tres capítulos. El primero, fundamental, constata que el Nuevo
Testamento reconoce la autoridad del Antiguo como revelación divina y
no puede ser comprendido fuera de esa relación estrecha con
él y con la tradición judía que lo transmite. El
segundo capítulo examina de modo más analítico la forma en
que los escritos del Nuevo Testamento acogen el rico contenido
del Antiguo Testamento, del que toman los temas fundamentales, vistos
a la luz de Cristo Jesús. El tercer capítulo, en
fin, recoge las variadas actitudes que los escritos del Nuevo
Testamento expresan a propósito de los judíos, imitando en ello,
por otra parte, al mismo Antiguo Testamento.
Con ello la
Comisión Bíblica espera contribuir a hacer avanzar el diálogo entre
cristianos y judíos, en la claridad, la estima y el
afecto mutuos.
El pueblo judío y sus Escrituras Sagradas
en la Biblia cristiana Documento completo Índices Presentación e introducción I.
Las Escrituras Sagradas del pueblo judío, parte fundamental de la
Biblia cristianaII. Temas fundamentales de las Escrituras del pueblo
judío y su recepción en la fe en Cristo III.
Los judíos en el Nuevo Testamento Conclusiones
Consultas de Ecumenismo
y Diálogo interreligioso Foros de Catholic.net
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