Autor: Jesús de las Heras Muela | Fuente: www.revistaecclesia.info Pinceladas sobre la historia de la separación de los cristianos y sobre el ecumenismo
El diálogo teológico intercristiano es uno de los grandes instrumentos ecuménicos
Pinceladas sobre la historia de la separación de los cristianos y sobre el ecumenismo
Contexto histórico
La división o separación de los cristianos es una realidad
dolorosa y escandalosa, que contradice la voluntad de Jesucristo, que
quiere que "todos sean uno". La túnica inconsútil de Jesús
-que es su Iglesia- se ha roto y de ha
dividido a lo largo de los siglos. La separación de
los cristianos es un drama, un escándalo, fruto de los
pecados de distintas partes. Es una realidad que chirría a
la misma identidad de la Iglesia, perjudica la obra evangelizadora,
resta credibilidad y dispersa fuerzas.
Las primeras escisiones en el seno de
la cristiandad se producían en los cinco primeros siglos de
nuestra era a propósito de las llamadas herejías trinitarias y
cristológicas. No obstante, y aunque algunas de estas comunidades todavía
subsisten a día de hoy, fueron muy limitadas y se
circunscribieron en buena medida en un ámbito geográfico que, a
partir del siglo VII, fue tomado por el Islamismo.
En el siglo
XI, en el año 1054, se produce la ruptura traumática
entre la Iglesia Latina y la Iglesia Griega. Nacía la
Ortodoxia, separada de Roma. Con el paso de los siglos,
el escollo principal en la persistente separación es la concepción
del primado papal. Para la Ortodoxia, el obispo de Roma
-el Papa- debería tener tan sólo un primado honorífico y
no jurisdiccional, como entiende y proclama la fe de la
Iglesia Católica.
A partir del año 1517 llega la llamada Reforma Protestante
de la mano de Martín Lutero. Las diferencias doctrinales y
disciplinares se acrecientan y las divergencias sustanciales se sitúan en
temas relativos la Eclesiología, la interpretación de la Sagrada Escritura
y la Antropología Teológica. El Protestantismo además se diseminará en
numerosas confesiones.
En paralelo a la Reforma Protestante, surge en Gran
Bretaña el Anglicanismo, que asume algunos puntos de la doctrina
luterana y, sobre todo, crea una Iglesia propia nacional.
A día de
hoy, estas separaciones persisten. El número de cristianos en todo
el mundo se aproxima a los dos mil millones de
fieles. De ellos, 1.100 son católicos, la Ortodoxia cuenta con
unos 300 millones; y el resto las Iglesias y confesiones
nacidas de la Reforma Protestante.
El Movimiento Ecuménico
En los años treinta del siglo XV
se celebra el Concilio de Florencia, que logra un teórico
acuerdo de reconciliación con la Ortodoxia. Sin embargo, las disposiciones
conciliares se quedaron en papel mojado por la falta de
interés de las Iglesias locales de ambas partes, y, con
la caída de Constantinopla del año 1453, aquella firmada unidad
fue una quimera.
Tras la irrupción del Protestantismo y la fuerza con
que emergió en Centro-Europa, gracias en buena proporción a las
aspiraciones nacionalistas de los Príncipes, las relaciones entre la Iglesia
Católica y el Protestantismo fueron prácticamente inexistentes hasta la segunda
mitad del siglo XX. Incluso la Religión se convirtió en
algunos momentos en causa de guerra.
Hacia el año 1740 surge en
Escocia un movimiento pentescostal que llamada a la unidad de
las Iglesias. Un siglo después, Ignatius Spencer, convertido al catolicismo,
propone una "Unión de oración por la unidad". Los obispos
anglicanos se suma a este camino en 1867 y el
Papa León XIII, en 1894, anima a la práctica de
un octavario de oración por la unidad de los cristianos
en el contexto de la fiesta de Pentecostés, la fiesta
del comienzo de la Iglesia.
En 1908 Paul Watson propone unas nuevas
fecha para esta iniciativa: del 18 de enero, entonces fiesta
de la cátedra de san Pedro, hasta el 25 de
enero, festividad de la conversión del apóstol San Pablo. A
partir de 1926, el Consejo Ecuménico de Iglesias comienza la
publicación de unos textos oracionales comunes para este octavario, que
cuenta pronto con apoyos de católicos en Francia y en
otros países.
"Unitatis Redintegratio"
Desde el Concilio Vaticano II, de cuya clausura se
han cumplido ahora 40 años, la Iglesia Católica asume como
prioridad la acción ecuménica y se suma al movimiento ecuménico,
definido en el decreto conciliar "Unitatis Redintegratio" ("La recuperación de
la unidad") como "el conjunto de esfuerzos realizados bajo el
impulso del Espíritu Santo con el fin de restaurar la
unidad de todos los cristianos".
En este empeño y compromiso del
movimiento ecuménico participan quienes "invocamos al Dios Uno y Trino
y confesamos a Jesucristo como Señor y Salvador".
Según este mismo documento
conciliar, uno de los más emblemáticos del Vaticano II, la
práctica del ecumenismo tiene seis caminos: 1/ La reforma de
la Iglesia, 2/ La conversión del corazón, 3/La oración constante
y unánime, 4/El conocimiento mutuo de los hermanos, 5/La formación
ecuménica y 6/La cooperación entre los hermanos cristianos.
Se dice con frecuencia
que es más lo que une que lo que más
separa. Y es cierto y la acción ecuménica habrá de
contribuir a conocer y reconocer esta realidad. Se ha dicho
también que la oración es el medio o el camino
y que la unidad es la meta. De ahí la
importancia de esta Semana de oración por la unidad de
los cristianos, que llega el miércoles a su fin, aunque
la oración por la unidad deba ser plegaria e intención
constante.
El
diálogo teológico intercristiano es uno de los grandes instrumentos ecuménicos,
que a lo largo de estos cuarenta años ha dado
algunos e importantes frutos, como, en 1999, la declaración conjunta
entre la Iglesia Católica y la Iglesia Reformada Luterana a
propósito de la Justificación, o la reciente declaración anglicano-católica sobre
el papel y misión de María, suscrito en febrero de
2005.
El
Papa Benedicto XVI, cuyo origen alemán nos permite deducir fácilmente
lo bien que conoce el drama real y concreto de
la separación de los cristianos, ha situado el ecumenismo como
primera prioridad de su ministerio apostólico petrino. Pero no sólo
de él depende el logro de esta prioridad.
Todos los cristianos
debemos sumarnos afectiva y efectivamente a ella mediante la oración,
el compromiso y el trabajo por la unidad. "Que todos
sean uno": he aquí la plegaria y el afán de
todos los cristianos. (Jesús de las Heras Muela - Director
de ECCLESIA)
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