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Autor: P. Antonio Rivero, L.C | Fuente: Libro Jesucristo. Críticas, burlas y traciones a Jesús.
Jesús, ¿tuvo enemigos? ¿Cómo actuó frente a ellos? ¿Los condenaba? ¿Quién estaba detrás de aquéllos que decidieron darle muerte y convertirse en sus enemigos?
Críticas, burlas y traciones a Jesús.
Cuando uno lee el Evangelio se extraña de que hubiera
gente que tuviera enemistad y malquerencia contra Jesús. Si Jesús
es bondad, mansedumbre, comprensión, corazón abierto, ¿cómo hay quienes no
le quieren? No se entiende por qué tuviera enemigos. Esto
tiene que ser obra del gran enemigo que quiere servirse
de algunos para deshacerse de Jesucristo, que es la Luz,
el Camino, la Verdad y la Vida. Todas las potencias
del mal se abalanzaron contra el Justo. La envidia, el
odio, la soberbia, la mentira, la falsedad se unieron para
destruir al Santo. ¿Por qué? ¿Quién venció en esta lucha?
Durante su vida terrena Jesús tuvo personas que no quisieron
aceptar su misión salvadora. La postura que Él adoptó frente
a ellas fue la de convertirlas y atraerles a su
divino corazón, unas veces con palabras suaves, otras, exigentes; unas
veces, prefirió el silencio respetuoso; otras, la frase sagaz e
inteligente. No a todos pudo conquistar para su Padre, porque
les respetó la libertad. Pero Él vino para salvar a
todos.
¿Quiénes consideraron a Jesús como enemigo?
Aclaremos una cosa: Jesús no
consideró a nadie como su enemigo. A todos amó y
por todos derramó su sangre preciosísima. Serán ellos, los que
no le aceptaron, los que se consideraban como enemigos suyos.
¿Quiénes eran éstos?
En el campo religioso, lo consideraron un enemigo
y un peligro la mayor parte de los escribas, fariseos
y sumos sacerdotes (no todos) porque se arrogaba la autoridad
de llevar a plenitud la ley, porque rechazaba ciertas interpretaciones
que de ella hacían, porque desenmascaraba el legalismo y la
hipocresía en sus relaciones con Dios y con los hombres.
Basta leer el capítulo 23 de san Mateo para darnos
cuenta de todo esto. Las acusaciones de Cristo se dirigen
no contra los fariseos en cuanto tales, herederos de los
profetas ni contra su doctrina, realmente elevada, sino contra sus
actitudes hipócritas y contra las formalidades externas a que habían
reducido la religión.
Dice Monseñor Juan Straubinger, comentando este capítulo
de san Mateo: "Este espíritu de apariencia, contrario al Espíritu
de verdad que tan admirablemente caracteriza a nuestro divino Maestro,
es propio de todos los tiempos, y fácilmente lo descubrimos
en nosotros mismos. Aunque mucho nos cueste confesarlo, nos preocuparía
más que el mundo nos atribuyera una falta de educación,
que una indiferencia contra Dios. Nos mueve muchas veces a
la limosna un motivo humano más que el divino, y
en no pocas cosas obramos más por quedar bien con
nuestros superiores que por gratitud y amor a nuestro Dios".
Evitemos en nuestra vida toda hipocresía e insinceridad. La hipocresía
es asesina de toda autenticidad y rectitud de vida y
priva de la posibilidad de un diálogo espontáneo y sencillo
con el Creador y de una relación cordial y recta
con los hombres.
En el campo civil, lo consideraron enemigo
Herodes, porque creyó que el niño recién nacido ponía en
peligro su reino; y Pilatos, desde el momento en que
presentaron a Jesús como sedicioso y enemigo del César.
No pensemos
que Jesucristo nos hará la vida imposible o que nos
aguará la fiesta, como se dice. Jesús es incapaz de
hacernos esto. Él quiere siempre nuestro bien, busca siempre nuestro
bien. Y cuando nos exige, nos exige por amor. Ni
a Herodes quiso quitarle su trono ni a Pilato. Es
más, a Pilato le dijo que la autoridad que tenía
como procurador la había recibido de Dios mismo.
En el
corazón de Jesús no cabe, no podía caber ni una
sombra de resentimiento, de malquerencia, de desprecio. Su corazón es
un remanso de paz, de bondad y de caridad para
con todos.
¿Cómo actuó Jesús frente a ellos?
Frente a los
escribas fariseos y sumos sacerdotes: hostigó ciertamente su legalismo e
hipocresía, desenmascaró su falsa religiosidad y dureza de corazón, puso
en evidencia cómo deformaban la voluntad de Dios y cómo
se dejaban llevar de la vanidad y amor por las
riquezas, defendió su misión divina, etc. Pero acogió a quien
humildemente se acercó a él, como le sucedió a Nicodemo
(cf. Juan 3) y alabó al escriba que respondió correctamente
(cf. Lc 10, 28).
Jesús los desnudó y les puso de
manifiesto un pecado fundamental: la falta de verdad en sus
vidas, de desamor a la verdad, e incluso de odio
a la verdad. Ellos no soportaban que Jesús dijera: "Yo
soy la Verdad". Su rechazo de Jesucristo no fue por
razones de honestidad. Lo rechazaron por ser precisamente Él, con
su modo de vida singular, con su doctrina específica y
nueva, con sus enseñanzas particulares nunca oídas antes. Por eso
Jesús les dijo: "Yo he venido en nombre de mi
Padre y vosotros no me recibís".
Para probar esta desafección
de algunos fariseos hacia Cristo está el testimonio de la
cruz y los relatos de la Pasión. La confianza de
Cristo en su Padre era como una llamada de atención
a su presunción. La verdad de Cristo dolía a su
doblez. El desprendimiento de Cristo chocaba contra la avaricia farisea.
La humildad de Jesús era una lección difícil a su
soberbia y orgullo. Muchas cosas de Cristo les molestaba a
los fariseos: su seguridad, su virilidad, su amor a los
pobres y pecadores, su autoridad, su arrastre, su sencillez, su
porte distinguido, su sonrisa serena, el brillo de sus ojos...Muchas
cosas eran para los fariseos motivo de fastidio.
Frente
a los jefes políticos, Jesús es respetuoso con ellos. Les
hace ver cuál es su misión, recibida de Arriba. Les
pone en su lugar: al César lo que es del
César. Intenta abrirles a la verdad de su mensaje. Incluso
los excusa, como hizo a Pilato. No se rebaja a
la curiosidad malsana de Herodes.
En general, Jesús supo enfrentar
a sus enemigos sin miedo. Sigue con su posición definida,
aunque incómoda para ellos (cf Jn 11, 14-16), guiado por
la meta que el Padre le encomendó, que es de
índole sobrenatural (cf Mc 8, 33).
Sigue predicando, esperando ser escuchado
a pesar de posiciones ciegas (cf. Lc 20, 47-48).
Cuando ve
la seguridad y la inminencia de la muerte que le
preparan, sigue luchando, no para ganarse amigos, sino para dar
un último esfuerzo y terminar totalmente su misión. Los enemigos
nunca lo frenaron o intimidaron (cf. Lc 21, 37-38).
No evita
al enemigo ni tampoco busca enfrentarse con él. No se
agita febrilmente para vencer. Su objetivo no es ser reconocido
vencedor, sino alcanzar su ideal (cf. Jn 19, 30). Jesús
sabe aislarse de un ataque físico, cuando considera oportuno continuar
todavía su obra antes de que llegue su hora (cf.
Jn 8, 59; Lc 4, 23-30).
Jesús es el Justo. Pero,
como dice el Libro de la Sabiduría, el justo siempre
es un problema para el pecador: "Tendamos lazos al justo,
que nos fastidia, se enfrenta a nuestro modo de obrar,
nos echa en cara faltas contra la Ley y nos
culpa de faltas contra nuestra educación. Se gloría de tener
el conocimiento de Dios y se llama a sí mismo
hijo del Señor. Es un reproche de nuestros criterios, su
sola presencia nos es insufrible, lleva una vida distinta de
todas y sus caminos son extraños. Nos tiene por bastardos,
se aparta de nuestros caminos como de impurezas; proclama dichosa
la suerte final de los justos y se ufana de
tener a Dios por padre. Veamos si sus palabras son
verdaderas, examinemos lo que pasará en su tránsito. Pues si
el justo es hijo de Dios, él le asistirá y
le librará de las manos de sus enemigos. Sometámosle al
ultraje y al tormento para conocer su temple y probar
su entereza. Condenémosle a una muerte afrentosa, pues, según él,
Dios le visitará" (2, 12-20).
Pero a todo esto, Jesús respondió
con sus brazos extendidos, con su costado abierto para acoger
a todos y con su palabra de perdón: "Padre, perdónalos,
porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34).
Jesús y
su enemigo principal, Satanás
Es el enemigo verdadero de Jesús. Y
Jesús, sí lucha contra él y contra sus planes. Recibe
de él ataques. Actúa en el mundo (cf Jn 13,
2), busca condenar al hombre (cf. Mt 13, 19). Por
eso, Jesús busca vencerlo (cf. Jn 12, 31). Su lucha
contra Satanás es la lucha contra el mal. Por ello
Cristo busca, ante todo, hacer el bien, construir el Reino
de Dios.
CONCLUSIÓN
En el corazón de Jesús no cabían
enemigos. Para Él todos somos dignos del amor de su
Padre. A todos vino a salvar. Los que se alejan
de Jesús lo hacen conscientemente, porque no quieren abrirse a
su amor. ¡Lástima que se pierden el calor y el
cariño de este Corazón misericordioso de Jesús! Siempre lucha por
la verdad, no contra las personas (cf. Mt 22, 23-40).
De todo esto se deduce que Jesús ama a sus
enemigos. Trata de darles el tesoro de salvación que trae.
Los respeta sin devolverles la misma piedra que le arrojan.
Pero llega a zarandearlos fuertemente con palabras duras, nunca para
molestarlos, sino para arrancarlos de su tensa dureza en el
corazón. Podemos decir que su enemigo es el pecado, nunca
el hombre. Pero ese pecado anida en el corazón de
cada hombre.
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