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Autor: SS Juan Pablo II | Fuente: Catequesis de SS Juan Pablo II. Jesús, Mesías.
"Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" (Mt 16, 15).
Jesús, Mesías.
Catequesis del 7 de enero de 1987.
Introducción
1. Al iniciar el
ciclo de catequesis sobre Jesucristo, catequesis de fundamental importancia para
la fe y la vida cristiana, nos sentimos interpelados por
la misma pregunta que hace casi dos mil años el
Maestro dirigió a Pedro y a los discípulos que estaban
con El. En ese momento decisivo de su vida, como
narra en su Evangelio Mateo, que fue testigo de ello,
"viniendo Jesús a la región de Cesárea de Filipo, preguntó
a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el
Hijo del hombre? Ellos contestaron: unos, que Juan el Bautista;
otros, que Elías; otros, que Jeremías u otro de los
Profetas. Y El les dijo: y vosotros, ¿quién decís que
soy?" (Mt 16, 13-15).
Conocemos la respuesta escueta e impetuosa de
Pedro: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo"
(Mt 16, 16). Para que nosotros podamos darla, no sólo
en términos abstractos, sino como una expresión vital, fruto del
don del Padre (Mt 16, 17), cada uno debe dejarse
tocar personalmente por la pregunta: Y tú, ¿quién dices que
soy? Tú, que oyes hablar de Mí, responde: ¿Qué soy
yo de verdad para ti?. A Pedro la iluminación divina
y la respuesta de la fe le llegaron después de
un largo período de estar cerca de Jesús, de escuchar
su palabra y de observar su vida y su ministerio
(cf. Mt 16, 21-24).
También nosotros, para llegar a una confesión
más consciente de Jesucristo, hemos de recorrer como Pedro un
camino de escucha atenta, diligente. Hemos de ir a la
escuela de los primeros discípulos, que son sus testigos y
nuestros maestros, y al mismo tiempo hemos de recibir la
experiencia y el testimonio nada menos que de veinte siglos
de historia surcados por la pregunta del Maestro y enriquecidos
por el inmenso coro de las respuestas de fieles de
todos los tiempos y lugares. Hoy, mientras el Espíritu, "Señor
y dador de vida", nos conduce al umbral del tercer
milenio cristiano, estamos llamados a dar con renovada alegría la
respuesta que Dios nos inspira y espera de nosotros, casi
como para que se realice un nuevo nacimiento de Jesucristo
en nuestra historia.
2. La pregunta de Jesús sobre su identidad
muestra la finura pedagógica de quien no se fía de
respuestas apresuradas, sino que quiere una respuesta madurada a través
de un tiempo, a veces largo, de reflexión y de
oración, en la escucha atenta e intensa de la verdad
de la fe cristiana profesada y predicada por la Iglesia.
Reconocemos,
pues, que ante Jesús no podemos contentarnos de una simpatía
simplemente humana por legítima y preciosa que sea, ni es
suficiente considerarlo sólo como un personaje digno de interés histórico,
teológico, espiritual, social o como fuente de inspiración artística. En
torno a Cristo vemos muchas veces pulular, incluso entre los
cristianos, las sombras de la ignorancia, o las aún más
penosas de los malentendidos, y a veces también de la
infidelidad. Siempre está presente el riesgo de recurrir al "Evangelio
de Jesús" sin conocer verdaderamente su grandeza y su radicalidad
y sin vivir lo que se afirma con palabras. Cuántos
hay que reducen el Evangelio a su medida y se
hacen un Jesús más cómodo, negando su divinidad trascendente, o
diluyendo su real, histórica humanidad, e incluso manipulando la integridad
de su mensaje especialmente si no se tiene en cuenta
ni el sacrificio de la cruz, que domina su vida
y su doctrina, ni la Iglesia que Él instituyó como
su "sacramento" en la historia.
Estas sombras también nos estimulan a
la búsqueda de la verdad plena sobre Jesús, sacando partido
de las muchas luces que, como hizo una vez a
Pedro, el Padre ha encendido, en torno a Jesús a
lo largo de los siglos, en el corazón de tantos
hombres con la fuerza del Espíritu Santo: las luces de
los testigos fieles hasta el martirio; las luces de tantos
estudiosos apasionados, empeñados en escrutar el misterio de Jesús con
el instrumento de la inteligencia apoyada en la fe; las
luces que especialmente del Magisterio de la Iglesia, guiado por
el carisma del Espíritu Santo, ha encendido con las definiciones
dogmáticas sobre Jesucristo.
Reconocemos que un estímulo para descubrir quién es
verdaderamente Jesús está presente en la búsqueda incierta y trepidante
de muchos contemporáneos nuestros tan semejantes a Nicodemo, que fue
"de noche a encontrar a Jesús" (cf. Jn 3, 2),
o a Zaqueo, que se subió a un árbol para
"ver a Jesús" (cf. Lc 19, 4). El deseo de
ayudar a todos los hombres a descubrir a Jesús, que
ha venido como médico para los enfermos y como salvador
para los pecadores (cf. Mc 2, 17), me lleva a
asumir la tarea comprometida y apasionante de presentar la figura
de Jesús a los hijos de la Iglesia y a
todos los hombres de buena voluntad.
Quizá recordaréis que al principio
de mi pontificado lancé una invitación a los hombres de
hoy para "abrir de par en par las puertas a
Cristo" (L´Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 29 octubre, 1978.
pág. 4). Después, en la Exhortación "Catechesi tradendae", dedicad la
catequesis, haciéndome portavoz del pensamiento de los obispos reunidos en
el IV Sínodo, afirmé que "el objeto esencial y primordial
de la catequesis es (...) el "misterio de Cristo. Catequizar
es, en cierto modo llevar a uno a escrutar ese
misterio en toda su dimensión...; descubrir en la Persona de
Cristo el designio eterno de Dios, que se realiza en
Él... Sólo El puede conducirnos al amor del Padre en
el Espíritu y hacernos partícipes de la vida de la
Santísima Trinidad" (Catechesi tradendae, n. 5: L´Osservatore Romano, Edición en
Lengua Española, 11 de noviembre, 1979. pág. 4).
Recorreremos juntos este
itinerario catequístico ordenando nuestras consideraciones en torno a cuatro puntos:
Jesús en su realidad histórica y en su
condición mesiánica trascendente, hijo de Abrahán, hijo del hombre, e
hijo de Dios;
Jesús en su identidad de verdadero
Dios y verdadero hombre, en profunda comunión con el Padre
y animado por la fuerza del Espíritu Santo, tal y
como se nos presenta en el Evangelio;
Jesús a
los ojos de la Iglesia que con a asistencia del
Espíritu Santo ha esclarecido y profundizado los datos revelados, dándonos
formulaciones precisas de la fe cristológica, especialmente en los Concilios
Ecuménicos;
finalmente, Jesús en su vida y en sus
obras, Jesús en su pasión redentora y en su glorificación,
Jesús en medio de nosotros y dentro de nosotros, en
la historia y en su Iglesia hasta el fin del
mundo (cf. Mt 28, 20).
3. Es ciertamente verdad que
en la Iglesia hay muchos modos de catequizar al Pueblo
de Dios sobre Jesucristo. Cada uno de ellos, sin embargo,
para ser auténtico ha de tomar su contenido de la
fuente perenne de la Sagrada Tradición y de la Sagrada
Escritura, interpretada a la luz de las enseñanzas de los
Padres y Doctores de la Iglesia, de la liturgia, de
la fe y piedad popular, en una palabra, de la
Tradición viva y operante en la Iglesia bajo a acción
del Espíritu Santo, que -según la promesa del Maestro- "os
guiará hacia la verdad completa, porque no hablará de Sí
mismo, sino que hablará lo que oyere y os comunicará
las cosas venideras" (Jn 16, 13). Esta Tradición la encontramos
expresada y sintetizada especialmente en la doctrina de los Sacrosantos
Concilios, recogida en los Símbolos de la Fe y profundizada
mediante la reflexión teológica fiel a la Revelación y al
Magisterio de la Iglesia.
¿De qué serviría una catequesis sobre Jesús
si no tuviese a autenticidad y la plenitud de la
mirada con que la Iglesia contempla, reza y anuncia su
misterio? Por una parte, se requiere una sabiduría pedagógica que,
al dirigirse a los destinatarios de la catequesis, sepa tener
en cuenta sus condiciones y sus necesidades. Como he escrito
en la Exhortación antes citada, "Catechesi tradendae": "La constante preocupación
de todo catequista, cualquiera que sea su responsabilidad en la
Iglesia, debe ser la de comunicar, a través de su
enseñanza y su comportamiento, la doctrina y la vida de
Jesús" (Catechesi tradendae n. 6: L´Osservatore Romano, Edición en Lengua
Española, 11 de noviembre, 1979. pág. 4).
4. Concluimos esta catequesis
introductoria, recordando que Jesús, en un momento especialmente difícil de
la vida de los primeros discípulos, es decir, cuando la
cruz se perfilaba cercana y lo abandonaban, hizo a los
que se habían quedado con El otra de estas preguntas
tan fuertes, penetrantes e ineludibles: "¿Queréis iros vosotros también?". Fue
de nuevo Pedro quien, como intérprete de sus hermanos, le
respondió: "Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida
eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres
el Santo de Dios" (Jn 6, 67-69). Que estos apuntes
catequéticos puedan hacernos más disponibles para dejarnos interrogar por Jesús,
capaces de dar la respuesta justa a sus preguntas, dispuestos
a compartir su Vida hasta el final.
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