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Cristología, todo acerca de Jesús | sección
Jesús, Hijo de Dios | categoría
Autor: SS Juan Pablo II | Fuente: Catequesis de SS Juan Pablo II.
Jesús, ungido por el Espíritu Santo.
Catequesis de SS Juan Pablo II. Agosto 5 de 1987.
 


Introducción.

1. “Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y me voy al Padre” (Jn 16, 28). Jesucristo tiene el conocimiento de su origen del Padre: es el Hijo porque proviene del Padre. Como Hijo ha venido al mundo, mandado por el Padre. Esta misión (missio) que se basa en el origen eterno del Cristo-Hijo, de la misma naturaleza que el Padre, está radicada en Él. Por ello en esta misión el Padre revela el Hijo y da testimonio de Cristo como su Hijo, mientras que al mismo tiempo el Hijo revea al Padre. Nadie, efectivamente “conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo” (Mt 11, 27). El Hijo, que “ha salido del Padre”, expresa y confirma la propia filiación en cuanto “revea al Padre” ante el mundo. Y lo hace no sólo con las palabras del Evangelio, sino también con su vida, por el hecho de que Él completamente “vive por el Padre”, y esto hasta el sacrificio de su vida en la cruz.

2. Esta misión salvífica del Hijo de Dios como Hombre se lleva a cabo “en la potencia” del Espíritu Santo. Lo atestiguan numerosos pasajes de los Evangelios y todo el Nuevo Testamento. En el Antiguo Testamento, la verdad sobre la estrecha relación entre la misión del Hijo y la venida del Espíritu Santo (que es también su “misión”) estaba escondida, aunque también, en cierto modo, ya anunciada. Un presagio particular son las palabras de Isaías, a las cuales Jesús hace referencia al inicio de su actividad mesiánica en Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mi, porque me ungió, para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 17-19; cf. Is 61, 1-2).

Estas palabras hacen referencia al Mesías: palabra que significa “consagrado con unción” (“ungido”), es decir, aquel que viene de la potencia del Espíritu del Señor. Jesús afirma delante de sus paisanos que estas palabras se refieren a Él: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (cf. Lc 4, 21).

3. Esta verdad sobre el Mesías que viene en el poder del Espíritu Santo encuentra su confirmación durante el bautismo de Jesús en el Jordán, también al comienzo de su actividad mesiánica. Particularmente denso es el texto de Juan que refiere las palabras del Bautista: “Yo he visto el Espíritu descender del cielo como paloma y posarse sobre Él. Yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: Sobre quien vieres descender el Espíritu y posarse sobre Él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo. Y yo vi, y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (Jn 1, 32-34).

Por consiguiente, Jesús es el Hijo de Dios, aquel que “ha salido del Padre y ha venido al mundo” (cf. Jn 16, 28), para llevar el Espíritu Santo: “para bautizar en el Espíritu Santo” (cf. Mc 1, 8), es decir, para instituir la nueva realidad de un nuevo nacimiento, por el poder de Dios, de los hijos de Adán manchados por el pecado. La venida del Hijo de Dios al mundo, su concepción humana y su nacimiento virginal se han cumplido por obra del Espíritu Santo. El Hijo de Dios se ha hecho hombre y ha nacido de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, en su potencia.

4. El testimonio que Juan da de Jesús como Hijo de Dios, está en estrecha relación con el texto del Evangelio de Lucas, donde leemos que en la Anunciación María oye decir que Ella “concebirá y dará a luz en su seno un hijo que será llamado Hijo del Altísimo” (cf. Lc 1, 31-32). Y cuando pregunta: “¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón?”, recibe la respuesta. “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 34-35).

Si, entonces, el “salir del Padre y venir al mundo” (cf. Jn 16, 28) del Hijo de Dios como hombre (el Hijo del hombre), se ha efectuado en el poder del Espíritu Santo, esto manifiesta el misterio de la vida trinitaria de Dios. Y este poder vivificante del Espíritu Santo está confirmado desde el comienzo de la actividad mesiánica de Jesús, como aparece en los textos de los Evangelios, sea de los sinópticos (Mc 1, 10; Mt 3, 16; Lc 3, 22) como de Juan (Jn 1, 32-34).

5. Ya en el Evangelio de la infancia, cuando se dice de Jesús que “la gracia de Dios estaba en Él” (Lc 2, 40), se pone de relieve la presencia santificante del Espíritu Santo. Pero es en el momento del bautismo en el Jordán cuando los Evangelios hablan mucho más expresamente de a actividad de Cristo en la potencia del Espíritu: “enseguida (después del bautismo) el Espíritu le empujó hacia el desierto” dice Marcos (Mc 1, 12). Y en el desierto, después de un período de cuarenta días de ayuno, el Espíritu de Dios permitió que Jesús fuese tentado por el espíritu de las tinieblas, de forma que obtuviese sobre él la primera victoria mesiánica (cf. Lc 4, 1-14). También durante su actividad pública, Jesús manifiesta numerosas veces la misma potencia del Espíritu Santo respecto a los endemoniados. Él mismo lo resalta con aquellas palabras suyas: “si yo arrojo los demonios con el Espíritu de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el reino de Dios” (Mt 12, 28). La conclusión de todo el combate mesiánico contra las fuerzas de las tinieblas ha sido el acontecimiento pascual: la muerte en cruz y la resurrección de Quien ha venido del Padre en la potencia del Espíritu Santo.

6. También, después de la Ascensión, Jesús permaneció, en la conciencia de sus discípulos, como aquel a quien “ungió Dios con el Espíritu Santo y con poder” (Act 10, 38). Ellos recuerdan que gracias a este poder los hombres, escuchando las enseñanzas de Jesús, alababan a Dios y decían: “un gran profeta se ha levantado entre nosotros y Dios ha visitado a su pueblo” (Lc 7, 16). "Jamás hombre alguno habló como éste” (Jn 7, 46), y atestiguaban que, gracias a este poder, Jesús “hacia milagros, prodigios y señales” (cf. Act 2, 22), de esta manera “toda la multitud buscaba tocarle, porque salía de Él una virtud que sanaba a todos” (Lc 6, 19). En todo lo que Jesús de Nazaret, el Hijo del hombre, hacía o enseñaba, se cumplían las palabras del profeta Isaías (cf. Is 42, 1 ) sobre el Mesías: “He aquí a mi siervo a quien elegí; mi amado en quien mi alma se complace. Haré descansar asar mi espíritu sobre Él...” (Mt 12, 1 8).

7. Este poder del Espíritu Santo se ha manifestado hasta el final en el sacrificio redentor de Cristo y en su resurrección. Verdaderamente Jesús es el Hijo de Dios “que el Padre santificó y envió al mundo” (cf. Jn 10, 36). Respondiendo a la voluntad del Padre, Él mismo se ofrece a Dios mediante el Espíritu como víctima inmaculada y esta víctima purifica nuestra conciencia de las obras muertas, para que podamos servir al Dios viviente (cf. Heb 9, 14). El mismo Espíritu Santo -como testimonio el Apóstol Pablo- “resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos” (Rom 8, 11), y mediante este “resurgir de los muertos” Jesucristo recibe la plenitud de la potencia mesiánica y es definitivamente revelado por el Espíritu Santo como “Hijo de Dios con potencia” (literalmente): “constituido Hijo de Dios, poderoso según el Espíritu de Santidad a partir de la resurrección de entre los muertos” (Rom 1, 4).

8. Así pues, Jesucristo, el Hijo de Dios, viene al mundo por obra del Espíritu Santo, y como Hijo del hombre cumple totalmente su misión mesiánica en la fuerza del Espíritu Santo. Pero si Jesucristo actúa por este poder durante toda su actividad salvífica y al final en la pasión y en la resurrección, entonces es el mismo Espíritu Santo el que revela que Él es el Hijo de Dios. De modo que hoy, gracias al Espíritu Santo, la divinidad del Hijo, Jesús de Nazaret, resplandece ante el mundo. Y “nadie -como escribe San Pablo- puede decir: ´Jesús es el Señor´, sino en el Espíritu Santo” (1 Cor 12, 3).




 

 
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