Autor: P. Enrique Cases Jesús predica la conversión
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Jesús predica la conversión
La conversión es un cambio profundo de la
mente y del corazón. El que se convierte se da
cuenta de que algo debe cambiar en su vida. La
predicación pública de Nuestro Señor Jesucristo empezó con una llamada
a la conversión: «se han cumplido los tiempos y se
acerca el Reino de Dios; convertios y creed en la
Buena Nueva« (Mc. 1, 15) Más adelante irá explicando las
características del Reino, pero desde un principio se advierte que
hace falta una postura nueva de la mente para poder
entender el mensaje de salvación.
Pone a los niños como
ejemplo de la meta a que hay que llegar. Hay
que «hacerse como niños» o «nacer de nuevo», como dirá
a Nicodemo (cfr. Jn. 3, 4) La conversación con la
mujer samaritana es un ejemplo práctico de cómo se llama
a una persona a la conversión. A Zaqueo también lo
llama a cambiar de vida, a convertirse. Lo mismo hará
con otros muchos.
Sus parábolas sobre la misericordia divina son
llamadas a la conversión contando con que nuestro Padre Dios
está esperando la vuelta del pecador. Hasta en los últimos
momentos de su vida, cuando le van a prender en
el huerto, llama a Judas -amigo., ofreciéndole la oportunidad de
la conversión.
SAN JUAN BAUTISTA PREPARÓ LA VENIDA DEL MESIAS
Cuando los sacerdotes de Jerusalén enviaron a preguntar a Juan
Bautista quién era, contestó: Yo soy la voz que clama
en el desierto: enderezad el camino del Señor, como dijo
Isaías. (Jn. 1, 23) Con estas palabras indica que preparaba
el camino del Mesías, que había de venir, predicando la
conversión y la penitencia. Sus palabras eran claras y fuertes.
San Lucas narra esta predicación y cómo animaba a compartir
con los demás lo que se posee, a no exigir
más de lo que marca la justicia en los negocios,
a no ser violentos, ni denunciar falsamente a nadie (cfr.
Lc. 3, 1-18) Para conseguir vivir sin pecado proponía el
bautismo de agua y la penitencia. Sin embargo, siempre insistió
en que estos medios eran insuficientes, pues él era sólo
el precursor: «Yo os bautizo con agua para la penitencia;
pero el que viene detrás de mí es más poderoso
que yo. No soy digno de llevarle las sandalias; él
os bautizará en el Espíritu Santo y fuego; en su
mano tiene el bieldo y va a limpiar su era;
reunirá su trigo en el granero, y la paja la
quemará en un fuego inextinguible» (Mt. 3. 11-12)
Cuando Jesús
fue a bautizarse al Jordán, le dijo: «Yo necesito ser
bautizado por ti, y ¿tú vienes a mí?» (Mt. 3,
14) Más adelante dirá de Jesús: «He aquí el Cordero
de Dios, el que quita el pecado del mundo» (Jn.
1, 29) San Juan Bautista no tenía el poder de
perdonar los pecados, sino solamente predicaba la conversión y la
penitencia preparando el camino del Señor. Como fruto de su
labor serán muchos los que escucharán la doctrina de Cristo.
Los dos primeros discípulos de Jesucristo serán dos discípulos de
San Juan Bautista: Juan y Andrés. Además de estos discípulos
primeros, muchos otros discípulos de Juan fueron tras Jesús. Juan
se llenó de alegría, añadiendo: «Conviene que Él crezca y
yo disminuya» (Jn. 3, 30)
¿OUE ES LA CONVERSION?
La
conversión es un cambio profundo de la mente y del
corazón. El que se convierte se da cuenta de que
algo debe cambiar en su vida, y se decide a
cambiar. La conversión a Dios incluye apartar todo lo que
aleje de Dios.
La conversión exige que se dé primero
un arrepentimiento del pecado:
El pecado mortal hunde sus raíces
en la mala disposición del amor y del corazón del
hombre, se sitúa en una actitud de egoísmo y cerrazón,
se proyecta en una vida construida al margen de los
mandamientos de Dios. El pecado mortal supone un fallo en
lo fundamental de la existencia cristiana y excluye del Reino
de Dios. Este fallo puede expresarse en situaciones, en actitudes
o en actos concretos. (C.v.e., p. 507)
Se puede decir,
resumiendo, que: Pecado es todo acto, dicho o deseo contra
la ley de Dios.
El siguiente paso será abrir el
corazón a la luz nueva: «Dios es luz y no
hay en Él tiniebla alguna» (1 Jn. 1, 5) San
Juan explica las posibles actitudes ante la conversión, diciendo: «Todo
el que obra el mal, aborrece la luz, y no
viene a la luz, porque sus obras no sean reprendidas.
Pero el que obra la verdad viene a la luz
para que sus obras sean manifiestas, pues están hechas en
Dios» (Jn. 3, 20-21)
Todos los hombres llevan en su
interior la posibilidad de una oposición a Dios. Por el
pecado original la naturaleza humana ha quedado debilitada y herida
en sus fuerzas naturales. La inteligencia se mueve entre oscuridades
y cae fácilmente en engaños. La voluntad se inclina maliciosamente
hacia conductas pecaminosas. Las pasiones y los sentidos experimentan un
desorden que les lleva a rebelarse al impulso de la
razón.
Esta inclinación al mal que todo hombre posee, se
acentúa con los pecados personales y con la influencia de
ambientes corrompidos.
Convertirse es, en definitiva, cambiar de actitud, desandar
el camino andado. Es una vuelta a Dios, del que
el hombre se aparta por la mala conducta, por las
malas obras, es decir, por el pecado.
Esa vuelta a
Dios, que es fruto del amor, incluirá también una nueva
actitud hacia el prójimo, que también ha de ser amado.
EL REINO DE DIOS EMPIEZA CON LA CONVERSION PERSONAL Para
entrar en el Reino de los Cielos es preciso renacer
del agua y del Espíritu; de esta manera anunció Jesús
a Nicodemo el comienzo del Reino de Dios en el
alma de cada hombre. Para esta nueva vida Dios envía
su gracia.
La conversión unas veces será de un modo
fulgurante y rápido, casi repentina; otras, de una manera suave
y gradual; incluso, en ocasiones, sólo llega en el último
momento de la vida.
En las parábolas del Reino de
los Cielos es muy frecuente que el Señor lo compare
a una pequeña semilla, que crece y da fruto o
se malogra. Con estos ejemplos indica que el Reino de
Dios debe empezar por la conversión personal. Cuando un hombre
se convierte, y es fiel, va creciendo en esa nueva
vida; después va influyendo en los que le rodean. Así
se desarrolla el Reino de Dios en el mundo. El
camino que eligió Jesucristo fue predicar a todos la conversión,
denunciar todas las situaciones de pecado e ir formando a
los que se iban convirtiendo a su palabra.
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