 |
| Vale la pena ser hombre |
Sucede que me canso de ser hombre. Este verso
de Miguel Hernández, podría ser expresión de un sentimiento oculto
en lo hondo de muchos corazones contemporáneos. El siglo XX
no se caracterizó por su optimismo existencial. Los existencialismos ateos
–necesariamente pesimistas - menudearon. Con la «muerte de Dios» vino
el cansancio del hombre. A muchos se les hace de
noche antes de que llegue la tarde. Jóvenes en edad,
están de vuelta de todo sin haber ido a ninguna
parte; han estragado su paladar informe degustando frutos prematuros, agraces.
Si hubieran tenido esperanza, si hubieran querido esperar un poco...
¿QUIÉN ES EL CULPABLE?
A fuerza de analgésicos y anestésicos
(por lo demás, muy de agradecer), de abundancia y de
consumo a tope, el hombre atraviesa sus momentos de mayor
blandura. Un pequeño dolor resulta insufrible. El trabajo serio estresa.
La familia agobia. La pasión por el fin de semana
neutraliza toda posible sedación. Se espera tanto del descanso, que
frustra. Hombre y mujer se cansan de serlo. Una enfermedad
de regular consideración es insoportable. La muerte es trágica o
anhelada. ¿Quién es el culpable de tan lamentable situación? Obviamente,
¡Dios!..., si existe. ¿Por qué nos ha hecho así? En
el libro de Jeremías se encuentra el lamento de muchos:
«¡Maldito el día en que nací! ¡el día que me
dio a luz mi madre no sea bendito!» (Jer 20,
14).
Pero también en el cristiano profundamente esperanzado se encuentra
el drama de san Pablo: «¡Infeliz de mí! ¿Quién me
librará de este cuerpo de muerte?» (Rom 7, 24). Es
otro estilo, otro género, no es trágico, pero sí dramático.
Nada humano le es ajeno. La respuesta de Dios es
«Te basta mi gracia, porque la fuerza resplandece en la
flaqueza» (Cor 12, 9). Es cosa de abrirse a la
vida divina, ya que Dios se abre a la humana.
Tanto, que exclama: «¡mis delicias están con los hijos de
los hombres!» (Prov 8, 31). Lo que para algunos es
insoportable levedad del ser, ansiosa fragilidad, para EL QUE ES,
resulta apasionante.
Es sorprendente. A pesar de las rebeldías y
crueldades, a pesar de haberle pesado de haberlo hecho (cf
Gen 6, 6), «la Trinidad se ha enamorado del hombre»
(B. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 85) y el
Verbo se ha hecho carne (Jn 1, 14 ). Dios
se ha hecho hombre; no en plan «realidad virtual», sino
de carne, sangre y hueso, con exquisita sensibilidad, capaz de
sufrir y de morir como el que más. Asume una
verdadera naturaleza de modo irreversible. Sin marcha atrás, para siempre.
Verbo y carne –después de la Encarnación- son ya una
unidad indivisible.
Es un impresionante compromiso el que asumió el
Verbo al hacerse carne. Se comprometió a correr nuestra misma
suerte, sin trampa ni cartón, sin ventaja alguna. Se «anonadó
a sí mismo, tomando forma de siervo» (Fil 2, 7).
No hace como un rico que va a indagar, para
satisfacer su curiosidad, cómo se vive en un miserable suburbio,
y adopta la miseria con el mayordomo aguardando una señal,
por si acaso. La Encarnación es un compromiso de vivir
en toda su hondura la humana existencia.
Se encarna en
María y no la convierte en emperatriz de Roma, la
deja a su suerte, es decir, sometida al dinamismo propio
del mundo y de la sociedad de su lugar y
tiempo. Ha de dar a luz en un pesebre. Cuando
Herodes decide eliminar al Mesías degollando a todos los niños
como Él, no se utiliza la omnipotencia para pulverizarlo, han
de huir escondidos por lugares desiertos. El Verbo se ha
hecho pobre e indefenso de veras. Después del exilio vuelve
a Nazaret.
LA COMPLICADA VIDA DE NAZARET
Suele pensarse en
aquellos años «ocultos» de la Sagrada Familia en Nazaret, como
un vivir pacífico sin complicaciones, en una más bien idílica
convivencia con los nazarenos. Pero es de temer que no
fuera así. «¿De Nazaret puede salir algo bueno?», suelta Natanael
(Jn 1, 46). Fama de gente encantadora no tenían los
de aquel pueblo. Y ciertamente no lo eran. Cuando Jesús
ha predicado ya su mensaje de salvación en otros sitios,
vuelve a sus paisanos, con la gran ilusión de llevarles
la Buena Noticia, el Evangelio. ¿Y qué hacen éstos? Lo
conducen a lo alto de una peña para despeñarlo (cf
Lc 4, 29). No eran buenos, eran agresivos, fanáticos, crueles.
No fueron fáciles los años del Verbo hecho carne en
Nazaret. Sólo un gran amor pudo soportar aquella zafiedad, aquel
natural iracundo y despiadado. Cristo es el Amor encarnado y
no rehuye la dificultad, no juega con ventaja. ¡Le merece
la pena vivir entre nazarenos!
Y viene la murmuración, la
calumnia, que si es un impostor, que si está endemoniado,
que si expulsa los demonios con el poder de Belcebú,
que si es enemigo de César y del pueblo... Lo
juzgan inicuamente. Lo flagelan. Él hubiera podido decir ¡basta! En
cualquier momento; pero no juega con dados trucados y es
absolutamente fiel al misterio de la Encarnación. Se somete a
la inhumana crueldad humana, a la coronación de espinas, a
los puñetazos y esputos en la cara, y al tormento
de la cruz. No cabe situación más vejatoria. Es la
muerte dedicada a los peores los criminales. Sus verdugos le
gritan desde abajo, burlándose: «¡baja de la cruz y creeremos
en ti...! » (cf Mt 27, 40-42). Hubiera podido fulminarlos
con una mirada, pero hubiera sido jugar con ventaja.
Resulta
que al Verbo le merece la pena todo eso que
nos horroriza. De lo contrario, no hubiera asumido el compromiso.
Si lo asume es que le vale la pena ser
hombre con todas sus consecuencias; indigente, perseguido y crucificado. ¡Le
vale la pena!. No se cansó de ser hombre. Sufrió
angustia, tedio, tristeza de muerte, horror, los más indeseables sentimientos
humanos.
LA RESPUESTA DE DIOS
He aquí la respuesta divina
a nuestros posibles o reales cansancios y desesperaciones: «el Verbo
se hizo carne y puso su morada [vivió, convivió, padeció
y murió] entre nosotros». En ocasiones parece que lo nuestro
no es vida; que no merece la pena engendrar hijos
para este mundo, que más vale vivir el presente sin
pensar en el pasado ni en el futuro para gozar
con la mayor intensidad posible de este momento, que «es
todo lo que hay». Se diría que el hedonismo es
la única respuesta a los angustiosos interrogantes del hombre: carpe
diem!.
Pero, no. La respuesta es: el Verbo se hizo
carne. «En realidad el misterio del hombre sólo se esclarece
en el misterio del Verbo encarnado» (GS 22). Sólo Cristo
«manifiesta plenamente al propio hombre y le descubre la sublimidad
de su vocación... El Hijo de Dios, con su encarnación,
se ha unido en cierto modo con el hombre. Trabajó
con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, amó
con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se
hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a
nosotros, excepto en el pecado» (JPII, RH 8). Esta es
la respuesta. Si Dios –Omnipotencia, infinitud de gozo en el
Amor inmenso- se hace hombre, es que ¡vale la pena
ser hombre, aunque sea en la más deplorable situación!. No
hay que darle más vueltas.
Si Dios asume plena y
exhaustivamente la naturaleza humana, sin ventaja alguna, comprometiéndose libre e
íntegramente con el sufrimiento humano, entonces es evidente que el
sufrimiento vale la pena. Cuando se contempla a la luz
de la Encarnación del Verbo el sufrimiento se convierte en
luz y fuente de gozo. «Por Cristo y en Cristo
se ilumina el enigma del dolor y de la muerte,
QUE FUERA DEL Evangelio Nos envuelve en absoluta oscuridad» (GS,
22; cf y véase Salvifici doloris, 31). Cristo dice: ¡vale
la pena!. Él es «el ‘Redentor del hombre’, el ‘Varón
de dolores’, que ha asumido en sí mismo los sufrimientos
físicos y morales de los hombres de todos los tiempos,
para que en el amor puedan encontrar el sentido salvífico»
(Salvifici 31). «Fuera de esta perspectiva, el misterio de la
existencia personal resulta un enigma insoluble. ¿Dónde podría el hombre
buscar la respuesta a las cuestiones dramáticas como el dolor,
el sufrimiento de los inocentes y la muerte, sino no
en la luz que brota del misterio de la pasión,
muerte y resurrección de Cristo?» (Fides et ratio, intr.)
AMOR
HABÍA PARA MUCHO MÁS
Cabría pensar que Cristo no asumió
«todos» los sufrimientos humanos. En la distancia, puede parecer que
la cruz no es todo lo que el hombre puede
sufrir. Indudablemente es todo lo que puede sufrir en un
tiempo limitado, física y, mucho más aún, en el orden
de los afectos. ¿Qué puede haber más doloroso que ser
crucificado por los propios hijos y hermanos?
Pero si queda
alguna duda sobre la universalidad de sus dolores físicos y
morales, si por una empecinada terquedad nos parece que Cristo
no se ha comprometido con «mi» concreto, particular e insufrible
sufrimiento, san Juan de Ávila nos ofrece una consideración muy
plausible: el amor de Cristo es tanto que ni siquiera
su muerte en la cruz logra expresarlo, «porque así como
le mandaron padecer una muerte, le mandaran millares de muertes,
para todo tenía amor. Y si lo que le mandaran
padecer por la salud de todos los hombres le mandaran
hacer por cada uno de ellos, así lo hiciera por
cada uno como por todos. Y si como estuvo aquellas
tres horas penando en la cruz fuera menester estar allí
hasta el día del juicio, amor había para todo si
nos fuera necesario. De manera que mucho más amó que
padeció, mucho mayor amor le quedaba encerrado en las entrañas
del que mostró acá de fuera en sus llagas» (Trat.
del amor de Dios, 10).
A luz de la revelación
divina sobre el corazón de Cristo no cabe duda de
que, si hubiese sido menester, Cristo Jesús hubiera muerto de
cáncer, de lepra o de la enfermedad de Alzheimer. Su
actitud, su ejemplo, su entrega, nos declaran que cualquier sufrimiento
que pueda padecer el hombre sobre la tierra, vale la
pena si se incorpora al suyo redentor.
SÍ, VALE LA
PENA
Vale la pena ser hombre, vale la pena ser
alto o bajo, sano o enfermo, gigante o enano, listo
y hábil o dismuido psíquica o físicamente. Si alguno es
leproso, ¡vale la pena ser leproso! ¡vale la pena ser
tetrapléjico! ¡vale la pena ser ciego, cojo, manco, tonto, epiléptico,
desvalido, pobre, abandonado de todos, vilipendiado, calumniado, marginado... vale la
pena cualquier cosa que el mundo imponga por cruel que
sea o parezca, por cansado que resulte, por agobiante o
doloroso. Esta es la respuesta del Verbo hecho carne: ¡vale
la pena! Cristo lo hubiera sido todo si hubiese sido
menester. Y lo es en cierto modo. Ha sufrido lo
equivalente, y moralmente muchísimo más.
¿Qué quiere decir «vale la
pena»? Que hay pena, pero por grande que sea, lleva
consigo una compensación sobrada: «Por eso, no desmayamos antes bien,
aunque nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior
se va renovando de día en día. Porque la leve
tribulación de un instante se convierte para nosotros, incomparablemente, en
una gloria eterna y consistente, a cuantos no ponemos nuestros
ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles, pues
las visibles son pasajeras, en cambio las invisibles, eternas» (2
Cor 4, 16-18). Pues bien, si «una leve tribulación» se
ve compensada de tal modo, ¿qué sucederá con una tribulación
mediana o extrema?
INVASIÓN DEL AMOR
El poeta exclama: «sucede
que me canso de ser hombre». El Verbo proclama: ¡vale
la pena ser hombre! ¡vale la pena cansarse! ¡vale la
pena estar harto! ¡vale la pena haber de exclamar: «¡Oh
generación incrédula y perversa, ¿hasta cuándo he de estar entre
vosotros y soportaros?» (Lc 9, 41). Porque con la muerte
–con Cristo, por Él y en Él- llega la Vida:
eterna, para siempre. He ahí la gran compensación: la invasión
de Amor infinito que es Dios Uno y Trino. El
Verbo se ha hecho hombre; ha corrido nuestra misma suerte,
para que nosotros corramos la suya, para que viviendo con
Él, por Él y en Él seamos consortes de la
divina naturaleza (2 P 1, 4), es decir, para que
con Él resucitemos y con Él nos sentemos a la
derecha de Dios Padre, compartiendo la plenitud de gloria eterna.
Vale la pena ser hombres, procrearlos, educarlos, respetarlos, amarlos. A
todos. Que no falte ni uno en la lista de
los llamados desde la eternidad a la eternidad.
Que ninguna
deficiencia disminuya a nuestros ojos su valor. Que al Padre
Dios no le falte ningún hijo por no haber llegado
a la existencia o por alguna otra suerte de irresponsabilidad.
«La encarnación del Hijo de Dios permite ver realizada la
síntesis definitiva que la mente humana, partiendo de sí misma,
ni tan siquiera hubiera podido imaginar: el Eterno entra en
el tiempo, el Todo se esconde en la parte y
Dios asume el rostro del hombre. Dice San Agustín que
lo más bello que existe en este mundo es: Verbum
caro factum est. Si al Verbo le vale la pena
compartir la vida del hombre, ¿qué pena no valdrá al
hombre compartir la vida del Verbo? En Él se halla
la compensación de todas las penas, porque «Queridos, ahora somos
hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo
que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a
él, porque le veremos tal cual es» (1 Jn 3,2)
|
|