La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Santiago Fernández-Burillo | Fuente: Arvo.net Tomás de Aquino. Bibliografía y semblanza
Tomás era callado y prudente, pero todo un Aquino: grueso y de 1,90 de estatura; sus compañeros lo apodaron “el buey mudo de Sicilia”.
Tomás de Aquino. Bibliografía y semblanza
Los Aquino de Roccasecca
Tomás de Aquino nació a finales
de 1224 en el castillo de Roccasecca en la provincia
de Nápoles, hijo y nieto de la nobleza guerrera. Sus
padres, Landolfo de Aquino y Teodora de Teate, eran de
origen lombardo y normando. Landolfo prestó servicios al emperador Federico
II y llegó a ser Justicia de la Tierra de
Labor, del reino de Sicilia, dignidad equivalente a Gran Canciller,
señor de toda la administración civil y judicial. Tuvo seis
hermanos varones, guerreros y políticos y cuatro hermanas, tres casaron
con condes y Marotta, la mayor, fue benedictina y abadesa.
Reinaldo, un hermano de Tomás, es el primer poeta en
lengua italiana, precursor del “dolce stil nuovo”.
El señorío de Aquino
era vecino de Monte Casino, abadía benedictina desde cuya altura
se domina el acceso al norte de Italia, gobernada por
un abad con atributos feudales. Landolfo lo envió allí con
5 años, en calidad de “oblato” (aspirante a monje), soñando
un futuro para él y para el peso social de
la familia, y Tomás se formó en humanidades, música y
religión en Monte Casino hasta los 14 años.
Entre el Emperador
y el Papa
En 1239 Federico II Hohenstaufen (1194-1250), rey de
Sicilia y emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, entró en los
Estados Pontificios, movido por la ambición de hacer de Roma
la capital de su Imperio. Sus tropas quemaron conventos, asesinaron
frailes y se apoderaron de bienes eclesiásticos. Aquel emperador dos
veces excomulgado, declaró repetidamente la guerra a la Liga Lombarda
y al papa; emprendió una extraña cruzada y se coronó
a sí mismo rey de Jerusalén, aunque a cambio fundó
una colonia musulmana en el sur de Italia, y le
erigió una mezquita; había fundado también la Universidad civil de
Nápoles, para competir con las eclesiásticas, adoptaba atuendos y costumbres
orientales y llevaba en su corte ambulante eunucos, bayaderas y
esclavos, además de un exótico “zoológico” de animales africanos y
asiáticos. Quería ser el dueño absoluto del Occidente cristiano. Había
iniciado las hostilidades el año de su coronación (1220), y
desde entonces, los papas residieron en diversas ciudades de los
Estados Pontificios: Anagni, Orvieto, Viterbo y Perugia. La Curia romana
se convirtió en una corte itinerante, hasta la derrota del
nieto de Federico por Carlos I de Anjou, hermano de
Luis IX (1268) y el posterior establecimiento de los papas
en Aviñón (1309).
Landolfo de Aquino servía al emperador, por eso
en 1239 Tomás abandona la abadía y se matricula en
la Universidad de Nápoles, en “artes liberales”. Allí conoció la
filosofía y la Orden de predicadores. Pero los Aquino no
querían un fraile mendigo en la familia, sino un abad
o un obispo; la oposición era muy clara. No obstante,
muerto su padre a finales de 1243, y con los
18 años que requerían los estatutos, toma el hábito y
se traslada a Roma, el General de la Orden, Juan
de Wildeshausen, el Teutónico, decide llevarlo a Bolonia para que
haga el noviciado y luego a París a continuar estudios.
Mientras,
vasallos de la familia llevan la noticia entre lágrimas a
Teodora de Teate; ésta viaja tras su hijo de Nápoles
a Roma y ya no lo encuentra allí. “Entonces envió
a sus hijos mayores que estaban en la corte del
emperador, acampada en Aquapendente, un mensajero —narra el cronista G.
de Tocco—, el cual, con la bendición materna, les pedía
que se apoderaran de Tomás, a quien los Predicadores habían
vestido el hábito de su Orden y hacían que huyera
del reino. Ejecutando la orden de su madre, los hijos
de Teodora expusieron al emperador la orden recibida y, con
su consentimiento, enviaron exploradores a reconocer rutas y caminos”. Tomás
fue apresado y enviado al castillo familiar de Montesangiovanni, y
luego a Roccasecca.
La madre hizo todo por persuadirlo a volver
a la vida seglar o a Monte Casino. Pero durante
año y medio, el joven se aferró al hábito mendicante.
Sus hermanos lo trataron con más dureza y, en una
ocasión, le llevaron una joven de costumbres ligeras para seducirlo.
Todo en vano. Con el tiempo la oposición familiar cedió,
Tomás hacía vida de estudio y oración, y arrastró con
su ejemplo a su hermana Marotta a la vida religiosa.
De acuerdo con otros frailes, se fuga, completa el noviciado
y es enviado al Studium Generale de la Orden dominicana
en Colonia. Allí enseñaba a la sazón el maestro Alberto.
El
buey mudo de Sicilia
Las anécdotas de su época de estudiante
nos informan del aspecto y el temperamento de Tomás, era
callado y prudente, pero todo un Aquino: grueso y de
1,90 de estatura; sus compañeros lo apodaron “el buey mudo
de Sicilia”. Alberto de Bollstädt (san Alberto Magno), descubrió el
talento de aquel alumno y lo convirtió pronto en su
discípulo. Dicen que Alberto anunció a los condiscípulos de fray
Tomás: “Lo llamáis buey mudo, pero os digo que su
mugido resonará en el mundo entero”. Tomás fue el continuador
del proyecto de Alberto: conciliar el naturalismo de Aristóteles con
el espiritualismo de San Agustín. Se trataba de formular la
síntesis de razón y fe. La convicción de fondo de
Alberto Magno y Tomás de Aquino era esta: la ciencia
no está contra la fe; son dos fuentes de luz
para ilustrar al hombre, cuyo origen común es el Creador.
Mientras
Tomás se preparaba para la ordenación sacerdotal y la docencia,
su familia cambió de bando; los hermanos se conjuraron contra
Federico II, en 1246, Reinaldo fue ejecutado y los otros
desterrados; perdieron el señorío de Roccasecca y sólo les quedaba
Montesangiovanni en los Estados Pontificios. A instancias de la madre,
el Papa Inocencio IV le ofreció la abadía de Monte
Casino, para apoyar económicamente a su familia. Más tarde Clemente
IV le propuso el arzobispado de Nápoles. Aquello consonaban con
la mentalidad feudal pero no con la de un fraile
y Tomás era fraile mendicante, entregado al estudio y la
docencia; él rechazó la mitra abacial, como Francisco de Asís
las riquezas burguesas. Era una nueva mentalidad, una forma literal
y austera de entender la pobreza evangélica.
La Universidad de París
La
“inteligencia” de la Cristiandad, estaba organizada como un importante gremio
y dotada de leyes propias: era como “otra” ciudad, dependía
del del papa y el rey. No respondía a la
imagen de una Edad Media pacíficamente cristiana, en la que
no pasa nada, sino que durante 25 años estuvo siempre
amenazada por la huelga general, frecuentemente sacudida por alborotos, choques
entre estudiantes y fuerzas del orden y una sorda, pero
feroz, lucha intestina por el poder.
Al apacible muchacho que llamaban
“buey mudo” lo puso Alberto allí, en medio de las
más ásperas controversias. La primera tuvo carácter “político”, la promovió
Guillermo de Saint-Amour, contra las órdenes mendicantes y su presencia
en la Universidad. Este profesor secular publicó un librito difamatorio
contra las nuevas órdenes religiosas, presentándolas como el peligro moderno
(De periculis novissimorum temporum), y trabajó para expulsar a franciscanos
y dominicos de la Universidad. En el Convento de Saint-Jacques
(Les jacobins) se llegó a agresiones físicas a los alumnos
asistentes y éstos abuchearon a un rector que pretendía cerrar
el Centro. A pesar de huelgas y comienzos de curso
con el recinto acordonado de arqueros del rey, allí los
maestros eran serenos y de ciencia sólida. Junto a Los
Jacobinos está aún “Place M’Aubert” (Plaza del Maestro Alberto), donde
enseñaba porque los alumnos no le cabían en el aula.
Lo mismo sucedió con fray Tomás: “En su enseñanza suscitaba
nuevos temas; encontraba un modo nuevo y claro de afrontarlos;
aducía nuevas razones...” Era todo novedad, algo atractivo para un
joven: aristotelismo no pagano; una inteligencia osada que trataba la
“pagina sacra” no como mera alegoría piadosa, sino como teología,
“ciencia”, conocimiento por causas.
Vivió el pensamiento. Pensó la vida,...a pie
La
segunda gran discusión no fue por el poder, sino por
las cosas sublimes. Se discutía sobre lo más elevado y
menos tangible: ¿Hay un alma inmortal?, ¿ha creado Dios el
mundo, o la materia es eterna? ¿Es igual “tiempo infinito”
que eternidad? En aquella época de las “escuelas” se hizo
verdadera filosofía y no sólo teología. Lo más filosófico fue
el atrevimiento de las preguntas. Hubo innovadores que querían deshacerse
de la fe tradicional y hallar para todo una explicación
científica, seguidores de los sabios griegos y musulmanes como Aristóteles,
Avicena y Averroes. Y hubo conservadores o, incluso, reaccionarios que
querían deshacerse de la ciencia griega y abrazar una fe
pura; como si fueran los intérpretes de los Padres de
la Iglesia. Tomás de Aquino no fue amigo de tensiones
desesperadas: «¿los sentidos o la razón?, ¿la mente o el
corazón?» No. La diversidad no es ruptura y conflicto, sino
orden; en él predomina la aceptación de los diversos legados
históricos y su armonía. Chesterton expresó acertadamente cómo la clave
de la síntesis tomista es una afirmación, clarividente y positiva
a la vez: «Si el morboso intelectual del Renacimiento es
el que dice ‘Ser o no ser, he ahí la
cuestión’, el macizo doctor medieval responde con voz de trueno:
‘Ser, ésta es la respuesta’».
La biografía de Tomás sigue el
hilo de estancias en distintas ciudades y la redacción de
gruesos escritos. Considerando la serie de títulos en latín, fechas
y ciudades distintas, los encargos de su Orden, las consultas
de papas, clérigos, nobles, reyes, etc., uno se pregunta de
dónde sacó el tiempo para escribir obras tan complejas y
hermosas como la Suma contra Gentiles, o la Suma Teológica;
sólo comparables, en belleza y grandiosidad, a una catedral gótica
cuya elevación y luz hacen olvidar que es de piedra.
Llegó
a París de profesor ayudante; accedió a la plaza oficial
con sólo 31 años, y empezó a enseñar y a
escribir obras profundas, obtuvo una cátedra, y todo de 1254
a 1259. Llamado a la Curia pontificia, residió en tantas
ciudades como los papas itinerantes.La etapa italiana (1259-1268) es la
más fecunda en escritos; además organizó el sistema educativo de
los dominicos y fundó su Estudio General de Roma. Su
madurez se reparte entre una segunda estancia en París (1269-1272)
y la vuelta a su Nápoles natal, con el encargo
de organizar el Estudio General o Universidad de los dominicos.
Para
un intelectual, una serie de contrariedades: ¿cuántas veces cambió de
casa?, ¿cuántos viajes atravesando Europa a pie?, ¿cuántas reuniones, cuántos
encuentros crispados? ¡Cuánto tiempo perdido y qué pocos libros! Bibliotecas
escasas, en abadías perdidas en el campo. Su vida fue
leer, memorizar y meditar, a la vez que caminaba. Disculpamos
así su carácter absorto: meditaba caminando. Más que escribir, dictaba.
A veces, dictaba tres libros distintos a la vez. Aún
así, su única salida de tono fue una exclamación de
alegría, sentado a la mesa del rey de Francia, pues
no pudo evitar el compromiso, ni dejar en casa sus
cavilaciones. En medio de la conversación, los comensales olvidaron al
silencioso fraile, de pronto se oyó un recio puñetazo sobre
la mesa: “¡Y esto acaba con los maniqueos!” Todos miraron
con horror al rey Luis que, con una sonrisa, hizo
llamar a su secretario: “Tome usted nota de lo que
le va a dictar fray Tomás, ¡es muy importante!”
Los sabios
paganos afirmaron que sólo es feliz quien contempla las verdades
eternas y se separa de la muchedumbre, movida por las
pasiones. Tomás escribió: Es mejor transmitir a los demás las
cosas estudiadas, que contemplar solo. «¡Transmitir a los demás!». Este
es su lema. Al ideal griego de la sabiduría unió
con naturalidad el ideal cristiano del amor: es mejor dar
que recibir. Se debe estudiar y saber para enseñar, no
para ser un “selecto”. Quiso ser fraile predicador, quiso saber
para comunicar.
Il buon fra Tommaso!
Fray Tomás unía el tacto del
corpulento aristócrata, un corazón ardiente de poeta enamorado, que exclama
ante la Eucaristía: “Adoro te devote, latens deitas!” La unión
en un solo hombre de una inteligencia superdotada, la flema
de un buey de arar y la pasión con que
se aferró a la pobreza y al amor divino, hacían
de él un “todo terreno” para las luchas universitarias. El
tiempo dio la razón a Alberto. El rey Luis IX
(san Luis de Francia) también se percató de la categoría
del fraile y se aconsejaba de él, antes de tomar
decisiones importantes. El Papa Urbano IV lo llamó a su
lado y lo convirtió en teólogo de la Casa Pontificia,
le encargó libros y el oficio de la fiesta del
Corpus Christi, para la que compuso Tomás algunos de los
himnos litúrgicos más conocidos, sensibles y profundos: “Pange lingua”, “Lauda
Sion”... A su muerte, el Rector y la Facultad de
Artes de París escribieron una sentidísima carta al capítulo general
de Lyón, pidiendo el cuerpo de quien había sido honor
de la Universidad, luz de las inteligencias. Se había ganado
a los belicosos parisinos.
El “ojo crítico” de Tomás fue extraordinario:
señaló que algunos libros atribuidos a Aristóteles eran obras platónicas
y la filología moderna le ha dado la razón. De
ahí la necesidad de textos fiables, y Guillermo de Moerbeke,
tradujo Aristóteles al latín, para él, directamente de manuscritos griegos.
Se
piensa en los genios como seres fríos y distantes; pero
fray Tomás era próximo. Sus estudiantes le llamaban il buon
fra Tommaso; solían rodearlo y hablar con él. Volviendo de
un paseo a Saint-Denis, a la vista de París, uno
le dijo: “¡Qué ciudad, maestro! ¿No le gustaría gobernarla?” “No
hijo, que no tendría tiempo para pensar. Lo que querría
es poder leer los comentarios del Crisóstomo a San Mateo”.
Los libros eran raros y carísimos, hechos a mano. Tomás
tenía el hábito de memorizar lo que leía, se ha
comprobado que citaba de memoria la Biblia y a los
Padres de la Iglesia.
Murió con 49 años, mientras acudía, enfermo,
al Concilio de Lyón, en la hospedería del convento cisterciense
de Fosanova, sufragáneo del castillo de Maenza, de su sobrina
Francisca, en su tierra natal, el 7 de marzo de
1274.
El pensamiento de Tomás de Aquino, hoy
Fue canonizado por Juan
XXII, en Aviñón, en julio del 1323. Pío V lo
proclamó Doctor de la Iglesia, en 1567. De forma ininterrumpida
todos los Papas y Concilios han recomendado la doctrina y
el estilo de Santo Tomás a los estudiosos católicos. Ya
en 1323 Juan XXII lo presentaba como modelo de sabiduría:
«en cuyos libros aprovecha más el hombre en un año,
que en los de los otros en toda una vida».
La recomendación insistente de enseñar a Sto. Tomás, llegó al
máximo en la encíclica Aeterni Patris (1879), con que León
XIII salió al paso del moderno subjetivismo e idealismo, tendentes
a disolver toda certeza. Los papas y Concilios del s.
XX, lo prescriben como criterio de pensamiento católico. En eso
han insistido Pablo VI en 1974 y Juan Pablo II,
especialmente en las encíclicas Veritatis splendor (1993) y Fides et
ratio (1998).
Algunas valoraciones modernas
«No es la originalidad, sino el vigor
y armonía de la construcción lo que encumbra a Santo
Tomás sobre todos los escolásticos. En universalidad de saber, le
supera San Alberto Magno; en ardor e interioridad de sentimiento,
San Buenaventura; en sutileza lógica, Duns Escoto. Pero él los
sobrepuja a todos en el arte del estilo dialéctico y
como maestro y ejemplar clásico de una síntesis de meridiana
claridad» (Étienne Gilson).
«Ante todo Santo Tomás es el más eminente
filósofo del sentido común. Todos los demás grandes filósofos, al
menos a partir de Descartes, han comenzado por pedirnos que
creamos en algo que (a juzgar por las apariencias) es
ridículo; tal como que la materia no existe o que
no existe nada más que la materia, o que no
se puede conocer nada fuera de uno mismo o, incluso,
que el hombre no dispone d elibre albedrío. Desde puntos
de partida así, avanzan luego diciendo varias cosas muy inteligentes.
Sin embargo, cierto aire irreal, dulcemente lunático, invade todo lo
que dicen. Santo Tomás al menos tiene los pies sobre
el sano y democrático terreno del sentido común, sobre el
principio, si se quiere, de que la luz verdadera ilumina
a todo hombre que nace en este mundo y no
sólo a los pocos inteligentes. Existen, sí, las ilusiones ópticas;
ustedes y yo podemos ser engañados, podemos cometer errores. Sin
embargo, Santo Tomás tiene una fe tranquilizante en que el
mundo está realmente ahí y que es, más o menos,
como lo vemos: que podemos afirmar cosas verdaderas a su
respecto, sacar conclusiones y alcanzar certidumbres de manera segura». (Christopher
Derrick)
«Para empezara entender la filosofía tomista, o la católica, se
debe caer en la cuenta de que su elemento primero
y fundamental radica enteramente en la alabanza de la Vida,
en la alabanza del Ser, en la alabanza de Dios
como creador del mundo. Todo lo demás viene mucho después,
y está condicionado por múltiples complicaciones, como la Caída o
la vocación de ser héroes» (Gilbert K. Chesterton).
Cómo estudiar (Carta exhortatoria
a fray Juan)
Puesto que me preguntaste, Juan carísimo en Cristo,
de qué modo debes aplicarte para adquirir el tesoro de
la ciencia, este es el consejo que te doy:
1º que
por los riachuelos y no de golpe al mar procures
introducirte, ya que conviene ir a las cosas difíciles a
través de las más fáciles.
2º Por tanto, este es mi
consejo y tu instrucción. Sé tardo para hablar e incorpórate
tarde a los coloquios;
3º depura tu conciencia.
4º No abandones el
tiempo dedicado a orar;
5º ama permanecer en tu celda, si
quieres ser introducido donde está el vino añejo.
6º Muéstrate amable
con todos;
7º no pretendas conocer con todo detalle las acciones
de los demás.
8º con nadie te muestres muy familiar, porque
las familiaridades originan desprecios y suministran materia para sustraerse al
estudio;
9º en lo que dicen o hacen los mundanos no
te impliques de ninguna manera;
10º apártate del discurso que pretende
explicarlo todo;
11º no dejes de imitar los ejemplos de los
santos y hombres buenos;
12º sin importarte a quién oigas, encomienda
a la memoria lo que se diga de bueno;
13º lo
que leas y oigas, esfuérzate en entenderlo;
14º acerca de los
asuntos dudosos, cerciórate;
15º y preocúpate de guardar cuanto puedas en
el cofre de la mente, como quien ansía llenar un
recipiente;
16º no pretendas lo que es más alto que tú.
Siguiendo
esas indicaciones, echarás ramas y darás frutos útiles en la
viña del Señor Altísimo, mientras vivas. Si sigues estos consejos,
podrás alcanzar aquello a lo que aspiras”. (Fray Tomás de
Aquino).
El amor a la verdad
Abramos con cuidado la puerta del
aula y escucharemos su diálogo con un alumno que se
siente perplejo:
—“Maestro; ¿Cómo podemos saber qué es la verdad? Conozco
a un hombre que duda de todo.
—“Es imposible. No podéis
conocer a un hombre así. Un hombre que dudase de
todo tendría que dudar también de que duda de todo.
Tendría que dudar hasta de su propia existencia, lo que
no le permitiría dudar... Y tendría que admitir que su
vida es una constante contradicción, porque dudando de que existan
alimentos, comería; dudando de que exista el sueño, dormiría... La
postura del escéptico total es completamente absurda. Por eso, tales
escépticos no existen en realidad. Hay, desde luego, personas que
pretenden que es imposible conocer la verdad, pero es porque
reconocer que la verdad existe les llevaría a sentirse obligados
moralmente. Poncio Pilato preguntó: «¿qué es la verdad?» Decía no
saberlo, pero, acto seguido, condenó a muerte a un Hombre
cuya inocencia él mismo había proclamado...
(...)
—“Maestro: ¿Cómo definiría la verdad?
—“La
verdad es la adecuación o conformidad entre la visión intelectual
y el objeto considerado. El error, la no conformidad.
—“Pero, ¿podemos
conocer la verdad total?
—“No. Sólo Dios —dijo fray Tomás, como
si lamentase tener que decirlo—. Pero eso no quiere decir
que nuestro conocimiento, aunque sea parcial, tenga que ser falso”.
(Louis
de WOHL, La luz apacible. Novela sobre Santo Tomás de
Aquino y su tiempo, 2ª edición, Madrid, 1984).
La polémica anti-averroísta
y la “unidad del intelecto agente”
El realismo, frente a los
espiritualismos “extraterrestres”
Tomás participó de manera especialmente intensa en una polémica,
de carácter “espiritual”, que provino del intento de vuelta al
paganismo, liderado por el maestro Siger de Brabante, frente al
cual reaccionaron los teólogos de inspiración agustiniana con un intento
de signo contrario, esto es, de cierre a la razón
y las humanidades.
El siglo XII había traído el descubrimiento de
la ciencia griega, a través de traducciones provenientes del mundo
árabe (Toledo), la impresión que produjo en los intelectuales de
entonces el descubrimiento del “corpus” aristotélico puede calificarse de “impacto”.
Quedaron deslumbrados ante la más racional concepción de la realidad
nunca vista; tanto por su rigor lógico, como por su
amplitud de miras, el aristotelismo arrastraba: se proponía como tema
“todo lo que hay” y, distinguiendo cuidadosamente el método que
a cada ciencia corresponde, según su objeto, procedía al estudio
del mundo, del hombre y de Dios. A los ojos
de muchos estudiosos del siglo XIII, Aristóteles “era” la ciencia.
Así lo había visto también Averroes, el sabio musulmán que
no quiso ser otra cosa que “El Comentador”, puesto que
sólo Aristóteles habría sido, a su entender, “el Filósofo” en
el sentido acabado y definitivo de la palabra.
Siguiendo a Averroes,
Siger y los averroístas parisinos alzaban tanto la inteligencia sobre
la materia que afirmaban la existencia de una única Inteligencia,
la “Humanidad” abstracta. Esa Inteligencia era espiritual, inmortal, luminosa y
separada de la tierra, como la Luna; pero el hombre
de carne y huesos era material, mortal, esclavo de los
sentidos y pasiones. Ni la inmortalidad era personal ni las
decisiones libres, eso arruinaba la ética griega y la idea
cristiana de redención del pecado. Además, aseguraban que la materia
era eterna y el mundo no había sido creado. Dios
existía, pero no intervenía. El fin último del hombre inteligente
y educado era el saber; el del hombre vulgar, el
placer. Los hombres quedaban irremediablemente clasificados. Según los averroístas había
una “doble verdad”: la religiosa, para las buenas gentes sencillas
y la racional, para el sabio.
Tomás de Aquino se dio
cuenta de que Aristóteles y el cristianismo coincidían en su
sentido de lo concreto y no en ese espiritualismo exagerado,
desencarnado, de las sectas que ponían la “humanidad” en los
astros. Los averroístas concedían a la razón una competencia propia,
cierta autonomía respecto de la fe teologal. Eso era razonable.
Para que una filosofía sirva a la teología, antes debe
ser buena filosofia. En ese sentido, goza de autonomía. La
razón no sería buena para hacer teología (para pensar las
cosas sobrenaturales), si no fuera buena para pensar las naturales.
Pero los averroístas latinos se equivocaban “como filósofos”, por eso
hacían mala teología. ¿No era un sinsentido afirmar que la
verdad es doble? ¿No era absurdo que la “Humanidad” sea
inmortal, y el hombre singular no? ¿No eran seguidores de
Aristóteles, y no había enseñado éste que el alma es
la forma sustancial del cuerpo? Entonces, ¿cómo podían afirmar que
“Otro” ejecuta mi acto de entender y “yo mismo” entiendo,
a la vez? «Si alguien quisiera sostener —escribe fray Tomás
que el alma intelectiva no es la forma del cuerpo
humano, debería hallar la manera de explicar que esta acción
que es entender sea la acción de este hombre» (Summa
Theologiae, 1, q. 76, a. 1). Tomás de Aquino confia
en la razón, más que los seguidores de Averroes, que
creen en los puntos de vista de “El Comentador” más
que en su propio sentido común. Antes que herejes, eran
malos filósofos.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la sección Consulta cualquier duda acerca de las principales verdades de la fe católica, su congruencia con la razón y las normas para vivirlas. Cuestiones apologéticas para saber defender tu fe ante el ataque de las sectas y de doctrinas y corrientes contrarias a la misma
Ver todos los consultores
Curso que presenta las bases teóricas para ser un buen evangelizador, enriquecidas con un muy amplio repertorio de sugerencias prácticas.
Ver todos los eventos