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Autor: Por S. Caballero Sánchez* | Fuente: En Gran Enciclopedia Rialp (GER), Tomo 5, páginas 405 a 409 Causa
En sentido amplio, se entiende por causa aquella realidad de la que depende el ser o el obrar de otra.
Causa
CAUSA
En sentido amplio, se entiende por causa aquella realidad
de la que depende el ser o el obrar de
otra. La polivalencia de esta noción indica que el estudio
de la causa, cuyo tratamiento pertenece en primer lugar y
por derecho propio a la Filosofía, y especialmente a la
Metafísica, encierra una gran complejidad y riqueza de aspectos, que
conviene deslindar cuidadosamente.
Naturaleza de la causa
En su acepción más general,
la causa es el principio real que influye positivamente en
el ser de otra cosa (llamada efecto), haciéndola dependiente. Es
preciso, pues, partir de la noción más amplia de principio
para llegar a la de causa, En definición de Santo
Tomás, «principio es aquello de lo que algo procede, cualquiera
que sea este modo de proceder». Para que el principio
sea causa debe cumplir las siguientes condiciones (ya incluidas en
la definición):
• debe ser real, y no meramente lógico (como
las premisas de donde procede la conclusión);
• ha de tener
una influencia positiva sobre el efecto, y no negativa (cual
acontece con la privación como principio de la generación);
• dicha
influencia deberá ser auténtica sobre el ser del efecto (no
únicamente sobre el movimiento o la sucesión);
• finalmente, de esa
influencia debe resultar una dependencia real del efecto con respecto
a la causa, pues hay principios que, cumpliendo todos los
requisitos anteriores, no originan dependencia (así sucede, por ejemplo, en
el misterio de la Santísima Trinidad, donde el Padre es
principio real del Hijo, y ambos son, a su vez,
principio real del Espíritu Santo; pero no son causas, porque
las Personas divinas, no dependen unas de otras).
Lo dicho
nos hace ver algunos rasgos que caracterizan a la causa,
y asimismo las relaciones entre ésta y el efecto, cuyas
nociones son siempre correlativas:
• la causa tiene prioridad (al menos,
en naturaleza) sobre el efecto;
• la causa y el efecto
son realmente distintos;
• entre causa y efecto no se da
una total independencia, sino que ambos están estrechamente vinculados por
la relación de causalidad (influencia de la causa por la
que el efecto se constituye como actualmente distinto de ella).
Concepto afín al de causa es el de condición, de
gran complejidad significativa. Muy en general, se entiende por condiciones
de un ser todo lo que éste requiere para existir
o ser del modo que es (en este sentido, dentro
de las condiciones se incluirían las causas extrínsecas, y hasta
las causas concurrentes o concausas). En una acepción menos amplia,
la condición, excluyendo las causas extrínsecas e intrínsecas, se identifica
con la serie de circunstancias que hacen posible el ejercicio
de la causalidad; en tales casos, se trata de una
aplicación de la causa, dejando que ésta produzca el efecto
(por ejemplo, al pulsar el conmutador eléctrico, permito que pase
la corriente y la bombilla se enciende). Por último, y
en sentido más estricto, la condición se presenta como removensprohibens,
y su papel se reduce a apartar un obstáculo que
impide o dificulta la actuación de la causa. También se
encuentra en proximidad con el concepto de causa el de
ocasión: aquello que favorece la actuación de la causa y
que, a veces, sirve de estímulo para que ésta actúe;
en el caso de la eficiencia, la ocasión proporciona al
agente un motivo, una idea, una oportunidad para actuar de
un modo determinado con preferencia a otro; así entendida, guarda
una relación más estrecha con la causalidad final o la
ejemplar. Finalmente, conviene distinguir entre causa y razón; este último
término expresa todo aquello que aporta al espíritu una nueva
luz, aclarando o explicando algo («dando razón» de algo). El
término goza de un favor especial entre los representantes del
racionalismo, que tienden a identificar causa y razón, y que
emplean indistintamente ambos vocablos. Sin embargo, el empleo del término
razón debe restringirse al ámbito de la lógica, utilizando el
de causa cuando se trate del orden de la realidad.
Clases
de causas
Es clásica la división dada por Aristóteles, que, basándose
en la relación de dependencia entre la causa y el
efecto, señaló cuatro tipos generales de causas: «En un sentido,
entendemos por causa la sustancia formal o quididad...; en otro
sentido, la causa es la materia o el sustrato; en
un tercer sentido, es el principio de donde procede el
movimiento; finalmente, en un cuarto sentido, que se opone al
tercero, la causa es la causa final o el bien
(porque el bien es el fin de toda generación y
de todo movimiento)».
Los escolásticos llamaron a estas causas, respectivamente, formal,
material, eficiente y final; las dos primeras son intrínsecas porque
constituyen la estructura interna de los seres, mientras que las
dos últimas son extrínsecas, por influir en el efecto desde
fuera y permanecer distintas de él. Filósofos posteriores a Aristóteles
añadieron (quizá por influencia platónica) una quinta causa, a la
que llamaron ejemplar o formal-extrínseca. Hay otras divisiones, o mejor
subdivisiones de estos tipos generales de causas, de las que
nos ocuparemos en sus lugares oportunos. Baste ahora aludir al
carácter analógico de la división dada: todos sus miembros realizan
real y propiamente la razón de causa, pero cada uno
de manera esencialmente diferente. Mientras unos autores defienden la analogía
de atribución, considerando como analogado principal a la causa eficiente,
otros sostienen que se trata de una analogía de proporcionalidad.
El
agente y la causa eficiente
Con el término causa eficiente se
designa aquella realidad que, con su acción, produce el ser
del efecto. Aristóteles la caracterizaba como «principio del movimiento». Y,
desde luego, la mera consideración de la realidad del movimiento
obliga a admitir, para explicar el paso de potencia a
acto, la realidad de la causa eficiente. Son evidentes la
existencia de cambios y causas eficientes.
Sin embargo, no han faltado
algunos negadores de la causa eficiente. En la Edad Media,
Avicena, Avicebrón y con más insistencia Algacel rechazaban la posibilidad
misma de que los seres finitos ejercieran una auténtica causalidad
eficiente, que quedaría reservada por derecho propio y exclusivo a
Dios. Encontramos aquí un germen del ocasionalismo que después sostendría
Malebranche, y que en cierto modo adaptó a sus propias
ideas Leibniz, al explicar la comunicación de las sustancias por
la «armonía preestablecida», basándose en que las potencias activas de
los seres finitos no son sustancias, sino accidentes, por lo
cual son absolutamente incapaces de producir sustancias. La debilidad del
argumento se patentiza considerando que el accidente, así como tiene
existencia por la sustancia, igualmente tiene eficiencia por ella, desapareciendo
entonces la desproporción que se creía encontrar entre causa y
efecto. Tampoco es concluyente la razón basada en la infinita
distancia entre Dios y los seres finitos, ya que éstos,
en cuanto tienen forma, poseen alguna actividad.
Es necesario, pues, admitir
la realidad de la causa eficiente y del principio de
causalidad (todo efecto tiene una causa; todo lo contingente, o
que antes no era, ha sido hecho por otro; todo
lo que no tiene en sí la razón de ser
ha sido causado; etc.). Pero más que demostrar con razonamientos
la existencia de la causa eficiente y la realidad del
principio de causalidad, se trata simplemente de mostrar su evidencia
en la experiencia externa (se producen o producimos realidades que
antes no existían, actuando o modificando otras ya existentes) y
en la interna (al pensar, juzgar, desear, amar, odiar, etc.
producimos determinados efectos, acciones, etc.). Es claro que causa eficiente
absoluta de todo el ser de un efecto sólo es
Dios; los entes o sustancias finitas de este mundo son
verdaderas causas eficientes de otros entes o sustancias finitas, pero
siempre contando con realidades preexistentes.
La comprensión de la causalidad está
ligada con la comprensión misma del ser y de su
profundo dinamismo. Así se desvela con mayor claridad la unidad
existencial originaria y originante que subyace bajo la multiplicidad de
manifestaciones de la causalidad eficiente. Se descubre la dependencia existencial
de unos seres respecto a otros, y la de todos
los seres finitos respecto al Ser Infinito, Dios. Pero la
creación, y la consiguiente conservación en el ser, es una
causa eficiente de distinta clase que la de los seres
finitos. Con esto se advierte una estrecha relación entre causalidad
eficiente y participación, siendo la acción lo que las enlaza.
También en el concepto de acción se halla la razón
formal de la causa eficiente, su naturaleza propia, lo que
la define como tal causa y la distingue de las
demás. De ahí que Aristóteles caracterizara a la causa eficiente
diciendo que «el agente es causa de lo que es
hecho». Y nuevamente aparece la correlación (entre causa y efecto)
a que aludimos arriba. El agente (o eficiente, como llamaban
los escolásticos a esta causa) es aquel ser que obra,
actúa o modifica; requiere, como correlato, un paciente que reciba
la acción o modificación. Pero la acción del agente puede
identificarse con el ser del mismo (y tenemos entonces la
causa eficiente Primera, Dios) o distinguirse de él, y nos
encontramos en el caso de las causas eficientes segundas, es
decir, los entes finitos en cuanto causas, que deben cumplir,
bajo este aspecto preciso, las siguientes condiciones:
• Ser sustancias individuales
o supuestos, de acuerdo con el axioma actionessuntsuppositorum.
• Estar dotados
de potencias operativas (ya que, siendo entitativamente compuestos de potencia
y acto, no pueden obrar inmediatamente).
• Ejercer realmente dichas potencias,
pasando así a la acción de producir el efecto (en
términos de la filosofía tradicional: pasando de ser causas eficientes
«en acto primero» a serlo «en acto segundo»).
Pero no
se piense que la acción produce el efecto; lo produce
la causa con su acción; incluso puede decirse que acción
se identifica con producción del efecto. En esa producción, la
causa, realmente distinta del efecto, comunica a éste algo de
su propia perfección haciéndolo semejante, lo cual equivale a afirmar
que el efecto (o, más concretamente, su perfección) se encuentra,
ya antes, de modo virtual en la causa. Esta «precontinencia»
del efecto en su causa ha dado lugar a interpretaciones
erróneas; como la de Leibniz, que identifica causa y efecto,
de donde se sigue que el cambio sería sólo apariencial;
la de Hamilton, que sigue a Leibniz en este punto
y considera el principio de causalidad como una «tautología absoluta»;
y la de Meyerson, que distingue entre causalidad científica o
racional (necesidad que la mente tiene de racionalizar) y causalidad
teleológica (en la que el nexo causal es arbitrario o
voluntarista), separando como dos nociones diferentes lo que, en realidad,
sólo son dos aspectos de la misma noción.
La causa eficiente
es susceptible de numerosas divisiones, según el criterio que se
adopte para hacerlas:
• Por la conexión entre causa y efecto:
causa esencial (la que produce un efecto al que está
ordenada) y causa accidental (la que produce un efecto al
que no está ordenada); la esencial puede ser próxima o
remota, según que la causa produzca el efecto de manera
inmediata o por mediación de otro u otros efectos.
• Por
la subordinación: causa principal (la que obra por su propia
virtud) y causa instrumental (la que sólo puede actuar si
es movida por la principal). La causa principal puede ser
primera o segunda, según que al ejercer su causalidad propia
sea absolutamente independiente de cualquier otra causa o tenga dependencia
con respecto a alguna o algunas de ellas.
• Por la
extensión: Si se trata de un solo efecto, la causa
puede ser total, si produce todo el efecto, o parcial,
si necesita la colaboración de otras (llamadas concausas) para la
realización del efecto total; si se trata de una pluralidad
de efectos, la causa es universal, cuando produce varios efectos
pertenecientes a diversas especies, o particular, cuando sólo puede producir
una especie determinada de efectos.
• Por el modo: causa física,
la que produce el efecto con su acción física; causa
moral, la que propiamente no produce el efecto, sino que
objetivamente mueve a otra causa (aconsejándola, induciéndola, excitándola) para que
lo produzca.
• Por el término de la causación: causa del
ser (esse) y causa del devenir (fieri) del efecto; sólo
Dios es, en sentido propio y pleno, c. del ser;
las c. segundas únicamente producen el devenir o, para ser
más exactos, el advenir, la ex-sistencia del efecto.
• Por la
semejanza entre causa y efecto: causa unívoca, si produce un
efecto de la misma perfección y especie que la causa;
causa equívoca (o análoga), en caso contrario.
El fin y
la causa final
La palabra fin ofrece múltiples sentidos: límite, cesación,
acabamiento o perfección, objeto que se pretende realizar o conseguir,
intención, dirección de una tendencia, destino, etc., reducibles todos ellos
a dos principales: fin como cesación de un proceso en
el tiempo o límite de un objeto en el espacio
(por oposición a comienzo) y fin como objeto o intención
(por oposición a medio); éstos, a su vez, son perfectamente
integrables en la noción de causa final: «aquello por lo
cual se hace una cosa» (id propter quod seu cuius
gratia aliquid fit), dando a la expresión «por lo cual»
un valor de motivación, y no de causa eficiente. En
la acción de ésta, en cuanto orientada a un objetivo,
se enlazan estos dos sentidos del fin: porque el objeto
intentado por el agente no existirá hasta que haya acabado
el proceso de su actuación; inversamente, la acción del agente
sólo se desencadenará cuando exista un objeto al cual se
oriente.
Hay, pues, una polaridad, o mejor diríamos una tensión entre
fin y agente: el fin, en cuanto pre-tensión o intención
del agente, mueve a éste a obrar, y en tal
sentido lo determina e influye en él (fin-causa); el fin,
en cuanto término de la operación, propiamente no determina al
agente (es un fin-efecto). El primero es verdadera causa, pero
no el segundo, a no ser que el agente lo
intente o pretenda formalmente. Este doble aspecto del fin explica
mejor la causalidad final, que actúa atrayendo al agente y
determinando y especificando su acción. Para ello, es condición imprescindible
que el fin sea previamente conocido de alguna manera, aunque
no basta ese conocimiento; se requiere, además, la apetibilidad del
fin y la real apetición del agente, que, una vez
conocida la bondad del fin, se siente atraído por ella,
la apetece y comienza a actuar para realizarla o para
obtenerla. Observemos, por último, que se precisa un conocimiento del
fin en cuanto fin y una ordenación de los medios
más adecuados para llegar a él; es decir, se precisa
un conocimiento intelectual. Pero no todos los agentes conocen intelectualmente;
de ahí que haya diferentes modos de tender al fin:
• formalmente, cuando el agente es racional y, por conocer la
razón de fin, se dirige por sí mismo a su
realización;
• materialmente, cuando el agente sólo conoce, por los sentidos,
el objeto que le atrae, pero sin captarlo bajo la
formalidad de fin (es el caso de los animales irracionales);
• ejecutivamente, cuando el agente carece de todo conocimiento, como sucede
con los vegetales y minerales; en los dos últimos casos.
el fin es conocido por aquel ser que ha dado
su peculiar naturaleza a los agentes.
El fin puede presentarse
bajo múltiples aspectos:
o En el orden de la intención (en
cuanto causa final): fin objetivo, aquello que se apetece (finisqui
o cuiusgratia); fin subjetivo, el sujeto para el cual se
apetece (finiscui); fin formal, aquello en lo que se alcanza
lo apetecido (finisquo). El fin objetivo, a su vez, puede
ser último, si no se ordena a ningún otro (ya
sea absolutamente, ya sea relativamente o en un orden determinado),
y no-último, si se ordena a otro (no debe confundirse
con el puro medio, el cual no es apetecido por
sí mismo).
o En el orden de la ejecución (considerando el
fin en cuanto efecto): fin de la obra, aquello a
lo que tiende la obra, por su propia naturaleza (finisoperis)
y fin del operante, lo que el agente se propone
al obrar (finisoperantis), que puede no coincidir con el anterior;
el fin del operante siempre es efecto formal de la
causa final, mientras que el fin de la obra únicamente
lo es cuando coincide con el del operante.
La
causa ejemplar
En la producción del efecto no influyen solamente el
agente y el fin como causas extrínsecas, sino también otro
principio exterior, denominado causa ejemplar. La noción y el nombre
son de origen platónico; efectivamente, Platón llama arquetipos (y también
paradigmas) a las Ideas del cosmosnoetós, de las que las
cosas sensibles son copias, imágenes, participaciones. De los muchos sentidos
en que se ha empleado el término (que, por otra
parte, cada vez es menos usado), hoy parece subsistir únicamente
la idea general y vaga de un modelo: ejemplar o
forma que el agente intelectual se propone y sigue en
la realización de una obra. De ahí la definición de
causa ejemplar: «aquello a cuya imitación obra el agente». El
ejemplar (que recibe también los nombres de idea, ideal, plan
o plano, tipo, esquema, forma, etc.) puede ser exterior o
interior, pero sólo el interior ejerce propiamente la causalidad ejemplar,
que consiste en el ser-imitado y produce una semejanza no
casual ni natural, sino intentada, pretendida. Ello preexige, por parte
del agente, el conocimiento actual de la idea ejemplar, que
debe ser interiorizada en su aspecto objetivo, y que equivale
al efecto mismo en cuanto conocido con un conocimiento práctico,
orientado a la acción. Así entendido, el ejemplar es verdadera
causa, puesto que influye verdaderamente en el ser del efecto,
aunque su influencia no es existencial, sino esencial, formal, especificativa
(a ella puede reducirse la influencia de los objetos formales
sobre sus potencias respectivas).
En cuanto a la naturaleza de la
causa ejemplar: unos la reducen a la causa eficiente (Suárez,
Escoto, etc.); otros, a la final; otros, los más numerosos,
a la formal, denominándola «formal-extrínseca». Pero no faltan quienes rechacen
esta reductibilidad (así, De Régnon, De Finance, etc.): no puede
reducirse a la causa material, que es determinada y pasiva,
porque la ejemplar es determinante y activa; ni a la
final, ya que ésta dice relación al apetito; tampoco a
la eficiente, que ejerce su causalidad mediante la acción, a
diferencia de la causa ejemplar, que actúa por conocimiento, por
especificación; finalmente, no puede reducirse a la causa formal, que
es intrínseca y obra comunicándose a la materia, en tanto
que la causa ejemplar es extrínseca y no se comunica,
sino que su modo de actuación consiste en ser participada
de manera enteramente ideal. Parece, pues, que la causa ejemplar
constituye un quinto género de causa, distinto por completo de
los otros cuatro, sin que ello obste para que tenga
especial afinidad con la causa final y con la formal:
con la primera, por su carácter tendencial, intencional, ya que
ambas constituyen para el agente una meta, un objetivo a
alcanzar; con la segunda, porque ambas especifican al efecto, determinan
su taleidad. En el fondo, quizá pueda conciliarse esta postura
con la de aquellos que afirman que la causa ejemplar
es formal-extrínseca: la causa ejemplar se sitúa en el mismo
plano que la formal, aunque una y otra ejercen de
diversa manera su causalidad. Podríamos ver aquí como un desdoblamiento
de la Idea platónica: la causa ejemplar sería la Idea
en cuanto separada; la causa formal sería la Idea en
cuanto principio interno del ser.
La forma y la causa formal
Las
causas intrínsecas son la materia y la forma. De los
múltiples aspectos que ofrece la forma, sólo nos interesa aquí
aquél bajo el cual se presenta como causa. Puede definirse
como «el acto que determina y especifica de manera intrínseca
a la materia» (más ampliamente, por forma se entiende todo
principio real de determinación). En el orden físico, cabe distinguir
la forma sustancial, que es el acto de la materia
prima, y la forma accidental, que es el acto de
la materia segunda; en el orden metafísico, es forma todo
acto metafísico que se recibe en una potencia.
La forma es
verdadera causa, ya que ejerce una influencia real sobre el
ser del efecto; dicha influencia consiste en comunicarse a la
materia, especificando al compuesto; trátase de una unión efectiva, que
recibe el nombre de información. La causalidad de la forma
puede considerarse en dos planos: en el orden de la
entidad, la forma recibe el ser de la existencia y
limita a ésta. En el orden de la esencia (que
no puede confundirse con la forma), da el ser a
la materia, o mejor, hace a la materia ser en
acto, la actualiza, aunque recibe de ella la singularización. Pero
la forma no es un ser en acto, aunque sea
acto; es solamente un principio o coprincipio del ser; en
cuanto acto de la esencia, es principio de perfección. Por
lo dicho se advierte que la forma dice una doble
relación: al compuesto (especificándolo y determinándolo) y a la materia
(actualizándola). Para que la forma ejerza su causalidad, se precisan
condiciones: considerada en sí misma, la forma debe preceder en
cuanto principio de existencia; con respecto a otras causas, debe
darse aproximación a la materia y concurso del agente.
La forma
tiene unos efectos que no son todos del mismo orden
o rango: el efecto adecuado y último es el compuesto,
pudiendo considerarse este efecto como primario (la forma misma en
cuanto comunicada a la materia) o como secundario (la expulsión
de otra forma). Aunque hay tratadistas que entienden por efecto
formal primario el compuesto sustancial, y por efecto formal secundario
el compuesto accidental de sujeto y accidentes. Los efectos inadecuados
son: dar existencia a la materia, expulsar la forma anterior
y causar la generación. La causalidad de la forma, tal
como acaba de indicarse, sólo se ejerce, juntamente con la
de la materia, en los seres corpóreos.
La materia y la
causa material
La materia, considerada en cuanto causa, es el «sujeto
o sustrato permanente del cual y en el cual se
hace algo». Juntamente con la forma, es co-principio esencial del
efecto. Ampliando la definición dada, puede considerarse como materia cualquier
principio real de determinabilidad, cualquier potencia. Así se nos revela
la oposición que hay entre materia y forma. La materia
es pura potencia, principio de potencialidad y de singularidad, sujeto
de la forma y, por lo mismo, relativa a ella.
Pero es una verdadera causa, puesto que influye verdaderamente en
el ser del compuesto.
La causalidad de la materia consiste en
la comunicación de su misma (y mínima) entidad, comunicación que
tiene dos vertientes: uniéndose a la forma, la materia individualiza
el ser del compuesto resultante de ambas; además, de ella
se educe la forma, que es recibida en y sustentada
por la materia. Para ejercer esta causalidad, que podemos considerar
también como un concurso pasivo del que depende el acto
o forma (ya sea en el ser, ya en la
información), han de cumplirse ciertas condiciones: debe existir la materia,
aunque en el caso de la materia prima no se
requiere su preexistencia, puesto que dicha materia sólo existe por
la forma; se requiere también el concurso de otras causas,
de las que la causa material depende en su causación;
por último, en lo que concierne al efecto, se precisa
la debida proporción entre la potencia y el acto y
la aproximación de la materia a la forma; cuando se
trata de la causa material de los accidentes (materia segunda),
se requiere su preexistencia, ya que primero es la sustancia
como existente en sí misma, y luego como receptora y
sustentadora de accidentes. A la materia, como causa o principio, deben
adscribirse los siguientes efectos:
• la composición;
• la forma, que no
puede existir sin la materia (en el caso de las
formas educidas) o, por lo menos, no puede informar sin
ella (cuando se trata de formas creadas);
• la generación, que,
por ser una transmutación, no puede darse sin la materia,
que es su sujeto. Debe advertirse que la materia es
una causa intrínseca respecto del todo, y no únicamente respecto
de la forma. Conviene distinguir entre materia prima (el primer
principio absolutamente determinable por el que un ser se constituye
como individuo en el seno de una especie), y materia
segunda (el ser compuesto de materia y forma sustancial, y
susceptible de nuevas formas accidentales); desde otro punto de vista,
materia exqua (aquella de la que consta el compuesto y
de la que se educe la forma) o materia inqua
(aquella en la que la forma solamente inhiere, sin haber
sido educida de ella).
El instrumento y la causa instrumental
Una
de las más importantes divisiones de la causa eficiente es
la que distingue entre principal e instrumental; esta última puede
definirse: «aquella causa que no obra por su virtud o
forma propia, sino en cuanto movida por otra (la principal)».
En la causa instrumental o instrumento existe una doble virtud:
• la instrumental, que le corresponde formalmente en cuanto causa, y
que le es comunicada o impresa por la causa principal;
el instrumento la posee de manera transitoria y en acto,
cuando es utilizado por el agente principal;
• la propia, que
le conviene materialmente y deriva de su misma naturaleza; es
permanente y puede poseerla también en potencia. Un análisis objetivo
descubre en la causa instrumental, o mejor, en su causalidad,
los siguientes elementos, en congruencia con la doble virtud que
se acaba de señalar:
• Una moción o impulso procedente del
agente principal, por la que éste utiliza o aplica el
instrumento de manera adecuada a la realización de su proyecto;
el conjunto de mociones de este tipo constituye la intencionalidad
de la causa principal, intencionalidad que no pasa a la
causa instrumental. De ahí que resulte impropio afirmar que el
instrumento participa de la causalidad del agente principal; de ahí
también que no pueda calificarse de estrictamente instrumental la moción
de las causassegundas por la Causa Primera.
• Una acción derivada
de la naturaleza propia del instrumento; por esta acción se
limita la causalidad de la causa principal. Por lo dicho
se comprende que la razón formal o naturaleza propia del
instrumento consiste en ser un movensmotum, un motor movido. El
instrumento puede ser:
o por el efecto: natural, artificial o sobrenatural;
o por su unión con la causa principal, unido o separado.
Comparando la causa instrumental con la principal, se descubren entre
ellas unas relaciones: la especificidad del instrumento, que está determinado
en cuanto instrumento pero permanece indeterminado en cuanto a la
operación; la comunidad de acción, que procede toda ella, aunque
no totalmente, del instrumento; en cambio, a la causa principal
debe atribuirse toda la acción, y totalmente; de ahí que
el efecto se asemeje a la causa principal, y no
a la instrumental. Debe observarse, por último, que un mismo
agente puede ser a la vez, aunque bajo diversos aspectos,
causa principal e instrumental, lo cual pone de relieve la
subordinación esencial de las causas.
El principio de causalidad
La objetividad del
concepto de causa, pieza clave de la Metafísica, se condensa
en el principiode causalidad, que, si bien tiene alcance universal
(con carácter analógico), se aplica especialmente a las causas eficiente
y final. La historia de la formulación del principio se
esbozó, en algunos de sus pasos, al tratar de la
causa eficiente. La reanudamos ahora para aludir a varios errores
acerca del mismo. El nominalismo lo declara incognoscible (Ockham, Nicolás
de Ultricuria y Pedro de Ailly); en el empirismo, Hume
lo formula así: «todo lo que comienza a existir debe
tener una causa de su existencia», y le niega toda
validez; según Hume, nunca se comprueba una conexión necesaria y
universal entre sujeto y predicado en ese juicio, y en
la idea de «lo que comienza a existir» nunca se
descubre la idea de causa; esta idea sería, según él,
fruto de un hábito engendrado en nosotros por la constancia
de las sucesiones de fenómenos que percibimos. Siguen a Hume
en esto Stuart Mill, el positivismo decimonónico y los neoposítivistas.
En cambio, Kant reduce el principio a un «juicio sintético
a priori», haciéndolo depender por completo de una «forma a
priori» del entendimiento. Para Bergson la necesidad del principio de
causalidad sería meramente subjetiva y pragmática. Algunos científicos de principios
del siglo XX desconfiaron también del valor del principio, pensando
que no tenía aplicación en la física atómica, pues confundían
el llamado principio de indeterminación de Heisenberg, que es sólo
indeterminación de algunos conocimientos de datos, con una indeterminación en
la realidad.
Sin embargo, la existencia y acción real de las
causas, y la objetividad del principio de causalidad, se reconocen
como evidentes por el conocimiento espontáneo ordinario de todos los
hombres, la mayoría de los filósofos y pensadores y todos
los científicos en general. El principio se puede formular de
varias maneras, según la perspectiva que se adopte (el efecto,
el movimiento, el comienzo existencial, la contingencia, la estructura real
del ser, la participación, la actividad, etc.). Como más universales
y radicalmente ontológicas, proponemos estas fórmulas: todo ser particular, o
ser finito. es un ser causado; todo ser compuesto tiene
una causa. El principio de causalidad no es un juicio
a priori ni algo que el entendimiento ponga al conocer
la realidad, es algo que el entendimiento descubre en la
realidad misma, que es dado por ella. Su valor indubitable
puede ponerse de relieve de diferentes modos:
• Negativamente, mostrando la
inconsistencia de las posturas que lo niegan; sólo aludiremos a
la de Hume, que resume las demás; su argumentación da
por supuesta la causalidad, porque si este concepto procede en
nosotros de un hábito, producido por la constante sucesión de
fenómenos, se está admitiendo que esa sucesión es causa del
hábito, que a su vez es causa de nuestro concepto
de causalidad; respecto a las teorías científicas del átomo ya
hemos dicho que se mueven en un plano diferente al
de la causalidad.
• Positivamente, manifestando la naturaleza misma del principio.
Es un juicio directamente evidente con sólo captar el sentido
obvio de sus términos, por ejemplo, en las fórmulas dadas
arriba; cualquier ser de nuestra experiencia inmediata es particular, hay
otros muchos seres o entes, cada uno de ellos no
es el todo de ser, y está en conexión con
los demás; es limitado y causado por otros; es imposible
que un ente sea causa de su limitación. También, lo
que deviene, o cambia, o lo hace por sí mismo
o por otro (causa); lo primero es imposible, pues en
tal caso sería y no sería (se daría lo que
recibe, y, por tanto, sería ya lo que deviene). Asimismo,
la composición requiere pluralidad de elementos, y éstos no pueden
unirse por sí mismos, requieren una causa de su unión.
En definitiva, tenemos una experiencia inmediata de la causalidad exterior,
como la tenemos del movimiento o cambio, y una experiencia
privilegiada de la causalidad eficiente y final en la libertad
humana (libertad no se opone a causalidad: acto libre no
se opone a acto causado).
Consideraciones parecidas podrían hacerse acerca del
principio de finalidad, negado por el mecanicismo antiguo o moderno,
como el de los atomistas, algunos cartesianos y algunos evolucionistas.
Que todo agente obra por un fin se advierte al
considerar que la causa eficiente debe estar determinada para obrar,
pues de lo contrario no actuaría; y no puede tampoco
confundirse la causa eficiente con la final, ésta mueve a
aquélla.
Summa Theologiae, 1 q33
a1. Metafísica. J. de Finance, Connaissancedel´étre, Traitéd´Ontologie. Aristóteles,Metafísica.
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