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Filosofía | categoría
Autor: Por José María Poveda Ariño* | Fuente: En Gran Enciclopedia Rialp (GER), Tomo 5, páginas 51-53.
Caracterología
Comprende los estudios relativos a lo que hay de específico en las diferentes variedades de individuos y a lo originalmente personal de los mismos.
 
CARACTEROLOGÍA



Comprende los estudios relativos a lo que hay de específico en las diferentes variedades de individuos y a lo originalmente personal de los mismos; es, pues, el conocimiento y clasificación de los caracteres, tema implicado con el de los temperamentos, por lo que existen diversas clasificaciones según que los autores asimilen más o menos el carácter al temperamento o viceversa.

Ya en la antigua Grecia, Demócrito quiso enunciar un principio de caracterología diciendo en forma rígida que «el carácter de un hombre hace su destino». Hipócrates y más tarde Galeno, mediante la teoría de las cuatro constituciones humorales, plantearon una caracterología que ha seguido influyendo de algún modo hasta la medicina del siglo XII. Cuatro humores del organismo: sangre, bilis, atrabilis y pituita, se relacionarían con los cuatro elementos naturales: fuego, tierra, aire y agua, y determinarían, según su predominio en el cuerpo, los tan conocidos cuatro caracteres humanos: el sanguíneo, el colérico, el melancólico y el flemático.

Por otra parte, la escuela francesa, desde Montaigne, se interesó ampliamente por el estudio. de los caracteres, multiplicándose a partir de 1890 las clasificaciones. Muchos nombres se pueden citar entre los que han aportado clasificaciones caracterológicas. Entre ellos, los tipologistas o caracterólogos adheridos preferentemente a la sistematización. En el centro de estos trabajos merece citarse la clasificación de Groninga, llamada así porque fue obra de dos profesores de esa Universidad: un psicólogo, Heymans y un psiquiatra, Wiersma. Y la clasificación de Klages, en una descripción de la estructura del carácter que comporta tres elementos: la reactividad, la afectividad y el querer. Más tarde Bleuler, con la noción de sintonía, considerada como una aptitud para ponerse al unísono con la vecindad en que uno vive. Y Kretschmer, que construye una clasificación interesante por su valor histórico y su concepción humoral: ciclotímicos y esquizotímicos. Posteriormente Eugenio Minkowski (el psiquiatra y psicólogo francés defensor de las corrientes antropológicas en la clínica de nuestro tiempo), explica y sistematiza los caracteres por «la insuficiencia del contacto vital».

Entre las clasificaciones fundadas en la llamada Psicología profunda ha alcanzado cierta difusión la de Jung. Los tipos descritos por el fundador de la Psicología analítica o de los complejos hacen referencia a dos disposiciones fundamentales, la extroversión y la introversión, de las que dice deben su existencia a una causa inconsciente, instintiva, algo con raíz biológica precedente. Distingue Jung dos disposiciones generales de la conciencia, las ya citadas de extroversión e introversión, y cuatro funciones psicológicas fundamentales: el pensar, el sentir, el percibir y el intuir. Según predomine una de estas funciones surgirá el tipo reflexivo, sentimental, perceptivo o intuitivo, dentro de cada una de las disposiciones extravertida e intravertida; es decir, en total se originarán ocho tipos psicológicos.

Clasificación fenomenológica

La caracterología actual se ha desarrollado, sobre todo, partiendo de los estudios de los psicopedagogos y los fenomenólogos clínicos. La influencia de estos últimos ha trascendido del ámbito psicopatológico al sociológico y cultural. Por su importancia en este sentido merece destacarse la caracterología de Spranger. Teniendo en cuenta que el carácter corresponde a la capa intelectivo-volitiva de la personalidad y siendo la inteligencia y la voluntad los atributos de la vida del espíritu, este autor define el carácter como el conjunto de actos o vivencias referidos a la cultura. La cultura se concreta en la dirección de la ciencia, el arte, la economía, la religión, etc.; en cada una de estas ramas se tiende hacia unos valores determinados: intelectuales, estéticos, materialmente utilitarios, éticos y religiosos.

Habrá, por tanto, hombres que orienten sus acciones de manera preferente hacia alguno de estos valores. Así describe Spranger el hombre teorético, el hombre estético, el económico y el religioso. Pero no sólo puede el hombre enfrentarse con la naturaleza, sino también con el otro hombre y frente a su oponente puede adoptar dos posturas: de poder o de simpatía, dando lugar a otros dos tipos caracterológicos: el hombre político y el hombre social.
La clasificación de Spranger no puede aceptarse de modo rígido, como es evidente, pues aunque cada uno puede efectivamente desarrollar más alguna de las varias «direcciones» a que está llamado su espíritu, en realidad tales direcciones no se excluyen mutuamente sino que se superponen, se autocorrigen, etc.; y algunas, como la que llama religiosa, o la social, etc., son más que una dirección, son algo que deben o pueden abarcar toda la vida y cualquier tipo de carácter. Teniendo en cuenta los límites de esa clasificación, indiquemos las líneas aproximadas de cada uno de los seis tipos:

El hombre teorético

El mundo que rodea al hombre teorético es considerado como objeto de conocimiento. Su actitud espiritual se orienta preferentemente hacia ese afán cognoscitivo. Para él es secundario lo bello y lo feo, lo útil o lo perjudicial, etc. Las realidades son simplemente verdaderas o falsas. Una sola cosa le apasiona: el conocer objetivo. El hombre orientado teoréticamente en exclusividad, se siente inválido ante los problemas prácticos de la vida. Dentro de la esfera social, se encuentra como un individualista de silueta inconfundible. La simpatía hacia los demás, la participación de íntima convivencia es algo que se contradice con su actitud mental, objetivamente fría. Desde el punto de vista religioso puede tender a ser dogmático con gran aversión al misticismo, a lo meramente sentimental, no aprensible en categorías intelectuales escritas. En sus relaciones humanas, pone la veracidad sobre todas las cosas: su ética es especialmente la verdad.

El hombre económico

Su mundo está constituido por bienes materiales de utilidad o no utilidad. Vive enlazado a la Naturaleza, pues de ella depende el mantenimiento de su vida; de materias y energías aptas para satisfacer unas necesidades cada vez en aumento. Lo secundario se convierte en primordial, y lo primordial en urgente. Su situación vital no se satisface nunca. Para conseguir los bienes que ansía, necesita de una actividad racional: el trabajo, que sólo será económico cuando en su resultado último la ganancia de energía supere a la pérdida. El hombre económico se presenta además en dos formas distintas: como productor y como consumidor. Si las necesidades son muy modestas o vive en un medio fácil donde lo suficiente está al alcance de la mano, la actitud económica se limitará casi por completo al consumo. Más acusado parece el proceso económico en los que, en algún aspecto, producen para poder, de otro modo, consumir también. En ellos se manifiesta claramente el balance entre utilidad y gastos.
Frente a los otros valores, sólo busca conocimientos utilitarios. De esta suerte, tales actitudes han contribuido considerablemente al nacimiento y desarrollo de las teorías filosóficas del pragmatismo, para el cual verdadero o falso equivale a útil o nocivo. Por motivos económicos se mutila el paisaje, se destruyen obras de arte. Si se considera lo estético desde el punto de vista económico, es generalmente bajo el concepto de lujo. Considerado en la esfera social, tiende a ser egoísta. Lo mismo como dilapidador (consumidor antieconómico) que como avaro (ahorrador antieconómico). Le interesa el prójimo sobre todo desde el punto de vista de la utilidad. Y bajo el aspecto religioso, propende a considerar a Dios como el señor de todas las riquezas y donante de todos los bienes.

El hombre estético

Para él toda conducta es una pura contemplación psíquica, es un vagar del alma en lo abigarrado de los objetos dados o soñados. Pueden distinguirse en este aspecto tres modalidades: individuos que se entregan a las «impresiones» exteriores de la vida con gozosa intensidad, hambrientos de vivencias; son los impresionistas de la existencia, van de impresión en impresión, y de todo sólo aspiran el aroma. Otros, sin embargo, viven tan vigorosamente su intimidad y el mundo de sus sentimientos, que salen al encuentro de toda impresión y le prestan su matiz subjetivo: son los expresionistas. Sólo cuando ambos motivos, impresión y propio mundo interno, coexisten, puede hablarse propiamente de hombre estético.

Tales caracteres sienten aversión contra lo puramente conceptual, pareciéndoles mezquino, sin plasticidad, ni color. Si ahondan en la realidad es porque la aprehenden con todas las potencias del alma. Tienen en este sentido, como un órgano más para la comprensión del mundo: una especie de intuición o presentimiento. Con respecto a los valores económicos, lo útil y lo estéticamente intuido están en rudo contraste.
En sus relaciones sociales, el vínculo es ligero y fugaz en la mayoría de los casos; ni necesidades reales ni cuestiones profesionales aparecen en primer término. Las gentes entran aquí en contacto por medio de la expresión y de la impresión, produciéndose una momentánea efusión psíquica. El encanto de esta sociabilidad reside en el libre y fácil contacto de individualidades que pueden encontrarse mutuamente interesantes, pero sin que se establezca (en los casos puros) el menor vínculo real de interés. En la esfera política concibe el Estado y las instituciones sociales, en el caso favorable como unas formas y en el desfavorable como cepos o trampas, por eso es o liberal o anarquista. En lo religioso, el estético puro tiende a ser un panteísta. Dios es para él la suprema energía ordenadora e informadora. Y, en su conducta, lo que lo determina es la propia realización, la propia percepción, la complacencia en sí mismo.

El hombre social

Allí donde el impulso se entrega a los demás aparece como apremio predominante, se origina una forma vital propia, característica del hombre social, no vive inmediatamente por sí mismo, sino por medio de los demás, y no conoce ni reconoce otro poder que el del amor. En el amor consumado se alzan las compuertas de la individualización. En él coinciden íntegramente el yo y el tú, el amor propio y el enajenamiento, el renunciamiento y la libertad.. El yo amante es como un ultra-yo que se recobra y enriquece en el tú. En la ciencia hay demasiado para el objeto y demasiado poco para el alma; y sobre todo, quien sólo fríamente estudia al hombre, no percibe las posibilidades en germen, que un cálido aliento podría hacer brotar. Sólo cuando al entender se apareja un rasgo de simpatía, de elevación, entrega o de perdón, puede decirse que nos encontramos en la forma social del carácter. Pero le es muy difícil al amor ser también justo, pues en la justicia hay siempre conocimiento y aplicación de leyes universales. De esta suerte se oculta al prójimo, por amor, una verdad que le es insoportable. Desde una perspectiva política el espíritu social va a parar irremisiblemente al anarquismo más o menos idealista. En ninguna otra forma vital es el tránsito a lo religioso tan inminente como en el hombre social. Si el amor se extiende a todos los hombres en general, parece acercarse más a las referencias significativas que caracterizan a la Religión.

El hombre político

Hace de la cualidad formal de ser poderoso, de disfrutar de poder, como impulso primario, su virtud central. En las relaciones del hombre político y la comunidad se aprecia un peculiar doble aspecto: en sí mismo constituye un rudo contraste la voluntad de predominio sobre los hombres, por una parte, y de otra, el deseo de ayudarles en su propio interés. En el aspecto religioso el que tiene el poder puede tender con frecuencia a considerarse un especial siervo o elegido de Dios.

El hombre religioso

Cuando una vivencia aislada es referida al sentido total de la vida, puede decirse que tiene un tono religioso. La médula de la religiosidad consiste en la búsqueda del supremo valor de la existencia espiritual. Así el hombre religioso es aquel que está orientado permanentemente en la producción de supremos valores. Esta terminología es, quizá, la más ambigua de Spranger; en realidad la religiosidad es la orientación total y general de la vida hacia Dios y su voluntad, a lo que está obligado todo tipo de hombre, con cualquier carácter. Spranger distingue tres tipos de caracteres religiosos: a) místico inmanente, para quien no hay aspecto de la vida que no tenga algo de divino, abraza con amor a toda persona y tiene un tributo de simpatía para todo lo vivo; b) místico trascendente, que encuentra sumo valor en la negación extrema del mundo, toda ciencia carece de vida por no poder alcanzar lo perfecto, la belleza es sólo velo sensible tras el que se ocultan las tentaciones; c) un tipo intermedio entre los dos anteriores. Distingue también entre los que tienen su propia religiosidad (tipo «redentor» o «profeta») y los que la tienen aceptada de otros. Si se compara todo esto con el cristianismo, ya se ve que éste supera y es más que una conjunción de todo esto, y que esta tipología tiene un valor bastante relativo.

Otras clasificaciones

Entre las clasificaciones caracterológicas de los psicopedagogos deben citarse, en primer lugar, las de Le Senne y su discípulo Le Gall, que, basados en los datos sistematizados en las tesis de Groninga, ponen nuevamente de actualidad la clasificación aludida.
Para estos autores, el carácter resulta de la combinación de tres componentes: la primariedad, la emotividad y la actividad. Y, puesto que hay tres propiedades constitutivas, son posibles ocho combinaciones caracterológicas: Emotivos inactivos primarios: nerviosos. Emotivos inactivos secundarios: sentimentales. Emotivos activos primarios: coléricos. Emotivos activos secundarios: apasionados. Inemotivos activos primarios: sanguíneos. Inemotivos activos secundarios: flemáticos. Inemotivos inactivos primarios: amorfos. Inemotivos inactivos secundarios: apáticos. Esta clasificación, no obstante su pretensión de objetividad, es principalmente descriptiva y, dado el eclecticismo de sus fundamentos, requiere para su aplicación cuestionarios excesivamente extensos y laboriosos.

Por último, Sheldon, profesor de la Universidad de Harvard, expone que todos los individuos están caracterizados desde el punto de vista temperamental, por la proporción en que son portadores de cada uno de los tres componentes aislados y designados por él con el nombre de viscerotonía, somatotonía y cerebrotonía.

La caracterología tiene sus límites, como lo han reconocido sus más eminentes cultivadores. Entre lo temperamental o constitucionalmente dado, en una línea que podría situarse entre el viejo Demócrito y Kretschmer, y la libertad personal que decide el asociarse o no a la propia obra, apenas verificable en el análisis fenomenológico de una conducta concreta, la caracterología no pasará, como ha afirmado Le Senne, de ser «la introducción a una antropología».

 

 
 
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