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Filosofía | categoría
Autor: Por Adolfo Muñoz Alonso* | Fuente: En Gran Enciclopedia Rialp (GER), Tomo 3, páginas 469 a 471.
Autoridad
El vocablo, recibido del latín, ha conservado la significación y las acepciones clásicas: crédito, prestigio, estimación, jurisdicción, poder, garantía, influjo, reputación.
 
AUTORIDAD

Etimología y características

El vocablo, recibido del latín, ha conservado la significación y las acepciones clásicas: crédito, prestigio, estimación, jurisdicción, poder, garantía, influjo, reputación. A la filosofía compete depurar la suposición semántica del término, entre las distintas apelaciones de que es susceptible. El Diccionario del lenguaje filosófico, de Foulquié y Saint Jean, registra, con una cita de Jaspers, la derivación de la noción de autoridad del pensamiento romano: auctoritas, la fuerza que sirve para sostener y acrecentar; auctor, el que sostiene una cosa y la desarrolla. Tal acepción supone que la autoridad es la consecuencia derivada de ser autor, y que auctor procede de augere (aumentar, hacer crecer). En las notas esenciales de la noción de autoridadse encuentran: a) la específica de autor, es decir, la expresión personal de una capacidad; b) la acción que se ejerce sobre personas o cosas que entran en el área de influencia del autor; c) la finalidad de ejercer esa acción; d) el reconocimiento de la acción ejercida. En restricción filosófica la autoridad es aquella virtud que permite a una persona imponer unos criterios, una doctrina, una sumisión o una obediencia, sin que intervenga como elemento determinante para el acatamiento la evidencia intrínseca de la proposición que se enuncia o la bondad del comportamiento que se ordena, aunque esa bondad o esa evidencia puedan darse como supuestos objetivos.

La problemática filosófica de la autoridad se extiende a la justificación de la misma, a su origen, y a las relaciones con la fe, la libertad, la razón o el poder. La autoridad en su origen aparece como la dimensión de algunos seres humanos y como la peculiaridad entitativa de algunos entes sobre otros. Esta dimensión humana personal y esta peculiaridad entitativa se imponen en el orden natural de las cosas como unas propiedades o virtudes que dimanan de su propia naturaleza. A la filosofía concierne estudiar la noción de autoridad entendida como superioridad reconocida por otras personas a las que impone, aconseja, determina u obliga a una obediencia, a un respeto, a una creencia o a la aceptación de unos enunciados, órdenes, criterios u opiniones.

Justificación de la autoridad

El constitutivo metafísico de la autoridad reside en la credibilidad real que merece el que la ostenta o ejerce. Cuando esta credibilidad falla, la habida como autoridad o es meramente presunta, o se subvierte, confundiéndose con el poder. La justificación de la autoridadpretende establecer el fundamento en que se sostiene y las razones que la avalan. El pensamiento griego, representado por Platón y Aristóteles, cifró la autoridad y su justificación en la propia naturaleza. La naturaleza de las cosas y de las personas es desigual, y esta desigualdad presenta grados de subalternancia entre ellos, que son los que determinan la autoridad en unos, y la sumisión, obediencia o dependencia en otros. La autoridad que no tiene en cuenta este carácter de la naturaleza es, para el pensamiento griego, una depravación o una degradación. El título de la autoridad es, en esta concepción, la selección natural originaria, sin que la educación, la manumisión u otras consideraciones culturales o políticas desvirtúen el rango originario con el que se nace, sino que, a lo sumo, le perfeccionan, le acentúan o le rebajan. Aunque los estoicos patrocinan la igualdad de los hombres, el pensamiento griego mantiene como una constante que esta supuesta igualdad no alcanza a la raíz del alma, que en algunos hombres contiene oro, en otros plata, y en otros es de hierro y bronce, según la conocida alegoría de Platón en su República. Son los primeros, es decir, los teleioi, los arcontes, las autoridades por naturaleza, ya que en ellos la racionalidad es el componente fundamental del alma, y por tanto la apta para mandar y ordenar lo conveniente. La isonomía, o igualdad ante la ley, no es una igualdad que consienta a todos el poder constituirse en autoridad (Aristóteles, Política).

La filosofía descubre que la autoridad esconde siempre en los enunciados que se proponen o en las órdenes que se imparten, si no el criterio supremo, al menos valiosas razones para ser aceptada. En el autosefe (él lo dijo) con que los discípulos de Pitágoras descansaban en místico silencio para la aceptación de las doctrinas del maestro, se da por supuesto que la enseñanza atesora la verdad, y que la inevidencia es debida a la deficiencia humana o a la excelsitud sublime de la doctrina. Y algo análogo cabe decir de todo magisterio o enseñanza. En el orden político la cuestión presenta matices diversos, pero en parte relacionados, ya que no hay autoridad sin razón.

Para el cristianismo, la autoridad procede de Dios. El apotegma se lee en San Pablo (Rom 13, 1), y es un principio evangélico. Sin embargo, la tesis paulina, doctrina común en los Padres de la Iglesia y en los teólogos y Magisterio eclesiástico, no pretende esclarecer o dirimir el problema de la justificación inmediata de una autoridad o el título originario de su validez, sino únicamente el fundamento último de la obediencia o sumisión de los cristianos al poder o a la autoridad política. El problema filosófico de la autoridad, como título para la credibilidad, o de prestigio o garantía, no parece que entre en el propósito abrigado por San Pablo o San Pedro (1 Pet 2, 13 ss.), ni en el de los glosadores o comentaristas de la Iglesia católica. Cuando Tomás de Aquino (De Reg. Princ.), y antes San Agustín (Decivit. Dei) hablan de la derivación divina de la autoridad, lo hacen en un contexto restrictivamente filosófico-social, que es el atendido en los pasajes. Esta restricción temática y semántica es también fácilmente observable en la mayoría de los estudiosos del tema, desde Cicerón a la encíclica Paceminterris de Juan XXIII. No hay autoridad donde no hay superioridad o poder, por lo que toda autoridad se deriva del poder increado, que reside en Dios, dice a la letra Tomás de Aquino (op. cit.). En la concepción cristiana la autoridad encuentra su único fundamento válido en el autor de la naturaleza, y no en sí misma como naturaleza. La igualdad de los seres humanos se desarrolla en régimen de obediencia, sumisión, respeto o acatamiento, permanentes o alternantes, en unos, y de autoridad en otros, por necesidad de convivencia, supervivencia y progreso. La razón de la autoridad y su justificación es Dios, pero la titularidad no es siempre discernible en la voluntad expresa y nominativa de Dios, sino que descansa en propiedades personales, ingénitas, naturales o adquiridas, o en el consentimiento pactado de los miembros de la comunidad, o en otros factores análogos.

Criterios justificantes de la autoridad, supuesto el primario, son muchos los aceptables como válidos, en consecuencia con la naturaleza de los enunciados, o con la de las personas que la ejercen o personas sobre las que se ejerce, sin que con ello la libertad sufra quebranto. Bergson aduce «la autoridad de la experiencia» para desautorizar a quienes, en su época, afirmaban o negaban la posibilidad absoluta de que alguna vez pudiera producirse químicamente un organismo elemental (L´évolutioncréatrice). La autoridad pedagógica es un requisito esencial de la educación, sin que el naturalismo de Rousseau, o la pedagogía revolucionaria de Elena Key o de G. Wyneken del siglo XX, hayan conseguido desvirtuar su exigencia. La autoridad paterna es constitutiva de la relación paterno-filial. La autoridad científica reside en la racionalidad demostrada y en la experiencia acumulada. La autoridad moral se basa en el reconocimiento del prestigio. En el orden natural la autoridad precede a la razón, con precedencia cronológica inexorable.

Fundamento de la autoridad

El fundamento supremo de la autoridad requiere la infalibilidad del que la ejerce. Este supuesto se da únicamente en Dios revelante, con expresa manifestación intencional en lo revelado para ser creído. La autoridad no proviene en este caso de la evidencia intrínseca de la revelación, o de la comprensión intelectual de los enunciados, sino de la garantía que ofrece ser Dios el revelante o el garante de la revelación. A la autoridad del Dios revelante corresponde la fe. Una fe que encuentra en el Dios revelador apoyo eficaz, pero sin que la libertad del que ejerce el acto de fe sufra mengua con la aceptación de la gracia. Dios revelante no actúa nunca como poder, al revelar, si usamos los vocablos con rigor, sino como autoridad, ya que la aceptación de los enunciados requiere el libre ejercicio de la voluntad por parte del hombre. Otra autoridad, por prestigiosa que la supongamos, está siempre sujeta a la potiorratio, de que habla Melchor Cano en el proemio a Delocistheologicis, y que es una constante en la historia de la filosofía.

Acaso una de las afirmaciones más significativas en este sentido haya sido Delarecherchedelavérité, de Malebranche, en la que llega a escribir: «Las verdades lo son en todos los tiempos. Si Aristóteles ha descubierto algunas, también nosotros podemos descubrirlas hoy. Hay que probar sus opiniones con razones que sean hoy también válidas. Si eran sólidas en su tiempo, lo serán ahora igualmente. Es una equivocación, o una ilusión, pretender probar por autoridades humanas las verdades de la naturaleza». Y continúa el autor con una serie de párrafos que constituyen un consejo de moderación sobre la autoridad en filosofía.

La autoridad no sólo no es identificable o confundible con el poder, sino que autoridad y poder son dos nociones complementarias, si no opuestas. Desde una perspectiva filosófica, el poder reside en la fuerza, que puede tener un origen racional, razonable o irracional, mientras que la autoridad se funda siempre en el reconocimiento voluntario, querido, consentido racionalmente, implícito o expreso.

Con una anticipación sorprendente, San Ambrosio distingue entre el munus y la actiode la autoridad. Elmunus procede de Dios, pero el ejercicio es humano, sujeto a las vicisitudes y titularidades más diversas, según afirma S. Cotta. La autoridad, resuelta como poder, sigue siendo formalmente de origen divino, como munus, pero puede no serlo como actio. Esta distinción es la que consiente dentro de la doctrina católica las opiniones sobre la resistencia a la autoridad, es decir, al poder desautorizado. La autoridad sólo existe cuando la libertad la reconoce como válida, reconocimiento que no se da en la sumisión al poder, en cuanto distinto de la autoridad, y que desde Maquiavelo a Nietzsche aparecen confundidos.

La autoridad no sólo no se opone a la libertad, sino que la supone. Una oposición entre los dos conceptos implica una idea equívoca de autoridad, subentendida como poder, o una falsa idea de libertad, entendida como indeterminación radical fundante. Entre las cosas o bienes que la autoridad, por serlo, ha de acrecentar, en gracia de su misma etimología o derivación de augere, se encuentra la libertad, su ejercicio y sus posibilidades reales. Cabalmente la autoridad, en sentido propio y riguroso, se ejerce en función de la libertad, y es la autoridad la que favorece, de suyo, que la libertad individual no coarte las libertades, ni que la libertad de unos haga imposible o inviable la libertad de otros, para que la libertad no se use como poder o presión indirectos u ocultos. La autoridad es siempre, si es autoridad y se ejerce como tal, un servicio a la libertad, ya que se supone que la autoridad es aceptada libremente para este fin.

La intradependencia de la libertad y la autoridad se aprecia claramente en la tesis tomista. La raíz de toda libertad reside en la razón, y es la razón la que exige la autoridad, una autoridad conforme a la razón.
 

 
 
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