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CIVILIZACIÓN Y CULTURA
El Diccionario de la Real Academia Española de
la Lengua define civilización como «conjunto de ideas, creencias religiosas,
ciencias, artes y costumbres que forman y caracterizan el estado
social de un pueblo o de una raza». Tal definición
da idea del concepto que se quiere expresar, pero falla
al referirse a lo racial. Ciertamente, la civilización no se
refiere a un individuo, sino a una colectividad, bien sea
un pueblo (civilización eslava), una nación (civilización española), un grupo
religioso (civilización cristiana), un grupo lingüístico (civilización árabe), una serie
de pueblos de una determinada área geográfica (civilización europea), pero
no una raza, que es sólo el presupuesto biológico primero.
No existe una civilización blanca o amarilla, ni tampoco puede
hablarse de raza europea o española, aunque con frecuencia circulen
estos términos por influencia de doctrinas racistas.
Concepto de civilización
Etimológicamente
la voz civilización procede del latín civis, ciudadano, vocablo que
alude y designa al habitante de una ciudad, en contraposición
a los pobladores de los campos, denominados rura. Pero en
el Derecho romano se amplía el nombre de ciudadano (en
el año 212) a todos los habitantes del Imperio, incluidas
las provincias, sin distinguir entre los del campo y la
ciudad. No obstante esta identificación jurídica, se diferencian por sus
costumbres, grado de instrucción, honores, etc., los pobladores de ciudades
y los del campo, existiendo también matices entre los primeros,
según su status social, económico, etc. Quedan excluidos del derecho
de ciudadanía los esclavos y los hombres libres sin status
civitatis. Los que recibían el derecho de ciudadanía se llamaban
ciudadanos y disfrutaban de derechos públicos y del ius civile.
La
existencia del ciudadano supone, ciertamente, la de la ciudad, en
latín civitas. La civilitas, equivalente a urbanitas, se interpreta como
el modo de ser propio de la ciudad y de
sus habitantes, con arreglo a unas normas. De civilitas deriva la
palabra italiana civiltà, con el mismo significado que la española
civilización, pues a pesar de los distintos significados de esta
palabra, casi todos coinciden en su referencia a la ciudad.
Durante mucho tiempo, desde el siglo XVII, el adjetivo civilizado
era sinónimo de pulido, instruido, educado; desde el siglo XVIII,
ilustrado. En este sentido se usan en francés e inglés
los adjetivos poli y polished respectivamente, derivados a su vez
del griego polis (ciudad).
Con un significado de sociable, urbano,
atento, se emplea en español la palabra civil, procedente del
latín civilis. Significado parecido a sociabilidad, urbanidad, tienen los términos
civilidad y civismo.
Han sido los franceses los primeros en emplear
el término civilización (civilisation), derivado del verbo civilizar (civiliser), en
el sentido de progreso material, intelectual, social, etc. Voltaire fue
quien, en Le Siècle de Louis XIV (1751), se refirió
antes que nadie a una civilización de época. Condorcet, en
1787, alude a la civilización como remedio contra la guerra,
la esclavitud y la miseria. Estos y otros autores hablan
de civilización como lo más opuesto a barbarie, concepto que
adquiere gran estima hasta finalizar el siglo XVIIl. Marx y
Engels, en su Manifiesto del Partido Comunista (1848) entienden por
civilización medios de subsistencia. Ya en el siglo XX, Ferdinand
Tönnies y Alfred Weber engloban bajo el término civilización todos
los medios que permiten al hombre obrar sobre la naturaleza.
No
es posible pretender dar una definición de civilización que recoja
los elementos comunes contenidos en los distintos conceptos de civilización.
Los antropólogos A. L. Kroeber y Clyde Klukhohn enumeran 161
definiciones. Philip Bagby, que se ha dedicado a la antropología
cultural, propone reservar el término civilización a lo relacionado con
las ciudades, en contraposición a cultura como propio del campo
no urbanizado, de modo que la civilización viene a ser
una cultura superior. Es muy de tener en cuenta esta
opinión por cuanto se ha dicho anteriormente sobre el significado
etimológico.
El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua
define civilización como «conjunto de ideas, creencias religiosas, ciencias, artes
y costumbres que forman y caracterizan el estado social de
un pueblo o de una raza». Tal definición da idea
del concepto que se quiere expresar, pero falla al referirse
a lo racial.
Ciertamente, la civilización no se refiere a
un individuo, sino a una colectividad, bien sea un pueblo
(civilización eslava), una nación (civilización española), un grupo religioso (civilización
cristiana), un grupo lingüístico (civilización árabe), una serie de pueblos
de una determinada área geográfica (civilización europea), pero no una
raza, que es sólo el presupuesto biológico primero. No existe
una civilización blanca o amarilla, ni tampoco puede hablarse de
raza europea o española, aunque con frecuencia circulen estos términos
por influencia de doctrinas racistas.
En líneas generales puede entenderse por
civilización, en un sentido amplio, la manifestación extensiva de la
actividad humana, colectivamente considerada. Para E. Weber, civilización es equivalente
de cultura material o conjunto de medios materiales y externos
que utiliza el hombre. En este orden de ideas se
encuentra la mayor parte de los autores que han estudiado
el fenómeno de civilización, que tienden a usar el término
cultura para aludir a las realizaciones más íntimas y vitales
del progresar humano y el término civilización para referirse a
los aspectos más técnicos y exteriores. Es también frecuente considerar
la civilización como la última fase del proceso cultural, de
tal modo que éste desemboca siempre en la civilización.
Así,
todo proceso cultural desemboca en una cultura, y por relación
entre culturas, nace una civilización. Tal es el caso de
la occidental, resultado de las culturas de los pueblos. occidentales,
su manifestación más externa y técnica. Hasta ahora, no es
posible hablar de una civilización universal, porque no se ha
llegado a un resultado, a escala mundial, de las culturas
de todos los pueblos de Oriente y Occidente. Pero la
conexión y dependencia de las civilizaciones es cada vez mayor,
por influencia de los medios de comunicación, por contactos más
intensivos a nivel individual, etc.
Concepto de cultura
El sentido que hoy
día se da corrientemente a la palabra cultura guarda muy
poca relación con su etimología. Del verbo latino colere (cultivar),
en el mundo romano se empleaba la palabra cultura para
las labores agrícolas, es decir, como equivalente del actual término
español agricultura. Por similitud entre el cuidado que había que
tener con la tierra (roturación, siega, siembra, etc.) y con
el hombre para conseguir su formación intelectual, ya desde la
Edad Moderna se comenzó a usar la palabra cultura en
el aspecto intelectual que hoy la consideramos. Y del mismo
modo que se habla del cultivo de las facultades mentales,
se habla también del cultivo del espíritu, de cultura religiosa,
etc., debiéndose entender por hombre culto un hombre integralmente formado,
aunque en la práctica se aplica este adjetivo a los
que poseen amplios conocimientos humanísticos. Esto ocurre, en parte, por
la desvalorización que están experimentando las palabras; desvalorización similar a
la de los conceptos, y ocurre también, por un cambio
de apreciación en la jerarquía de valores.
El Diccionario de la
Real Academia Española de la Lengua define la cultura como
«resultado o efecto de cultivar los conocimientos humanos y de
afinarse por medio del ejercicio las facultades intelectuales del hombre».
En este sentido, y en contraste con el término más
colectivo de civilización, la cultura se refiere más directa y
propiamente al individuo. Un concepto más amplio y distinto, pero
referido también al individuo, ha elaborado Ch. Dawson, al observar
que los elementos biológicos e intelectuales cooperan en la formación
de una cultura. Teniendo en cuenta esto, define la cultura
diciendo que es «un modo de vida común, es la
adaptación particular del hombre a su medio ambiente natural y
a sus necesidades económicas» (Ladinámica de la Historia universal). Este
autor hace intervenir en la cultura los mismos factores: genérico
(población), geográfico (lugar) y económico (trabajo), que conforman las especies
animales. A estos factores hay que añadir el psicológico, propio
de la especie humana, que libera al hombre de una
dependencia ciega al medio ambiente. Para Ch. Dawson, el lenguaje
es elemento fundamental de la cultura, el que distingue al
hombre de los animales irracionales, el que diferencia una cultura
de otra. «El factor lingüístico es, en cierto sentido, el
más importante, puesto que el lenguaje es el medio psicológico
del que se valen los restantes elementos y mediante el
cual adquieren forma y continuidad» (o. c.). Cuando Dawson afirma
que el elemento intelectual es «el alma y el principio
formativo de la cultura» coincide con un concepto de cultura
ya generalizado; pero al mismo tiempo que considera la cultura
como manifestación de la vida del espíritu, no pierde de
vista la parte que tiene de respuesta de la vida
biológica a las condiciones del medio ambiente. Este aspecto es
digno de tenerse en cuenta, si se quiere elaborar un
concepto amplio de cultura, aplicable a cualquier estadio de la
vida del hombre. Así ocurre con las llamadas culturas primitivas,
más relacionadas con la tierra y lo social que con
el intelecto. En síntesis, Ch. Dawson llega a un concepto
de cultura amplio y particularmente interesante desde el punto de
vista sociológico: «en realidad, la cultura no es ni un
proceso puramente físico ni una formación ideal. Es un conjunto
vivo que tiene sus raíces en la tierra y en
la vida simple e instintiva del pastor, del pescador y
del labrador no menos que en los logros superiores del
artista y del filósofo; del mismo modo que el individuo
humano combina, en la unidad sustancial de su personalidad, la
vida de la nutrición y la reproducción con las actividades
superiores de la razón y el intelecto» (o. c.).
Éste
es, además, un concepto de cultura cualitativo y no cuantitativo.
No mide tampoco la cultura por cantidad de conocimientos, sino
en razón del hombre y sus circunstancias. Tal concepto antropológico
y ecológico se aleja un tanto del ya tradicional de
cultura referido casi exclusivamente a las facultades superiores del hombre,
que hace que el vulgo traduzca en términos cuantitativos lo
que tan sólo son distintas manifestaciones de cultura.
La relación de
un grupo humano con su medio ambiente y sus funciones
determina el carácter de una cultura, objeto de estudio por
parte de los antropólogos y sociólogos. De ahí que, en
Antropología, se hable de cultura material, relacionando íntimamente ésta con
el suelo y entendiéndola como sinónimo de civilización. Ha sido
en Alemania donde primero se ha empleado el término cultura
(Kultur) como sinónimo de civilización. No obstante, J. G. Herder
considera como cultura el progreso intelectual y científico, separado de
todo contexto sociológico. Historia de
la civilización
Si se parte de la base que civilización es
el resultado y la manifestación más externa de la cultura,
formulamos un concepto dinámico y por ello objeto de la
Historia. Efectivamente, al incorporarse en el siglo XII el concepto
de civilización a la Historia, han surgido formas de Historia
tales como Historia de la civilización, objeto y sujeto a
la vez de un mismo historiar. Hasta entonces, sólo se
habían ocupado de la civilización, en sí misma, los sociólogos
y filósofos. Consecuencia de la ampliación del campo de investigación
histórica es el nacimiento de la Historia comparada, en cuyo
marco son objeto de estudio y análisis las civilizaciones. Despojar
a éstas de sus accesorios, integrarlas en sus elementos comunes,
es un afán historiográfico que ha dado como fruto síntesis
de civilización y ha permitido elaborar los conceptos de civilización
europea, occidental, etc.
Cuando se habla de la civilización europea en
África o en América, se hace referencia a una dinámica
de proyección. Ciertamente, es la cultura, aunque no solamente ésta,
la que se proyecta o se intenta proyectar, pero el
acto de proyección y su resultado son civilización. En el
acto de proyección se incluyen elementos que no son propiamente
culturales, vitales, profundos; sino técnicos (medios de transporte, explotación de
minerales), económicos (moneda, comercio), sociales, etc.
En ese despliegue o proyección
de la cultura intervienen multitud de factores: demográficos, ya que
un pueblo al crecer numéricamente puede tender a expandir su
territorio o a dar origen a un fenómeno de emigración;
económicos, como son la búsqueda de nuevos mercados o de
fuentes de materias primas; ideológicos o filosóficos, por el deseo
de expandir la propia concepción de la vida, etcétera. Papel
importante han ocupado los factores religiosos, en la medida concretamente
que han puesto de relieve la unidad radical del género
humano. En la historia de la civilización, globalmente considerada en
su acontecer, el afán misionero de la Iglesia ha dado
sentido y espiritualizado una honda actividad civilizadora condenada de otro
modo al fracaso. Y ello porque aun cuando la civilización
es un acto colectivo e institucional (trasplante de instituciones) se
ejerce sobre el hombre en su doble dimensión física y
espiritual, más permanente y decisiva ésta. Las motivaciones científicas y
técnicas constituyen más bien vehículo de civilización y han contribuido
a acelerar el proceso civilizador a partir del siglo XVl.
Por lo que respecta a las motivaciones políticas, intervienen en
ellas factores psicológicos y sociológicos nada despreciables.
Pretender trazar aquí un
cuadro, aunque fuera somero, de la historia de la civilización
humana, es tarea ilusoria. Tanto más cuanto que la historia
de la civilización no es una historia lineal, y es
incluso discutible que sea una historia unitaria o reducible a
unidad. Lo que el panorama de la historia real nos
ofrece es más el de una multiplicidad de líneas que
se entrecruzan, en el que algunas de ellas mueren o
se extinguen sin dejar continuidad (piénsese, por ejemplo, en la
antigua cultura egipcia o en la maya), otras triunfan incorporando
elementos de culturas anteriores o limítrofes, pero dejando caer otros,
que se pierden, etc. En el siglo XII, bajo la
influencia hegeliana, se intentaron varias síntesis absolutizadoras: todas ellas han
sido abandonadas, ya que era claro su apriorismo. Los autores
contemporáneos tienen en ese sentido una mentalidad más crítica y
son más conscientes de la inabarcabilidad de la historia por
parte del hombre.
Principios y elementos de la civilización
Si intentamos preguntarnos
cuáles son las fuerzas que mueven el proceso que conduce
a la cultura y la civilización, deberemos responder en última
instancia remitiendo a una sola: el espíritu humano, el hombre
en cuanto que se advierte llamado a una perfección en
la que se desplieguen sus posibilidades nativas y capacitado para
dominar el ambiente o mundo que le rodea ordenándolo a
sus fines espirituales. Pero, partiendo de esa afirmación general, podemos
intentar precisar algo más señalando algunas de las dimensiones de
la dinámica humana que está en la raíz del proceso
civilizador.
Un primer elemento que puede mencionarse es la tendencia que
el hombre advierte en sí a encauzar lo instintivo. El
hombre participa de lo biológico y de lo animal, que
son una fuerza presente en él, pero conoce a la
vez -y en ello estriba su espiritualidad- que esa fuerza
instintiva no es criterio por sí misma, sino que debe
ser ordenada a la realización de los valores que su
inteligencia le hace percibir y hacia los que reconoce que
debe orientar su decisión volitiva. La cultura aparece así como
integración de la persona, que asume y unifica todas sus
fuerzas nativas en torno a una unidad espiritual.
Desde esa perspectiva
se ha dicho que una de las metas alcanzadas por
la civilización es la supeditación de la sensualidad a la
razón.
Supeditación que -importa advertirlo- no es aniquilación ni destrucción,
sino reconciliación armónica. Vemos así el valor y a la
vez el riesgo de la civilización, si degenera en afirmación
de un intelectualismo vacío, desconocedor de la creatividad imaginativa, de
la emocionalidad, etc. La auténtica civilización surge en cambio cuando,
afirmado el espíritu, se ordena según él la totalidad del
vivir con todo lo que implica de amistad, de amor,
de juego, de pasionalidad, etc. Pero si debe denunciarse un
intelectualismo mal entendido, debe dejarse a la vez absolutamente claro
que la civilización depende, en su raíz más básica, de
la inteligencia humana, como facultad capaz de abrir el hombre
al ser y a los valores. En la decadencia de
algunas civilizaciones (romana, por ejemplo), se reflejan las consecuencias de
la liberación sin control de los instintos, del mismo modo
que la actual civilización occidental en evolución se debate en
una lucha entre liberalización y represión, sin haber podido encontrar
hasta el momento el equilibrio, el justo medio, que ha
permitido una mayor continuidad y el asentamiento de las civilizaciones
orientales. Los valores espirituales y religiosos, contra los que reniega
parte de Occidente por influencia del materialismo ateo, por reacción
contra formas de aburguesamiento del espíritu, son los que han
dado apoyo y firmeza a civilizaciones milenarias, los que han
liberado internamente al individuo aun en medio de una sociedad
oprimida. Es obvio por otra parte que cuando una civilización en
lugar de ordenar toda la vida pasional al servicio de
ideales y valores se convierte en meramente coactiva y represiva,
es decir, cuando no se eleva al hombre sino que
se anula la espontaneidad individual, cuando la sociedad decae en
sistema de controles sociales que ahogan la libertad del individuo,
cuando éste se convierte en objeto de enajenación mental, la
civilización en cuyo seno se producen estas circunstancias se encuentra
en crisis, anuncia su propia extinción y deja, en fin,
de cumplir la esencial misión de instrumento al servicio del
hombre y para el hombre. Éste es el caso de
antiguas civilizaciones, desaparecidas desde el momento en que dejaron de
prestar un servicio, y sustituidas por otras que aportaban nueva
energía, valores e ideas, realizaciones, en fin, que algunos historiadores
explican por un proceso de difusión cultural.
Otro principio que explica
el proceso de la aparición y desarrollo de las civilizaciones
es el esfuerzo humano por superar la necesidad o, en
términos más generales, los límites de orden material, técnico o
económico que puede experimentar. El trabajo de los individuos es
uno de los fundamentos de la civilización. Ésta surge, en
parte, al intentar el hombre vencer las dificultades, dominar la
naturaleza, extender su dominio y ampliar zonas de influencia. La
civilización es progreso en el trabajo, que se realiza, por
motivos humanos, para satisfacer cada vez más y mejor las
necesidades de la vida. Pero conviene subrayar que este aspecto
civilizador del trabajo aparece con tanta más fuerza cuando se
ha superado el estadio primero de satisfacción de las necesidades
inmediatas. Es entonces cuando el trabajo se revela en todo
su alcance de expresión de la creatividad humana, dando origen
al arte, a la elegancia en el vestido, al gusto
por lo aparentemente inútil, etc. Hay en ello un peligro
de que el hombre se pierda en lo superfluo, denunciado
por los moralistas desde siempre y modernamente por los estudios
sociológicos sobre la sociedad de consumo; pero ello es sólo
una desviación de algo en sí positivo: la espiritualidad humana
y su capacidad de expresión.
La civilización puede, desde esta perspectiva,
ser definida como poder sobre la Naturaleza, dominio del medio
físico ordenándolo a los valores morales que sustentan la vida
del hombre.
Mencionemos un tercer principio: la comunicabilidad humana. El
hombre se relaciona con otros hombres no sólo para satisfacer
sus necesidades individuales, sino llevado de un deseo de comunicación.
El hombre aspira a entrar en relaciones con otros seres,
a comunicar con ellos sus experiencias y sentimientos, encuentra en
el amor, en la amistad, en la mutua compenetración su
realización más completa. Y esto manifiesta de nuevo la enorme
importancia que los valores espirituales tienen en el proceso cultural.
Cuando una sociedad, aunque sea muy elevado su standard técnico,
decae en sociedad de masas, carente de auténtica participación, o
en sociedad represiva en la que el temor al castigo
es la condicionante más decisiva del comportamiento humano, factor de
inhibición, que anula la voluntad, enajena la mente y convierte
a los individuos en instrumentos pasivos de civilización, manejados por
los dominadores, entonces el grado de civilización de estas sociedades
es mínimo, aunque materialmente hayan progresado, pues la civilización es
tal sólo cuando está acompañada de la cultura espiritual, es
decir, cuando el progreso material está al servicio de la
participación de todos en un auténtico vivir humano.
Factores del desarrollo
de las culturas
Como ya antes señalábamos al precisar el concepto
de cultura, es éste un tema muy estudiado por C.
Dawson, que frente al reduccionismo propio del positivismo ha estado
constantemente preocupado por precisar cómo se integran los factores materiales
y los espirituales en el proceso del desarrollo cultural humano.
Exponemos a continuación sus ideas, citando casi por entero un
resumen hecho por él mismo (cfr. Dinámica de la historia
universal).
La cultura -dice- es un sistema común de vida, una
adaptación particular del hombre a su medio ambiente y a
sus necesidades económicas. Tanto en su desarrollo como en sus
modificaciones se asemeja a la evolución de las especies biológicas
que se debe fundamentalmente no a un cambio de estructura,
sino a la formación de una comunidad, bien con nuevas
costumbres o en un ambiente nuevo y limitado. Y así,
al igual que cada región natural tiende a poseer sus
formas características de vida vegetal y animal, también poseerá su
propio tipo de sociedad humana. Ello -advierte- no significa que
el hombre sea meramente una materia plástica sometida a la
acción de su medio ambiente, antes al contrario el hombre
moldea su medio. Por eso puede decirse que cuanto más
inferior es una cultura, mayor pasividad manifiesta. La cultura superior
se revela mediante su dominio de la condición material en
la que nace y se desarrolla, manifestándose tan dominante y
triunfal como un artista frente a la materia con que
trabaja.
Desde esa perspectiva puede decirse que son tres las fuerzas
principales presupuestas, como condición material, para la formación de una
cultura humana. A saber:
• la raza, es decir, el factor
genético;
• el medio ambiente, o factor geográfico; y
• la función
o la ocupación, o sea, el factor económico.
Pero existe
además un cuarto elemento, el pensamiento, o factor psicológico, cuya
presencia libera al hombre de su dependencia ciega del medio
ambiente, característica de todas las formas inferiores de vida. Este
factor es precisamente el que hace posible la formación de
una reserva siempre creciente de tradiciones sociales, de forma que
los bienes logrados por una generación se transmiten a la
siguiente y los descubrimientos o nuevas ideas de un individuo
se convierten en propiedad común de la sociedad, y es
el que da origen a la cultura. La formación de
una cultura se debe a la acción recíproca de todos
esos factores; es una comunidad cuádruple, pues contiene en proporciones
variables comunidades de trabajo y de pensamiento, así como de
lugar y de sangre. Cualquier tentativa de definir el desarrollo
social haciendo uso de una de ellas con exclusión de
las demás, conducirá a un error de determinismo racial, geográfico
o económico, o a teorías más o menos falsas de
progreso intelectual abstracto.
Sobre esa base intenta Dawson trazar un cuadro
de las líneas de desarrollo cultural. Frente a la tendencia
a limitar la cultura a tipos sociales inmutables, sostiene que
es imposible negar la existencia e importancia del progreso cultural.
Pero añade que ese progreso no es, como creían los
filósofos del siglo XVIII, un movimiento uniforme y continuo, común
a la raza general y tan universal y necesario como
las leyes de la naturaleza, sino que es más bien
una realización excepcional debida a un número de causas distintas
que actúan a menudo de forma espasmódica e irregular. Así
como la civilización en sí no es un todo único,
sino la unificación o integración de un número de culturas
históricas, el progreso no es más que la idea abstracta
con la que expresamos, por medio de una simplificación, los
cambios múltiples y heterogéneos sufridos por las sociedades a lo
largo de la Historia.
De ahí que, en lugar de una
ley uniforme de progreso, sea necesario distinguir varios tipos principales
de evolución cultural. Dawson señala concretamente cinco:
• El caso simple del
pueblo que crea su propio modo de vida en su
medio ambiente original, sin la intervención de factores humanos ajenos
a él. Un ejemplo de ello son las «preculturas» primitivas
formadas de razas, de las que hemos hablado antes. • El
caso del pueblo que se establece en un medio ambiente
geográfico nuevo para él y que, en consecuencia, ha de
adaptar su cultura a aquél. Es éste el tipo más
simple de evolución cultural, pero, no obstante, reviste gran importancia.
Existe un proceso constante de pueblos de la estepa que
penetran en la zona de los bosques y viceversa, de
montañeses que descienden a la llanura y de pueblos del
interior que se asoman al mar. Cuando las diferencias climáticas
entre las dos regiones son realmente acusadas (como en el
caso de la invasión de la India por los pueblos
de las estepas y de las mesetas del Asia central),
los resultados suelen ser sorprendentes. • El caso de dos pueblos
diferentes, cada uno con su propio modo de vida y
organización social, que se mezclan entre sí, usualmente como consecuencia
de una conquista y, ocasionalmente, de un contacto pacífico. En
cualquier caso, el factor señalado en el caso precedente está
también presente aquí, al menos por lo que a uno
de los dos pueblos se refiere. Por lo demás éste
es el caso más típico e importante de las causas
de evolución cultural, ya que en él tiene lugar un
proceso orgánico de fusión y evolución que transforma tanto al
pueblo como a la cultura y origina una nueva entidad
cultural en un espacio de tiempo comparativamente breve. De hecho
constituye el punto de partida de todas las floraciones repentinas
de nuevas civilizaciones que nunca dejan de impresionarnos como algo
maravilloso (ejemplo: el caso griego). Si se comparan los diversos
ejemplos que de ese proceso de fusión de pueblos y
culturas nos ofrecen las diferentes edades en distintas partes de
la tierra, observamos siempre que el ciclo de evolución pasa
a través de las mismas fases y dura aproximadamente el
mismo tiempo. Primero tiene lugar un periodo de varios siglos
de crecimiento silencioso durante el cual el pueblo vive de
las tradiciones y de una cultura anterior que, o bien
es la que él mismo ha aportado, o la que
ha encontrado en la tierra donde se estableció. Después sigue
un periodo de actividad cultural intensa, en el que florecen
repentinamente nuevas formas de vida originadas por la unión vital
de dos pueblos y culturas diferentes, y en el que
contemplamos el despertar de las formas de la antigua cultura,
fertilizada por el contacto de un pueblo nuevo, o la
actividad creadora del pueblo nuevo estimulada por el contacto con
la cultura autóctona. Es un periodo de grandes logros, de
vitalidad exuberante, pero también de violentos conflictos y revueltas, de
acción espasmódica y de brillantes promesas que nunca llegan a
cristalizar. Finalmente, la cultura alcanza su madurez bien por la
absorción de elementos nuevos por parte del pueblo y la
cultura originales, o por la consecución de un equilibrio permanente
entre ambos pueblos, es decir, la estabilización de una nueva
variante cultural. • El caso del pueblo que adopta ciertos elementos
de cultura material que han sido creados y desarrollados por
algún otro pueblo. Este cambio es comparativamente superficial con respecto
al anterior, pero de gran importancia para demostrar hasta qué
punto es activa la acción recíproca entre las culturas. Así,
en el pasado, el empleo de los metales, la práctica
de la agricultura y de la irrigación, el uso de
un arma nueva o del caballo en la guerra, son
usos y técnicas que se extendieron con extraordinaria rapidez de
un extremo a otro del mundo antiguo. Más aún, tales
cambios materiales trajeron consigo profundos cambios sociales, ya que incluso,
en ocasiones, alteraron todo el sistema de la organización social.
En nuestra época tenemos otros ejemplos, que van desde la
adopción del caballo por los indios de las llanuras norteamericanas
y la propagación del empleo de las armas de fuego
y del vestido europeo entre los pueblos primitivos, hasta la
universal difusión de la técnica industrial.
Cabe observar que tales
cambios externos conducen, a menudo, no hacia el progreso, sino
hacia la decadencia social. El hecho de que todo cambio
constructivo debe proceder del interior es una ley cuya realización
se constata fácilmente.
• El caso del pueblo que modifica su
modo de vida a causa de la adopción de nuevos
conocimientos y creencias, o de ciertos cambios en su interpretación
de la vida y en su concepto de la realidad.
Caso éste que termina de subrayar que el proceso de
la evolución cultural no es rígidamente determinativo sino que depende
del progreso intelectual y de la práctica libre de la
moral. Algunos historiadores y sociólogos, de procedencia materialista, hablan como
si los productos más preciados de una cultura fueran los
frutos de un organismo social que afianza sus raíces bajo
circunstancias geográficas y etnológicas particulares, como si las grandes obras
del pensamiento y del arte no fueran más que la
simple reproducción, de forma más alambicada, de los resultados de
las pasadas experiencias del organismo. Ciertamente, se debe admitir que
toda condición anterior influye en las posteriores manifestaciones de una
cultura y en el concepto que ésta tiene de la
vida y que, por tanto, las realizaciones culturales de un
pueblo resultan condicionadas, en mayor o menor medida, por el
pasado. Pero esto no se produce de forma mecánica. La
existencia de la razón aumenta el número de posibilidades hacia
la realización del propósito originante. Un impulso ya experimentado que
actúa en un medio ambiente inédito, diferente de aquel al
que se había manifestado en un principio puede ser no
una reliquia decadente, sino una piedra angular para la adquisición
de fuerzas nuevas y para la formación de una comprensión
renovada de la realidad. En consecuencia, se produce una expansión
continua en el campo de la experiencia y, en virtud
de la razón, lo nuevo no reemplaza simplemente a lo
antiguo, sino que se compara y combina con él. La
historia de la humanidad -o más bien, precisa Dawson, de
la humanidad civilizada- muestra un proceso continuo de integración que,
aunque a veces parezca avanzar irregularmente, nunca cesa en su
movimiento. En ese proceso -señala el historiador inglés- tiene especial
relieve un factor: el religioso.
La religión implica, con especial
hondura, una actitud ante la vida y una visión de
la realidad; cualquier modificación que a ese nivel se produzca
trae consigo un cambio en el carácter general de la
cultura, como puede comprobarse en el caso de la transformación
por el islamismo de la sociedad pagana arábiga, o en
la transformación introducida por el cristianismo en el mundo grecorromano.
Desde esta perspectiva puede decirse que el profeta y el
reformador religioso -en los que aparece de forma explícita y
honda una profundización religiosa- son quizá los agentes más importantes
de la evolución social, y eso aun cuando ellos mismos
sean el vehículo de una tradición antigua, en cuyo núcleo
penetran con particular fuerza. En
resumidas cuentas las grandes fases de la cultura humana están
ligadas a los cambios en la visión que el hombre
tiene de la realidad. De otra parte, y teniendo presente
que toda empresa civilizadora implica en algún grado un dominio
del medio circundante, puede decirse a modo de resumen que
los grandes saltos que jalonan la historia humana se dan
cuando la conciencia que el hombre tiene de su ser,
de la realidad de Dios, de la relación con Él,
etc., se completan con el descubrimiento de las leyes de
la naturaleza, o más bien con la posibilidad de una
colaboración fructífera entre el hombre y las fuerzas de la
naturaleza. Un fenómeno de ese tipo está presente en todo
movimiento cultural, aun en los más primitivos y, de modo
especial, en las culturas superiores. |