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Filosofía | categoría
Autor: Por J. Cruz Cruz * | Fuente: Gran Enciclopedia Rialp, Tomo 3, páginas 13-historia de la filosofía.
Armonía
El concepto armonía a lo largo de la historia de la filosofía.
 
ARMONÍA



«Utilizamos la palabra armonía en dos sentidos diferentes: con más propiedad aplicamos el término armonía a las magnitudes espaciales, para significar una composición en el caso de las cosas que tienen movimiento y posición, cuando tienen entre sí tal coherencia que no admiten la intrusión de ninguna cosa homogénea; pero en un sentido derivado, usamos el término para significar la proporción en que unos constituyentes están mezclados» (Aristóteles, De anima).

En la mitología, Armonía es hija de Ares y Afrodita y esposa de Cadmo, legendario inventor del alfabeto. Simboliza el orden que procede por atracción y repulsión del caos. Hölderlin la celebró en un magnífico Himno a la diosa Armonía.

En su acepción filosófica -ya hemos oído a Aristóteles- significa conexión y orden: unidad orgánica de una multiplicidad. Hay armonía cuando las diferentes partes o funciones de un ser no se oponen, sino que confluyen en un mismo efecto o combinación feliz. Al implicar la armonía la simultaneidad en la percepción o en el concepto, es justificado su empleo en el orden musical: carácter estético que reviste la audición simultánea de varios sonidos; de este modo, en música, la armonía es la ciencia del empleo de acordes. Así, pues, tanto en su sentido originario como en el derivado es siempre concordancia, acuerdo, acorde.

La historia del vocablo es muy larga y comienza con los mismos balbuceos de la filosofía, unida al problema general del orden del Cosmos y al problema de la constitución del hombre (alma-cuerpo).

Edad Antigua

La armonía entra en el acervo de conceptos cosmológicos griegos teñida con su significación musical. Explica ante todo el carácter orgánico del universo, el orden viviente y articulado de la realidad sensible y la racionalidad inmanente de la naturaleza con sus oposiciones (luz-tinieblas, vida-muerte, juventud-vejez, etc.).
Heráclito concibe la Razón o el Logos rigiendo las transformaciones del fuego; esta Razón es la causa de una armonía oculta universal. Todas las cosas proceden de un mismo principio (el fuego) y por eso los contrarios son una misma cosa; en su lucha «se unifican las oposiciones y brota de cosas diferentes una bellísima armonía».
Los pitagóricos, sobre todo, al percatarse de que había una relación numérica entre los sonidos de escala y la longitud de las cuerdas de la lira, no dudaron en aplicar el concepto de armonía al universo entero. Los elementos de las cosas son distintos y opuestos; por tanto, es necesario un vínculo (krasis) coordinador, es decir, la armonía. Como para los pitagóricos los números forman la esencia de los seres, entonces, los números (como elementos) y la armonía (como vínculo) son los principios constitutivos de las cosas. Todo el universo está regido por una regularidad matemática, pues incluso las esferas celestes estaban situadas a distancias proporcionales a la relación que existe entre el sonido y la longitud de las cuerdas sonoras, de donde resulta una armonía celestial (sinfonía) imperceptible. Esta idea de la armonía de las esferas tendría mucho más tarde su repercusión en algunos poetas del Renacimiento y Siglo de Oro (recordemos la Oda a Salinas de Fray Luis de León). Entre los pitagóricos, Alcmeón de Crotona aplicó estas ideas a la fisiología (fue el primero que hizo la disección de un ojo): la salud resulta de la isonomía (armonía o igualdad democrática de funciones), contrapuesta a la monarquía (diarmonía o predominio de una función sobre las demás, caso de la enfermedad).

Estas ideas fueron aceptadas por el neopitagorismo: el gaditano Moderato de Gades consideraba el número uno como prototipo de la armonía, siendo el dos la disarmonía; Nicómaco de Gerasa escribió unos Elementos de Armonía. También influyeron tales ideas en los platónicos y aristotélicos. Espeusipo y Jenócrates identifican las ideas platónicas con los números, haciendo del uno el principio del bien o de la armonía, mientras que el principio de la multiplicidad es la díada. Incluso el aristotélico Aristóxeno de Tarento escribió unos Elementos de Armonía y concebía el alma como la armonía entre los elementos del cuerpo, a la manera como la armonía resulta de la lira; pero al desaparecer los elementos desaparece la armonía o alma, la cual no es inmortal.

Pero tanto Platón como Aristóteles, aunque admiten el concepto de armonía como aplicable al universo, mantienen sus reservas a la hora de aplicarlo al alma: «Si resulta que el alma es una especie de armonía, está claro que cuando nuestro cuerpo se relaja o se tensa en exceso por las enfermedades o demás males, se presenta al punto la necesidad de que el alma, a pesar de ser sumamente divina, se destruya como las demás armonías existentes en los sonidos» (Fedón).

Aristóteles está de acuerdo con esta argumentación: «Se ha dicho que el alma es una armonía de cierta especie, pues una armonía es una mezcla o composición de cosas contrarias, y el cuerpo está compuesto de contrarios. Pero una armonía es una proporción fija o una composición determinada de ingredientes mezclados, y el alma no puede ser ninguna de las dos cosas. Por otra parte, no forma parte de la armonía el causar el movimiento, si bien adjudican al alma esto como su principal característica» (De anima). El alma no es una armonía, ni en el sentido de una composición de las partes del cuerpo, ni en el de una proporción de mezclas. Mas por otra parte, tanto Platón como Aristóteles no dudan en afirmar una armonía en el universo.

Para Platón, la armonía del universo revela la existencia de una causa inteligente divina; la armonía entre los elementos diversos del cosmos es imitación de los ejemplares (paradigmas) del mundo superior. La misma virtud se puede definir como armonía, pues la virtud fundamental, la justicia, tiene por función introducir la armonía entre los múltiples elementos que integran el compuesto humano: «Toda la vida humana tiene necesidad de ritmo y armonía» (Protágoras). «La virtud es semejante a la armonía universal» (República). La norma trascendente de la virtud es precisamente la armonía cósmica que rige el universo. Ésta será más tarde la postura en los estoicos y en el eclecticismo, por ejemplo, de Posidonio: la virtud tiene por función introducir la armonía entre la parte racional e irracional (alma-cuerpo) del hombre.

Edad Media

La visión estética medieval se fundó en la armonía de proporciones (musicales). Hay tres razones que incitaron a los griegos y medievales a tomar como patrón estético ese vocablo, de ascendencia musical: 1) Para ellos el mundo es esencialmente proceso y, por tanto, consideran la sucesión en el tiempo como más fundamental que la simultaneidad en el espacio, prefiriendo la música a la plástica. 2) El sentido del oído es superior al de la vista, pues sin él no habría cultura, ya que por él penetra la ciencia en el hombre (Teofrasto y Boecio). 3) La música tiene no sólo una significación teórica, porque también actúa en las disposiciones del carácter. La armonía no se limita al mundo sonoro, sino que vale para todas las cosas (incluso metafísicas).

No es de extrañar, pues, que entre los rasgos que Santo Tomás atribuye después a la belleza se encuentre la armonía «sive consonantia» (junto a la integritas y claritas). El alma se delecta en la belleza porque la estructura del objeto es proporcionada a su propia armonía. Junto con las proporciones exactas entre sujeto y objeto se precisa una relación armoniosa entre ambos. El alma ni crea espontáneamente la armonía en las cosas, ni la recibe pasivamente. Hay, más bien, una armonía preestablecida entre sujeto y objeto, encontrándose el alma sumergida en un mundo de armonía (musical) y esto es precisamente lo que constituye el placer estético. En su comentario al De divinis nominibus expone largamente que la armonía (consonantia) es una reducción de cosas diversas a unidad, en virtud de su proporción. La armonía es considerada en las tres categorías fundamentales: sustancia, cualidad y cantidad: 1) Sustancia (con la armonía se da unidad y distinción): la armonía universal resulta de la pluralidad de cosas reducida a unidad; hay una armonía estática y otra dinámica. 2) Cualidad (con la que surge lo semejante y lo desemejante): hay armonía entre los individuos de una misma especie, entre los sujetos de un mismo género, entre los seres que participan de una misma materia. 3) Cantidad (que da lugar a la igualdad y desigualdad): bello es lo igual armonizando partes desiguales. El todo armonioso, por otra parte, tiene tres requisitos: 1) las partes deben ordenarse hacia un mismo fin; 2) deben adaptarse entre sí; 3) deben sostenerse o fundamentarse mutuamente. La armonía aparece por doquier: como conveniencia en las cualidades, como proporción en las sustancias, como comunión en las conciencias sociales.

Para Santo Tomás, «la armonía entre las justas proporciones de la bella forma y las de la estructura de la conciencia humana no es más que un momento particular del acuerdo entre el objeto y la facultad. En cuanto a las proporciones intrínsecas que caracterizan a la forma bella o al sujeto, derivan todas de la proporción fundamental de la potencia al acto. Esta proporción se continúa en el acorde entre la sustancia y sus potencias y se traduce, bien por la armonía de los miembros en el organismo, bien por la armonía de las facultades en el alma» (E. de Bruyne, Estudios de estética medieval). Posteriormente el Renacimiento no haría sino recoger toda esa tradición medieval (recordemos la obra de Georgius, De harmonia totius mundi cantica, Venecia 1525).

Edad Moderna

La filosofía antigua y media había tenido la idea de armonía como algo obvio y de evidencia inmediata. Más que demostrar la armonía del cosmos lo que hacía falta era mostrarla. Pero en la Edad Moderna, la idea de armonía perdurará con tintes trágicos: a ella se recurre ahora para explicar desesperadamente la relación de los elementos en las pequeñas y grandes totalidades. Una prueba de esto la tenemos en la filosofía poscartesiana; concretamente en Leibniz. Descartes escinde la unidad del hombre en la res cogitans y la res extensa, sustancias ambas de contenido claro y distinto. ¿Cómo influyen en el alma los procesos mecánicos y fisiológicos? Y los factores espirituales, ¿cómo influyen en la extensión? La respuesta de Malebranche a esta cuestión es la siguiente: el cuerpo no influye en el alma, ni el alma influye en el cuerpo; únicamente los deseos del alma son ocasión (causa ocasional) de que Dios intervenga y produzca en el cuerpo los movimientos correspondientes. Además, las impresiones producidas en el cuerpo son ocasión para que Dios produzca en el alma las sensaciones correspondientes.

Leibniz, empero, no queda satisfecho con esta solución, aunque para él el problema de la relación alma-cuerpo vaya unido a su teoría de las mónadas. Éstas son unitarias, simples, inextensas, indivisibles, inmateriales e incorruptibles; sobre todo son incomunicables. Las mónadas son cerradas, «sin ventanas», sin influencia mutua entre sí. Pero siendo el hombre algo jerárquico y organizado, y no una mera aglomeración caótica, ¿de dónde viene la maravillosa armonía entre alma y cuerpo? Para Leibniz, la esencia de la materia no consiste en la extensión, como en Descartes, pues las mónadas son almas vivientes y homogéneas, solamente con distintos grados de percepción. Por tanto, «la unión del alma con el cuerpo, e incluso la operación de una sustancia sobre otra, no consiste más que en la perfecta concordancia mutua, establecida expresamente por el orden de la primera creación, en virtud del cual cada sustancia, siguiendo sus propias leyes, se encuentra en aquello que exigen las otras; y las operaciones de cada una siguen o acompañan así la operación o el cambio de la otra» (Carta a Arnauld). Dios creó de una vez por todas las mónadas, estableciendo en ese mismo momento una armonía perfecta entre todos los movimientos futuros de ellas (armonía preestablecida). No se trata de un concurso continuo de Dios sobre las dos mónadas (cuerpo y alma). Este carácter asistencial es la teoría propia del ocasionalismo, el cual acude a un Deus ex machina que a Leibniz le parece indigno de Dios. Se trata más bien de una primera construcción, hábil y perfecta, que dispuso ambas sustancias de modo que en lo sucesivo concordarán armoniosamente entre sí. «Las almas obran según las leyes de las causas finales, por apeticiones, fines y medios. Los cuerpos obran según las leyes de las causas eficientes o movimientos. Y ambos reinos, el de las causas eficientes y el de las causas finales, son armónicos entre sí» (Monadología).

La idea de armonía no puede por menos de aparecer más tarde en los círculos humanistas-moralistas, como en el caso de Shaftesbury, los cuales tenían como lema de vida el ideal helenístico de belleza y armonía. Hay en nosotros, según Shaftesbury, un sentido moral natural parecido al sentido estético, por el cual se percibe lo bello y armonioso, pero se distingue de éste en que el primero es activo y mueve a la acción, discierne lo bueno y lo malo. La virtud consiste en la armonía entre las partes del individuo y de los hombres entre sí. Virtud y belleza consisten en la armonía entre partes. Además, lo que contribuye a la armonía social, contribuye también a la armonía individual, reflejo -y aquí se percibe la presencia de lo griego- de la armonía del universo.
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Gran Enciclopedia Rialp, Tomo 3, páginas 13-15. Editorial Rialp, S.A., Madrid.
 

 
 
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