Autor: San Juan Bosco | Fuente: Catholic.net Los sueños de San Juan Bosco sobre el Infierno
Memorias Biográficas de San Juan Bosco.
Los sueños de San Juan Bosco sobre el Infierno
EL FAMOSO SUEÑO DE SAN JUAN BOSCO SOBRE LAS DOS
COLUMNAS—AÑO DE 1862
Memorias Biográficas de San Juan Bosco, Tomo VIl,
págs. 169-171)
El 26 de mayo de 1862 Don
Bosco había prometido a sus jóvenes que les narraría algo
muy agradable en los últimos días del mes. El 30
de mayo, pues, por la noche les contó una parábola
o semejanza según él quiso denominarla. He aquí sus palabras:
«Os
quiero contar un sueño. Es cierto que el que sueña
no razona; con todo, yo que Os contaría a Vosotros
hasta mis pecados si no temiera que salieran huyendo asustados,
o que se cayera la casa, les lo voy a
contar para su bien espiritual. Este sueño lo tuve hace
algunos días. Figúrense que están conmigo a la orilla del
mar, o mejor, sobre un escrollo aislado, desde el cual
no ven más tierra que la que tienen debajo de
los pies. En toda aquella superficie líquida se ve una
multitud incontable de naves dispuestas en orden de batalla, cuyas
proas terminan en un afilado espolón de hierro a
modo de lanza que hiere y traspasa todo aquello
contra lo cual llega a chocar. Dichas naves están armadas
de cañones, cargadas de fusiles y de armas de diferentes
clases; de material incendiario y también de libros (televisión, radio,
internet, cine, teatro, prensa), y se dirigen contra otra embarcación
mucho más grande y más alta, intentando clavarle el espolón,
incendiarla o al menos acerle el mayor daño posible.
A esta majestuosa nave, provista de todo, hacen escolta numerosas
navecillas que de ella reciben las órdenes, realizando las oportunas
maniobras para defenderse de la flota enemiga. El viento le
es adverso y la agitación del mar favorece a los
enemigos. En medio de la inmensidad del mar se levantan,
sobre las olas, dos robustas columnas, muy altas, poco distante
la una de la otra. Sobre una de ellas campea
la estatua de la Virgen Inmaculada, a cuyos pies se
ve un amplio cartel con esta inscripción: Auxilium Christianorum. Sobre
la otra columna, que es mucho más alta y más
gruesa, hay una Hostia de tamaño proporcionado al pedestal y
debajo de ella otro cartel con estas palabras: Salus credentium.
El comandante supremo de la nave mayor, que es el
Romano Pontífice, al apreciar el furor de los enemigos y
la situación apurada en que se encuentran sus leales, piensa
en convocar a su alrededor a los pilotos de las
naves subalternas para celebrar consejo y decidir la conducta a
seguir. Todos los pilotos suben a la nave capitaneada y
se congregan alrededor del Papa. Celebran consejo; pero al comprobar
que el viento arrecia cada vez más y que la
tempestad es cada vez más violenta, son enviados a tomar
nuevamente el mando de sus naves respectivas.
Restablecida por un
momento la calma, el Papa reúne por segunda vez a
los pilotos, mientras la nave capitana continúa su curso; pero
la borrasca se torna nuevamente espantosa. El Pontífice empuña el
timón y todos sus esfuerzos van encaminados a dirigir la
nave hacia el espacio existente entre aquellas dos columnas, de
cuya parte superior todo en redondo penden numerosas áncoras y
gruesas argollas unidas a robustas cadenas. Las naves enemigas
dispónense todas a asaltarla, haciendo lo posible por detener su
marcha y por hundirla. Unas con los escritos, otras con
los libros, con materiales incendiarios de los que cuentan gran
abundancia, materiales que intentan arrojar a bordo; otras con los
cañones, con los fusiles, con los espolones: el combate se
toma cada vez más encarnizado. Las proas enemigas chocan contra
ella violentamente, pero sus esfuerzos y su ímpetu resultan inútiles.
En vano reanudan el ataque y gastan energías y municiones:
la gigantesca nave prosigue segura y serena su camino. A
veces sucede que por efecto de las acometidas de que
se le hace objeto, muestra en sus flancos una larga
y profunda hendidura; pero apenas producido el daño, sopla un
viento suave de las dos columnas y las vías de
agua se cierran y las brechas desaparecen.
Disparan entretanto los
cañones de los asaltantes, y al hacerlo revientan, se rompen
los fusiles, lo mismo que las demás armas y espolones.
Muchas naves se abren y se hunden en el mar.
Entonces, los enemigos, encendidos de furor comienzan a luchar empleando
el arma corta, las manos, los puños, las injurias, las
blasfemias, maldiciones, y así continúa el combate. Cuando he aquí
que el Papa cae herido gravemente. Inmediatamente los que le
acompañan acuden a ayudarle y le levantan. El Pontífice es
herido una segunda vez, cae nuevamente y muere. Un grito
de victoria y de alegría resuena entre los enemigos; sobre
las cubiertas de sus naves reina un júbilo indecible. Pero
apenas muerto el Pontífice, otro ocupa el puesto vacante. Los
pilotos reunidos lo han elegido inmediatamente; de suerte que
la noticia de la muerte del Papa llega con la
de la elección de su sucesor. Los enemigos comienzan a
desanimarse. El nuevo Pontífice, venciendo y superando todos los obstáculos,
guía la nave hacia las dos columnas, y al llegar
al espacio comprendido entre ambas, la amarra con una cadena
que pende de la proa a un áncora de la
columna que ostenta la Hostia; y con otra cadena que
pende de la popa la sujeta de la parte opuesta
a otra áncora colgada de la columna que sirve de
pedestal a la Virgen Inmaculada. Entonces se produce una gran
confusión.
Todas las naves que hasta aquel omento habían
luchado contra la embarcación capitaneada por el Papa, se dan
a la huida, se dispersan, chocan entre sí y se
destruyen mutuamente. Unas al hundirse procuran hundir a las demás.
Otras navecillas que han combatido valerosamente a las órdenes del
Papa, son las primeras en llegar a las columnas donde
quedan amarradas. Otras naves, que por miedo al combate se
habían retirado y que se encuentran muy distantes, continúan observando
prudentemente los acontecimientos, hasta que, al desaparecer en los abismos
del mar los restos de las naves destruidas, bogan aceleradamente
hacia las dos columnas, llegando a las cuales se aseguran
a los garfios pendientes de las mismas y allí permanecen
tranquilas y seguras, en compañía de la nave capitana ocupada
por el Papa. En el mar reina una calma absoluta.
Al llegar a este punto del relato, San Juan Bosco
preguntó a Beato Miguel Rúa: —¿Qué piensas de esta narración?
Beato Miguel Rúa contestó: —Me parece que la nave del
Papa es la Iglesia de la que es Cabeza: las
otras naves representan a los hombres y el mar al
mundo. Los que defienden a la embarcación del Pontífice son
los leales a la Santa Sede; los otros, sus enemigos,
que con toda suerte de armas intentan aniquilarla.
Las dos
columnas salvadoras me parece que son la devoción a María
Santísima y al Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Beato Miguel
Rúa no hizo referencia al Papa caído y muerto y
San Juan Bosco nada dijo tampoco sobre este particular. Solamente
añadió: —Has dicho bien. Solamente habría que corregir una expresión.
Las naves de los enemigos son las persecuciones. Se preparan
días difíciles para la Iglesia. Lo que hasta ahora ha
sucedido es casi nada en comparación a lo que tiene
que suceder. Los enemigos de la Iglesia están representados por
las naves que intentan hundir la nave principal y aniquilarla
si pudiesen. ¡Sólo quedan dos medios para salvarse en medio
de tanto desconcierto! Devoción a María Santísima. Frecuencia de Sacramentos:
Comunión frecuente, empleando todos los recursos para practicarlos nosotros y
para hacerlos practicar a los demás siempre y en todo
momento. ¡Buenas noches! Las conjeturas que hicieron los jóvenes sobre
este sueño fueron muchísimas, especialmente en lo referente al Papa;
pero Don Bosco no añadió ninguna otra explicación. Cuarenta y
ocho años después —en A.D. 1907— el antiguo alumno, canónigo
Don Juan Ma. Bourlot, recordaba perfectamente las palabras de San
JuanBosco. Hemos de concluir diciendo que César Chiala y
sus compañeros, consideraron este sueño como una verdadera visión o
profecía.
LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO SOBRE EL INFIERNO—
A.D. 1860
Memorias Biográficas de San Juan Bosco, Tomo IX, págs.
166-181)
En la noche del domingo tres de mayo, festividad
del Patrocinio de San José, Don Bosco prosiguió el relato
de cuanto había visto en los sueños:
— Debo contarles
otra cosa — comenzó diciendo— que puede considerarse como consecuencia
o continuación de cuanto les referí en las noches del
jueves y delviernes, que me dejaron tan quebrantado que apenas
si me podía tener en pie. Ustedes las pueden llamar
sueños o como quieran; en suma, le pueden dar el
nombre que les parezca.
Les hablé de un sapo espantoso
que en la noche del 17 de abril amenazaba tragarme
y cómo al desaparecer, una voz me dijo: — ¿Por
qué no hablas? —Yo me volví hacia el lugar de
donde había partido la voz y vi junto mi lecho
a un personaje distinguido. Como hubiese entendido el motivo de
aquel reproche, le pregunté: — ¿Qué debo decir a nuestros
jóvenes?
— Lo que has visto y cuanto se te
ha indicado en los últimos sueños y lo que deseas
conocer, que te será revelado la noche próxima. Y se
retiró. Yo, pues, al día siguiente pensaba continuamente en la
mala noche que tendría que pasar y al llegar la
hora no me determinaba a irme a acostar. Y así
estuve en mi mesa de trabajo entretenido en algunas lecturas
hasta la medianoche. Me llenaba de terror la idea de
tener que contemplar nuevos espectáculos espantosos. Al fin, haciéndome violencia,
me acosté.
Para no dormirme tan pronto, y por temor a
que la imaginación me enfrascara en los sueños acostumbrados,
dispuse la almohada de tal forma que estaba en el
lecho casi sentado. Pero pronto, cansado como estaba, me dormí
sin darme cuenta. Y he aquí que de pronto veo
en la habitación, cerca de la cama, al hombre de
la noche precedente, el cual me dijo:
—¡Levántate y vente
conmigo! Yo le contesté: —Se lo pido por caridad. Déjeme
tranquilo, estoy cansado. ¡Mire! Hace varios días que sufro de
dolor de muelas. Déjeme descansar. He tenido unos sueños, espantosos
y estoy verdaderamente agotado. Y decía estas cosas porque la
aparición de este hombre es siempre indicio de grandes agitaciones,
de cansancio y de terror. El tal me respondió: —¡Levántate,
que no hay tiempo que perder! Entonces me levanté y
lo seguí. Mientras caminábamos le pregunté: —¿Adonde quiere llevarme ahora?
—Ven y lo verás. Y me condujo a un lugar
en el cual se extendía una amplia llanura. Dirigí la
mirada a mi alrededor, pero aquella región era tan grande
que no se distinguían los confines de la misma. Era
un vasto desierto. No se veía ni un alma viviente,
ni una planta, ni un riachuelo; un poco de vegetación
seca y amarillenta daba a aquella desolación un aspecto de
tristeza. No sabía ni dónde me encontraba, ¿ ni qué
era lo que iba a hacer. Durante unos instantes no
vi a mi guía. Me pareció haberme perdido. No estaban
conmigo ni Don Rua ni Don Francesia ni ningún otro.
Cuando he aquí que diviso a mi amigo que me
sale al encuentro. Respiré y dije: —¿Dónde estoy? —Ven conmigo
y lo sabrás. —Bien; iré contigo. El iba delante y
yo le seguía sin chistar. (Después de un largo y
triste viaje, San Juan Bosco, al pensar que tenía que
atravesar una tan dilatada llanura pensaba para sí:) —¡Ay mis
pobres muelas! Pobre de mí, con las piernas tan hinchadas...
Pero, de pronto, se abrió ante mí un camino. Entonces
interrumpí el silencio preguntando a mi guía: —¿Adonde vamos a
ir ahora? —Por aquí— me dijo. Y penetramos por aquel
camino. Era una senda hermosa, ancha, espaciosa y bien pavimentada.
De un lado y de otro la flanqueaban dos magníficos
setos verdes cubiertos de hermosas flores. En especial despuntaban las
rosas entre las hojas por todas partes. Aquel sendero, a
primera vista, parecía llano y cómodo, y yo me eché
a andar por él sin sospechar nada. Pero después de
caminar un trecho me di cuenta de que insensiblemente se
iba haciendo cuesta abajo y aunque la marcha no parecía
precipitada, yo corría con tanta facilidad que me parecía ir
por el aire. Incluso noté que avanzaba casi sin mover
los pies.
Nuestra marcha era, pues, veloz. Pensando entonces que
el volver atrás por un camino semejante hubiera sido cosa
fatigosa y cansada, dije a mi amigo: —¿Cómo haremos para
regresar al Oratorio? —No te preocupes —me dijo—, el Señor
es omnipotente y querrá que vuelvas a él. El que
te conduce y te enseña a proseguir adelante, sabrá también
llevarte hacia atrás. El camino descendía cada vez más. Proseguíamos
la marcha entre las flores y las rosas cuando vi
que me seguían por el mismo sendero todos los jóvenes
del Oratorio y otros numerosísimos compañeros a los cuales ya
jamás había visto. Pronto me encontré en medio de ellos.
Mientras los observaba veo que de repente, ora uno otra
otro, comienzan a caer al suelo, siendo arrastrados por una
fuerza invisible que los llevaba hacia una horrible pendiente que
se veía aún en lontananza y que conducía a aquellos
infelices de cabeza a un horno. —¿Qué es lo que
hace caer a estos jóvenes?— pregunté al guía. —Acércate un
poco— me respondió. Me acerqué y pude comprobar que los
jóvenes pasaban entre muchos lazos, algunos de los cuales estaban
al ras del suelo y otros a la altura de
la cabeza; estos lazos no se veían. Por tanto, muchos
de los muchachos al andar quedaban presos por aquellos lazos,
sin darse cuenta del peligro, y en el momento de
caer en ellos daban un salto y después rodaban al
suelo con las piernas en alto y cuando se levantaban
corrían precipitadamente hacia el abismo. Algunos quedaban presos, prendidos por
la cabeza, por una pierna, por el cuello, por las
manos, por un brazo, por la cintura, e inmediatamente eran
lanzados hacia la pendiente.
Los lazos colocados en el suelo
parecían de estopa, apenas visibles, semejantes a los hilos de
la araña y, al parecer, inofensivos. Y con todo, pude
observar que los jóvenes por ellos prendidos caían a tierra.
Yo estaba atónito, y el guía me dijo: —¿Sabes qué
es esto? —Un poco de estopa— respondí. —Te diría que
no es nada —añadió—; el respeto humano, simplemente. Entretanto, al
ver que eran muchos los que continuaban cayendo en aquellos
lazos, le pregunté al desconocido: —¿Cómo es que son tantos
los que quedan prendidos en esos hilos? ¿Qué es lo
que los arrastra de esa manera? Y él: —Acércate más;
obsérvalo bien y lo verás. Lo hice y añadí: —Yo
no veo nada. —Mira mejor— me dijo el guía. Tomé,
en efecto, uno de aquellos lazos en la mano y
pude comprobar que no daba con el otro extremo; por
el contrario, me di cuenta de que yo también era
arrastrado por él. Entonces seguí la dirección del hilo y
llegué a la boca de una espantosa caverna. Y me
detuve porque no quería penetrar en aquella vorágine y tiré
hacia mí de aquel hilo y noté que cedía, pero
había que hacer mucha fuerza. Y he aquí que después
de haber tirado mucho, salió fuera, poco a poco, un
horrible monstruo que infundía espanto, el cual mantenía fuertemente cogido
con sus garras la extremidad de una cuerda a la
que estaban ligados todos aquellos hilos. Era este monstruo quien
apenas caía uno en aquellas redes lo arrastraba inmediatamente hacia
sí. Entonces me dije: —Es inútil intentar hacer frente a
la fuerza de este animal, pues no lograré vencerlo; será
mejor combatirlo con la señal de la Santa Cruz y
con jaculatorias.
Me volví, por tanto, junto a mi guía,
el cual me dijo: —¿Sabes ya quién es? —¡Oh, sí
que lo sé!, —le respondí—. Es el Demonio quien tiende
estos lazos para hacer caer a mis jóvenes en el
infierno. Examiné con atención los lazos y vi que
cada uno llevaba escrito su propio título: el lazo de
la soberbia, de la desobediencia, de la envidia, del sexto
mandamiento, del hurto, de la gula, de la pereza, de
la ira, etc. Hecho esto me eché un poco hacia
atrás para ver cuál de aquellos lazos era el que
causaba mayor número de víctimas entre los jóvenes, y pude
comprobar que era el de la deshonestidad (impureza), la desobediencia
y la soberbia. A este último iban atados otros dos.
Después de esto vi otros lazos que causaban grandes estragos,
pero no tanto como los dos primeros. Desde mi puesto
de observación vi a muchos jóvenes que corrían a mayor
velocidad que los demás. Y pregunté: —¿Por qué esta diferencia?
—Porque son arrastrados por los lazos del respeto humano— me
fue respondido. Mirando aún con mayor atención vi que entre
aquellos lazos había esparcidos muchos cuchillos, que manejados por una
mano providencial cortaban o rompían los hilos. El cuchillo más
grande procedía contra el lazo de la soberbia y simbolizaba
la meditación. Otro cuchillo, también muy grande, pero no tanto
como el primero, significaba la lectura espiritual bien hecha. Había
también dos espadas. Una de ellas representaba la devoción al
Santísimo Sacramento, especialmente mediante la comunión frecuente; otra, la devoción
a la Virgen María. Había, además, un martillo: la confesión;
y otros cuchillos símbolos de las varias devociones a San
José, a San Luis, etc., etc.
Con estas armas no
pocos rompían los lazos al quedar prendidos en ellos, o
se defendían para no ser víctimas de los mismos. En
efecto, vi a dos jóvenes que pasaban entre aquellos lazos
de forma que jamás quedaban presos en ellos; bien lo
hacían antes de que el lazo estuviese tendido, y si
lo hacían cuando éste estaba ya preparado, sabían sortearlo de
forma que les caía sobre los hombros, o sobre las
espaldas, o en otro lado diferente sin lograr capturarlos.Cuando el
guía se dio cuenta de que lo había observado todo,
me hizo continuar el camino flanqueado de rosas; pero a
medida que avanzaba, las rosas de los linderos eran cada
vez más raras, empezando a aparecer punzantes espinas. Finalmente, por
mucho que me fijé no descubrí ni una rosa y,
en el último tramo, el seto se había tornado completamente
espinoso, quemado por el sol y desprovisto de hojas; después,
de los matorrales ralos y secos, partían ramajes que al
tenderse por el suelo lo cubrían, sembrándolo de espinas de
tal forma que difícilmente se podía caminar. Habíamos llegado a
una hondonada cuyos acantilados ocultaban todas las regiones circundantes; y
el camino, que descendía cada vez de una manera más
pronunciada, se hacía tan horrible, tan poco firme y tan
lleno de baches, de salientes, de guijarros y de piedras
rodadas, que dificultaba cada vez más la marcha. Había perdido
ya de vista a todos mis jóvenes; muchísimos de ellos
habían logrado salir de aquella senda insidiosa, dirigiéndose por otros
atajos.
Yo continué adelante. Cuanto más avanzaba más áspera era
la bajada y más pronunciada, de forma que algunas veces
me resbalaba, cayendo al suelo, donde permanecía sentado un rato
para tomar un poco de aliento. De cuando en cuando
el guía acudía en mi auxilio y me ayudaba a
levantarme. A cada paso se me encogían los tendones y
me parecía que se me iban a descoyuntar los huesos
de las piernas. Entonces dije anhelante a mí guía: —Querido,
las iernas se niegan a sostenerme. Me encuentro tan
falto de fuerzas que no será posible continuar el viaje.
El guía no me contestó, sino que, animándome, prosiguió su
camino, hasta que al verme cubierto de sudor y víctima
de un cansancio mortal, me llevó a un pequeño promontorio
que se alzaba en el mismo camino. Me senté, lancé
un hondo suspiro y me pareció haber descansado suficientemente. Entretanto
observaba el camino que había recorrido ya; parecía cortado a
pico, cubierto de guijarros y de piedras puntiagudas. Consideraba también
el camino que me quedaba por recorrer, cerrando los ojos
de espanto, exclamando: —Volvamos atrás, por caridad. Si seguimos adelante,
¿cómo haremos para llegar al Oratorio? ¡Es imposible que yo
pueda emprender después esta subida! Y el guía me contestó
resueltamente: —Ahora que hemos llegado aquí, ¿quieres quedarte solo? Ante
esta amenaza repliqué en tono suplicante: —¿Sin ti cómo podría
volver atrás o continuar el viaje? —Pues bien, sigúeme— añadió
el guía. Me levanté y continuamos bajando.
El camino era
cada vez más horriblemente pedregoso, de forma que apenas si
podía permanecer de pie. Y he aquí que al fondo
de este precipicio, que terminaba en un oscuro valle, aparece
un edificio inmenso que mostraba ante nuestro camino una puerta
altísima y cerrada. Llegamos al fondo del precipicio. Un calor
sofocante me oprimía y una espesa humareda, de color verdoso,
se elevaba sobre aquellos murallones recubiertos de sanguinolentas llamas de
fuego. Levanté mis ojos a aquellas murallas y pude comprobar
que eran altas como una montaña y más aún. San
Juan Bosco preguntó al guía: —¿Dónde nos encontramos? ¿Qué es
esto? —Lee lo que hay escrito sobre aquella puerta —me
respondió— , y la inscripción te hará comprender dónde estamos.
Miré y sobre la puerta se leía: Ubi non est
redemptio. Me di cuenta de que estábamos a las puertas
del infierno. El guía me acompañó a dar una vuelta
alrededor de los muros de aquella horrible ciudad. De cuando
en cuando, a una regular distancia, se veía una puerta
de bronce, como la primera, al pie de una peligrosa
bajada, y cada una de ellas tenía encima una inscripción
diferente. Discedite, maledicti, in ignem aeternum qui paratus est diabolo
et angelis eius... Omnis arbor quae non facit fructum bonum
excidetur et in ignem mittetur.
Yo saqué la libreta para
anotar aquellas inscripciones, pero el guía me dijo: —¡Detente! ¿Qué
haces? —Voy a tomar nota de esas inscripciones. —No hace
falta: las tienes todas en la Sagrada Escritura; incluso tú
has hecho grabar algunas bajo los pórticos. Ante semejante espectáculo
habría preferido volver atrás y encaminarme al Oratorio, pero el
guía no se volvió, a pesar de que yo había
dado ya algunos pasos en sentido contrario al que habíamos
llevado hasta entonces. Recorrimos un inmenso y profundísimo barranco y
nos encontramos nuevamente al pie del camino pendiente que habíamos
recorrido y delante de la puerta que vimos en primer
lugar. De pronto el guía se volvió hacia atrás con
el rostro demudado y sombrío, me indicó con la mano
que me retirara, diciéndome al mismo tiempo: —¡Mira! Tembloroso, miré
hacia arriba y, a cierta distancia, vi que por aquel
camino en declive bajaba uno a toda velocidad. Conforme se
iba acercando intenté identificarlo y finalmente pude reconocer en él
a uno de mis jóvenes. Llevaba los cabellos desgreñados, en
parte erizados sobre la cabeza y en parte echados hacia
atrás por efecto del viento y los brazos tendidos hacia
adelante, en actitud como de quien nada para salvarse del
naufragio. Quería detenerse y no podía. Tropezaba continuamente con los
guijarros salientes del camino y aquellas piedras servían para darle
un mayor impulso en la carrera. —Corramos, detengámoslo, ayudémosle— gritaba
yo tendiendo las manos hacia él. Y el guía: —No;
déjalo. —¿Y por qué no puedo detenerlo? —¿No sabes lo
tremenda que es la venganza de Dios? ¿Crees que podrías
detener a uno que huye de la ira encendida del
Señor? Entretanto aquel joven, volviendo la cabeza hacia atrás y
mirando con los ojos encendidos si la ira de Dios
le seguía siempre, corría precipitadamente hacia el fondo del camino,
como si no hubiese encontrado en su huida otra solución
que ir a dar contra aquella puerta de bronce. —¿Y
por qué mira hacia atrás con esa cara de espanto?,
— pregunte yo—. —Porque la ira de Dios traspasa todas
las puertas del infierno e irá a atormentarle aún en
medio del fuego.
En efecto, como consecuencia de aquel choque,
entre un ruido de cadenas, la puerta se abrió de
par en par. Y tras ella se abrieron al mismo
tiempo, haciendo un horrible fragor, dos, diez, cien, mil, otras
puertas impulsadas por el choque del joven, que era arrastrado
por un torbellino invisible, irresistible, velocísimo. Todas aquellas puertas de
bronce, que estaban una delante de otra, aunque a gran
distancia, permanecieron abiertas por un instante y yo vi, allá
a lo lejos, muy lejos, como la boca de un
horno, y mientras el joven se precipitaba en aquella
vorágine pude observar que de ella se elevaban numerosos globos
de fuego. Y las puertas volvieron a cerrarse con la
misma rapidez con que se habían abierto. Entonces yo tomé
la libreta para apuntar el nombre y el apellido de
aquel infeliz, pero el guía me tomó del brazo y
me dijo: —Detente —me ordenó— y observa de nuevo. Lo
hice y pude ver un nuevo espectáculo. Vi bajar precipitadamente
por la misma senda a tres jóvenes de nuestras casas
que en forma de tres peñascos rodaban rapidísimamente uno detrás
del otro. Iban con los brazos abiertos y gritaban de
espanto. Llegaron al fondo y fueron a chocar con la
primera puerta. San Juan Bosco al instante conoció a los
tres. Y la puerta se abrió y después de ella
las otras mil; los jóvenes fueron empujados a aquella larguísima
galería, se oyó un prolongado ruido infernal que se alejaba
cada vez más, y aquellos infelices desaparecieron y las puertas
se cerraron.
Muchos otros cayeron después de éstos de cuando en
cuando... Vi precipitarse en el infierno a un pobrecillo
impulsado por los empujones de un pérfido compañero. Otros caían
solos, otros acompañados; otros cogidos del brazo, otros separados, pero
próximos. Todos llevaban escrito en la frente el propio pecado.
Yo los llamaba afanosamente mientras caían en aquel lugar. Pero
ellos no me oían, retumbaban las puertas infernales al abrirse
y al cerrarse se hacía un silencio de muerte. —He
aquí las causas principales de tantas ruinas eternas —exclamó mi
guía—: los compañeros, las malas lecturas (y malos programas de
televisión e internet e impureza y pornografía y anticonceptivos y
fornicación y adulterios y sodomía y asesinatos de aborto y
herejías) y las perversas costumbres. Los lazos que habíamos visto
al principio eran los que arrastraban a los jóvenes al
precipicio. Al ver caer a tantos de ellos, dije con
acento de desesperación: —Entonces es inútil que trabajemos en nuestros
colegios, si son tantos los jóvenes que tienen este fin.
¿No habrá manera de remediar la ruina de estas almas?
Y el guía me contestó: —Este es el estado actual
en que se encuentran y si mueren en él vendrán
a parar aquí sin remedio. —¡Oh, déjame anotar los nombres
para que yo les pueda avisar y ponerlos en la
senda que conduce al Paraíso! —¿Y crees tú que algunos
se corregirían si les avisaras? Al principio el aviso les
impresionará; después no harán bcaso, diciendo: se trata de un
sueño. Y se tornarán peores que antes. Otros, al verse
descubiertos, frecuentarán los Sacramentos, pero no de una manera
spontánea y meritoria, porque no proceden rectamente.
Otros se confesarán
por un temor pasajero a caer en el infierno, pero
seguirán con el corazón apegado al pecado. —¿Entonces para
estos desgraciados no hay remisión? Dame algún aviso para que
puedan salvarse. —Helo aquí: tienen los superiores, que los obedezcan;
tienen el reglamento, que lo observen; tienen los Sacramentos, que
los frecuenten. Entretanto, como se precipitase al abismo un nuevo
grupo de jóvenes, las puertas permanecieron abiertas durante un instante
y: —Entra tú también— me dijo el guía. Yo me
eché atrás horrorizado. Estaba impaciente por regresar al Oratorio para
avisar a los jóvenes y detenerles en aquel camino; para
que no siguieran rodando hacia la perdición. Pero el guía
me volvió a insistir: —Ven, que aprenderás más de una
cosa. Pero antes dime: ¿Quieres proseguir solo o acompañado? Esto
me lo dijo para que yo reconociese la insuficiencia de
mis fuerzas y al mismo tiempo la necesidad de su
benévola asistencia; a lo que contesté: —¿Me he de quedar
solo en ese lugar de horror? ¿Sin el consuelo de
tu bondad? ¿Y quién me enseñará el camino del retorno?
Y de pronto me sentí lleno de valor pensando para
mí: —Antes de ir al infierno es necesario pasar por
el juicio y yo no me he presentado todavía ante
el Juez Supremo.
Después exclamé resueltamente: —¡Entremos, pues! Y penetramos
en aquel estrecho y horrible corredor. Corríamos con la velocidad
del rayo. Sobre cada una de las puertas del interior
lucía con luz velada una inscripción amenazadora. Cuando terminamos de
recorrerlo desembocamos en un amplio y tétrico patio, al fondo
del cual se veía una rústica portezuela, cuyas hojas eran
de un grosor como jamás había visto y encima de
la cual se leía esta inscripción: Ibunt impii in ignem
aeternum. Los muros en todo su perímetro estaban recubiertos de
inscripciones. Yo pedí a mi guía permiso para leerlas y
éste me contestó: —Haz como te plazca. Entonces lo examiné
todo. En cierto sitio vi escrito lo siguiente: Dabo ignem
in carnes eorum ut comburantur in sempiternum. Cruciabuntur die ac
nocte in saecula saeculorum. Y en otro lugar: Hic univérsitas
malorum per omnia saecula saeculorum. En otros: Nullus est hic
ordo, sed horror sempiternus inhabitat. — Fumus tormentorum suorum in
aeternum ascendit. —Non est pax impiis. — Clamor et stridor
dentium. Mientras yo daba la vuelta alrededor de los muros
leyendo estas inscripciones, el guía, que se había quedado en
el centro del patio, se acercó a mí y me
dijo: —Desde ahora en adelante nadie podrá tener un compañero
que le ayude, un amigo que le consuele, un corazón
que le ame, una mirada compasiva, una palabra benévola: hemos
pasado la línea. ¿Tú quieres ver o probar? —Quiero ver
solamente— respondí. —Ven, pues, conmigo— añadió el amigo, y tomándome
de la mano me condujo ante aquella puertecilla y la
abrió. Esta ponía en comunicación con un corredor en cuyo
fondo había una gran cueva cerrada por una larga ventana
con un solo cristal que llegaba desde el suelo hasta
la bóveda y a través del cual se podía mirar
dentro. Atravesé el dintel y avanzando un paso me detuve
preso de un terror indescriptible. Vi ante mis ojos una
especie de caverna inmensa que se perdía en las profundidades
cavadas en las entrañas de los montes, todas llenas de
fuego, pero no como el que vemos en la tierra
con sus llamas movibles, sino de una forma tal que
todo lo dejaba incandescente y blanco a causa de la
elevada temperatura. Muros, bóvedas, pavimento, herraje, piedras, madera, carbón; todo
estaba blanco y brillante. Aquel fuego sobrepasaba en calores millares
y millares de veces al fuego de la tierra sin
consumir ni reducir a cenizas nada de cuanto tocaba.
Me
sería imposible describir esta caverna en toda su espantosa realidad.
Mientras miraba atónito aquel lugar de tormento veo llegar con
indecible ímpetu un joven que casi no se daba cuenta
de nada, lanzando un grito agudísimo, como quien estaba para
caer en un lago de bronce hecho líquido, y que
precipitándose en el centro, se torna blanco como toda la
caverna y queda inmóvil, mientras que por un momento resonaba
en el ambiente el eco de su voz mortecina. Lleno
de horror contemplé un instante a aquel desgraciado y me
pareció uno del Oratorio, uno de mis hijos. —Pero ¿este
no es uno de mis jóvenes?, —pregunté al guía—. ¿No
es fulano? —Sí, sí— me respondió. —¿Y por qué no
cambia de posición? ¿Por qué está incandescente sin consumirse? Y
él: —Tú elegiste el ver y por eso ahora no
debes hablar; observa y verás. Por lo demás omnis enim
igne salietur et omnis victima sale salietur. Apenas si había
vuelto la cara y he aquí otro joven con
una furia desesperada y a grandísima velocidad que corre y
se precipita a la misma caverna. También éste pertenecía al
Oratorio. Apenas cayó no se movió más. Este también lanzó
un grito de dolor y su voz se confundió con
el último murmullo del grito del que había caído antes.
Después llegaron con la misma precipitación otros, cuyo número fue
en aumento y todos lanzaban el mismo grito y permanecían
inmóviles, incandescentes, como los que les habían precedido. Yo observé
que el primero se había quedado con una mano en
el aire y un pie igualmente suspendido en alto. El
segundo quedó como encorvado hacia la tierra.
Algunos tenían los
pies por alto, otros el rostro pegado al suelo. Quiénes
estaban casi suspendidos sosteniéndose de un solo pie o de
una sola mano; no faltaban los que estaban sentados o
tirados; unos apoyados sobre un lado, otros de pie o
de rodillas, con las manos entre los cabellos. Había, en
suma, una larga fila de muchachos, como estatuas en posiciones
muy dolorosas. Vinieron aún otros muchos a aquel horno, parte
me eran conocidos y parte desconocidos. Me recordé entonces de
lo que dice la Biblia, que según se cae la
primera vez en el infierno así se permanecerá para siempre:
Lignum, in quocumque loco cecíderit, ibi erit. Al notar que
aumentaba en mí el espanto, pregunté al guía: —¿Pero éstos,
al correr con tanta velocidad, no se dan cuenta que
vienen a parar aquí? —¡Oh!, sí que saben que van
al fuego; les avisaron mil veces, pero siguen corriendo voluntariamente
al no detestar el pecado y al no quererlo abandonar,
al despreciar y rechazar la Misericordia de Dios que los
llama a penitencia, y, por tanto, la justicia Divina, al
ser provocada por ellos, los empuja, les insta, los persigue
y no se pueden parar hasta llegar a este lugar.
—¡Oh, qué terrible debe de ser la desesperación de estos
desgraciados que no tienen ya esperanza de salir de aquí!—,
exclamé. —¿Quieres conocer la furia íntima y el frenesí de
sus almas? Pues, acércate un poco más—, me dijo el
guía.
Di algunos pasos hacia adelante y acercándome a la
ventana vi que muchos de aquellos miserables se propinaban mutuamente
tremendos golpes, causándose terribles heridas, que se mordían como perros
rabiosos; otros se arañaban el rostro, se destrozaban las manos,
se arrancaban las carnes arrojando con despecho los pedazos por
el aire. Entonces toda la cobertura de aquella cueva se
había trocado como de cristal a través del cual se
divisaba un trozo de cielo y las figuras luminosas de
los compañeros que se habían salvado para siempre. Y aquellos
condenados rechinaban los dientes de feroz envidia, respirando afanosamente, porque
en vida hicieron a los justos blanco de sus burlas.
Yo pregunté al guía: —Dime, ¿por qué no oigo ninguna
voz? —Acércate más— me gritó. Me aproximé al cristal de
la ventana y oí cómo unos gritaban y lloraban entre
horribles contorsiones; otros blasfemaban e imprecaban a los Santos. Era
un tumulto de voces y de gritos estridentes y confusos
que me indujo a preguntar a mi amigo: —¿Qué es
lo que dicen? ¿Qué es lo que gritan? Y él:
—Al recordar la suerte de sus buenos compañeros se ven
obligados a confesar: Nos insensatii vitam illorum aestimabamus insaniam et
finem illorum sine honore. Ecce quómodo computati sunt ínter filios
Dei et ínter sanctos sors illorum est. Ergo errávimus a
via veritatis. Por eso gritan: Lassati sumus in via iniquitatis
et perditionis. Erravimus per vias difficiles, viam autem Domini ignoravimus.
Quid nobis profuit superbia? Transierunt omnia illa tamquam umbra. Estos
son los cánticos lúgubres que resonarán aquí por toda la
eternidad. Pero gritos, esfuerzos, llantos son ya completamente inútiles. Omnis
dolor irruet super eos! Aquí no cuenta el tiempo, aquí
sólo impera la eternidad. Mientras lleno de horror contemplaba el
estado de muchos de mis jóvenes, de pronto una idea
floreció en mi mente. —¿Cómo es posible —dije— que los
que se encuentran aquí estén todos condenados? Esos jóvenes,
ayer por la noche estaban aún vivos en el Oratorio.
Y el guía me contestó:
—Todos ésos que ves ahí
son los que han muerto a la gracia de Dios
y si les sorprendiera la muerte y si continuasen obrando
como al presente, se condenarían. Pero no perdamos tiempo, prosigamos
adelante. Y me alejó de aquel lugar por un corredor
que descendía a un profundo subterráneo conduciendo a otro aún
más bajo, a cuya entrada se leían estas palabras: Vermis
eorum non moritur, et ignis non extinguitur... Dabit Dominus omnipotens
ignem et vermes in carnes eorum, ut urantur et sentiant
usque in sempiternum. Aquí se veían los atroces remordimientos de
los que fueron educados en nuestras casas. El recuerdo de
todos y cada uno de los pecados no perdonados y
de la justa condenación; de haber tenido mil medios y
muchos extraordinarios para convertirse al Señor, para perseverar en el
bien, para ganarse el Paraíso. El recuerdo de tantas gracias
y promesas concedidas y hechas a María Santísima y no
correspondidas. ¡El haberse podido salvar a costa de un pequeño
sacrificio y, en cambio, estar condenado para siempre! ¡Recordar tantos
buenos propósitos hechos y no mantenidos! ¡Ah! De buenas intenciones
completamente ineficaces está lleno el infierno, dice el proverbio. Y
allí volví a contemplar a todos los jóvenes del Oratorio
que había visto poco antes en el horno, algunos de
los cuales me están escuchando ahora, otros estuvieron aquí con
nosotros y a otros muchos no los conocía. Me adelanté
y observé que odos estaban cubiertos de gusanos y
de asquerosos insectos que les devoraban y consumían el corazón,
los ojos, las manos, las piernas, los brazos y todos
los miembros, dejándolos en un estado tan miserable que no
encuentro palabras para describirlo.
Aquellos desgraciados permanecían inmóviles, expuestos a
toda suerte de molestias, sin poderse defender de ellas en
modo alguno. Yo avancé un poco más, acercándome para que
me viesen, con la esperanza de poderles hablar y de
que me dijesen algo, pero ellos no solamente no me
hablaron sino que ni siquiera me miraron. Pregunté entonces al
guía la causa de esto y me fue respondido que
en el otro mundo no existe libertad alguna para los
condenados: cada uno soporta allí todo el peso del castigo
de Dios sin variación alguna de estado y no puede
ser de otra manera. Y añadió: —Ahora es necesario que
desciendas tú a esa región de fuego que acabas de
contemplar. —¡No, no!, —repliqué aterrado—. Para ir al infierno es
necesario pasar antes por el juicio, y yo no he
sido juzgado aún. ¡Por tanto no quiero ir al infierno!
—Dime —observó mi amigo—, ¿te parece mejor ir al infierno
y libertar a tus jóvenes o permanecer fuera de él
abandonándolos en medio de tantos tormentos? Desconcertado con esta propuesta,
respondí: —¡Oh, yo amo mucho a mis queridos jóvenes y
deseo que todos se salven! ¿Pero, no podríamos hacer de
manera que no tuviésemos que ir a ese lugar de
tormento ni yo ni los demás? —Bien —contestó mi amigo—,
aún estás a tiempo, como también lo están ellos, con
tal que tú hagas cuanto puedas. Mi corazón se ensanchó
al escuchar tales palabras y me dije inmediatamente: Poco importa
el trabajo con tal de poder librar a mis queridos
hijos de tantos tormentos. —Ven, pues —continuó mi guía—, y
observa una prueba de la bondad y de la Misericordia
de Dios, que pone en juego mil medios para inducir
a penitencia a tus jóvenes y salvarlos de la muerte
eterna. Y tomándome de la mano me introdujo en la
caverna. Apenas puse el pie en ella me encontré de
improviso transportado a una sala magnífica con puertas de cristal.
Sobre ésta, a regular distancia, pendían unos largos velos que
cubrían otros tantos departamentos que comunicaban con la caverna.
El
guía me señaló uno de aquellos velos sobre el cual
se veía escrito: Sexto Mandamiento; y exclamó: —La falta contra
este Mandamiento: he aquí la causa de la ruina eterna
de tantos jóvenes. —Pero ¿no se han confesado? —Se han
confesado, pero las culpas contra la bella virtud las han
confesado mal o las han callado de propósito. Por
ejemplo: uno, que cometió cuatro o cinco pecados de esta
clase, dijo que sólo había faltado dos o tres veces.
Hay algunos que cometieron un pecado impuro en la niñez
y sintieron siempre vergüenza de confesarlo, o lo confesaron mal
o no lo dijeron todo. Otros no tuvieron el dolor
o el propósito suficiente. Incluso algunos, en lugar de hacer
el examen, estudiaron la manera de engañar al confesor. Y
el que muere con tal resolución lo único que consigue
es contarse en el número de los réprobos por toda
la eternidad. Solamente los que, arrepentidos de corazón, mueren con
la esperanza de la eterna salvación, serán eternamente felices. ¿Quieres
ver ahora por qué te ha conducido hasta aquí la
Misericordia de Dios? Levantó un velo y vi un grupo
de jóvenes del Oratorio, todos los cuales me eran conocidos,
que habían sido condenados por esta culpa. Entre ellos había
algunos que ahora, en apariencia, observan buena conducta. —Al menos
ahora —le supliqué— me dejarás escribir los nombres de esos
jóvenes para poder avisarles en particular. —No hace falta— me
respondió. —Entonces, ¿qué les debo decir? —Predica siempre y en
todas partes contra la inmodestia. Basta avisarles de una manera
general y no olvides que aunque lo hicieras particularmente, te
harían mil promesas, pero no siempre sinceramente. Para conseguir un
propósito decidido se necesita la gracia de Dios, la cual
no faltará nunca a tus jóvenes si ellos se la
piden.
Dios es tan bueno que manifiesta especialmente su poder
en el compadecer y en perdonar. Oración y sacrificio, pues,
por tu parte. Y los jóvenes que escuchen tus amonestaciones
y enseñanzas, que pregunten a sus conciencias y éstas les
dirán lo que deben hacer. Y seguidamente continuó hablando por
espacio de casi media hora sobre las condiciones necesarias para
hacer una buena confesión. El guía repitió después varias veces
en voz alta: —Avertere!... Avertere!... —¿Qué quiere decir eso?
—¡Que cambien de vida!... ¡Que cambien de vida!... Yo, confundido
ante esta revelación, incliné la cabeza y estaba para retirarme
cuando el desconocido me volvió a llamar y me dijo:
—Todavía no lo has visto todo. Y volviéndose hacia otra
parte levantó otro gran velo sobre el cual estaba escrito:
Qui volunt díuites fieri, íncidunt in tentationem et láqueum diáboli.
Leí esta sentencia y dije: —Esto no interesa a mis
jóvenes, porque son pobres, como yo; nosotros no somos ricos
ni buscamos las riquezas. ¡Ni siquiera nos pasa por la
imaginación semejante deseo!
Al correr el velo vi al fondo
cierto número de jóvenes, todos conocidos, que sufrían como los
primeros que contemplé, y el guía me contestó: —Sí, también
interesa esa sentencia a tus muchachos. —Explícame entonces el significado
del término divites. Y él: —Por ejemplo, algunos de tus
jóvenes tienen el corazón apegado a un objeto material, de
forma que este afecto desordenado le aparta del amor a
Dios, faltando, por tanto, a la piedad y a la
mansedumbre. No sólo se puede pervertir el corazón con el
uso de las riquezas, sino también con el deseo inmoderado
de las mismas, tanto más si este deseo va contra
la virtud de la justicia. Tus jóvenes son pobres, pero
has de saber que la gula y el ocio son
malos consejeros. Hay algunos que en el propio pueblo se
hicieron culpables de hurtos considerables y a pesar de que
pueden hacerlo no se han preocupado de restituir. Hay quienes
piensan en abrir con las ganzúas la despensa y quien
intenta penetrar en la habitación del Prefecto o del Ecónomo;
quienes registran los baúles de los compañeros para apoderarse de
comestibles, dinero y otros objetos; quien hace acopio de cuadernos
y de libros para su uso... Y después de decirme
el nombre de estos y de otros más, continuó: —Algunos
se encuentran aquí por haberse apropiado de prendas de vestir,
de ropa blanca, de mantas y manteles que pertenecían al
Oratorio, para mandarlas a sus casas. Algunos, por algún otro
grave daño que ocasionaron voluntariamente y no lo repararon. Otros,
por no haber restituido objetos y cosa que habían pedido
a título de préstamo, o por haber retenido sumas de
dinero que les habían sido confiadas para que las entregasen
al Superior.
Y concluyó diciendo: —Y puesto que conoces el
nombre de los tales, avísales, diles que desechen los deseos
inútiles y nocivos; que sean obedientes a la ley de
Dios y celosos del propio honor, de otra forma la
codicia los llevará a mayores excesos, que les sumergirán en
el dolor, en la muerte y en la perdición. Yo
no me explicaba cómo por ciertas cosas a las que
nuestros jóvenes daban tan poca importancia hubiese aparejados castigos tan
terribles. Pero el amigo interrumpió mis reflexiones diciéndome: —Recuerda lo
que se te dijo cuando contemplabas aquellos racimos de la
vid echados a perder—, y levantó otro velo que ocultaba
a otros muchos de nuestros jóvenes, a los cuales conocí
inmediatamente por pertenecer al Oratorio. Sobre aquel velo estaba escrito:
Radix omnium malorum. E inmediatamente me preguntó: —¿Sabes qué significa
esto? ¿Cuál es el pecado designado por esta sentencia? —Me
parece que debe ser la oberbia. —No, me respondió.—Pues
yo siempre he oído decir que la raíz de todos
los pecados es la soberbia.—Sí; en general se dice que
es la soberbia; pero en particular, ¿sabes qué fue lo
que hizo caer a Adán y a Eva en el
primer pecado, por lo que fueron arrojados del Paraíso terrenal?
—La desobediencia. —Cierto; la desobediencia es la raíz de todos
los males. —¿Qué debo decir a mis jóvenes sobre esto?
—Presta atención.
Aquellos jóvenes los cuales tú ves que son
desobedientes se están preparando un fin tan lastimoso como
éste. Son los que tú crees que se han ido
por la noche a descansar y, en cambio, a horas
de la madrugada se bajan a pasear por el patio,
sin preocuparse de que es una cosa prohibida por el
reglamento; son los que van a lugares peligrosos, sobre los
andamios de las obras en construcción, poniendo en peligro incluso
la propia vida. Algunos, según lo establecido, van a la
iglesia, pero no están en ella como deben, en lugar
de rezar están pensando en cosas muy distintas de la
oración y se entretienen en fabricar castillos en el aire;
otros estorban a los demás. Hay quienes de lo único
que se preocupan es de buscar un lugar cómodo para
poder dormir durante el tiempo de las funciones sagradas; otros
crees tú que van a la iglesia y, en cambio,
no aparecen por ella. ¡Ay del que descuida la oración!
¡El que no reza se condena! Hay aquí algunos que
en vez de cantar las divinas alabanzas y las Vísperas
de la Virgen María, se entretienen en leer libros nada
piadosos, y otros, cosa verdaderamente vergonzosa, pasan el tiempo leyendo
obras prohibidas (¡hasta pornografía!). Y siguió enumerando otras faltas contra
el reglamento, origen de graves desórdenes. Cuando hubo terminado,
yo le miré conmovido y él clavando sus ojos en
mí, prestó atención a mis palabras. —¿Puedo referir todas estas
cosas a mis jóvenes?—, le pregunté. —Sí, puedes decirles todo
cuanto recuerdes. —¿Y qué consejos he de darles para que
no les sucedan tan grandes desgracias? —Debes insistir en que
la obediencia a Dios, a la Iglesia, a los padres
y a los superiores, aún en cosas pequeñas, los salvará.
—¿Y qué más? —Les dirás que eviten el ocio, que
fue el origen del pecado del Santo Rey David: incúlcales
que estén siempre ocupados, pues así el demonio no tendrá
tiempo para tentarlos.
Yo, haciendo una inclinación con la cabeza,
se lo prometí. Me encontraba tan emocionado que dije a
mi amigo: —Te agradezco la caridad que has usado para
conmigo y te ruego que me hagas salir de aquí.
El entonces me dijo: —¡Ven conmigo!—, y animándome, me tomó
de la mano y me ayudó a proseguir porque me
encontraba agotado. Al salir de la sala y después de
atravesar en un momento el hórrido patio y el largo
corredor de entrada, antes de trasponer el dintel de la
última puerta de bronce, se volvió de nuevo a mí
y exclamó: —Ahora que has visto los tormentos de los
demás, es necesario que pruebes un poco lo que se
sufre en el infierno. —¡No, no!—, grité horrorizado. El insistía
y yo me negaba siempre. —No temas —me dijo—; prueba
solamente, toca esta muralla. Yo no tenía valor para hacerlo
y quise alejarme, pero el guía me detuvo insistiendo: —A
pesar de todo, es necesario que pruebes lo que te
he dicho— y aferrándome resueltamente por un brazo, me acercó
al muro mientras decía: —Tócalo una sola vez, al menos
para que puedas decir que estuviste visitando las murallas de
los suplicios eternos, y para que puedas comprender cuan terrible
será la última si así es la primera. ¿Ves esa
muralla? Me fijé atentamente y pude comprobar que aquel muro
era de espesor colosal.
El guía prosiguió: —Es el milésimo
primero antes de llegar adonde está el verdadero fuego del
infierno. Son mil muros los que lo rodean. Cada muro
es mil medidas de espesor y de distancia el uno
del otro, y cada medida es de mil millas; este
está a un millón de millas del verdadero fuego del
infierno y por eso apenas es un mínimo principio del
infierno mismo. Al decir esto, y como yo me echase
atrás para no tocar, me tomo la mano, me la
abrió con fuerza y me la acercó a la piedra
de aquel milésimo muro. En aquel instante sentí una quemadura
tan intensa y dolorosa que saltando hacia atrás y lanzando
un grito agudísimo, me desperté. Me encontré sentado en el
lecho y pareciéndome que la mano me ardía, la restregaba
contra la otra para aliviarme de aquella sensación. Al hacerse
de día, pude comprobar que mi mano, en realidad, estaba
hinchada, y la impresión imaginaria de aquel fuego me afectó
tanto que cambié la piel de la palma de la
mano derecha. Tengan presente que no les he contado las
cosas con toda su horrible crueldad, ni tal como ¡as
vi y de la forma que me impresionaron, para no
causar en ustedes demasiado espanto. Nosotros sabemos que el Señor
no nombró jamás el infierno sino valiéndose de símbolos, porque
aunque nos lo hubiera descrito como es, nada hubiéramos entendido.
Ningún mortal puede comprender estas cosas. El Señor las conoce
y tas puede manifestar a quien quiere. Durante muchas noches
consecutivas, y siempre presa de la mayor turbación, o
pude dormir a causa del espanto que se había apoderado
de mi ánimo. Les he contado solamente el resumen de
lo que he visto en sueños de mucha duración; puede
decirse que de todos ellos les he hecho un breve
compendio. Más adelante les hablaré sobre el respeto humano, y
de cuanto se relaciona con el sexto y séptimo Mandamiento
y con la soberbia. No haré otra cosa más que
explicar estos sueños, pues están de acuerdo con la Sagrada
Escritura, aún más, no son otra cosa que un comentario
de cuanto en ella se lee respecto a esta materia.
Durante estas noches les he contado ya algo, pero de
cuando en cuando vendré a hablarles y les narraré lo
que falta, dándoles la explicación consiguiente.
Como lo prometió, así
lo hizo —continúa Don Lemoyne —. Seguidamente expuso este mismo
sueño a los jóvenes de Mirabello y de Lanzo, pero
resumiendo la narración. Repitió cuanto había visto sin hacer cambios
notables, no faltando tampoco algunas variantes. Al narrarlo privadamente a
sus Sacerdotes y Clérigos, añadía algunos detalles más. En muchas
ocasiones omitía algunas cosas y en otras ponía de manifestó
otras. En la descripción de los lazos introdujo una nueva
idea sobre la argucia del Demonio y de la manera
de arrastrar a los jóvenes hacia el infierno, hablando de
las malas costumbres. De muchas escenas no dio explicación: por
ejemplo, de los personajes de agradable aspecto que se encontraban
en la sala magnífica y que nosotros nos atreveríamos a
decir que simbolizan: El tesoro de la Misericordia de
Dios, para salvar a los jóvenes que de otra manera
habrían perecido. Tal vez eran los principales ministros de innumerables
gracias. Ciertas variantes provenían de la multiplicidad de las cosas
vistas al mismo tiempo, las cuales el reproducirse en su
imaginación le hacían escoger lo que el Santo juzgaba más
oportuno para sus oyentes. Por lo demás, la meditación de
los novísimos era cosa familiar en San Juan Bosco y
como fruto de ella su corazón se encendía en una
vivísima compasión hacia los pobres pecadores amenazados por el peligro
de una eternidad tan horrible. Este sentimiento de caridad le
hacía sobreponerse al respeto humano, invitando a la penitencia con
una prudente franqueza incluso a personajes distinguidos, siendo de tal
eficacia sus palabras que conseguía numerosas conversiones. Nosotros hemos ofrecido
fielmente aquí cuanto escuchamos de labios del mismo Santo y
cuanto nos refirieron de viva voz o por escrito numerosos
Sacerdotes, formando con el conjunto una sola narración. Ha sido
un trabajo arduo, porque deseábamos reproducir con exactitud matemática cada
una de las palabras, cada unión de una escena con
la otra, el orden de los diferentes hechos, los avisos,
los reproches, todas las ideas expuestas y no explicadas, entre
las cuales no faltará alguna de las que se dejan
sobrentender. ¿Hemos conseguido nuestro propósito? Podemos asegurar a los lectores
que hemos buscado una sola cosa con la mayor diligencia,
a saber: exponer con la mayor fidelidad posible las palabras
de San Juan Bosco.
LAS PENAS DEL INFIERNO—AÑO 1887
Memorias
Biográficas de San Juan Bosco, Tomo XVIII, págs. 284-285
En
la mañana del tres de abril San Juan Bosco dijo
a Viglietti que en la noche precedente no había podido
descansar, pensando en un sueño espantoso que había tenido durante
la noche del dos. Todo ello produjo en su organismo
un verdadero agotamiento de fuerzas. —Si los jóvenes —le decía
— oyesen el relato de lo que oí, o se
darían a una vida santa o huirían espantados para no
escucharlo hasta el fin. Por lo demás, no me es
posible describirlo todo, pues sería muy difícil representar en su
realidad los castigos reservados a los pecadores en la otra
vida. El Santo vio las penas del infierno. Oyó primero
un gran ruido, como de un terremoto. Por el momento
no hizo caso, pero el rumor fue creciendo gradualmente, hasta
que oyó un estruendo horroroso y prolongadísimo, mezclado con gritos
de horror y espanto, con voces humanas inarticuladas que, confundidas
con el fragor general, producían un estrépito espantoso. Desconcertado observó
alrededor de sí para averiguar cuál pudiera ser la causa
de aquel finís mundi, pero no vio nada de particular.
El rumor, cada vez más ensordecedor, se iba acercando, y
ni con los ojos ni con los oídos se podía
precisar lo que sucedía.
San Juan Bosco continuó así su
relato: —Vi primeramente una masa informe que poco a poco
fue tomando la figura de una formidable cuba de fabulosas
dimensiones: de ella salían los gritos de dolor. Pregunté espantado
qué era aquello y qué significaba lo que estaba viendo.
Entonces los gritos, hasta allí inarticulados, se intensificaron más haciéndose
más precisos, de forma que pude oír estas palabras: —Multi
gloriantur in terris et cremantur n igne. Después vi
dentro de aquella cuba ingente, personas indescriptiblemente deformes. Los ojos
se les salían de las órbitas; las orejas, casi separadas
de la cabeza, colgaban hacia abajo; los brazos y las
piernas estaban dislocadas de un modo fantástico. A los gemidos
humanos se unían angustiosos maullidos de gatos, rugidos de leones,
aullidos de lobos y alaridos de tigres, de osos y
de otros animales.
Observé mejor y entre aquellos desventurados reconocí
a algunos. Entonces, cada vez más aterrado, pregunté nuevamente qué
significaba tan extraordinario espectáculo. Se me respondió: —Gemitibus inenarrabilibus famem
patientur ut canes. Entretanto, con el aumento del ruido se
hacía ante él más viva y más precisa la vista
de las cosas; conocía mejor a aquellos infelices, le llegaban
más claramente sus gritos, y su terror era cada vez
más opresor. Entonces preguntó en voz alta: —Pero ¿no será
posible poner remedio o aliviar tanta desventura? ¿Todos estos horrores
y estos castigos están preparados para nosotros? ¿Qué debo hacer
yo? —Sí —replicó una voz—, hay un remedio; sólo un
remedio. Apresurarse a pagar las propias deudas con oro o
con plata. —Pero estas son cosas materiales. —No; aurum et
thus. Con la oración incesante y con la frecuente comunión
se podrá remediar tanto mal. Durante este diálogo los gritos
se hicieron más estridentes y el aspecto de los que
los emitían era más monstruoso, de forma que, presa de
mortal terror, se despertó. Eran ¡as tres de la mañana
y no le fue posible cerrar más un ojo. En
el curso de su relato, un temblor le agitaba todos
los miembros, su respiración era afanosa y sus ojos derramaban
abundantes lágrimas.
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yo creo ke eso es un sinple sueno si es asi ami me sucedio lo mismo yo tuve una revelacion igual yo simplemente creo en dios que es amor yo fui kien dio testimonio sobre el terremoto de haiti y el ifierno rrojo esto a ustedes le parese un cuento de tal manera.
leí cuidadosamente, los relatos del infierno de San Juan Bosco, el lenguaje actual, no sale la pedofilia que asola nuestra Iglesia, y es una realidad mas mortífera que la de los alumnos de este Santo
Este impresionante sueño de Don Bosco es otra de las muchísimas pruebas de que la misericordia de Dios es infinita y de que el justo castigo por rechazarla, no arrepintiéndonos de verdad sin cambio de vida, es real. En la Santa Biblia, que es Palabra de Dios, hay muchos versículos relacionados con el infierno, y quien niega la existencia del demonio y del infierno es un mentiroso, que prefiere creerle al padre de la mentira que es satanás, y no a Dios que es la Verdad, el Camino y la Vida, como Él mismo lo dice.
Dios los bendiga por la publicación de los sueños de San Juan Bosco, especialmente por éste, del castigo eterno.
me impresiono terriblemente la visión del
infierno, pienso mucho en como hacer para que
todas las personas incluida yo y especialmente los jóvenes se acerquen al amor de Dios y cambien,
como inculcarles mas la oración y la frecuencia de
los sacramentos, como no perder el tiempo, como
lograr dando ejemplo a que la gente cambie.
Gracias pues este relato me ha impresionado
enormemente quede tan impactada como San Juan
Bosco que HORROR. Pediré mucho al Señor para que
nos ayude nos proteja y nos lleve de su mano.
LO QUE YO ALCANZO A ENTENDER CUAN TAN GRANDE SON LOS PECADOS Y CUAN TAN MAS GRANDE ES LA MISERICORDIA DE DIOS. DIOS ES MALO SOLO ES JUSTO, INFINITAMENTE BUENO.
Excelente, una verdadera respuesta para este artículo
donde realiza este pobre hombre que no sabemos de que
lado está:
http://espiritualidaddiaria.infobae.com/cielo-e-
infierno/
Gracias por recordarme que dia es hoy 31 de Enero
San juan Bosco, soy antiguo alumno de los padres salesianos y celebro, con la peticion a los Salesianos que pidan por la salvacion de mi alma y que Jesus me perdone mis pecados y me conceda pas peticiones que le tengo hechas,
Pedir a Maria Auxiliadora me proteja intercediendo a Padre por mi vida y me allude a ser un buen cristiano. Gracias a todos.
gracias por estas paginas magnificas que nos ayudan a reflexionar sobre el pecado, voy a repasar los mandamientos de Dios para hacer una mejor confesion y gracias a Dios que pone tantos medios para convertirnos y salvarnos.-
Es necesario que se divulgue esta realidad horri-
ble de la Justicia Divina. Como simple cristiano
no dudo en amonestar a los sacerdotes que sólo men
cionan la Misericordia de Dios,sin siquiera recor-
dar a los fieles que es tan misericordioso como
justo.Me temo,a la vista de tanta confusión tanto
en los fieles como en los pastores,que Satán y los
otros muchísimos demonios siguen"discurriendo por
el mundo"según una bella oración que rezaban los
celebrantes al final de cada Misa.VivaDIOS
es una narracion muy impresionante, espero no llegar ir al infierno, deseo siempre llegar a la santidad, en esta vida de tantos problemas,muchas veces si no los tienes , siempre hay alguien que te quiere quitar la paz, oren por mi, lo necesito, para que el senor me aclare mi mente y me ayude a buscar la salvacion, espero que la humanidad encuentren a la verddadera salvacion que es Cristo Jesus, SENOR JESUS, AYUDAME A SER SIEMPRE FIEL A TUS MANDATOS, A IGNORAR LO QUE NO SEA DE TU AGRADO, ASI SEA
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