La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: SS Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net El Cielo como plenitud de intimidad con Dios
Catequesis de SS Juan Pablo II sobre el Cielo, el Infierno y el Purgatorio.
El Cielo como plenitud de intimidad con Dios
21 de julio de 1999
1. Cuando haya pasado la figura
de este mundo, los que hayan acogido a Dios en
su vida y se hayan abierto sinceramente a su amor,
por lo menos en el momento de la muerte, podrán
gozar de la plenitud de comunión con Dios, que constituye
la meta de la existencia humana.
Como enseña el Catecismo de
la Iglesia católica, «esta vida perfecta con la santísima Trinidad,
esta comunión de vida y de amor con ella, con
la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se
llama "el cielo". El cielo es el fin último y
la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el
estado supremo y definitivo de dicha» (n. 1024).
Hoy queremos tratar
de comprender el sentido bíblico del «cielo», para poder entender
mejor la realidad a la que remite esa expresión. 2. En
el lenguaje bíblico el «cielo», cuando va unido a la
«tierra», indica una parte del universo. A propósito de la
creación, la Escritura dice: «En un principio creo Dios el
cielo y la tierra» (Gn 1, 1).
En sentido metafórico, el
cielo se entiende como morada de Dios, que en eso
se distingue de los hombres (cf. Sal 104, 2s; 115,
16; Is 66, 1). Dios, desde lo alto del cielo,
ve y juzga (cf. Sal 113, 4-9) y baja cuando
se le invoca (cf. Sal 18, 7.10; 144, 5). Sin
embargo, la metáfora bíblica da a entender que Dios ni
se identifica con el cielo ni puede ser encerrado en
el cielo (cf. 1 R 8, 27); y eso es
verdad, a pesar de que en algunos pasajes del primer
libro de los Macabeos «el cielo» es simplemente un nombre
de Dios (cf. 1 M 3, 18. 19. 50. 60;
4, 24. 55).
A la representación del cielo como morada trascendente
del Dios vivo, se añade la de lugar al que
también los creyentes pueden, por gracia, subir, como muestran en
el Antiguo Testamento las historias de Enoc (cf. Gn 5,
24) y Elías (cf. 2 R 2, 11). Así, el
cielo resulta figura de la vida en Dios. En este
sentido, Jesús habla de «recompensa en los cielos,» (Mt 5,
12) y exhorta a «amontonar tesoros en el cielo» (Mt
6, 20; cf. 19, 21).
3. El Nuevo Testamento profundiza la
idea del cielo también en relación con el misterio de
Cristo. Para indicar que el sacrificio del Redentor asume valor
perfecto y definitivo, la carta a los Hebreos afirma que
Jesús «penetró los cielos» (Hb 4, 14) y «no penetró
en un santuario hecho por mano de hombre, en una
reproducción del verdadero, sino en el mismo cielo» (Hb 9,
24). Luego, los creyentes, en cuanto amados de modo especial
por el Padre, son resucitados con Cristo y hechos ciudadanos
del cielo.
Vale la pena escuchar lo que a este respecto
nos dice el apóstol Pablo en un texto de gran
intensidad: «Dios, rico en misericordia, por el grande amor con
que nos amó, estando muertos a causa de nuestros pecados,
nos vivificó juntamente con Cristo -por gracia habéis sido salvados-
y con él nos resucitó y nos hizo sentar en
los cielos en Cristo Jesús, a fin de mostrar en
los siglos venideros la sobreabundante riqueza de su gracia, por
su bondad para con nosotros en Cristo Jesús» (Ef 2,
4-7). Las criaturas experimentan la paternidad de Dios, rico en
misericordia, a través del amor del Hijo de Dios, crucificado
y resucitado, el cual, como Señor, está sentado en los
cielos a la derecha del Padre.
4. Así pues, la participación
en la completa intimidad con el Padre, después del recorrido
de nuestra vida terrena, pasa por la inserción en el
misterio pascual de Cristo. San Pablo subraya con una imagen
espacial muy intensa este caminar nuestro hacia Cristo en los
cielos al final de los tiempos: «Después nosotros, los que
vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con
ellos (los muertos resucitados), al encuentro del Señor en los
aires. Y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues,
mutuamente con estas palabras» (1 Ts 4, 17-18).
En el marco
de la Revelación sabemos que el «cielo» o la «bienaventuranza»
en la que nos encontraremos no es una abstracción, ni
tampoco un lugar físico entre las nubes, sino una relación
viva y personal con la santísima Trinidad. Es el encuentro
con el Padre, que se realiza en Cristo resucitado gracias
a la comunión del Espíritu Santo.
Es preciso mantener siempre cierta
sobriedad al describir estas realidades últimas, ya que su representación
resulta siempre inadecuada. Hoy el lenguaje personalista logra reflejar de
una forma menos impropia la situación de felicidad y paz
en que nos situará la comunión definitiva con Dios.
El Catecismo
de la Iglesia católica sintetiza la enseñanza eclesial sobre esta
verdad afirmando que, «por su muerte y su resurrección, Jesucristo
nos ha "abierto" el cielo. La vida de los bienaventurados
consiste en la plena posesión de los frutos de la
redención realizada por Cristo, que asocia a su glorificación celestial
a quienes han creído en el y han permanecido fieles
a su voluntad. El cielo es la comunidad bienaventurada de
todos los que están perfectamente incorporados a él» (n. 1026).
5.
Con todo, esta situación final se puede anticipar de alguna
manera hoy, tanto en la vida sacramental, cuyo centro es
la Eucaristía, como en el don de sí mismo mediante
la caridad fraterna. Si sabemos gozar ordenadamente de los bienes
que el Señor nos regala cada día, experimentaremos ya la
alegría y la paz de que un día gozaremos plenamente.
Sabemos que en esta fase terrena todo tiene límite; sin
embargo, el pensamiento de las realidades últimas nos ayuda a
vivir bien las realidades penúltimas. Somos conscientes de que mientras
caminamos en este mundo estamos llamados a buscar «las cosas
de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de
Dios» (Col 3, 1), para estar con él en el
cumplimiento escatológico, cuando en el Espíritu él reconcilie totalmente con
el Padre «lo que hay en la tierra y en
los cielos» (Col 1, 20).
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la sección Consulta cualquier duda acerca de las principales verdades de la fe católica, su congruencia con la razón y las normas para vivirlas. Cuestiones apologéticas para saber defender tu fe ante el ataque de las sectas y de doctrinas y corrientes contrarias a la misma
Ver todos los consultores
Curso que presenta las bases teóricas para ser un buen evangelizador, enriquecidas con un muy amplio repertorio de sugerencias prácticas.
Ver todos los eventos