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6.1. La concepción antropológica característicamente cristiana ofrece una concreta manera
de entender el sentido de la muerte. Como en la
antropología cristiana el cuerpo no es una cárcel, de la
que el encarcelado desea huir, ni un vestido, que se
puede quitar fácilmente, la muerte considerada naturalmente no es algo
deseable para ningún hombre ni un acontecimiento que el hombre
pueda abrazar con ánimo tranquilo sin superar previamente la repugnancia
natural. Nadie debe avergonzarse de los sentimientos de natural repulsa
que experimenta ante la muerte, ya que el mismo Señor
quiso padecerlos antes de su muerte y Pablo testifica haberlos
tenido: «no queremos desvestirnos, sino revestirnos» (2 Cor 5, 4).
La muerte escinde al hombre intrínsecamente. Más aún, porque la
persona humana no es solamente el alma, sino el alma
y el cuerpo esencialmente unidos, la muerte afecta a la
persona.
Lo absurdo de la muerte aparece más claro si consideramos
que en el orden histórico existe contra la voluntad de
Dios (cf. Sab 1, 13-14; 2, 23-24): pues «el hombre
si no hubiera pecado, habría sido sustraído» de la muerte
corporal(552). La muerte tiene que ser aceptada con un cierto
sentido de penitencia por el cristiano que tiene ante los
ojos las palabras de Pablo: «el salario del pecado es
la muerte» (Rom 6, 23).
También es natural que el cristiano
sufra con la muerte de las personas que ama. «Jesús
se echó a llorar» (Jn 11, 35) por su amigo
Lázaro muerto. También nosotros podemos y debemos llorar a nuestros
amigos muertos.
6.2. La repugnancia que el hombre experimenta ante la
muerte, y la posibilidad de superar esa repugnancia constituyen una
actitud característicamente humana, completamente diversa de la de cualquier animal.
De este modo, la muerte es una ocasión en la
que el hombre puede y debe manifestarse como hombre. El
cristiano puede además superar el temor de la muerte, apoyado
en otros motivos.
La fe y la esperanza nos enseñan otro
rostro de la muerte. Jesús asumió el temor de la
muerte a la luz de la voluntad del Padre (cf.
Mc 14, 36). Él murió para «libertar a cuantos, por
temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a
esclavitud» (Heb 2, 15). Consecuentemente puede ya Pablo tener deseo
de partir para estar con Cristo; esa comunión con Cristo
después de la muerte es considerada por Pablo en comparación
con el estado de la vida presente como algo que
«es con mucho lo mejor» (cf. Flp 1, 23). La
ventaja de esta vida consiste en que «habitamos en el
cuerpo» y así tenemos nuestra plena realidad existencial; pero con
respecto a la plena comunión posmortal «vivimos lejos del Señor»
(cf. 2 Cor 5, 6). Aunque por la muerte salimos
de este cuerpo y nos vemos así privados de nuestra
plenitud existencial, la aceptamos con buen ánimo, más aún podemos
desear, cuando ella llegue, «vivir con el Señor» (2 Cor
5, 8). Este deseo místico de comunión posmortal con Cristo
que puede coexistir con el temor natural de la muerte,
aparece una y otra vez en la tradición espiritual de
la Iglesia, sobre todo en los santos, y debe ser
entendido en su verdadero sentido. Cuando este deseo lleva a
alabar a Dios por la muerte, esta alabanza no se
funda, en modo alguno, en una valoración positiva del estado
mismo en que el alma carece del cuerpo, sino en
la esperanza de poseer al Señor por la muerte(553). La
muerte se considera entonces como puerta que conduce a la
comunión posmortal con Cristo, y no como liberadora del alma
con respecto a un cuerpo que le fuera una carga.
En
la tradición oriental es frecuente el pensamiento de la bondad
de la muerte en cuanto que es condición y camino
para la futura resurrección gloriosa. «Si, por tanto, no es
posible sin la resurrección que la naturaleza llegue a mejor
forma y estado: y si la resurrección no puede hacerse
sin que preceda la muerte: la muerte es algo bueno
en cuanto que es para nosotros comienzo y camino de
un cambio para mejor»(554). Cristo con su muerte y su
resurrección dio a la muerte esta bondad: «Como extendiendo la
mano al que yacía, y mirando por ello a nuestro
cadáver, se acercó tanto a la muerte, cuanto es haber
tomado la mortalidad, y con su cuerpo dio a la
naturaleza el comienzo de la resurrección»(555). En este sentido, Cristo
«cambió el ocaso en oriente»(556).
También el dolor y la
enfermedad que son un comienzo de la muerte, deben asumirse
por los cristianos de una manera nueva. Ya en sí
mismo se llevan con molestia, pero todavía más en cuanto
que son signos del progreso de la disolución del cuerpo(557).
Ahora bien, por la aceptación del dolor y de la
enfermedad permitidos por Dios, nos hacemos partícipes de la pasión
de Cristo, y por el ofrecimiento de ellos nos unimos
al acto con que el Señor ofreció su propia vida
al Padre por la salvación del mundo. Cada uno de
nosotros debe afirmar, como en otro tiempo Pablo: «completo en
mi carne lo que falta de las tribulaciones de Cristo
por el bien de su cuerpo que es la Iglesia»
(Col 1, 24). Por la asociación a la pasión del
Señor somos también conducidos a poseer la gloria de Cristo
resucitado: «siempre llevando en el cuerpo, de acá para allá,
la situación de muerte de Jesús, para que también la
vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2 Cor
4, 10)(558).
De modo semejante no nos es lícito entristecernos por
la muerte de los amigos «como los demás, que no
tienen esperanza» (1 Tes 4, 13). Por parte de éstos,
«con lamentaciones lacrimosas y con gemidos» «se suele deplorar una
cierta miseria de los que mueren o su extinción casi
total»; a nosotros, como a Agustín en la muerte de
su madre, nos consuela este pensamiento: «ella [Mónica] ni moría
miserablemente ni moría del todo»(559).
6.3. Este aspecto positivo de la
muerte sólo se alcanza por un modo de morir que
el Nuevo Testamento llama «muerte en el Señor»: «Dichosos los
muertos que mueren en el Señor» (Apoc 14, 13). Esta
«muerte en el Señor» es deseable en cuanto que lleva
a la bienaventuranza, y se prepara con la vida santa:
«Desde ahora, sí -dice el Espíritu-, que descansen de sus
fatigas, porque sus obras los acompañan» (Apoc 14, 13). De
este modo, la vida terrena se ordena a la comunión
con Cristo después de la muerte, que se obtiene ya
en el estado de alma separada(560), que es, sin duda,
ontológicamente imperfecto e incompleto. Porque la comunión con Cristo es
un valor superior a la plenitud existencial, la vida terrena
no puede considerarse el valor supremo. Esto justifica en los
santos el deseo místico de la muerte, que, como hemos
dicho, es frecuente.
Por la vida santa, a la que la
gracia de Dios nos llama y para la que nos
ayuda con su auxilio, la conexión original entre la muerte
y el pecado como que se rompe, no porque la
muerte se suprima físicamente, sino en cuanto que comienza a
conducir a la vida eterna. Este modo de morir es
una participación en el misterio pascual de Cristo. Los sacramentos
nos disponen a esa muerte. El bautismo, en el que
morimos místicamente al pecado, nos consagra para la participación en
la resurrección del Señor (cf. Rom 6, 3-7). Por la
recepción de la Eucaristía, que es «medicina de inmortalidad»(561), el
cristiano recibe garantía de participar de la resurrección de Cristo.
La
muerte en el Señor implica la posibilidad de otro modo
de morir, a saber, la muerte fuera del Señor que
conduce a la muerte segunda (cf. Apoc 20, 14). En
esta muerte, la fuerza del pecado por el que la
muerte entró en el mundo (cf. Rom 5, 12), manifiesta,
en grado sumo, su capacidad de separar de Dios.
6.4. Pronto
se formaron, y por cierto bajo el influjo de la
fe en la resurrección de los muertos, costumbres cristianas para
sepultar los cadáveres de los fieles. El modo de hablar
expresado en las palabras «cementerio» (en griego, êoéìçôÞñéov = «dormitorio»)
o «deposición» (en latín, «depositio»; derecho de Cristo a recuperar
el cuerpo del cristiano, en oposición a «donación») presupone esa
fe. En el cuidado que se tiene con el cadáver,
se veía »una obligación de humanidad», pero «si los que
no creen en la resurrección de la carne, hacen estas
cosas», han de prestarlas especialmente aquellos «que creen que esta
obligación que se cumple con el cuerpo muerto, pero que
ha de resucitar y permanecer en la eternidad, es también,
de alguna manera, un testimonio de esta misma fe»(562).
Durante mucho
tiempo estuvo prohibida la cremación de los cadáveres(563), porque se
la percibía históricamente en conexión con una mentalidad neoplatónica que
mediante ella pretendía la destrucción del cuerpo para que así
el alma se liberara totalmente de la cárcel(564) (en tiempos
más recientes implicaba una actitud materialista o agnóstica). La Iglesia
ya no la prohibe, «a no ser que haya sido
elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana»(565). Hay que
procurar que la actual difusión de la cremación también entre
los católicos no oscurezca, de alguna manera, su mentalidad correcta
sobre la resurrección de la carne.
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