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La esperanza como espera y preparación del reino de Dios
1.
El Espíritu Santo es la fuente de la «esperanza que
no defrauda» (Rm 5, 5). A la luz de esta
verdad, después de haber examinado algunos de los «signos de
esperanza» presentes en nuestro tiempo, hoy queremos profundizar el significado
de la esperanza cristiana en el tiempo de espera y
de preparación para la venida del reino de Dios en
Cristo al final de los tiempos. A este respecto, como
subrayé en la carta apostólica Tertio millennio adveniente, es preciso
recordar que «la actitud fundamental de la esperanza, por una
parte, mueve al cristiano a no perder de vista la
meta final que da sentido y valor a su entera
existencia y, por otra, le ofrece motivaciones sólidas y profundas
para el esfuerzo cotidiano en la transformación de la realidad
para hacerla conforme al proyecto de Dios» (n. 46).
2.
La esperanza de la venida definitiva del reino de Dios
y el compromiso de transformación del mundo a la luz
del Evangelio tienen en realidad una misma fuente: el don
escatológico del Espíritu Santo, «prenda de nuestra herencia, para redención
del pueblo de su posesión» (Ef 1, 14), que suscita
el anhelo de la vida plena y definitiva con Cristo
y, a la vez, infunde en nosotros la fuerza para
difundir por toda la tierra la levadura del reino de
Dios.
En cierto modo, se trata de una realización anticipada
del reino de Dios entre los hombres, gracias a la
resurrección de Cristo. En él, Verbo encarnado, muerto y resucitado
por nosotros, el cielo descendió a la tierra y ésta,
en su humanidad glorificada, ascendió al cielo. Jesús resucitado está
presente en medio de su pueblo y en el centro
de la historia humana. Por el Espíritu Santo, reviste de
sí mismo a los que en la fe y en
la caridad se abren a él, más aún, los transfigura
progresivamente, haciéndolos partícipes de su misma existencia glorificada. Ya viven
y actúan en el mundo con la mirada siempre puesta
en la meta final: «Si habéis resucitado con Cristo —exhorta
san Pablo—, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo
sentado a la diestra de Dios» (Col 3, 1). Por
tanto, los creyentes están llamados a ser en el mundo
testigos de la resurrección de Cristo y, a la vez,
constructores de una sociedad nueva.
3. El signo sacramental por excelencia
de las últimas realidades ya anticipadas y actualizadas en la
Iglesia es la Eucaristía. En ella el Espíritu, invocado en
la epíclesis, «transubstancia» la realidad sensible del pan y del
vino en la nueva realidad del Cuerpo y la Sangre
de Cristo. El Señor resucitado está realmente presente en la
Eucaristía y, en él, la humanidad y el universo asumen
el sello de la nueva creación. En la Eucaristía se
gustan las realidades definitivas y el mundo comienza a ser
lo que será en la venida final del Señor.
La Eucaristía,
culmen de la vida cristiana, no sólo plasma la existencia
personal del cristiano, sino también la vida de la comunidad
eclesial y, de algún modo, de la sociedad entera. La
Eucaristía proporciona al pueblo de Dios la energía divina que
lo impulsa a vivir profundamente la comunión de amor significada
y realizada por la participación en la única mesa.
Asimismo,
lo estimula a compartir con espíritu de fraternidad también los
bienes materiales, orientándolos a la edificación del reino de Dios
(cf. Hch 2, 42-45).
De este modo, la Iglesia se convierte
en «pan partido» para el mundo: para la gente en
medio de la cual vive, especialmente para los más necesitados.
La celebración eucarística es la fuente de las diversas obras
de caridad y de ayuda recíproca, de la acción misionera
y de las diferentes formas de testimonio cristiano, a través
de las cuales ayudamos al mundo a comprender la vocación
de la Iglesia según el plan de Dios.
Además, manteniendo viva
la vocación a no conformarse a la mentalidad del mundo
presente y a vivir en espera de Cristo «hasta que
venga», la Eucaristía enseña al pueblo de Dios el camino
para purificar y perfeccionar las actividades humanas sumergiéndolas en el
misterio pascual de la cruz y la resurrección.
4. Así se
comprende el verdadero significado de la esperanza cristiana. Al dirigir
nuestra mirada hacia «los nuevos cielos y la nueva tierra»
donde tendrá morada estable la justicia (cf. 2 P 3,
13), esa esperanza «no debe debilitar, sino más bien avivar
la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo
de la nueva familia humana que puede ofrecer ya un
cierto esbozo del mundo nuevo» (Gaudium et spes, 39).
En particular,
el anuncio de esperanza que ofrece la comunidad cristiana debe
actuar como levadura de resurrección por medio del compromiso cultural,
social, económico y político de los fieles laicos.
Es verdad que
«hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del
reino de Dios» (ib.), pero también es verdad que en
el reino de Dios, que se consumará al final de
los tiempos, «permanecerá la caridad, con sus frutos (cf. 1
Co 13, 8; Col 3, 14)» (cf. ib.). Eso significa
que todo lo que se ha hecho en la caridad
de Cristo anticipa la resurrección final y la llegada del
reino de Dios.
5. La espiritualidad del cristiano se presenta así
en su verdadera luz: no es una espiritualidad de huida
o rechazo del mundo; tampoco se reduce a una simple
actividad de orden temporal.
Impregnada por el Espíritu de vida,
derramado por el Resucitado, es una espiritualidad de transfiguración del
mundo y de esperanza en la venida del reino de
Dios.
Gracias a ella, los cristianos pueden descubrir que las realizaciones
del pensamiento y del arte, de la ciencia y de
la técnica, cuando se viven con el espíritu del Evangelio,
testimonian la presencia del Espíritu de Dios en todas las
realidades terrenas. Así, no sólo en la oración, sino también
en el esfuerzo realizado diariamente para preparar el reino de
Dios en la historia, se escucha con fuerza la voz
del Espíritu y de la Esposa, que invocan: «¡Ven! (...)
¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22, 17. 20). Es la magnífica
conclusión del Apocalipsis y, podríamos decir, el sello cristiano de
la historia.
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