|
Eclesiástico en el 23, 15 al 23 explica: “Un hombre
acostumbrado a palabras indecentes, no se educará en toda su
vida. Dos clases de hombres multiplican los pecados y una
tercera parte atrae la cólera del Señor: Una pasión ardiente
que se enciende como fuego y no se apaga sino
al consumirse. El hombre impuro con su propio cuerpo, no
quedará tranquilo hasta que se prenda fuego. El hombre infiel
al lecho conyugal, quien piensa para sí: ‘¿Quién me ve?
La sombra me rodea, las murallas me protegen, nadie
me ve; ¿por qué inquietarme? El Altísimo no anotará mis
fallas’. Este teme las miradas de los hombres y no
sabe que los ojos del Señor son mil veces más
luminosos que el sol, que observan todas las acciones de
los hombres y penetran en los rincones más secretos. Él
conoce todas las cosas antes de crearlas y las conoce
hasta después que se terminen... Igualmente, la mujer que abandona
a su marido y le da un heredero concebido de
un extraño. En primer lugar ella ha desobedecido la ley
del Altísimo. En segundo lugar, pecó contra su marido. Y,
en tercer lugar queda manchada con el adulterio, mujer que
tuvo hijos de un extraño”.
Tomás de Kempis, en “La Imitación
de Cristo” anuncia: “El antiguo enemigo, adversario de todos los
buenos, no cesa de tentar, sino urde día y noche
graves insidias, por si acaso pudiese precipitar al incauto en
los brazos del engaño”. “Vigilad y orad, para que no
caigáis en tentación” (Mateo 26, 41).
La causa de la lujuria
es la despreocupación por Dios, con lo que el hombre
queda hundido en la irracionalidad sexual.
La concupiscencia sustentada en la
soberbia, es una desgracia que se identifica con el origen
del mal. Satanás se esforzó en destrozar la pureza de
Adán y Eva y los alucinó con deseos deshonestos, suscitando
los primeros actos de obscenidad. Esa herencia indecente es catastrófica,
por cuanto hizo que se alborotaran los instintos licenciosos de
todas las generaciones.
La lujuria crea la inmoralidad del cuerpo y
lo prostituye como templo del “Espíritu Santo”. La exaltación física
con apoyos externos, ha ganado preponderancia porque a la insinuación
satánica a nuestros primeros padres para que fueran infieles, se
suman los sofisticados métodos con los que actualmente se expone
el erotismo, y eso motiva la lascivia.
La humanidad narcotizada por
el pecado, desde la infancia forma en la mente los
símbolos de la sensualidad. Estos afloran con fuertes ímpetus, cuando
desaparece el candor infantil. Hay doctrinas sociológicas, filosóficas y psiquiátricas
que le dan supremacía maligna al alborozo sexual; esto arruinó
el buen aprendizaje y se alteró la conciencia de los
castos que se oponían a la esclavitud lúbrica. A esto
se agrega el hecho de que no hay una adecuada
educación sexual cristiana impartida por los padres, la cual debe
ser oportuna, privada y sistemática.
Mención especial merece Sigmund Freud, psiquiatra
austriaco nacido a mediados del siglo XIX, creador de la
teoría del psicoanálisis, de la doctrina del subconsciente y estudioso
de los temas como la histeria y el tabú. Con
su particular estudio de la naturaleza humana y su conducta,
arribó a la temeraria conclusión de que las labores de
los hombres se circunscriben a la satisfacción sexual para calmar
los ímpetus desmedidos, sin interesar los valores morales y religiosos.
Son muchas las críticas en contra de las conjeturas
freudianas, relacionadas con el comportamiento sexual de los individuos. Las
exploraciones de este científico se basan en el proceder de
quienes ceden al erotismo, para saciarse y quedar satisfechos. Lo
descabellado de sus especulaciones, es la infamia de que fuimos
creados para ser felices y eso se adquiere complaciendo las
sugestiones eróticas. Esto le da un carácter insensato a la
vida, ya que además de ubicarnos en la misma categoría
de las especies inferiores, descarta la influencia de Dios en
la Creación y en los méritos espirituales. No es cierta
la teoría del apareamiento para estar alegres; los humanos no
somos máquinas que se ponen en funcionamiento, para deleitarse con
las aberraciones de la sexualidad descarriada.
Erich Fromm, quien fuera discípulo
de Freud, cuando estudió objetivamente y con esmero las conclusiones
desproporcionadas de los experimentos de su maestro, decidió dejarlas de
lado. Posteriormente manifestó que las relaciones sexuales no son la
vía para que las personas tengan equilibrio emocional, pues este
no se adquiere con la complacencia sexual, porque está
acompaña de variadas fantasías.
Algunos científicos que indagan los comportamientos anormales
de la desmedida apetencia sexual, la definen como “sexo adicción”,
la cual tiene entre sus características el desarreglo de la
mente y del cuerpo, debido a las relaciones sexuales incesantes.
El exceso de perversión, trastorna el comedimiento que debe
haber en las relaciones normales de los matrimonios constituidos sobre
parámetros cristianos. El desequilibrio sexual, además del agotamiento físico prematuro,
daña el cariño de la pareja. La irreformable infidelidad y
los asiduos requerimientos eróticos de uno de los cónyuges, ocasionan
la ruina económica y el divorcio. Varios científicos creen que
el perjuicio psíquico de los adictos, los puede inducir al
suicidio, cuando se intensifica este mal.
Hay quienes defienden las relaciones
sexuales libres y descomedidas, argumentando que en ellas está la
dicha. Si eso fuese cierto, no hubiese sido catalogada por
los doctos en la materia, como una terrible enfermedad psicosomática
que extenúa el cuerpo vertiginosamente y suscita sensaciones de culpabilidad.
Los
incondicionales al sexo y sus chaladuras: Obscenidad, indecencia, pornografía,
masturbación, fornicación, prostitución y adulterio, son individuos inestables con tendencia
al abatimiento emocional, a la angustia y a paupérrimos niveles
de autoestima. Esas debilidades encuentran salida en el aparente bienestar
que proporciona las aventuras carnales: Adulterio consuetudinario, encuentros clandestinos circunstanciales,
revistas y películas inmorales. Con esas asistencias decadentes, el enfermo
cree que canaliza el estrés y la melancolía, cuando en
realidad se adentra en un ambiente turbulento y torpe que
le trae desaliento y pérdida de los valores Cristianos.
La lujuria
desborda las pasiones carnales reprimidas en el subconsciente que al
exteriorizarse, llevan a la deshonra del cuerpo y a la
desvergüenza erótica. Los lujuriosos se desesperan cuando no complacen las
perversiones reclamadas por sus ansias de sexo.
Hay errores divulgados en
medios informativos, algunas instituciones mal llamadas educativas, los enemigos del
cristianismo, las sectas y las organizaciones satánicas, según los cuales
sólo el sexo es la expresión del amor. Esta aberrante
declaración con la lujuria como estandarte, está maleando el amor
debido a la adulteración de la moral por parte de
quienes admiten esos desatinos. Si satanás aniquila los conceptos divinos
del amor, obtendrá su empeño de hacer de la humanidad
“una manada de puercos”, como lo expresó en el exorcismo
relatado al principio. El cristianismo debe preocuparse por remediar esta
calamidad, ya que muchos hermanos son proclives a cometer
esos desaciertos.
La liviandad también es inducida por las vanidades de
quienes se rinden a las costumbres malsanas de un medio
ambiente corrompido que obvia lo espiritual. Cuando se detecta esa
horrenda trampa y hay reflexión espiritual, se siente aversión por
esas infamias. Se comprueba que el momento del acto carnal
pasa rápidamente, para tener luego un sentimiento de culpa, de
pavor y de soledad espiritual. Sin embargo, hay accidentes patológicos
en hombres y mujeres que no demuestran reacción contraria a
los pecados sexuales. Esto pasa, porque hay mucho daño moral
y en el alma no mora el amor de Dios.
El
erotismo emponzoñado aporta rebuscados mecanismos, para robustecer La disipación. En
todas partes, se brindan servicios depravados que desaniman los esfuerzos
destinados a vencer las tendencias malsanas. Abundan las tiendas que
ofrecen productos para estimular las inmoralidades. Se venden genitales
de goma, aparatos para ejercicios sadomasoquistas, revistas pornográficas y otros
aditamentos que animan la morbosidad de los corrompidos. Todos los
estereotipos lúbricos son vistos como sensatos y necesarios para la
feliz existencia. Los medios audiovisuales casi en su totalidad, refuerzan
la glotonería sexual, pues presentan espectáculos que van desde el
simple destape corporal, hasta las más sórdidas escenas indecentes. Aunado
a esos escándalos, también hay canciones pornográficas que incitan a
la disipación sexual. Se ha divulgado tanto la corrupción, que
en algunos espacios radioeléctricos se propaga la música erótica y
se filman videos musicales donde sobresalen escenas inmorales de hombres
y mujeres entregados a las sensaciones morbosas generadas por la
letra de las canciones.
Los renombrados desfiles de
modas y concursos de bellezas, tanto masculinas como femeninas, son
exhibiciones decadentes donde impera la esclavitud de mujeres y hombres
que se entregan a esas pobres funciones mediocres, donde campea
el desenfreno. Todo es un derroche de lujo, luces y
colores que adormecen los sentidos y coloca al espectador en
una especie de hipnosis que altera el carácter ético de
su personalidad. Sumen a estas ostentosas presentaciones, los concursos efectuados
de manera pública y clandestina por homosexuales y travestís, donde
se emulan los realizados por los denominados institutos de la
belleza. La diferencia es que en los desviados sexuales, resalta
más la inmoralidad.
El desnudo corporal es ahora habitual y sin
límites. Los homosexuales y las lesbianas desfilan sin recato y
su desvergüenza no tiene barreras, cuando demandan que se les
respeten los derechos a su grotesco modo de ser. Exigen
que no les coloquen trabas a sus descabelladas maneras de
actuar en la sociedad. Anhelan que sus descarriadas presentaciones sean
públicas y que nadie las prohíba. En cierto modo, esta
sociedad disipada, ha tolerado su comportamiento libertino, pues son numerosas
sus exhibiciones públicas, las cuales son muestras de la cantidad
de personas atascadas en el repugnante pecado del descarrío sexual.
Es tanto el relajo que en una reunión internacional, se
planteó aprobar distintos tipos de sexo con igualdad de derechos:
masculino, femenino y homosexual. A esto, hay que agregarle el
pedimento casi mundial de los desviados sexuales, para que los
parlamentos del mundo aprueben leyes que les autoricen contraer matrimonio
civil y han asomado la posibilidad de que la Iglesia
certifique tales desafueros. En varios países hay un fuerte enfrentamiento
entre la Iglesia que ha sido arteramente ofendida, y algunos
líderes políticos que complacen los pedimentos abominables de los extraviados.
El enfoque cristiano, en consonancia con el Evangelio, es que
estas personas para salvarse deben abstenerse de la impureza sexual,
pues ella pone en peligro la redención del alma. Sin
embargo, en algunas naciones sus parlamentos hicieron caso omiso a
las recomendaciones del Papa y continúan sancionando normas que legalizan
la unión entre parejas del mismo sexo. Estamos ante una
desgracia ética global que trastoca las virtudes instauradas en la
Santa Biblia y desafían sin temor a la Justicia Divina.
En la historia, son muchos los acontecimientos que provocaron la
destrucción total de varias civilizaciones, como resultado de sus impúdicos
vicios.
La decadencia ética es tan inmensa que vale
la siguiente afirmación: ¡Estas personas desquiciadas actúan peor que los
animales irracionales, criaturas de Dios, a los que sólo los
mueve el instinto de aparearse para conservar la especie; jamás
veremos a los animales realizando tales aberraciones! Surge un
razonamiento lógico: Por naturaleza, lucifer no ataca con sus bascosidades
a los animales. Sí lo hace con el hombre, por
ser el único de la Creación con espíritu y conciencia.
Algo
que ha despertado malestar e indignación en el mundo Cristiano,
es el descubrimiento realizado por científicos británicos que sugieren a
los homosexuales la posibilidad de concebir hijos con óvulos femeninos,
pero prescindiendo de la mujer en el proceso de gestación.
Esto es abominable, ya que al óvulo se le borra
el patrimonio genético femenino y es sustituido por el del
homosexual escogido como madre; luego, en una probeta se fecunda
con el espermatozoide del otro disoluto. El fatídico resultado sería
un bebé con el ADN de los dos pervertidos y
ninguna madre. La biotecnología es el medio para perpetrar tremendo
desquiciamiento. Ahora, ha sido satisfecho el deseo gay de tener
una alternativa para crear hijos. Con seguridad Dios pondrá
trabas, para se expanda esta tremenda locura. No se intenta
juzgar alevosamente a los homosexuales, pues ellos también son hijos
de Dios que desgraciadamente decidieron irse por un camino peligroso
para sus almas. Su redención no es imposible, pero deben
apartarse de esa adversidad y vivir en castidad y abstinencia
sexual. Así lo pide Dios y no se puede ser
impasible ante sus escándalos y dejarlos pasar sin decir nada,
pues este es un mal que se extiende peligrosamente.
Las películas y revistas pornográficas, inundan al mundo.
Es tan excesivo el descarrío sexual, que los productores de
esos desórdenes ya no se conforman con sus sombrías invenciones,
donde los actores aparecen completamente desnudos, en actos homosexuales y
de lesbianismo. La degradación hace que estos relajados utilicen niños
y animales en sus atroces creaciones. Chiquillos y
adolescentes de los países pobres, son sacados de sus hogares
con la anuencia y complicidad de sus familiares y son
vendidos a precios irrisorios como cualquier mercancía, a los traficantes
de seres humanos. Luego los emplean en los trances demenciales
de los comerciantes de la lujuria. Estos pobres seres
son trasladados a los países riscos, por los perturbados mercaderes
del diablo, para explotarlos en el sucio negocio del sexo.
Algunos son cedidos a turistas y cuando se lucran bastante
de ellos y ya no son apetecidos, se les asesina
brutalmente para extraerles algunos órganos y venderlos al mejor postor.
Esa horda de demonios humanos, rebate las palabras del Apóstol
San Pablo: “Sépanlo bien: Ni los corrompidos, ni los impuros,
ni los explotadores que sirven al dios dinero, tendrán parte
en el Reino de Cristo y de Dios”.
También hay
los bisexuales que tienen contacto sexual con su pareja cotidiana,
pero los sacudió el relajo dominante y resolvieron envilecerse en
depravaciones, con alguien del mismo sexo.
La prostitución no ocurre solo
en burdeles, prostíbulos, clubes nocturnos o el ofrecimiento de favores
sexuales en plazas y avenidas públicas. Ahora existen los moteles
y casas de citas, donde acuden los seres que alquilan
su cuerpo a las parejas de cualquier actividad social; allí
dan rienda suelta a su desaforada pasión lasciva.
Es muy rentable
el arrendamiento de jóvenes hombres y mujeres que venden erotismo
por ratos o días. Desde los simulados masajes en hoteles
ejecutivos, el intercambio de parejas, los show lésbicos y homosexuales,
hasta el sadomasoquismo, son facilitados a través de avisos en
la prensa, radio, televisión, la comunicación por teléfonos celulares e
Internet. A diario leemos en los periódicos, revistas y propaganda
televisiva, el ofrecimiento de estas personas que se han entregado
a los devaneos morbosos inculcados por los demonios.
Hay también la intitulada prostitución de alta alcurnia,
para quienes detentan los poderes del mundo y que es
ejercida por personas de distinto sexo y afiliadas a poderosas
organizaciones criminales. Bellas mujeres y mozalbetes apuestos se adiestran con
esmero y exquisitez frívola, para venderse a clientes exclusivos como
magnates, industriales opulentos, políticos poderosos, altos funcionarios gubernamentales, profesionales florecientes,
artistas y actrices famosos. Ellos pagan jugosos honorarios, por los
servicios eróticos proporcionados. Una parte de ese dinero sucio, es
entregado a los activistas de la función y la otra
la toman las mafias que esclavizan a estos jóvenes. Los
festines son aderezados con costosas champañas y whisky, manjares exquisitos
y la droga más cara. No escatiman costos, para ver
saciada su vida escandalosa. Después de terminada la velada, los
que fueron exprimidos regresan a sus actividades como esposos y
esposas fieles y como los grandes líderes en quienes está
puesta la fe de la gente y los destinos del
mundo. ¡Qué calamidad!
El destape es promovido por modas y costumbres
cada vez más vulgares, que sin pudor brindan la posibilidad
de lucir los cuerpos en playas y otros lugares públicos.
Hay clubes de nudistas donde está prohibido el uso de
cualquier vestimenta y andan como Dios los trajo al mundo.
El desnudo significa en términos de fe, estar vestidos con
el manto de la gracia. Nuestros primeros padres se sintieron
desnudos cuando pecaron.
Es asombroso el poderío económico que se
moviliza en los desfiles de modas, donde se emplea un
ejército de jóvenes de ambos sexos que son reclutados, seleccionados
y sometidos a un riguroso entrenamiento que los hace autómatas,
para después recorrer una pasarela. Allí muestran sus menguados cuerpos,
producto de una inclemente dieta y exhiben los trapos de
los más connotados modistas internacionales que se hicieron multimillonarios a
expensas de esos pobres seres que son aprovechadas como carne
de cañón para sus nefastos intereses mercantilistas. Una vez impuesta
la moda, quienes adquieren las prendas de vestir, pagan colosales
sumas por poseer un trapo que dejará de usarse cuando
el ingenio del diseñador confeccione un nuevo estilo. Así pasan
la vida asediados por cosas banales, ilusiones y mitos, sin
felicidad y sin Dios.
A los jóvenes y a muchos adultos,
el diablo les lesionó su dignidad y la capacidad para
mantener una condición física decente. Esto se evidencia en la
escandalosa costumbre de tatuarse el cuerpo con figuras construidas con
tinta imborrable. En sus partes íntimas, hombres y mujeres graban
dibujos obscenos con imágenes y emblemas satánicos; otros se colocan
piercing, aros y anillos. La lengua, los glúteos, los pezones,
las tetillas de los hombres, las cejas, los labios, la
nariz, las orejas y los órganos genitales, son perforados con
esos instrumentos siniestros. Se pintan el pelo de colores luminosos
y sus vestidos son estrafalarios y obscenos. Los hombres no
deben usar ornamentos exclusivos para las mujeres, tales como zarcillos
y pintura de labios; quienes son dignos, aborrecen esas cosas
y respetan su contextura física que es “Cuerpo del Espíritu
Santo”.
Los hermanos esclavizados por las anteriores aversiones, concluyen sus vidas
tristemente, sin objetivos específicos ni principios morales. Deambulan por el
mundo sin rumbo fijo y si no se implanta una
campaña caritativa para rescatarlos, seguirán pereciendo sin remedio. Es una
lástima que tantas almas sean arrastradas al infierno, sin
posibilidades de rehabilitarse, debido a la indolencia de los gobiernos
y de algunas instituciones creadas para tal fin. La Iglesia
debe tener como una de sus prioridades, el auxilio de
esos hermanos.
Todas estas personas engullen bebidas alcohólicas, cocaína, marihuana, opio,
ácido lisérgico, heroína, crack y otras pestilencias alucinógenas. Son aterradoras
las cantidades de drogas que se ingieren en el mundo,
en medio de la apatía de los gobiernos, para aniquilar
este mal que asesina sin piedad y de manera solapada.
La
impureza hace perder la castidad, la cual se vive por
amor y temor a Dios. La degradación moral no se
circunscribe sólo al especto sexual. Por tener su origen en
el infierno, ocasiona la exaltación de los sentidos que terminará
en las abominaciones diabólicas, es decir, realizando orgías donde se
le rinde culto al diablo y se sacrifican vidas humanas.
El colapso moral es dramático, y solo un milagro puede
salvar la vida de los seres entregados a la sórdida
corrupción satánica.
Mientras haya concupiscencia, será mayor el desespero por cometer
ocurrencias descarriadas. Cuando predomina una rendición dócil a las aberraciones,
se puede causar la pérdida de los sentidos y de
la vida. La voracidad sensual es tan intensa que se
invoca a lucifer para que con su intervención se adquiera
la satisfacción de los malévolos instintos.
La castidad es un don
de Dios, por eso, al alejarse de Jesucristo, el hombre
se expone a ser bombardeado por el mal. Al conocer
nuestras debilidades, satán ataca la continencia, porque sabe que conservándola
se está en comunión con la Santísima Trinidad.
La impudicia es
vista por San Pablo, como la causa del endurecimiento de
la razón, de la desvergüenza y del desatado deseo de
pecar. La tozudez hace al hombre insensible ante el pecado,
lo embrutece, no siente remordimientos, se le insensibiliza la conciencia
y pierde la noción de lo bueno.
La vulgaridad hace del
corrompido un individuo licencioso, y se malogra la dignidad, la
cual es muy difícil recuperar si no hay un profundo
arrepentimiento; es indiferente a los males de su conducta lasciva
y termina satisfaciéndose a sí mismo, con muchas inmoralidades.
El deseo
de pecar es intrínseco a la mente del lujurioso, pues
en su entorno están las cosas deshonestas. Cuando se recrea
mentalmente en las bajezas de sus instintos, anida un ansia
vehemente de inmoralidades; si no tiene al lado a alguien
que lo satisfaga, se masturba. Su deshonestidad erótica lo lleva
a cualquier escándalo, para obtener su desviado objetivo.
Desde hace años,
se desató en todas partes una epidemia aciaga que mata
a miles de personas y amenaza con extenderse rápidamente para
aniquilar a millones de seres. Este mal es conocido como
el SIDA (Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirida). Los científicos determinaron
como causas del contagio, las relaciones sexuales promiscuas, el contacto
sexual con infectados, el uso de inyectadoras de drogadictos, transfusión
de sangre mal realizada y la transmisión a fetos en
gestación.
Lo común en las contaminaciones, son las relaciones sexuales
ilegales, sobre todo la de los homosexuales, aunque también se
da mucho en los heterosexuales. Es posible que Dios haya
permitido este mal, para aleccionar al mundo por la sensualidad
escandalosa que lo corroe y por el poco interés de
los descarriados en enmendarse.
Son incalculables los recursos monetarios que se
gastan para minimizar el mal y de nada sirven esas
inversiones, pues cada día aumenta la homosexualidad y los demás
vicios inherentes al sexo. Unido a esto, el relajo es
colectivo en todos los aspectos: La mayoría de los nacimientos
en el mundo son ilegítimos, es decir, de madres solteras
y padres irresponsables. La generalidad de las personas no profesa
religión alguna y son desafectos a la Iglesia, los jóvenes
realizan relaciones sexuales prematrimoniales y quienes se divorcian, son partidarios
de emparejarse nuevamente, sin concernirles los mandatos de Dios. Estas
son algunas de las deplorables señales de la corrupción propagada,
que carcome las entrañas de la humanidad. Son enclenques las
iniciativas que se hacen, para que avizoren el abismo hacia
donde se desplazan.
Jesucristo en Mateo 13, 41 al 43 dice:
“Y enviará Dios a sus Ángeles y arrancarán de su
Reino a todos los corruptores y a quienes se dedicaron
a hacer obras malas, y los lanzarán al fuego donde
será el llanto y el crujir de dientes... El que
tenga oídos para oír, que oiga”.
A la lujuria la enfrenta
Dios con la castidad. Después de haberse enlodado en ella,
deben hacerse sacrificios para obtener la pureza. Mortificar la carne
y huir de sus tentaciones es difícil, más si estamos
en contacto con una sociedad influenciada por las manías fatídicas
del erotismo.
Las vinculaciones con el mundo que acepta los patrones
de la inmoralidad, hacen escabroso el camino de la rectificación
y es una dura prueba para quien quiera salvarse. Nadie
lo logrará si no apela a la ayuda del Cielo.
Ni terapias, ni psicólogos, harán cesar esta aciaga enfermedad. Sólo
se apaciguará temporalmente.
El Apocalipsis 21, 7, indica: “Los que se
dedicaron a la impureza irán al lago de fuego y
azufre y esa será su muerte segunda”. Quien quiera eliminar
la lujuria, debe estimar el valor de su dignidad como
hijo de Dios.
Al diablo de la lujuria se le combate
de varias maneras: teniendo claros los preceptos morales del buen
cristiano, huyendo de los atrapados en la sensualidad sin
límites, no asistiendo a los sitios donde se avivan los
malos deseos, tales como bares, discotecas y prostíbulos,
rechazando las invitaciones que motivan la concupiscencia, alejándose de los
falsos amigos que incitan al pecado, rechazando invitaciones de hombres
y mujeres para fornicar o cometer adulterio, evitando tratos con
homosexuales y lesbianas, no consumir drogas, no asistir a eventos
donde las personas se desnudan, no ver desfiles de moda
ni concursos de belleza, no participar en bailes eróticos, no
ver películas pornográficas ni programas televisivos con mucha sensualidad, huir
de cualquier otra atracción pecaminosa.
El remordimiento y el arrepentimiento ante
Dios por las locuras cometidas, es el inicio de la
querella contra la lujuria. Las tentaciones se dominan orando y
entregando esas penas al Señor y a María. Muchos Santos
fueron excepcionales, mortificando los malos deseos. Algunos castigaban sus cuerpos
para superar este engendro. El combate durará toda la vida,
pero se ganará si se persevera. Santa Teresita del Niño
Jesús dijo: “Los afectos sensibles, las amistades sensuales hacen enorme
daño a la personalidad”. San Felipe Neri afirmó: “La virtud
que hay que cuidar con más esmero y defender con
más cuidado es la castidad, ya que es la más
delicada y débil de nuestras virtudes”. El Beato Miguel Rúa
odiaba a muerte el dejar entrar a las habitaciones a
gente joven, las miradas apasionadas, las caricias excitantes y los
regalos a las personas de buen aspecto físico. San Juan
de Ávila recomendó no intimar con personas jóvenes de sexo
opuesto, pues el diablo quita cualquier tipo de relación: Tías,
sobrinas, primas, ricas o pobres, feas o bonitas, sabias o
ignorantes y nos empuja al pecado, por eso pide huir
de cualquier familiaridad con personas que puedan hacer caer en
la tentación carnal. San Juan Bosco recibió un mensaje de
la Santísima Virgen María: “A quienes me aman y confían
en mí y no se cansan de pedir mi protección,
yo les daré un buen tesoro, que consistirá en que
logren tener pureza en palabras y obras”. El
sacerdote Eliécer Sálesman, en su libro “pureza y castidad”, refiere
algunos pasajes bíblicos sobre la lujuria: San Pablo en la
primera carta a los Tesalonicenses 4, 3 al 5: “Esta
es la voluntad de Dios, que os abstengáis de la
fornicación, de la impureza, de las faltas contra la castidad.
Que sepa cada uno conservar su propio cuerpo, santo y
honestamente. No con pasiones impuras, como lo hacen los que
no tienen religión y los que no creen en Dios”.
Primera
carta a los Tesalonicenses 4, 6: “Que nadie peque
contra otro en esta materia, ni se aproveche de él
para hacerle pecar, porque Dios es vengador de todas estas
cosas”.
Eclesiástico 7, 26: “Y encuentro que la mujer es más
amarga que la muerte, porque ella es como un lazo,
su corazón una trampa y sus brazos, cadenas. El que
es bueno ante Dios se librará de ella, pero el
pecador quedará atrapado”.
Mateo 5, 8: “Todo el que mira a
una mujer consintiendo un mal deseo, ya cometió pecado de
adulterio en su corazón”.
Entre los elegidos de Dios, también aparece
la lujuria. La naturaleza humana fusiona el deseo carnal con
el agrado espiritual. La exaltación de los sentidos exacerba esta
delicada combinación, como resultado del placer que se obtiene con
estas dos situaciones.
Sobreviene la lujuria en los más cercanos
a Dios, cuando alguien finge afinidad con Él y efectúa
inmoralidades sin afectarle el mal que está provocando, cuando aparece
la tibieza espiritual debido al gusto por los desaguisados del
mundo y si los religiosos y laicos comprometidos, se alborozan
con relaciones ilícitas.
Ni siquiera en la práctica religiosa, se abandonan
radicalmente los impulsos eróticos, ya que con frecuencia se
despierta el anhelo de sexo en muchos elegidos para pastorear
las almas. En los grupos de oración y en las
congregaciones religiosas, los demonios atacan con más saña, para eliminar
la pureza de los bienaventurados. Cuando están más compenetrados en
la oración, a veces se les aviva el deseo sexual.
Casi nadie ha escapado, a esta nociva circunstancia.
Cuando Dios
llama a la conversión, muchas almas avanzan cargadas de equívocos,
tales como la sensualidad que se nota en las miradas
y conversaciones insinuantes, en las loas para que haya empatía
con el interlocutor, buscando con ello un acercamiento corporal. Los
demonios andan a la caza de los místicos, para lacerarlos
con los encantos corporales y pervertirlos con las relaciones sexuales
ilegítimas. Los contactos diarios de algunos Sacerdotes con mujeres cristianas
de cualquier estado civil, si se hacen interdependientes y no
se corrigen, producen la atracción física. Se inventan estupideces, para
entablar diálogos y ahondar en intimidades. Son muchas las vocaciones
religiosas deterioradas y los matrimonios destruidos, por culpa de los
absurdos vínculos entre Pastores y fieles.
Hay lujuria en la religiosidad,
si surge interés sexual por alguien, si ante Dios se
es más impulsivo que converso auténtico, cuando se es más
mundano que piadoso. “La naturaleza humana quiere su ración de
goce y la unión con Dios crucificado es distinta”: Carlos
Carreto en “Cartas del Desierto”
No hay cultivo de la
fe, si la frivolidad y lo lascivo aceleran el abandono
de los deberes cristianos. Así se desnaturaliza el amor a
Dios, pues quienes incurren en estas infamias se defienden vehementemente
con razonamientos fraudulentos donde se aduce la natural relación que
debe haber entre hombres y mujeres, sin importar cómo sea.
Arguyen el concepto censurable de los prosaicos, de que las
mujeres son para los hombres y viceversa, sin restricciones y
lo que hagan para ser felices es incuestionable, pues para
eso Dios dio libertad. Con esta deformación del amor, el
hombre hace lo que le da la gana, acomoda a
Dios a sus pareceres depravados y sugiere que si Él
existe debe consentir los deseos libertinos, pues todo eso da
felicidad. El Altísimo no aprueba la astucia procedente de las
bajezas que tienen al sexo, como la máxima expresión del
amor.
Para dominar la lujuria, hay que descartar a los
sembradores de dudas sobre la pureza del cuerpo y del
alma. En medio de la confusión espiritual reinante, hay quienes
recomiendan comportamientos deformados.
La Iglesia ha sido sacudida en los
últimos tiempos, por la forma descabellada en que algunos Sacerdotes
flaquean ante las sugerencias maléficas. Hay casos de pastores
de distintas religiones que aprueban las obscenidades, alegando falseadas interpretaciones
de los textos sagrados y de las instrucciones de la
Iglesia. En el año 2002, surgió un escándalo que vapuleó
al cristianismo en todo el mundo, pues un sinnúmero de
Presbíteros se vieron enredados en la corrupción sexual. Juan Pablo
II, inspirado por el Espíritu Santo, condenó categóricamente estos desagradables
acontecimientos y el Vaticano decidió que aquellos Prelados implicados en
pederastia y otros delitos sexuales, deben ser separados de su
ministerio y sometidos a la justicia ordinaria para que respondan
por sus perversas contravenciones.
La carencia de oración y de
humildad, la subordinación a los dominios de la decadencia sexual,
la pérdida de la fe y el malévolo influjo de
agentes externos corrompidos, están provocando una devastación angustiosa en la
castidad de muchos Pastores. Antes de reprobarlos es perentorio pedir
ante Dios su remisión, pues de lo contrario serán juzgados
con mayor rigor: “A quien más se le da, más
se le exige”
La lujuria deja al final un
vacío y una preocupación, ya que es un amor falso,
equivocado, escandaloso, carente de caridad, lleno de concupiscencia, de hipocresía
y de suciedad corporal. La satisfacción de las malas pasiones
dura un momento, en cambio, el amor de Dios es
eterno y no muere, ya que se alimenta de lo
bueno. La perseverancia en la fe evitará las pifias y
así podremos repeler la avalancha del mal actual, y el
que está por venir. |