Autor: Catholic.net La conciencia, el lugar de encuentro con Dios
La conciencia nos ordena en el momento oportuno, practicar el bien y evitar el mal.
La conciencia, el lugar de encuentro con Dios
La conciencia
Es una realidad de experiencia: todos los hombres
juzgan, al actuar, si lo que hacen está bien o
mal. Es el conocimiento intelectual de los actos propios.
Es innegable
que la inteligencia humana conoce los principios primarios del actuar;
"haz el bien y evita el mal", no hacer a
los demás lo que no queremos que nos hagan". El
hombre en lo más profundo de su conciencia descubre la
ley, que no se ha dado a sí mismo, sino
a la que debe obedecer y que resuena en su
corazón, diciéndole que siempre debe amar y hacer el bien.
"La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario
del hombre, donde está solo con Dios". GS 16
La conciencia
no es una potencia más, unida a la inteligencia y
a la voluntad. Podríamos decir que es la misma inteligencia
cuando juzga la moralidad de un acto, basándose en los
principios morales innatos de la naturaleza humana. Esas leyes inscritas
en el corazón y dadas por Dios. Además, la conciencia
es una facultad natural del ser humano, no es una
parte de la vida religiosa del hombre.
En la actualidad
los movimientos de tipo psicológico, como el New Age, hablan
de una conciencia como el íntimo conocimiento que el hombre
tiene de sí mismo y de sus actos. Esta sería
una conciencia vista desde el punto de la psicología, no
una conciencia moral.
La conciencia que nos interesa es la conciencia
moral, que es la misma inteligencia que hace un juicio
práctico sobre la bondad o la maldad de un acto.
Juicio,
porque la moralidad juzga un acto. Es práctico porque aplica
en la práctica, en cada caso en particular y concreto
lo que la ley dice. Sobre la moralidad de un
acto es lo que la distingue de la conciencia psicológica,
pues en este caso lo propio es juzgar si una
acción es buena, mala o indiferente.
La conciencia funciona cuando juzga
si un acto es bueno o malo, de una manera
práctica, es decir, aplica en cada caso particular y concreto
lo que la ley dice. Nos ordena en el momento
oportuno, practicar el bien y evitar el mal.
Se puede decir
que la conciencia moral es un juicio de la razón
por la cual la persona reconoce la cualidad moral de
un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha
hecho.
Cuando hacemos algo bueno, la voz de nuestra conciencia nos
aprueba, cuando hacemos algo malo, esta misma voz nos acusa
y condena sin dejarnos en paz. La conciencia no sólo
da un juicio después de que ya hicimos algo, sino
también antes de tomar una decisión.
Ella es testigo de nuestros
actos y para dar su sentencia como juez, se basa
en las leyes naturales que Dios ha escrito en el
corazón del hombre.
Es la facultad que descubre el valor de
los principios de la ley moral y los aplica a
una situación concreta. Juzga nuestras acciones concretas aprobando las buenas
y denunciado las malas. Ordena siempre que dejemos el mal
y que hagamos el bien.
Cada persona debe de prestar mucha
atención a sí mismo para oír y seguir la voz
de la conciencia, es una exigencia de interioridad.
El ser humano
debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia. No
es lícito actuar en contra de la propia conciencia, ya
que ésta es la voz de Dios.
Actuae en contra de
la conciencia es actuar contra uno mismo, de las convicciones
más profundas y de los principios morales. Cuando hay duda
sobre si es o no es pecado, siempre hay que
actuar pensando que lo es.
Obedecer a la conciencia es obedecer
a Dios, por eso es importante seguir siempre lo que
ella nos dicta. Todos debemos prestar mucha atención a
nosotros mismos para poder oír y seguir la voz de
la conciencia. La dignidad de la persona exige que tengamos
una conciencia moral recta.
Por la conciencia podemos asumir la responsabilidad
de nuestros actos. Cuando elegimos libremente llevar a cabo un
acto, la libertad nos hace responsables de los actos que,
voluntariamente y siguiendo a nuestra conciencia, hemos realizado.
Ahora bien, no
todas las conciencias son iguales, pues solemos tener ciertas deformaciones,
aunque sean pequeñas.
La conciencia se puede formar o deformar. Una
conciencia bien formada siempre nos invitará a actuar de acuerdo
con nuestros principios y convicciones, nos impulsará a servir a
los hombres.
Una conciencia deformada puede equivocarse y presentarnos por bueno,
lo malo. Esto puede suceder por ignorancia, por los criterios
del ambiente en el que vivimos, por criterios falsos que
hayamos interpretado como verdaderos o por debilidades repetidas.
¿Cómo se llega
a deformar la conciencia?
Nuestra conciencia no se deforma de un
día para otro, generalmente es fruto de malos hábitos: Nosotros podemos
deformar nuestra conciencia poco a poco, sin darnos cuenta, si
aceptamos voluntariamente pequeñas faltas o imperfecciones en nuestros deberes diarios.
Si todos los días vamos haciendo las cosas “un poco
mal”, llega un momento en el que nuestra conciencia no
hace caso de esas faltas y ya no nos avisa
que tenemos que hacer las cosas bien. Se convierte en
una conciencia indelicada, que va resbalando de forma fácil del
“un poco mal” al “muy mal”.
Tammbién puede suceder que nosotros
deformemos nuestra conciencia a base de repetirle principios falsos como:
“No hay que exagerar”. Se convierte así en una conciencia
adormecida, insensible e incapaz de darnos señales de alerta. Esto
se da, principalmente, por la pereza o la superficialidad.
Podemos convertir
nuestra conciencia en una conciencia domesticada si le ponemos una
correa, con justificaciones de todos nuestros actos, cada vez que
nos quiere llamar la atención, por más malos que estos
sean: “Lo hice con buena intención”, “Se lo merecía”, “Es
que estaba muy cansado”, "es que él me dijo",etc. Es
una conciencia que se acomoda a nuestro modo de vivir,
se conforma con cumplir con el mínimo indispensable.
También, puede darse
una conciencia falsa, es decir, que nos dé señales erróneas
porque no conoce la verdad. Esto puede ser por nuestra
culpa o por culpa del ambiente en el que vivimos.
En este caso los juicios se hacen sin bases, ni
prudencia.
Existen varios tipos de conciencia
Según el objeto
Verdadera: que es
la que juzga la acción en conformidad con los principios
objetivos de la moralidad. Por ejemplo: sé que estoy en
pecado mortal, por lo tanto no puedo comulgar.
Errónea: que es
la que juzga la acción equivocadamente, es decir, confunde lo
malo con lo bueno. Juzga sin bases y sin prudencia.
Un ejemplo de esto, es cuando se piensa que si
alguien fue violada, es lícito que aborte. Esta conciencia se divide
en dos formas: -- Venciblemente errónea: cuando no se desea o
no se ponen los medios para salir de su equivocación. --Invenciblemente
errónea. cuando la persona no puede dejar el error, o
porque no sabe que está en él, o porque ha
hecho todo lo posible por salir de él, sin conseguirlo.
Por razón del modo de juzgar
Conciencia recta: este tipo de
conciencia siempre juzga con fundamentos y prudencia.
Falsa: en este caso
se juzga sin bases, sin prudencia y puede ser:
Conciencia estrecha:
es la que actúa con ligereza y sin razonoes serias,
afirma que hay pecado donde no lo hay o lo
aumenta. Este tipo de conciencia juzga a una persona por
un simple comentario.
Conciencia escrupulosa. para este tipo de conciencia todo
es malo. Es opresiva y angustiante pues recrimina hasta la
falta más pequeña, exagerándola como si fuera una falta horrible.
Siempre piensa que hay obligaciones morales donde no las hay.
Conciencia
laxa. es lo contrario de la escrupulosa. Este tipo de
conciencia minimiza las faltas graves haciéndolas aparecer como pequeños errores
sin importancia. En este caso, se actúa con ligereza,
se niega el pecado cuando lo hay o lo disminuye.
Conciencia
perpleja. es la que ve pecado tanto en el hacer
algo o en el no hacerlo. Es muy común ante
las decisiones económicas o políticas. Es la que piensa quiero
ayudar a los damnificados, pero si lo hago voy
a quitarle algo a mi familia.
Conciencia farisaica. es la que
se preocupa por aparentar bondad ante los demás, mientras en
su interior hay pecados de orgullo y soberbia. Es hipócrita,
quiere que todos piensen que es buena y eso es
lo único que le importa.
Según la firmeza del juicio
Cierta:
siempre juzga sin temor a equivocarse.
Dudosa: juzga con temor a
equivocarse, o simplemente, ni se atreve a a juzgar.
¿Cómo podemos
darnos cuenta de que nuestra conciencia está deformada?
Hay tres reglas
importantes que debe seguir toda conciencia recta:
Nunca justifica el mal
para obtener un bien.
El fin no justifica los medios.
No hacer a otros lo que no quiere que le
hagan o trata a los demás como le gustaría que
le trataran.
Respeta siempre los actos de los demás y los
juicios de su conciencia. Esto quiere decir que la conciencia
no debe juzgar los actos de los demás, sino únicamente
los propios: “Cree todo el bien que oye y sólo
el mal que ve.”
Si nos damos cuenta de que nuestra
conciencia viola alguna de estas reglas y no nos avisa
en el momento adecuado, ni nos recrimina por ello, es
muy factible pensar que está desviada o deformada. Al percibir
esto, lo mejor es poner enseguida manos a la obra
para mejorar, teniendo en cuenta los siguientes tres aspectos:
Tenemos obligación
de formar nuestra conciencia de acuerdo con nuestros deberes personales,
familiares, de trabajo y de ciudadano; los mandamientos de la
Iglesia, los mandamientos de la Ley de Dios y todas
las responsabilidades que hayamos contraído libremente. Esta obligación es nuestra
y nadie la puede cumplir en nuestro lugar.
Es necesario que
actuemos siempre con conciencia cierta, es decir, que los juicios
de nuestra conciencia sean seguros y fundados en la verdad.
Por ello, debemos poner todos los medios para salir de
la duda o del error.
Nunca olvidarnos que si nuestra conciencia
está deformada, podría ser porque alguien nos aconsejó con criterios
falsos, entonces la responsabilidad de nuestros actos es menor. Pero,
si nuestra conciencia está deformada por nuestra propia decisión o
negligencia, por no poner los medios para formarla, entonces la
responsabilidad de nuestros actos y la culpabilidad es mayor.
¿Qué podemos
hacer para formar nuestra conciencia?
Estudiar el Evangelio, informarnos de qué
tratan los documentos del Papa y de la Iglesia. Recordemos
que el pretexto de “nadie me lo había dicho”, no
sirve como excusa ante Dios, pues es propio de una
persona madura formarse e informarse de las normas que deben
regir los juicios de nuestra conciencia.
Reflexionar antes de actuar. No
nos debemos guiar por nuestros instintos o por lo que
oímos, sino por convicciones serias y profundas. Tampoco se vale
argumentar: “Creí que estaba bien porque todo el mundo lo
hace”.
Pedir ayuda y consejo a alguien que esté bien formado.
Puede ser un sacerdote. Nada mejor que un buen examen
de conciencia seguido de una buena confesión. Si nos confesamos
frecuentemente, nuestra conciencia se irá haciendo más delicada y más
sensible a las pequeñas faltas.
Ser sinceros con nosotros mismos y
con Dios. Llamar a cada cosa por su nombre, sin
tratar de justificar lo que hacemos o de darle nombres
disfrazados que aparentemente le quitan importancia a los actos.
No nos
desanimemos ante los fallos. Aprender siempre de las caídas para
comenzar de nuevo.
Formar hábitos buenos, programando nuestra vida y
nuestro tiempo, sin permitirnos fallos voluntariamente aceptados.
Tener una vida de
oración y de sacramnetos para poder obtener las luces necesarias
para la inteligencia y las gracias para fortalecer la voluntad.
La
Palabra de Dios es una luz para nuestros pasos. Es
preciso que la asimilemos en la fe y en la
oración, y la pongamos en práctica. Así se forma la
conciencia moral. Catecismo de la Iglesia Católica n. 1802
Para profundizar: Dios llama en la conciencia tomado del libro "La
Moral ..... una respuesta de amor", P. Gonzalo Miranda
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