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Moral y Mandamientos, lo que la Iglesia vive | categoría
Mandamientos de la Ley de Dios | tema
Autor: Catholic.net
I. Amarás a Dios sobre todas las cosas
Sólo Dios basta
 
I. Amarás a Dios sobre todas las cosas
I. Amarás a Dios sobre todas las cosas
El Decálogo

El pueblo de Israel vivió como esclavo en Egipto. Dios eligió a Moisés para liberarlo y llevarlo a la tierra prometida. En el camino, Moisés subió al Monte Sinaí y ahí Dios le dio dos tablas de piedra con diez mandamientos de la ley de Dios. En los mandamientos está escrito todo lo que debemos hacer para llegar al Cielo. Son un regalo que nos ha dado Dios para poder estar con Él.

El hombre tiene un fin, darle gloria a Dios su creador y obedeciéndolo en la tierra, para luego gozar en plenitud con Él en la gloria.

Dar gloria a Dios es la razón de nuestra existencia, cumpliendo en todo momento su voluntad. Para ello, hay que comenzar por cumplir los mandamientos. Con el fin de facilitarnos el conocer Su voluntad, Dios nos dio el Decálogo.

Recordemos este pasaje: “En esto se le acercó uno y le dijo: Maestro, ¿qué he de hacer yo de bueno para conseguir la vida eterna?. Respondióle: Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”. Mt. 19, 16-17

El joven en cuestión esperaba recibir un instructivo o un manual de procedimientos. Los fariseos por su parte, creían ventilar el asunto con dar diezmos de mostazas y cominos. (Mt. 23, 23) Todos erraban, porque a Dios se le alcanza mediante el cumplimiento amoroso de su voluntad, expresada en el Decálogo.

Como pertenece a la revelación divina, contiene una expresión privilegiada de la ley natural. Dios los escribió con su propio dedo. (Ex. 31, 18)

Tiene formas de normas concretas. No es sólo un conjunto de normas morales naturales. Sería reducirlo a un simple código civil. Es verdad que el Decálogo coincide con la ley natural, pero las normas del Decálogo no son simple fruto de la sabiduría humana, sino que tienen el valor de normas reveladas por Dios. Es comprensible que procediendo de Dios, coincida con las normas de la ley natural, que también proceden de Dios.

El Decálogo fue enriquecido por Jesucristo. No sólo fue aceptado por Él, sino que le dio una nueva dimensión. Superó la formulación anticotestamentaria, que según la mentalidad hebrea antigua tenía demasiados acentos exteriores. Jesucristo insistió en el aspecto interior. (Mateo, 5)

El Decálogo tiene forma negativa (no matarás, no …. ) porque así favorece la libertad. Deja libertad para hacer cuanto deseemos, mientras no hagamos lo que se prohibe. Es posible que sea mejor la educación en forma positiva hablando de la pedagogía infantil. Pero la formulación negativa es más oportuna en moral.

Los Diez Mandamientos que promueven los grandes valores humanos, obligan porque han sido promulgados por Dios. Son el camino necesario para llegar a nuestra meta. Son un excelente resumen de los deberes morales, si añadimos el mandamiento del amor dado por Jesucristo.

En el texto del Evangelio que mencionamos se nos recuerda que los mandamientos no son opcionales, son camino y condición de salvación. Por eso son definitivos, básicamente inmutables y su obligación vale siempre y en todas partes (Catesismo. 2072)
Los mandamientos resumen y enuncian todos los deberes del hombre para con Dios y a la vez, explican la respuesta de amor que el hombre está obligado a dar a Dios.

Finalmente hay que recordar que el Decálogo forma un todo en el que cada mandato remite a los demás y al conjunto. Eso quiere decir que se condicionan recíprocamente porque forman una unidad orgánica en la que transgredir un mandamiento es quebrantar toda la ley. (Catesismo. 2079)

Para poder vivir los mandamientos hay que conocerlos bien, y tenemos la posibilidad de vivirlos por medio de la gracia. Cuando el cumplir uno o varios mandamientos nos cuesta, seguramente, hemos dejado a un lado la oración, la vida sacramental, etc. Dios no nos pide imposibles. Bien decía San Agustín: “Dios no manda imposibles; te avisa que cumplas lo que puedas, y pidas lo que no puedas, y Él te dará la gracia para que puedas”.

Los tres primeros mandamientos de la ley de Dios nos enseñan cómo portarnos con Dios. Son los más importantes. Los siete siguientes nos enseñan cómo portarnos con el prójimo, con los que nos rodean.


La virtud de la religión

Bien conocido es el pasaje del Evangelio en el cual un doctor de la Ley le pregunta a Jesús sobre cuál es el principal mandamiento de la Ley y la respuesta: “Amarás a tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento”. (Mateo 22, 36-38).

Ya en el Antiguo Testamento, encontramos el mandato de Dios: “Yo, el Señor, soy tu Dios, que te ha sacado del país de Egipto, de la casa de la servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí”. (Ex. 20, 2)

Este mandato lleva como consecuencia la necesidad de vivir la fe, la esperanza y la caridad. Así como la virtud de la religión.

La virtud de la religión es la virtud moral, por la cual el hombre tributa a Dios el culto que le es debido en justicia, como Creador y Ser Supremo.

Amar a Dios como al Ser supremo es una virtud. Podemos definir la virtud de la religión como el hábito de amar a Dios por encima de todo. Se exterioriza por medio de los actos de culto y por el cumplimiento de los Mandamientos.

El culto: son las acciones a través de las cuales el hombre expresa su relación de amor y respeto a Dios.

Existen diferentes tipos de culto:

Interno: culto que se rinde a Dios en la conciencia, en el corazón, en la inteligencia y la voluntad. Es el fundamento de la virtud. (Mateo 15, 8) Como pueden ser la devoción, es decir, la disponibilidad y la generosidad ante lo referente al servicio a Dios, y la oración.

Externo: manifestaciones externas en actos visibles, de la relación que se vive con Dios.

Hay diferentes categorías de culto:

Adoración: culto interno y externo que se tributa a Dios y que en sentido estricto solo se debe a Él, porque como criaturas sólo existimos por Él. Se llama de “latría”.

Veneración: culto que se tributa a los santos. A ellos nos encomendamos para que nos alcancen por su intercesión las gracias de Dios. Este culto se llama de “dulía”.

Una veneración especial: reservada a la Santísima Virgen por su dignidad de Madre de Dios. A este culto se le llama de "hiperdulía”.

El culto a las imágenes sagradas, fundado en el misterio de la Encarnación del Verbo de Dios, no es contrario al primer mandamiento.

El que venera una imagen, venera en ella al modelo, a la persona que representa. Es una veneración respetuosa no una adoración que sólo corresponde a Dios.(Catesismo 2132, 2141)


El primero de los Diez Mandamientos es:

Amarás a Dios sobre todas las cosas.

Debemos creer, confiar y amar a Dios sobre todas las cosas.
Creer en Dios que es mi Padre, me ha dado la vida y me ama.
Confiar en Dios porque es mi Padre y me quiere mucho.
Amar a Dios más que a nada en el mundo.

Para saber si estoy cumpliendo con este mandamiento me puedo preguntar si estoy amando a Dios como un hijo ama a un padre o si vivo para las cosas del mundo..

El Primer Mandamiento responde a la necesidad que tiene el hombre de creer, de esperar, de amar. Saber que existe un Ser Supremo que lo ha creado, que le brinda seguridad, que lo ama desde siempre y para siempre.

El hombre es un ser que, así como necesita comer y dormir, también necesita creer en algo o en alguien superior que responda a sus interrogantes. A lo largo de la historia de la humanidad podemos constatarlo. No ha existido ninguna cultura en la que las divinidades no se hagan presentes: Zeus, Júpiter o Quetzalcóatl. El hombre es un ser religioso por naturaleza.

El Primer Mandamiento no lo inventó Dios cuando le entregó las tablas a Moisés. Está escrito en el corazón del hombre desde siempre. Dios puso esta necesidad en el hombre al crearlo a su imagen y semejanza y sabe que Él es la única respuesta. Por esto, le da un mandato al hombre: "Amarás a Dios sobre todas las cosas", no porque Dios necesite ser amado, sino porque el hombre necesita amar a Dios.

Entonces, ¿por qué existen los ateos?
El ateísmo es algo con lo que convivimos todos los días: Dios ha muerto para muchos hombres.

Si miramos a nuestro alrededor,¿cuántas de las personas que conocemos toman en cuenta a Dios antes de tomar una decisión? ¿Cuántas voltean hacia Él antes de iniciar una actividad? ¿Cuántas le agradecen el don de la vida, de la sonrisa, de la amistad?

La mayoría de la gente, aún algunos que se dicen creyentes, piensan, sueñan, sienten, viven "en ateo", es decir, al margen de Dios, olvidándose por completo de Él.

Pero esto no significa que el hombre haya dejado de ser un ente religioso. No significa que el hombre ya no sienta la necesidad de creer en algo, sino que ha sustituido a Dios queriendo llenar ese vacío con otras cosas.


¿En qué creen los hombres de hoy?

El hombre cree en el progreso, ha querido sustituir la fe por la ciencia y quiere encontrar en ella todas las respuestas a sus interrogantes.

El hombre cree en el bienestar, en la comodidad, deseando cambiar la esperanza por la seguridad que le dan las compañías aseguradoras o las cercas eléctricas. Cree en la diversión y en el placer, pensando que en ellos encontrará la felicidad que espera.
El hombre cree en la eficacia, en lo útil, en lo práctico; desea llenar sus deseos de paz y descanso, comprando aparatos electrodómesticos cada vez más sofisticados.

Por último, el hombre de este siglo, al igual que todos sus antepasados, ¡que poco original!, cree en el dinero: ante él se descubre, lucha por él, sueña con él, lo busca, lo ama.

El hombre ha sustituído muchas veces a Dios por el egoísmo, pone a su "yo" como centro, criterio y modelo de vida, y enfoca todos sus esfuerzos a: "yo quiero ser más inteligente"; "yo quiero tener más"; "yo quiero sentirme cómodo"; "yo quiero sentirme contento"; "yo quiero ser famoso".

Puedes encontrar cientos de revistas, libros y asociaciones que promueven el culto al "yo", haciendo creer a los hombres que en ello encontrarán la felicidad que buscan y que, en realidad, sólo Dios puede llenar.


¿Por qué los hombres han caído en el error de sustituir a Dios?


Encontramos cinco actitudes fundamentales en el mundo:

Los que viven como si Dios no existiera.

Son aquellos a los que la misma vida moderna no les deja tiempo para los problemas del espíritu y no les permite entrar en sí mismos, ni preguntarse sobre el sentido de la vida; ni mirar, cara a cara, a la muerte o a su destino eterno. Viven sumidos en la acción, la diversión, la música, el ruido y la distracción.

¿Qué sentido puede tener hablar de Dios en una vida de vértigo que no me permite siquiera darme cuenta que tengo necesidad de Dios? ¿Qué sentido puede tener darle respuesta a unas preguntas que el hombre no ha tenido tiempo de plantearse?

Este tipo de ateos viven sin creer en Dios, pero nunca han querido cuestionarse su existencia, ni siquiera han llegado a dudar… ¡porque no han tenido tiempo! Estos hombres viven la mitad de su vida, pues viven con el cuerpo, pero no se han dado cuenta de que tienen alma. Llenan su vacío de felicidad con cosas y afanes superficiales y esto acapara todo su tiempo.

Al final de su vida se darán cuenta de que vivieron sin creer en Dios, que fueron ateos, sin saber que lo eran.


Los que dicen que Dios no existe

Hay muchos que dicen no creer en Dios, pero si hablamos con ellos nos damos cuenta de que no es que no crean en Dios, sino que no creen en la idea que ellos tienen de Dios. Se hacen una imagen desfigurada de Dios por falta de formación religiosa o porque quienes los formaron no supieron explicarles la verdad.

Se les ha presentado la imagen de un dios aburrido, envuelto en largas ceremonias, letanías incomprensibles, los ojos en blanco, largos e incómodos ropajes y olor a incienso, sin explicarles la diferencia entre el fin y los medios. Se les ha presentado un dios justiciero, que está atento y vigilante para castigar al que ose ofenderle. Se les ha presentado un dios que se complace en el sufrimiento, con las rodillas sangrantes, silicios y torturas.
Se les ha presentado un dios demasiado pequeño, que llena sus aspiraciones más profundas y se niegan, con toda razón, a creer en él. ¡Si estos hombres conocieran al verdadero Dios! ¡Qué razón tienen para no creer en un dios tan extraño, irreal, lejano, deformado!


Los que buscan algo más…

En los últimos años se ha registrado un renacimiento del interés en la espiritualidad del hombre. Los mismos que unos años antes vivían tranquilos, como si no existiese nada más que lo material, ahora empiezan a escribir libros acerca de fenómenos espirituales y deseos de felicidad infinita.

Por desgracia, muchas de estas almas inquietas pueden buscar ese "algo" que les hacía falta en lugares incorrectos. Dan por hecho que en la religión no lo encontrarán y van a otros lugares a buscarlo. Así, vemos a jóvenes que se inscriben a escuelas de "meditación trascendental", porque ahí les prometen encontrar su propio "yo" en sintonía con el Universo. Vemos a otros que van buscando el camino a la felicidad y acuden a magos y adivinadores para que les lean la mano, el café, las cartas, la pupila o el aura. Encontramos a gente que duerme bajo una pirámide de cristal o sobre placas de un color determinado, o con cristales de cuarzo en la frente para llenarse de "energía positiva".

Otros más cuelgan ajos en la cocina, esconden papas debajo del colchón, lavan su casa con hojas de muérdago y traen en el cuello infinidad de objetos: semillas, amuletos, figuras de ángeles, de ojos, de manos…, porque "alguien" les ha dicho que eso les ayudará a alejar el mal de su vida.

Por último, hay otros que, buscando a Dios, sin saberlo ni quererlo, han caído en las manos del demonio. Empezaron jugando a la "quija" para invocar a los espíritus y han terminado afiliados a sectas satánicas.

El demonio no pierde la oportunidad y generalmente es el primero en asistir a estas sesiones de espiritismo para causar el mayor daño posible a las almas.

Todas estas prácticas: la superstición, la magia, la brujería, el espiritismo, son faltas graves al Primer Mandamiento.

Pretenden cambiar la fe y la esperanza en Dios... por la confianza en una semilla, en una hierba o en una piedra de cuarzo. Pretenden cambiar la voz de Dios que se manifiesta en la conciencia, por los consejos de la bruja o del horóscopo.


Los que si creen…

La cuarta actitud es la que distinguimos en aquellos que reconocen que todos los grandes dones que poseen: la vida, la fe, la salvación, los recibimos de la bondad de Dios. Sabemos que Dios quiere enriquecernos con su gracia y establecer con nosotros una relación personal y correspondemos a ella. Esta relación mutua de amor se llama religión.

La religión es la forma concreta de cumplir el Primer Mandamiento e incluye todas las virtudes teologales, pues nace de la confianza y el deseo vivo de agradecer y corresponder a Dios por todos los dones recibidos. La religión es un acto de justicia debido a Dios por su dignidad.
La virtud de la religión se expresa mediante actos internos y externos que, unidos, forman lo que se conoce con el nombre de culto.


Estos actos son:

Reconocer a Dios como Creador y Salvador; Señor y Dueño de todo lo que existe; reconocer con respeto y sumisión lo poco que somos junto a Él. Este acto es la adoración y por ella alabamos a Dios, lo exaltamos. Y, al hacerlo a Dios, nos liberamos del egoísmo, del pecado y de la idolatría del mundo, pues reconocemos que sólo Dios es la respuesta a todas nuestras aspiraciones y a todos los interrogantes de nuestras vidas.

Elevar el espíritu hacia Dios, platicar con Él para alabarlo, agradecerle o suplicarle en cada momento de nuestra vida. En la oración manifestamos a Dios que lo amamos.

Amar a Dios es tomarlo en cuenta en nuestras decisiones, proyectos y problemas.

Hacer sagrados (sacrum fácere) todos nuestros pensamientos, acciones y deseos, ofreciendo a Dios nuestro trabajo y nuestras diversiones; nuestros sufrimientos y alegrías; nuestro descanso y nuestras preocupaciones, para unir nuestro sacrificio al sacrificio de Cristo y a su misión salvadora.

Cumpliendo con las promesas y votos que le hayamos hecho. Nosotros hemos hecho promesas en el Bautismo y en la Confirmación. Los casados, en el matrimonio. También, puede ser que hayamos prometido algo por devoción: un acto, una oración, un sacrificio… La fidelidad a las promesas que le hayamos hecho a Dios son una manifestación de que reconocemos y respetamos su Majestad y de que lo amamos con un amor fiel.


Los que no creen porque no les permiten creer

Por último, nos encontramos con un grupo más o menos grande de personas que creen en Dios, pero las leyes de su país les prohiben rendir culto externo a Dios.

Estos hombres, por el hecho de obedecer las leyes de su país, no actúan necesariamente en contra del Primer Mandamiento, pues los actos propios de la religión, aunque se expresan externamente, siempre sobrepasan el espacio y el tiempo, pues van dirigidos a Dios. Por eso, ni los gobiernos ni las organizaciones políticas o sociales pueden impedir o eliminar el recto ejercicio de la religión. Aún cuando lograsen desterrar toda forma exterior de culto, el hombre seguirá viviendo, si él quiere, esa relación íntima de amor con Dios que es el fundamento de esta virtud.

Sin embargo, tales leyes son un obstáculo más en la vida de los cristianos. Todos los gobiernos deberían respetar el derecho a la libertad religiosa, sin ejercer ninguna coacción externa sobre los individuos.

Vale la pena aclarar que la libertad religiosa, no implica la libertad para adherirse al error. ¡Imagínate a alguien que diciendo que su religión se lo pide, ofreciera a su dios corazones humanos!

El derecho a la libertad religiosa existe pero debe estar regulado siempre por la justicia, en miras del bien común y siempre enfocado a la búsqueda de la Verdad, que es una sola.

Por eso, los católicos tenemos una forma más de expresarle nuestro amor a Dios y es "ser luz del mundo", mostrando a los demás el camino correcto a través de nuestras palabras y acciones, dándoles a conocer al único Dios Verdadero, Creador del Cielo y de la Tierra y la única solución a las cuestiones fundamentales de la vida.


Los pecados contra el primer mandamiento

Básicamente todos los pecados que atentan contra la fe, la esperanza, y la caridad son pecados contra este mandamiento. Así mismo, los pecados contra la virtud de la religión.
La superstición, es decir, dejarse llevar por la superstición. Que es tratar a una criatura natural elevándola al nivel sobrenatural, creer en poderes superiores de un objeto natural. Ej. Pata de conejo que libra de un accidente de coche. Es una desviación del sentimiento religioso y pérdida de la confianza en la divina providencia.Y más profundamente, atribuir eficacia a la sola materialidad de las oraciones y de los sacramentos, prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen. Como si fueran mágicos.

Caer en idolatría: Dando culto a una criatura como si fuera Dios. Es divinizar lo que no es Dios. (Ej. La falsa concepción de la ecología extendida hoy día por el New Age, vuelta al panteísmo o divinización de las fuerzas de la naturaleza).

Guiarse por adivinos o magias, tratando de manejar alguna fuerza natural esperando que dé resultados sobrenaturales. La lectura de las cartas o del café para saber el futuro, confía en la supuesta capacidad de manejar poderes que superan la capacidad humana por encima de Dios y de la libertad del hombre.

Pecados de irreligión: Como el tentar a Dios poniendo a prueba su Bondad y su Omnipotencia, el sacrilegio que es profanar personas o cosas o lugares consagrados a Dios y la simonía o compraventa de cosas espirituales. Señor, si me curas te prometo…..

Ateísmo Vivir conscientemente a espaldas de Dios. Aquí encaja tanto el que niega a Dios (ateo teórico), como el que vive como si Dios no existiera (ateo práctico).

Lo que es un hecho es que cuando pecamos contra cualquiera de los otros mandamientos, es porque no estamos convencidos del primero. Si amáramos a Dios sobre todas las cosas, no pecaríamos.

Para profundizar:
Para Salvarte 1° mandamiento Pág 441, num. 63.

Dignitatis Humanae n.3

Sacrosantum Concilium nn 7, 47-48

Lumen Gentium n 11

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