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Eclesiología | categoría
Qué es la Iglesia | tema
Autor: Lucrecia Rego de Planas | Fuente: Catholic net
La Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo
La Iglesia que Cristo fundó la formamos todos los que vivimos unidos a Él por medio del Bautismo. Cristo es la cabeza y nosotros somos sus miembros.
 
La Iglesia,  Cuerpo Místico de Cristo
La Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo
La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo.

Tiene la función de extender el Reino de Dios en la tierra y fue fundada por Jesucristo, como consta en la Biblia.

Cada uno de los bautizados formamos parte de ese Cuerpo, de manera que todos dependemos de todos.

Todos debemos servir a la Iglesia a través de nuestros hermanos y mediante nuestra santificación personal.


A continuación presentamos este artículo donde se podrá conocer:

¿Por qué los cristianos decimos que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo?
¿Por qué decimos que nosotros somos sus miembros?
¿En dónde habla la Biblia sobre la constitución de la Iglesia?
¿Cómo podemos expresar nuestro amor a la Iglesia?

La Iglesia que Jesucristo fundó

Cristo fundó la Iglesia. No tiene como fin ganar dinero; ni democracia o dictadura, porque no tiene fines políticos; tampoco es un sindicato, ni una cooperativa, ni una banda de música. Por lo tanto, vamos a llamarle club, aunque sea provisionalmente.

Los cuatro evangelistas nos dan la lista de los doce miembros fundadores del club —que al final quedaron en once, pues Judas fue expulsado por juego sucio y por venderse al adversario.

Ahora bien, decir que alguien funda un club con once miembros o socios puede sugerirnos que se trata de un club de fútbol. Pero en el siglo I no lo pensaban así, pues antes el deporte organizado no era tan importante para las personas como lo es el día de hoy.

Indudablemente no se trataba de un equipo de fútbol. Y no lo digo porque ser futbolista sea malo. En realidad, hoy ser un gran futbolista es ser una de las personas más célebres y admiradas del mundo.

Ser futbolista de primera división es francamente difícil y tampoco es fácil ser apóstol de primera división. Hay que tener capacidad, coraje, clase, cerebro y corazón… y todo eso se dice en la Sagrada Escritura y en la página de deportes.

A los once fundadores del club Cristo los sometió a un entrenamiento durísimo. Así es como salen las grandes figuras.

Lo digo porque después hemos llegado muchos a inscribirnos al club con pretensiones de ser titulares del equipo, pero sin coraje para aguantar los entrenamientos. Y luego nos lamentamos de que no pasemos de reservas… la culpa es nuestra.

Dice Cristo: el que quiera ser de primera división, “que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y me siga” (Mt. 16, 24).
Duro. Ése es un entrenamiento muy duro. Pero Pedro, Santiago, Juan, Andrés y los otros fundadores aceptan y se entregan a ese entrenamiento. Claro, salen todos titulares del equipo de primera división y mueren con la camiseta puesta.

Más adelante Pablo se inscribe en el equipo y acepta también el entrenamiento. Llega a primera división y hace estas interesantes declaraciones:

“Todos juegan en el estadio, pero no todos reciben el premio. Jugad de forma que lo ganéis… No será coronado vencedor sino el que jugare con todas las de la ley” (cfr. 1 Cor. 9, 24; 2 Tim. 2, 5).

Poco antes de morir, el mismo Pablo dice: “He jugado buen juego, he sido fiel al club; ya no me queda sino recibir el trofeo que en justicia me dará el Señor, árbitro justo” (2 Tim. 4, 7-8).

Tanto Pablo como los otros once tuvieron mucho entrenamiento y mucho amor al club.

Tú también estás inscrito en este club, con la credencial y la camiseta que te dieron en el bautismo. De ti depende llegar a primera división, quedarte en la reserva o tal vez en las gradas como simple espectador.


Pedro Ma. De Irolagoitia, ¡Qué buenos son los santos!

¿Cuándo surgió la idea de formar el club de Cristo?

La historia del club de Cristo, la Iglesia, empieza desde la creación del mundo. Se puede decir que su fundación es la reacción de Dios ante el caos que ocasionó el pecado.

Dios prepara remotamente la fundación de la Iglesia con el llamado a Abraham, a quien le promete que será
padre de un gran pueblo (cfr. Gen. 12, 2; 15, 5-6).
Este gran pueblo simboliza a la Iglesia.

El pecado de Adán y Eva rompe la unión del hombre con Dios. Los planes de Dios para el hombre se desbaratan y entonces Dios reacciona con una convocatoria, con un llamado a los hombres para restaurar esa intimidad con Él. Esta «convocatoria» es la fundación del club de los apóstoles con Jesucristo, que es la Iglesia. La palabra «iglesia» viene del latín ecclesia, y ésta del verbo ekklesía, que quiere decir asamblea, congregación.
Más adelante, Dios elige al pueblo de Israel como pueblo de Dios (cfr. Ex. 19, 5-6; Deut. 7, 6). Convoca a un pueblo porque no desea que los hombres se salven individualmente y aislados, sino unidos entre sí y todos ellos unidos a Dios, lo cual no significa que Dios le pertenezca en exclusiva a ese pueblo, sino que Dios quiso formar un pueblo propio para hacer una alianza con sus integrantes, para irlos educando, para revelárseles poco a poco y prepararlos a fin de formar la Iglesia. Israel es el símbolo de la reunión de todas las futuras naciones en la Iglesia. Pero rompe la alianza con Dios y entonces los profetas anuncian una Alianza nueva y eterna (cfr. Jer. 31, 31-34; Is. 55, 3) que será instituida por Jesucristo.

Jesucristo viene a la tierra a instituir esta nueva Alianza entre Dios y los hombres y funda su Reino, que es la Iglesia. Desde ese momento se restablece la unión entre Dios y los hombres, se restablece el orden planeado por Dios desde el principio. En la Iglesia, mediante los sacramentos instituidos por Cristo, el hombre es de nuevo capaz de estar unido íntimamente a Dios por la vida de la gracia.

El momento culminante de la fundación de la Iglesia se lleva a cabo en Pentecostés, cuando Dios envía al Espíritu Santo para que actúe dentro de la Iglesia a través de sus miembros. Suena un poco increíble, pero eso es la Iglesia: una sociedad formado por personas unidas íntimamente con Dios, personas que forman un solo cuerpo entre sí, pues Dios habita en cada una de ellas; personas que actúan en nombre de Dios, pues el Espíritu Santo actúa a través de ellas. El Reino de Cristo, Dios y el hombre unidos por toda la eternidad.


¿Cuáles son las características de esta sociedad?

La Iglesia tiene características que la distinguen de cualquier grupo religioso, étnico, político o cultural:
• Es el Pueblo de Dios, la reunión de todos aquellos que viven en unión con Dios.
• Para inscribirse en esta sociedad no hay que llenar largos formatos, pagar cuotas ni entregar documento alguno. Basta con volver a nacer de lo alto, por el agua y el Espíritu (cfr. Jn. 3, 3-5). Esto se realiza en el bautismo, con el cual el hombre alejado de Dios vuelve a estar unido a Él y, por lo tanto, pasa a formar parte del Pueblo de Dios.
• Esta sociedad tiene por jefe a Cristo, cabeza de todo el cuerpo formado por los hombres unidos a Dios.
• La credencial que distingue a los miembros de la Iglesia es el Espíritu Santo que habita en sus corazones y les da la dignidad y la libertad de hijos de Dios.
• La ley que rige dentro de esta sociedad es el mandamiento nuevo: “amar a todos como el mismo Cristo nos amó”.
• La misión de cada miembro de la Iglesia es ser sal de la tierra y luz del mundo. Cada miembro de la Iglesia es una semilla de salvación para todo el género humano.
• El destino de la Iglesia es el Reino de Dios, que Cristo mismo empezó en este mundo pero que debe ser anunciado y extendido por sus miembros hasta lograr que reine Dios para siempre en el corazón de todos los hombres.

Hay muchas otras cosas que seguramente ya conoces de la Iglesia, como el hecho de que es una, porque es la única fundada por Cristo; santa, porque sus miembros y su misión son santos; católica, porque es universal; y apostólica, porque está fundada sobre el legado y autoridad de los apóstoles.

También sabrás que en la Iglesia hay una jerarquía, cuya cabeza es el Papa y que él, junto con los obispos, como sucesores directos de los apóstoles, son los encargados de enseñar, gobernar y dirigir a los demás miembros de la Iglesia.


¿Quiénes formamos la Iglesia?

La Iglesia, más que una sociedad, podría compararse con una gran familia formada por miles de miembros unidos entre sí, por estar cada uno de ellos unido a Dios.
En una familia cada miembro es diferente de los otros: tu hermana no es igual a tu hermano ni éste igual a tu primo. Tu padre y tu madre son diferentes de tus abuelos y tíos.

Cada miembro de una familia tiene una tarea que cumplir y también una personalidad diferente: tu mamá, encargada de la casa, cuida a los hijos; tu papá, responsable de trabajar para proveer lo necesario, los protege; tu abuela consiente a los nietos; tu tía los regaña; tu hermano hace reír a todos; el pequeño llora todo el día y tu hermana es maravillosa haciendo galletas. Cada uno es importante para el resto de la familia y su ausencia se siente cuando por cualquier razón no está en la casa.

Dentro de la Iglesia sucede lo mismo: tiene muchos miembros diferentes y tú eres uno de ellos. En ella encontramos sacerdotes, religiosos y laicos, cada uno con una misión diferente que cumplir y todos igual de importantes y necesarios dentro de la vida de la Iglesia.
Para explicar la importancia de cada miembro dentro de la Iglesia, podemos compararla con tu cuerpo, formado por diferentes miembros: manos, pies, cabeza, dedos, corazón, pulmones, estómago...

Cada miembro de tu cuerpo desempeña una función específica y si falla, te afecta en toda tu persona. Si te duele la cabeza, no dices: “mi cabeza se siente mal”, sino “yo me siento mal”. Si te hieres en el dedo, no dices “le duele a mi dedo”, sino “me duele el dedo”.
La Iglesia es también un cuerpo: el Cuerpo místico de Cristo, y también está formado por miembros diversos entre sí. Entonces, lo que hagas dentro de la Iglesia afecta a todo el cuerpo en general. Si haces obras buenas, la Iglesia entera se fortalece. En cambio, si algún miembro pierde la vida de gracia, la Iglesia entera se debilita pues es como si le amputaran un dedo, una mano o un pie.

En la Iglesia encontramos miembros sanos. Son aquellos que viven unidos a Dios por la vida de la gracia y hacen crecer esa unión a través de los sacramentos. Cumplen con su función a través del testimonio y el apostolado. Son ojos que ven, oídos que oyen, piernas que caminan y manos que escriben.

También encontramos miembros atrofiados. Son aquellos que están ahí porque no han perdido la vida de gracia, pero que no sirven para nada, pues ni se preocupan por fortalecerse ni hacen algo para que la Iglesia crezca y se fortalezca. Son todos aquellos cristianos que se conforman con “no pecar” y se olvidan de hacer el bien.
Existen también en la Iglesia miembros débiles por falta de ejercicio. Son aquellos llenos de buenos propósitos que nunca llevan a cabo porque su fuerza de voluntad no les alcanza. Tienen grandes planes, son piernas que quieren correr en un maratón pero que se niegan a entrenar todos los días. Por supuesto, cuando llegan a la competencia, se quedan a mitad del camino por falta de fuerzas.

La Iglesia también tiene miembros enfermos, heridos y pisoteados. Son aquellos cristianos que conviven con los pecados veniales todos los días. Su unión con Dios es muy débil; son incapaces de trabajar en las virtudes porque están enfermos. Son como unos pulmones con cáncer, una rodilla con el menisco roto o una espalda con la columna desviada. El dolor que causan estas enfermedades los incapacita para desarrollar su función: los pulmones duelen al respirar, la rodilla duele al caminar y la espalda es incapaz de cargar peso.
Los miembros amputados son aquellos que han perdido la unión con Dios debido al pecado mortal. Así como quien ha sufrido la amputación de una pierna o un brazo dice que sigue “sintiendo” su pierna o su brazo, de la misma manera en la Iglesia se “siente” la ausencia de esos miembros que la han abandonado por el pecado mortal.

Hay otros miembros a los que podríamos llamar miembros desertores o mutilados; son aquellos que, al ver problemas o errores dentro de la Iglesia, deciden abandonarla y unirse a grupos sectarios. Son débiles; en vez de defender y fortalecer el Cuerpo al que pertenecen, prefieren huir e irse a otro lugar donde se requiera menos esfuerzo. Es como si un riñón decidiera por sí mismo donarse a otro cuerpo porque no le gusta la nariz del cuerpo al que pertenece. Eso no sucede en el cuerpo humano, pero sí en la Iglesia, pues cada uno de sus miembros es libre.


¿Qué debemos hacer los miembros de la Iglesia?

Conocer, cumplir, dar a conocer
Lo primero que debes hacer como miembro de la Iglesia es saber en qué clase de cuerpo estás y cuál es tu función dentro de él. Imagina que en una familia la madre quisiera cumplir las funciones del hijo en vez de las suyas o el padre las de la abuela… ¡sería un desastre! También lo sería si los miembros no supieran quién es quién en la familia y los bebés empezaran a dictar las reglas y los padres a obedecerlas.

Imagina que en un cuerpo humano los miembros no supieran a qué clase de cuerpo pertenecen ni cuál es su función dentro de él. Imagina a la mano queriendo cumplir las funciones del pie o a la boca tratando de cumplir las del oído. Imagina que la boca, al no saber a qué clase de cuerpo pertenece, supusiera que es parte del cuerpo de una vaca y empezara a emitir mugidos…
Imagina también que te inscribes en un club del cual no conoces las reglas ni su finalidad. Llegas a entrenar con tu uniforme completo de natación, con goggles y gorra y resulta que el club es de fútbol… ¡qué ridículo harías!

• Como miembro de la Iglesia, lo primero que debes hacer es conocerla: su origen, sus enseñanzas, sus reglas, su finalidad… ¡Suena muy lógico!, pero hay miles de católicos que no tienen idea de dónde están y por eso se dejan engañar tan fácilmente por el primero que toca a su puerta y les promete pertenecer al grupo elegido de los 144,000 o les promete la piedra mágica que les dará la “energía” de Dios.

• El segundo paso es cumplir con tu misión específica dentro de la Iglesia. Una vez que sepas si eres ojo, mano, riñón o arteria, ponte a trabajar para cumplir con tu función en el Cuerpo Místico de Cristo. De nada sirven los miembros atrofiados o enfermos. Es más, muchas veces son un estorbo. Trabaja por fortalecer tu unión con la cabeza, que es Cristo, a través de los sacramentos; trabaja por fortalecerte como miembro con el ejercicio diario de las virtudes; cumple con tu función sabiendo que eres indispensable e insustituible: si eres arteria y no cumples con tus funciones de arteria, habrá una parte del Cuerpo de Cristo que se quedará sin esa sangre que tú tenías que llevar. Nadie va a cumplir tu misión dentro de la Iglesia, pues cada quien tiene una función distinta.

• El tercer paso es dar a conocer las enseñanzas de la Iglesia a los demás. Dar a conocer a todos los que encuentres en tu camino la necesidad que la Iglesia tiene de ellos. Concientizar a todos los cristianos de que ellos son la Iglesia y de que es necesario que conozcan sus enseñanzas y su doctrina.


Medita y actúa
Para meditar personalmente
• ¿Por qué si San Pablo perseguía a los cristianos, cuando fue derribado mientras viajaba a caballo, Jesús le preguntó por qué razón lo perseguía a Él?
• ¿Qué clase de miembro de la Iglesia eres? ¿Sano, atrofiado, débil, enfermo, amputado o desertor? ¿Por qué?
• ¿Qué le responderías a alguien que llegara a tratar de convencerte de abandonar la Iglesia diciéndote que hay muchos errores dentro de ella?
• ¿Conoces los documentos de la Iglesia que se han escrito en el último año?

Ideas para recordar
• La idea de la fundación de la Iglesia surgió desde la creación del mundo.
• La palabra Iglesia viene del griego “ekklesía”, que significa "asamblea".
• La Iglesia es la unión de todos los hombres que acuden a la convocatoria de Dios y se unen a Él por la vida de gracia y los sacramentos.
• En la Iglesia hay muchos miembros con funciones diversas, pero cuando un miembro sufre, se ve afectada la Iglesia entera.
• Como miembros de la Iglesia tenemos el deber de conocer, cumplir y dar a conocer sus enseñanzas.

Decisiones
Como tú sabes, no es suficiente saber lo que ocurre ni por qué... es necesario que todos hagamos un esfuerzo de cambio para aplicar lo que vamos aprendiendo. Aquí te proponemos algunas líneas generales de compromiso: ¡la decisión es tuya!
• Me preocuparé por ser siempre un miembro sano de la Iglesia manteniendo mi unión con Dios mediante la oración y la práctica de los sacramentos, evitando el pecado venial, desterrando el pecado mortal y trabajando en el desarrollo de las virtudes.
• Me preocuparé por conocer siempre las enseñanzas de la Iglesia.
• Acudiré a las misiones que organice mi parroquia, grupo pastoral o escuela para acercar a la Iglesia a más personas y recuperar a aquellos miembros que han sido amputados o mutilados.
• Si no encuentro un grupo organizado que lleve a cabo misiones, puedo organizarlas con mis amigos o compañeros de grupo, yendo con nuestras propias familias a misionar el fin de semana a alguna colonia cercana.


 

 
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