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Autor: Alfonso Aguiló Pastrana | Fuente: Conoze.com ¿Soberbia yo?
Alfonso Aguiló Pastrana nos ofrece un interesante texto sobre la vanidad
¿Soberbia yo?
Un escritor va paseando por la calle y se encuentra
con un amigo. Se saludan y comienzan a charlar. Durante
más de media hora el escritor le habla de sí
mismo, sin parar ni un instante. De pronto se detiene
un momento, hace una pausa, y dice: "Bueno, ya hemos
hablado bastante de mí. Ahora hablemos de ti: ¿qué te
ha parecido mi última novela?".
Es un ejemplo gracioso de actitud
vanidosa, de una vanidad bastante simple. De hecho, la mayoría
de los vicios son también bastante simples. Pero en cambio
la soberbia suele manifestarse bajo formas más complejas que las
de aquel fatuo escritor. La soberbia tiende a presentarse de
forma más retorcida, se cuela por los resquicios más sorprendentes
de la vida del hombre, bajo apariencias sumamente diversas. La
soberbia sabe bien que si enseña la cara, su aspecto
es repulsivo, y por eso una de sus estrategias más
habituales es esconderse, ocultar su rostro, disfrazarse. Se mete de
tapadillo dentro de otra actitud aparentemente positiva, que siempre queda
contaminada.
Unas veces se disfraza de sabiduría, de lo que podríamos
llamar una soberbia intelectual que se empina sobre una apariencia
de rigor que no es otra cosa que orgullo altivo.
Otras
veces se disfraza de coherencia, y hace a las personas
cambiar sus principios en vez de atreverse a cambiar su
conducta inmoral. Como no viven como piensan, lo resuelven pensando
como viven. La soberbia les impide ver que la coherencia
en el error nunca puede transformar lo malo en bueno.
También
puede disfrazarse de un apasionado afán de hacer justicia, cuando
en el fondo lo que les mueve es un sentimiento
de despecho y revanchismo.
Se les ha metido el odio
dentro, y en vez de esforzarse en perdonar, pretenden calmar
su ansiedad con venganza y resentimiento. Hay ocasiones en que la
soberbia se disfraza de afán de defender la verdad, de
una ortodoxia altiva y crispada, que avasalla a los demás;
o de un afán de precisarlo todo, de juzgarlo todo,
de querer tener opinión firme sobre todo. Todas esas actitudes
suelen tener su origen en ese orgullo tonto y simple
de quien se cree siempre poseedor exclusivo de la verdad.
En vez de servir a la verdad, se sirven de
ella —de una sombra de ella—, y acaban siendo marionetas
de su propia vanidad, de su afán de llevar la
contraria o de quedar por encima.
A veces se disfraza de
un aparente espíritu de servicio, que parece a primera vista
muy abnegado, y que incluso quizá lo es, pero que
esconde un curioso victimismo resentido. Son esos que hacen las
cosas, pero con aire de víctima ("soy el único que
hace algo"), o lamentándose de lo que hacen los demás
("mira éstos en cambio..."). Puede disfrazarse también de generosidad, de esa
generosidad ostentosa que ayuda humillando, mirando a los demás por
encima del hombro, menospreciando.
O se disfraza de afán de enseñar
o aconsejar, propio de personas llenas de suficiencia, que ponen
a sí mismas como ejemplo, que hablan en tono paternalista,
mirando por encima del hombro, con aire de superioridad.
O de
aires de dignidad, cuando no es otra cosa que susceptibilidad,
sentirse ofendido por tonterías, por sospechas irreales o por celos
infundados.
¿Es que entonces la soberbia está detrás de todo? Por
lo menos sabemos que lo intentará. Igual que no existe
la salud total y perfecta, tampoco podemos acabar por completo
con la soberbia. Pero podemos detectarla, y ganarle terreno.
¿Y cómo
detectarla, si se esconde bajo tantas apariencias? La soberbia muchas
veces nos engañará, y no veremos su cara, oculta de
diversas maneras, pero los demás sí lo suelen ver. Si
somos capaces de ser receptivos, de escuchar la crítica constructiva,
nos será mucho más fácil desenmascararla.
El problema es que hace
falta ser humilde para aceptar la crítica. La soberbia suele
blindarse a sí misma en un círculo vicioso de egocentrismo
satisfecho que no deja que nadie lo llame por su
nombre. Cuando se hace fuerte así, la indefensión es tal
que van creciendo las manifestaciones más simples y primarias de
la soberbia: la susceptibilidad enfermiza, el continuo hablar de uno
mismo, las actitudes prepotentes y engreídas, la vanidad y afectación
en los gestos y el modo de hablar, el decaimiento
profundo al percibir la propia debilidad, etc.
Hay que romper ese
círculo vicioso. Ganar terreno a la soberbia es clave para
tener una psicología sana, para mantener un trato cordial con
las personas, para no sentirse ofendido por tonterías, para no
herir a los demás..., para casi todo. Por eso hay
que tener miedo a la soberbia, y luchar seriamente contra
ella. Es una lucha que toma el impulso del reconocimiento
del error. Un conocimiento siempre difícil, porque el error se
enmascara de mil maneras, e incluso saca fuerzas de sus
aparentes derrotas, pero un conocimiento posible, si hay empeño por
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