Autor: Alfonso López Quintás. Universidad Complutense. Madrid La manipulación a través del lenguaje (Parte 1)
Alfonso López Quintás nos ofrece una interesante serie de artículos en los que explora el tema de la manipulación; en esta emisión explica qué significa manipular.
La manipulación a través del lenguaje (Parte 1)
La manipulación del hombre a través del lenguaje
Alfonso
López Quintás [1]
El gran humanista y científico Albert Einstein nos
hizo esta severa advertencia: "La fuerza desencadenada del átomo lo
ha transformado todo menos nuestra forma de pensar. Por eso
nos encaminamos hacia una catástrofe sin igual". ¿Qué forma de
pensar hubiéramos debido cambiar para evitar esta hecatombe? Sin duda,
Einstein se refería al estilo de pensar objetivista, dominador y
posesivo que hizo quiebra en la primera guerra mundial y
no fue sustituido por un modo de pensar, sentir y
querer más ajustado a nuestra realidad humana.
Los pensadores más lúcidos
nos vienen instando desde el período de entreguerras a cambiar
el ideal, realizar una verdadera metanoia y superar el afán
de poder mediante una decidida voluntad de servicio. Este giro
fue realizado en círculos escogidos, pero no en las personas
y los grupos que deciden la marcha de la sociedad.
En éstos siguió operante un afán incontrolado de dominio, dominio
sobre cosas y sobre personas.
El dominio y control sobre los
seres personales se lleva a cabo mediante las técnicas de
manipulación. El ejercicio de la manipulación de las mentes encierra
especial gravedad en este momento por tres razones básicas:
1)Sigue orientando
la vida hacia el viejo ideal del dominio, que provocó
dos hecatombes mundiales y no logra colmar hoy nuestro espíritu
pues ya no podemos creer en él.
2)Impide dar un giro
decidido hacia un nuevo ideal que sea capaz de llevar
nuestra vida a plenitud.
3)Incrementa el desconcierto espiritual de una
sociedad que perdió el ideal que persiguió durante siglos y
no logra descubrir uno nuevo que sea más conforme a
la naturaleza humana.
Si queremos colaborar eficazmente a configurar una sociedad
mejor, más solidaria y más justa, debemos poner al descubierto
los ardides de la manipulación y aprender a pensar con
todo rigor. No es demasiado difícil. Un poco de atención
y finura crítica nos permitirá delatar los trastrueques de
conceptos que se están cometiendo y aprender a hacer justicia
a la realidad. Esta fidelidad a lo real nos depara
una inmensa libertad interior.
No basta vivir en un régimen democrático
para ser libres de verdad. Hay que conquistar la libertad
día a día frente a quienes intentan arteramente dominarnos con
los recursos de esa forma de ilusionismo mental que es
la manipulación.
Esta conquista sólo es posible si tenemos una idea
clara de cuatro cuestiones: lª) Qué significa manipular, 2ª) Quién
manipula, 3ª) Para qué manipula, 4ª) Qué táctica moviliza para
ello. El análisis de estos cuatro puntos nos permitirá al
final discernir si es posible poner en juego un antídoto
de la manipulación. Estamos a tiempo de salvaguardar nuestra libertad
personal con todo cuanto implica. Hagámoslo animosamente.
l. Qué significa manipular
Manipular
equivale a manejar. De por sí, únicamente son susceptibles de
manejo los objetos. Un bolígrafo puedo utilizarlo para mis fines,
cuidarlo, canjearlo, desecharlo. Estoy en mi derecho, porque se trata
de un objeto. Manipular es tratar a una persona o
grupo de personas como si fueran objetos, a fin de
dominarlos fácilmente. Esa forma de trato significa un rebajamiento de
nivel, un envilecimiento<.
Esta reducción ilegítima de las personas a objetos
es la meta del sadismo. Ser sádico no significa ser
cruel, como a menudo se piensa. Implica tratar a una
persona de tal manera que se la rebaja de condición.
Ese rebajamiento puede realizarse a través de la crueldad o
a través de la ternura erótica. Cuando, en tiempos recientes,
se introducía a un grupo numeroso de prisioneros en un
vagón de tren como si fueran paquetes, y se los
hacia viajar así durante días y noches, no se intentaba
tanto hacerles sufrir cuanto envilecerlos. Al ser tratados como meros
objetos, en condiciones infrahumanas, acababan considerándose unos a otros como
seres abyectos y repelentes. Tal consideración les impedía unirse entre
sí y formar estructuras sólidas que pudieran generar una actitud
de resistencia. Reducir una persona a condición de objeto para
dominarla sin restricciones es una práctica manipuladora sádica.
Por su parte,
la caricia erótica reduce la persona a cuerpo, a mero
objeto halagador. Es reduccionista, y, en la misma medida, sádica,
aunque parezca tierna. La caricia puede ser de dos tipos:
erótica y personal. Para comprender lo que es, en rigor,
el erotismo, recordemos que , según la investigación ética contemporánea,
el amor conyugal presenta cuatro aspectos o ingredientes:
1) la sexualidad,
con cuanto implica de atracción instintiva hacia otra persona, de
halago sensorial, de conmoción psicológica...;
2) la amistad, forma de unidad
estable, afectuosa, comprensiva, colaboradora, que debe ser creada de modo
generoso, ya que no poseemos instintos que, puestos en juego,
den lugar a una relación de este género;
3) la proyección
comunitaria del amor. El hombre, para vivir como persona, debe
crear vida comunitaria. El amor empieza siendo dual y privado,
pero alberga en sí una fuerza interior que le lleva
a adquirir una expansión comunitaria. Esto sucede el día de
la boda, cuando la comunidad de amigos y -en el
caso religioso- de creyentes acoge el amor de los nuevos
esposos;
4) la relevancia y fecundidad del amor. El amor conyugal
tiene un poder singular para incrementar el afecto entre los
esposos y dar vida a nuevos seres. Nada hay más
grande en el universo que una vida humana y el
amor verdadero a otra persona. Por eso el amor conyugal
tiene una relevancia singular, una plenitud de sentido y un
valor impresionantes.
Estos cuatro elementos (sexualidad, amistad, proyección comunitaria, relevancia) no
deben estar meramente yuxtapuestos, el uno al lado del otro.
Han de estar estructurados. Una estructura es una constelación de
elementos trabados de tal forma que, si falla uno, se
desmorona el conjunto.
Ahora podemos comprender de modo preciso qué es
el erotismo. Consiste en desgajar el primer elemento, la sexualidad,
para obtener una gratificación pasajera, y prescindir de los otros
tres. Ese desgajamiento puramente pasional destruye el amor de raíz,
lo priva de su sentido pleno y de su identidad.
Por eso es violento aunque parezca cordial y tierno. Pongo
en juego la sexualidad a solas, porque me interesa para
mis propios fines, y prescindo de la amistad. En realidad,
no amo a la otra persona; deseo el halago que
producen algunas de sus cualidades. Dejo, asimismo, de lado la
expansión comunitaria del amor. No presto atención a la vida
de familia que está llamado el amor a promover. Me
recluyo en la soledad de mis ganancias inmediatas. Por eso
reduzco la otra persona a mera fuente de gratificaciones para
mí. Esa reducción desconsiderada es violenta y sádica. Puedo jurar
amor eterno, pero serán palabras vanas, pues lo que entiendo
aquí por amorinterés por saciar mi
avidez erótica.
Conviene mucho distinguir con nitidez los dos planos en
que podemos movernos: el corpóreo y el espiritual, el que
es susceptible de manejo y el que pide respeto. Cuando
una persona acaricia a otra, pone su cuerpo en primer
plano, le concede una atención especial. Siempre que unas personas
se relacionan con otras, su cuerpo juega cierto papel en
cuanto les permite hablar, oír, ver... Si no se trata
de una comunicación afectiva, el cuerpo ejerce función de trampolín
para pasar al mundo de las significaciones que se quieren
transmitir. Hablamos durante horas de un tema y otro, y
al final recordamos perfectamente lo que dijimos, la actitud que
adoptamos, los fines que perseguimos, pero posiblemente no sabemos
de qué color tiene los ojos nuestro coloquiante. Nos vimos,
pero no detuvimos nuestra atención en la vertiente corpórea. No
sucede así en los momentos de trato amoroso. En éstos,
el cuerpo de la persona amada cobra una densidad peculiar
y prende la atención de quienes se manifiestan su amor.
El amante atiende de modo intenso al cuerpo de la
amada. Si ve en él la expresión sensible del ser
amado y toma su gesto de ternura como un acto
en el cual está incrementando su amor a la persona,
su modo de acariciar tendrá un carácter personal. En tal
caso, el cuerpo acariciado adquiere honores de protagonista, pero no
desplaza a la persona, la hace más bien presente de
modo tangible y valioso. La caricia personal no se queda
en el cuerpo, se dirige a la persona. Cuando dos
personas se abrazan, sus cuerpos entrelazados juegan un papel
sobresaliente, pero no constituyen la meta de la atención; son
el medio expresivo del afecto mutuo. La persona, en tal
abrazo, no queda relegada a un segundo plano. Al contrario,
es realzada. En cambio, si la atención se detiene en
el cuerpo acariciado, sencillamente por el atractivo sensorial que implica
tal gesto, el cuerpo invade todo el campo de la
persona. Esta es vista como objeto, realidad asible, manejable, poseíble,
disfrutable... Pero a un objeto no se lo ama, se
lo apetece sólamente. De ahí el carácter penoso de la
expresión "mujer-objeto" aplicada a ciertas figuras femeninas exhibidas en algunos
espectáculos como objeto-de-contemplación o tomadas en la vida diaria como
objeto-de-posesión.
El amor erótico de los seductores de tipo donjuanesco es
posesivo, y en la misma medida va unido con la
burla y la violencia. Don Juan, el "Burlador de Sevilla"
-según la atinada formulación de Tirso de Molina-, se complacía
en burlar a las víctimas de su engaños y en
resolver las situaciones comprometidas con el manejo expeditivo de la
espada. Esta violencia innata, muchas veces soterrada, del amor erótico
explica que pueda pasarse sin solución de continuidad de unas
situaciones de máxima "ternura" aparente a otras de extrema violencia.
En realidad, ahí no hay ternura, sino reducción de una
persona a objeto. La violencia de tal reducción no queda
aminorada al afirmar que se trata de un objeto adorable,
fascinador. Estos adjetivos no redimen al sustantivo "objeto" de lo
que tiene de injusto, de no ajustado a la realidad.
Rebajar a una persona del nivel que le corresponde es
una forma de manipulación agresiva que engendra los diferentes modos
de violencia que registra la sociedad actual. La principal tarea
de los manipuladores consiste en ocultar la violencia bajo el
velo seductor del fomento de las libertades.
En el albor de
la cultura occidental, Platón entendió por "eros" la fuerza misteriosa
que eleva al hombre a regiones cada vez más altas
de belleza, bondad y perfección. Actualmente, se entiende por "erotismo"
el manejo de las fuerzas sexuales con desenfado, sin más
criterio y norma que la propia satisfacción inmediata. Obviamente, esta
reclusión en el plano de las ganancias inmediatas supone una
regresión cultural.
[1] Este trabajo servirá
de Introducción a un curso que el autor va dar
en breve en el Internet del Vaticano (Consejo Pontificio para
las Comunicaciones Sociales) con ese mismo título.
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