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Autor: Germán Doig Klinge | Fuente: VE Multimedios
Relación recíproca con la cultura
Germán Doig Klinge nos habla de la actividad del hombre en la transformación de la cultura con la incorporación de la tecnología.
 
Relación recíproca con la cultura
Relación recíproca con la cultura


Si partimos del hecho de que «toda la actividad del hombre tiene lugar dentro de una cultura y tiene una recíproca relación con ella» (26), entonces debemos considerar que todo su obrar es generador de cultura y que a la vez está en interacción con ella. Dentro de este obrar se encuentra la tecnología.


Cuando el Santo Padre afirma que entre el ser humano y la cultura se genera una relación recíproca está evidenciando el doble dinamismo de toda auténtica cultura. De un lado, ya se ha visto que la cultura tiene su origen en el ser humano a través del tiempo --y por esa razón se insiste en que la cultura está al servicio de él y no al revés--.

Pero esa cultura creada por el ser humano se convierte en algo objetivo externo al hombre con influencia sobre él. Puesto en otros términos, la acción humana no se realiza en una sola dirección. Cuando se hace algo se inicia un proceso interactivo. Se producen unos efectos que no permanecen fuera de la persona sino que regresan, por decirlo de alguna manera, hacia ella.

En un proceso análogo al mencionado cuando se afirma que la tecnología forma parte de la cultura se pone así en evidencia una doble corriente de interacción: de la tecnología sobre la cultura y de la cultura sobre la tecnología. Desde esta perspectiva dinámica, por un lado se afirma que hay un conjunto múltiple de factores operando en el desarrollo tecnológico y afectando su influjo sobre el ser humano.

Pero al mismo tiempo se admite la importancia de la tecnología y su peso en la misma configuración cultural y por ende su influjo sobre la persona misma. De esta manera, si la tecnología responde también al cambio cultural y se ve influida directamente por él en su diseño y aplicación, al mismo tiempo juega un papel importante al influir en dicho cambio cultural.

Y es que la tecnología es uno de los factores de la cultura que genera un impacto significativo en la configuración de los patrones culturales de un grupo humano. Esto es más fácil de comprender hoy en día en que la tecnología ha adquirido un peso tan importante.

El rechazo a una posición determinista no debe llevar al error de pretender que el uso de una tecnología específica en un contexto preciso no tiene consecuencia alguna en las personas y su cultura. Georges Friedmann, hablando de la técnica, afirmaba: «En el curso de una aventura milenaria en la que causas y efectos se entremezclan y se condicionan recíprocamente, el hombre modifica su medio y, a través de su medio, se modifica él mismo y se proyecta hacia nuevas transformaciones» (27).

Es decir, entre los cambios que realiza el ser humano y su medio hay una acción recíproca. O, puesto de otra manera, transformando su medio y edificando una morada el ser humano se transforma a sí mismo en alguna medida. Un repaso a la historia de la humanidad revela que todo cambio tecnológico importante ha tenido algún grado de influencia en los pueblos. Y algunos de estos cambios han producido impactos de grandes proporciones.

Se podría mencionar por ejemplo la invención del reloj mecánico, la imprenta de tipos móviles de Gutenberg, la máquina a vapor, el descubrimiento y utilización de la energía eléctrica, el telégrafo... Todo esto, claro está, en el juego de interacción y de influencias recíprocas. Algunos efectos son positivos. Pero otros son negativos. Por ejemplo, ¿cuánto han afectado las píldoras anticonceptivas las costumbres sexuales y la vida familiar?

El asunto central para comprender qué significa que exista una relación recíproca entre el ser humano y su cultura, y dentro de ello el papel que ocupa la tecnología, está en la manera como el ser humano se entiende a sí mismo y como piensa y comprende la realidad; se incluye aquí la forma como entiende y valora todo su obrar y, dentro de ello, como comprende el papel y ubicación de la tecnología.

El Papa Juan Pablo II lo ponía en evidencia al señalar que «la primera y más importante labor se realiza en el corazón del hombre, y el modo como éste se compromete a construir el propio futuro depende de la concepción que tiene de sí mismo y de su destino» (28).

A la luz de lo dicho se comprende que cuando se menciona la dimensión cultural de la tecnología se está hablando en el fondo de un asunto antropológico. La producción tecnológica evidencia en alguna medida una concepción de lo que es el hombre que la genera y los valores o antivalores que posee. Por ello la pregunta por la dimensión cultural trae consigo una pregunta por el concepto de ser humano que está detrás del desarrollo tecnológico.

Se refiere tanto a cuál sea la concepción de ser humano que se encuentra en el origen de la tecnología, como también la que tiene el que la aplica y usa. De la imagen que se tenga de lo que es ese ser humano --de su naturaleza, el sentido de su existencia, su fin último-- se desprenderá lo que se espera de la tecnología, lo que se quiere que ésta haga y el rol que se le otorgará en la vida social. La dimensión cultural vendrá a ser la plasmación de esa imagen del ser humano, a través de la concreción de los valores, criterios, líneas matrices de pensamiento, actitudes básicas ante la vida, en un determinado entorno, en medio de los cuales vive la persona.

Este asunto ha despertado cierto interés en algunos analistas. Aunque lamentablemente no siempre se dé el paso hacia la pregunta por la dimensión cultural ni se tenga en cuenta los asuntos antropológicos de fondo. En ese sentido cada vez aparecen más analistas que dirigen su atención hacia el lugar y el rol que se le asigna a la tecnología en una sociedad.

Por ejemplo, Mark Weiser y John Seely Brown anotan que el marco para comprender los efectos de la tecnología debe ser el tipo de relación que las personas establecen con ella. En un artículo sobre la tecnología que han llamado ubiquitous (29) ponían como premisa para abordar el asunto lo siguiente: «Las oleadas importantes de cambio tecnológico son aquellas que fundamentalmente alteran el lugar de la tecnología en nuestras vidas.

Lo que importa no es la tecnología misma, sino su relación con nosotros» (30). Lo que no ponen de manifiesto estos dos analistas es que la pregunta por el lugar de la tecnología y por la relación del ser humano con ésta lleva directamente a la pregunta sobre la concepción antropológica que se tiene.

Nos situamos así ante una pista muy importante. El valor que la tecnología adquiere en una cultura parece estar directamente relacionado con la idea que las personas que forman esa cultura tienen de sí y de la tecnología, es decir, el valor y función que le dan a la tecnología en relación con el entendimiento de sí mismos y con su despliegue personal y social.

Joseph Weizenbaum permite ampliar la comprensión de este asunto cuando dice: «Las decisiones que toma el público en general acerca de las tecnologías emergentes, se basan mucho más en lo que el público le atribuye a dichas tecnologías, que en lo que realmente son capaces o no de hacer» (31).

Esto puede ciertamente generar un círculo vicioso, que retroalimenta cada una de las ideas que hay detrás de la aproximación a la realidad. De esta manera, una idea que "deifica" a la tecnología le dará un mayor peso en la manera de entender la realidad; y al entender cada vez más la realidad desde el filtro de la tecnología se reforzará la "deificación" de la misma.

Así pues, uno de los factores más importantes para comprender la influencia de la tecnología es la "idea" que se tiene de la misma. Aunque esta "idea" surge del contacto de la persona con un producto tecnológico concreto, tiene un influjo de los criterios imperantes en un contexto cultural.

Es decir, la interacción entre la persona y el producto concreto tiene una suerte de mediación en los patrones culturales dominantes --se está hablando de influencia y no de condicionamiento, como pretenden algunas corrientes del determinismo tecnológico--. Ahora bien, la "idea", que pesa tanto en el diseño como en la utilización de la tecnología, puede ser una "idea" correcta --es decir, conforme a la naturaleza del ser humano-- o puede ser una "idea" equivocada --es decir, reñida con la naturaleza--.

Si es una "idea" correcta se podrá ubicar a la tecnología en el lugar adecuado subordinado, y como tal su influencia puede ser orientada al bien. Pero si no es así, si prevalece la "idea" errada, se cae en problemas como el que se está viendo actualmente de desplazamiento del "ser" al "hacer" y a la absolutización de la racionalidad tecnológica como el criterio supremo de la acción del ser humano y del sentido de su existencia.


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Notas


26. Juan Pablo II, Centesimus annus, 51.

27. Georges Friedmann, El hombre y la técnica, Ariel, Barcelona 1970, pp. 16-17.

28. Juan Pablo II, Centesimus annus, 51.

29. Se trata de la tecnología que está presente en todo el ambiente sin que sea notada de manera especial.

30. Mark Weiser y John Seely Brown, The Coming Age of Calm Technology, en Peter J. Denning y Robert M. Metcalfe (eds.), Beyond Calculation. The Next Fifty Years of Computing, Copernicus, Nueva York 1997, p. 75.

31. Joseph Weizenbaum, Computer Power and Human Reason. From Judgment to Calculation, W.H. Freeman, Nueva York 1976, p. 7.


 
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