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Ética y Cultura Informática | tema
Autor: Germán Doig Klinge | Fuente: VE MULTIMEDIOS
La tecnología es parte de la cultura
La tecnología mantiene una relación particular con la cultura; El Papa Juan Pablo II reflexionó bastante en la dimensión humana de la cultura, por ello nos insistió no perder de vista que también la tecnología está al servicio de la persona.
 
La tecnología es parte de la cultura
La tecnología es parte de la cultura


La pregunta por la dimensión cultural de la tecnología abre una pista muy importante de reflexión. Esta interrogante es posible porque la tecnología forma parte de la cultura del ser humano. De ahí que no sea una pregunta meramente académica, sino que se trata de un asunto de fondo, y en cierto sentido ineludible si se aspira a comprender lo que es y lo que puede aportar de bueno o lo que puede generar de perjudicial la tecnología.


El hombre crece y se desarrolla siempre en una cultura. Se puede decir que la cultura es algo específico del ser humano. El Papa Juan Pablo II ha hecho un valioso aporte en la comprensión de esta dimensión cultural de la persona. Es muy esclarecedor sobre el particular su discurso ante la UNESCO en 1980.

Allí el Santo Padre se apoya en un pasaje de Santo Tomás de Aquino que viene a ser una traducción del conocido texto de la Metafísica de Aristóteles sobre la techné: «Genus humanum arte et ratione vivit (9) (...)


La significación esencial de la cultura consiste, según estas palabras de Santo Tomás de Aquino, en el hecho de ser una característica de la vida humana como tal. El hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura. La vida humana es cultura también en el sentido de que el hombre, a través de ella, se distingue y se diferencia de todo lo demás que existe en el mundo visible: el hombre no puede prescindir de la cultura» (10).


A lo que añade a renglón seguido: «La cultura es un modo específico del "existir" y del "ser" del hombre» (11). En este marco el Papa planteará que la persona «es el único sujeto óntico de la cultura» y también «su único objeto y su término» (12). Se trata de la persona considerada en todas las dimensiones de su ser. En otro discurso muy iluminador el Santo Padre dirá que la cultura proviene del ser humano, está en función de él y es para él (13). En la misma línea había manifestado en Lima: «Una cultura que no está al servicio de la persona no es verdadera cultura» (14).

La cultura se debe entender a partir del fin mismo del ser humano, de aquello que lo hace acceder al "ser". Puesto en otros términos, la cultura se define en función del bien al que está naturalmente orientado el hombre. Viene a ser en cierto sentido como la prolongación de la naturaleza humana y, al mismo tiempo, el vehículo para el cumplimiento de sus finalidades.

«Es propio de la persona humana --afirma la Gaudium et spes-- no llegar a la verdadera y propia humanidad si no es mediante la cultura, es decir, cultivando los bienes y valores de la naturaleza... En sentido general, con la palabra cultura se indica todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus múltiples cualidades de alma y cuerpo» (15).

Como señala Fernando Moreno, «la neutralidad en relación a la valoración objetiva de aquello que permite, facilita o procura el cultivo de su ser persona, no es posible» (16).

Así pues, mediante la cultura --en sus expresiones concretas, es decir cada cultura particular-- el ser humano aspira al cultivo y desarrollo de sí mismo y establece relaciones adecuadas consigo mismo, con los demás, con la naturaleza y --la más importante-- con Dios. La cultura así entendida será consecuencia y expresión del equilibrio en la persona humana entre la permanencia en el "ser" y su necesario despliegue. Es desde esta perspectiva que se puede afirmar que la cultura en cuanto producto de la acción del ser humano manifiesta al ser --por eso se puede decir que es epifanía del ser (17)-- y lo lleva a su perfección.

Lo que está como transfondo es el principio operari sequitur esse et modus operandi modum essendi --el obrar sigue al ser y el modo de obrar al modo de ser--. La acción o praxis, que está en el origen de la cultura como plasmación del pensamiento, tiene como sujeto al ser humano. Esto implica la prioridad de la persona por ser esencialmente el sujeto de la acción humana. Es un absurdo otorgarle a la praxis la condición de sujeto.

En ese sentido el trabajo --entendido como praxis-- no puede crear al hombre, como lo pretende el marxismo. El trabajo y la praxis sólo son posibles porque ya existe el ser humano. Es iluminador un texto del entonces Cardenal Karol Wojtyla: «No hay duda de que la cultura se constituye a través de la praxis, a través del obrar del hombre que expresa --en cierto modo revela-- su humanidad.

Con tal premisa, la cultura se constituye verdaderamente a través del trabajo que implica la "transformación de la naturaleza" y también la "transmutación del mundo", pero a condición de que esta transformación y transmutación correspondan a la inteligencia del hombre y contemporáneamente a un orden objetivo de la "naturaleza" o también del "mundo".

Entonces se puede decir que tal obrar o tal trabajo llevan en sí mismos una específica irradiación de la humanidad, gracias a la cual la obra de la cultura se inscribe en la obra de la naturaleza» (18). Y añadirá precisando la relación entre naturaleza y cultura: «En tal caso, a pesar de su diversidad, la cultura y la naturaleza constituyen como una unidad orgánica. Entonces se develan las raíces de la unión del hombre con la naturaleza y al mismo tiempo se devela el lugar del encuentro del hombre con el Creador en el designio perenne, del cual ha llegado a ser partícipe gracias a su inteligencia y sabiduría» (19).

Como se ha señalado ya, en el texto del discurso ante la UNESCO el Papa Juan Pablo II basa su aproximación al tema de la cultura en una cita de Santo Tomás de Aquino que recoge un texto de la Metafísica de Aristóteles: «El género humano vive por el arte --techné-- y el raciocinio» (20). Es una perspectiva que abarca distintos aspectos de la manera de vivir y de desarrollarse del ser humano, en sus diversos niveles, incluyendo por cierto el obrar tecnológico y los productos que a partir de dicho obrar se generen.

El sentido último de la cultura es que el ser humano llegue a ser lo que debe ser de acuerdo a su naturaleza, es decir de acuerdo a la norma de su propio ser --que no es otra cosa que las inclinaciones fundamentales de la naturaleza humana expresadas en la ley natural--. De ahí que el Papa, siguiendo en su razonamiento, afirme: «La cultura es aquello a través de lo cual el hombre, en cuanto hombre, se hace más hombre, "es" más, accede más al "ser"» (21).

Desde el "ser" del hombre se ordena todo su obrar. Esto pone de manifiesto dos asuntos que tocan directamente el tema de la tecnología. En primer lugar, la cultura tiene una directa relación con la naturaleza del ser humano. Y, en segundo lugar, sus productos se deben subordinar a dicha naturaleza y a sus fines últimos. «Se piensa en la cultura --dice el Papa Juan Pablo II-- y se habla de ella principalmente en relación con la naturaleza del hombre, y luego solamente de manera secundaria e indirecta en relación con el mundo de sus productos» (22).

Lo dicho pone en evidencia que la tecnología se inscribe dentro del "hacer" o el obrar humano. Como tal debe estar subordinada al "ser". El riesgo principal del tiempo actual en relación a la tecnología es que en el clima de una sociedad agnóstica y funcionalista se desplace el acento del "ser" hacia el "hacer".

Esto se genera a partir de una equivocada comprensión de lo que es la tecnología y de cuál es su papel en la existencia del ser humano. Este desplazamiento introduce el criterio de la eficacia como la norma suprema y determinante para juzgar toda la realidad y para adecuar la acción y el sentido de la existencia del ser humano. Se trata de una sustitución de los fines por los medios; lo que es una manera de decir que se da una perversión del sentido de los medios.

A la luz de lo afirmado y poniendo a la tecnología en su lugar correcto es claro que los productos --aunque deben estar subordinados a los fines últimos, a aquello que constituye el "ser" de la persona humana según el divino designio-- forman parte de la cultura del ser humano.

El concepto de cultura es muy rico. En el documento de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Puebla se ofreció una definición que recoge los aportes principales de lo que proponía la Gaudium et spes: «Con la palabra "cultura" se indica el modo particular como, en un pueblo, los hombres cultivan su relación con la naturaleza, entre sí mismos y con Dios (GS 53b) de modo que puedan llegar a "un nivel verdadera y plenamente humano" (GS 53a).

Es "el estilo de vida común" (GS 53c) que caracteriza a los diversos pueblos; por ello se habla de "pluralidad de culturas" (GS 53c)» (23). El Cardenal Paul Poupard distingue en la cultura las siguientes dimensiones: la psico-somática; la cósmico-material --que incluye el sometimiento del cosmos por el conocimiento y el trabajo, donde se ubica la tecnología--; la social, ética y jurídica; la histórica y axiológica (24).

Hervé Carrier, por su lado, ofrece una descripción que permite apreciar los diversos elementos que la conforman, entre ellos la tecnología: «La cultura es el universo humanizado que una colectividad se crea, consciente o inconscientemente: es su propia representación del pasado y su proyecto del futuro, sus instituciones y sus creaciones típicas, sus costumbres y sus creencias, sus actitudes y sus comportamientos característicos, su manera original de comunicar, de trabajar, de celebrar, de crear técnicas y obras reveladoras de su alma y de sus valores últimos. La cultura es la mentalidad típica que adquiere todo individuo que se identifica con una colectividad, es el patrimonio humano transmitido de generación en generación» (25).

Como se puede ver en las definiciones que se han ofrecido, la tecnología aparece como uno de los elementos que conforman la cultura. Pero ni es el único, ni es el principal. Por ello no se le ha de otorgar un lugar preeminente sino que debe ordenarse al "ser" del hombre.

Sin esto todo pierde su sentido y la tecnología corre el riesgo de descarrilarse y volverse contra el mismo ser humano, como parece estar ocurriendo en muchos aspectos en el tiempo actual con ese desplazamiento del "ser" hacia el "hacer".

Tener en cuenta lo que hemos llamado la dimensión cultural de la tecnología ayuda a comprender cómo es que ésta puede influir en la persona humana. Y ofrece también algunos criterios de fondo para entender cuál debe ser su lugar.

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Notas

9. Ver Santo Tomás, comentando a Aristóteles, en Post. Analyt. n. 1.

10. Juan Pablo II, Discurso a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, en la sede de la UNESCO, París, 2/6/1980, 6.

11. Lug. cit.

12. Allí mismo, 7.

13. Ver Juan Pablo II, Discurso a los profesores, a los universitarios y a los hombres de la cultura, Coimbra, 15/5/1982.

14. Juan Pablo II, Mensaje al mundo de la cultura y a los empresarios, Lima, 15/5/1988, 3.

15. Gaudium et spes, 53.

16. Fernando Moreno, La oposición entre naturaleza y cultura: un malentendido histórico, en «Schripta Theologica» 23 (1991/1), p. 260.

17. Ver allí mismo, p. 259.

18. Cardenal Karol Wojtyla, Il problema del costituirsi della cultura attraverso la "praxis" humana, texto presentado en la Universidad Católica de Milán el 18 de marzo de 1977 y publicado originalmente en la «Rivista di Filosofia Neoscolastica» LXIX (1977), pp. 513-524; la versión citada está tomada de: Karol Wojtyla. Perché l´uomo. Scritti inediti di antropologia e filosofia, Mondadori, Milán 1995, p. 186.

19. Allí mismo, pp. 186-187.

20. Ver Aristóteles, Metafísica, I,1.

21. Juan Pablo II, Discurso a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, en la sede de la UNESCO, París, 2/6/1980, 7.

22. Lug. cit.

23. Puebla, 386.

24. Ver Cardenal Paul Poupard, Paul VI et Jean Paul II: leur recontre avec la culture moderne, en «Seminarium» XXXVIII (1985), p. 59, nota 7.

25. Hervé Carrier, S.J., Evangelio y culturas. Desde León XIII a Juan Pablo II, Edicep, Madrid 1988, pp. 16-17.


 
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