 |
| 4.4. La resurrección de la religión |
4.4.La resurrección de la religión En los dos primeros ensayos
de su trilogía Alvin Toffler había mencionado un resurgir en
los últimos tiempos del interés por la religión, refiriéndose fundamentalmente
a los «nuevos cultos» o sectas.
En el cambio del
poder introduce algunas precisiones importantes a su diagnóstico. En concreto
habla allí de «la resurrección de la religión» de manera
general, incluyendo tanto las formas religiosas nuevas, los fundamentalismos, como
a la misma Iglesia católica --a la que le dedica
unos párrafos--.
En medio del complejo proceso que está desarrollándose
en este tiempo Toffler descubre --al parecer no sin cierta
sorpresa-- un resurgir del interés por la religión. Esto tendría
para él elementos tanto de la tercera ola como reacciones
retardatarias que tratan de volver a antiguas y "trasnochadas certidumbres
absolutistas".
«Es éste un inmenso salto --afirma-- que nos lleva
hacia adelante y hacia atrás al mismo tiempo y que
impulsa a la religión al centro del escenario mundial» (97)
.
Su perspectiva está muy ligada a su análisis de la
búsqueda del poder. Así, en un capítulo que llama Los
gladiadores mundiales incluye a las religiones como uno de los
contendientes de la lucha por el «control de la mente»
(98) . Para él se estarían haciendo intentos por parte
de la «religión organizada» de recuperar el dominio sobre el
«monopolio de la producción y distribución de conocimiento abstracto» (99)
.
Hablando de lo que llama «el frenesí religioso» de
este tiempo, afirma: «Hoy hay fuerzas que están trabajando en
pos de restaurar ese control monopolístico de la mente». En
su libro Las guerras del futuro, hace un planteamiento semejante.
Allí señala que dentro del esquema de «aspirantes al poder»
se debe mencionar, junto con las transnacionales, a las religiones
que «cobran fuerza y alcance cada vez mayores» y tienen
una «influencia ascendente» (100) .
Toffler ve con preocupación la
influencia que puedan tener o que aspiren a tener expresiones
religiosas como el fundamentalismo islámico. Haciendo una desafortunada e injusta
comparación con la Iglesia católica en la época medieval denuncia
la pretensión de Jomeini de que «una religión o Iglesia
tienen derechos que sobrepasan a los de las meras naciones-Estado»
(101) .
4.5. La religión como regulador social Pero a pesar de
lo dicho, y de los enormes prejuicios que evidencia, Toffler
no asume una actitud totalmente negativa frente a la religión.
Más aún, en algunos pasajes de sus obras trata de
presentar una postura "tolerante" a partir de la cual pretende
reconocer su posible aporte como instrumento de ayuda en la
regulación y equilibrio de la vida social. Incluso concede que
la religión podría ser conciliable con la democracia.
Pero, claro
está, para él todo esto es así mientras la religión
se reduzca a un asunto privado, equiparable a grupos de
terapia sicológica o a grupos de ayuda social --como los
bomberos, asociaciones de defensa de los animales, grupos ecológicos, etc.--.
Para
Toffler la religión cumpliría un rol social en cuanto ofrece
al ser humano un sentido para su existencia, una posibilidad
de estructurar su vida sicológica y una forma de comunidad,
incluso como un aporte interesante en las nuevas formas de
producción comunitaria del futuro (102) .
Esto sería especialmente necesario
en tiempos, como el actual, afectados por procesos de cambios
que, como se ha dicho, son desestructurantes para los seres
humanos. Los grupos religiosos «comprenden la necesidad que la comunidad
tiene de estructura y significado.
Pues esto es lo que
ofrecen los cultos. Para las personas solitarias, los cultos ofrecen,
al principio, amistad indiscriminada» (103) . «Su poder --afirma Toffler--
radica en proporcionar síntesis, en ofrecer una alternativa a la
fragmentada cultura destellar que nos rodea» (104) . Eso explicaría
su proliferación.
Pero el problema, según el autor norteamericano, es que
este fenómeno de los «nuevos cultos» --e implícitamente también las
antiguas confesiones--, «suministra no verdad como tal, sino orden y,
por tanto, significado» (105) . Y además «vende comunidad, estructura
y significado a un precio extraordinariamente alto: la ciega renuncia
al propio yo».
Por eso propone en La tercera ola
la creación y promoción de lo que llama «semicultos» que
ayuden a las personas a organizar y dar sentido a
su vida, especialmente en este tiempo de crisis y de
shock por el cambio acelerado.
«Si encontramos repelente la absoluta
sumisión exigida por muchos cultos --afirma--, deberíamos quizás estimular la
formación de lo que podríamos denominar "semicultos", situados entre la
libertad desprovista de estructura y la regimentación rígidamente estructurada» (106)
.
Estos grupos podrían ser una variante más de muchos
grupos de voluntariado para las más diversas funciones sociales, ofreciendo
«no una espuria teología mística o política, sino el simple
ideal de servicio a la comunidad» (107) .
En El cambio
del poder avanza un poco más en su teoría del
papel equilibrador de la religión y las Iglesias en el
proceso actual de cambio. «La religión no es un enemigo
de la democracia. En una sociedad secular multirreligiosa, con una
clara separación entre Iglesia y Estado, la misma variedad de
creencias y ateísmo enriquece y dinamiza la vida en democracia.
En muchos países, los movimientos religiosos constituyen la única fuerza
capaz de contrarrestar la opresión estatal. Tampoco el fundamentalismo como
tal supone una amenaza.
Empero, dentro del gigantesco renacer religioso,
en todos los países, no sólo en Irán, están proliferando
los fanáticos que se sienten comprometidos a un control teocrático
de la mente y de la conducta de las personas,
y que, además, cuentan con el insensato apoyo de terceros»
(108) .
Dentro del clima de tolerancia y diversidad que propone
para la nueva civilización de la tercera ola Toffler encuentra
"admisible" a la vez que compatible con la democracia el
rol de lo que llama «religiones universalistas».
Pero, claro está,
a condición de que no traten de imponer lo que
él califica como su "control mental teocrático". Y denuncia como
no compatibles con la democracia y el clima de tolerancia
aquellas formas religiosas que «combinan el totalitarismo con el universalismo»
(109) .
Una vez más, la frase exige un contexto,
pues vista por encima puede parecer algo positivo, pero analizada
en lo que para el autor norteamericano significan esas palabras
o, con mayor precisión, lo que él encierra en esas
palabras, puede resultar que estemos presenciando aquel fenómeno que criticaba
Lewis Carrol en Detrás del espejo, o el "neolenguaje" y
el "doble pensar" que denunciaba George Orwell en su obra
1984.
4.6.¿Crecimiento del poder mundial de la Iglesia católica? Después de haber
prácticamente prescindido de la Iglesia católica en su análisis, situándola
en todo caso como la forma de expresión religiosa de
la primera ola, a la que visualiza llena de rigideces,
dogmatismos, absolutismos, y pinta como responsable de haber quemado herejes
y de haber propiciado las tremendas guerras entre la Iglesia
y el Estado, le dedica unos rápidos párrafos para plantear
lo que él llama «el creciente poder mundial de la
Iglesia católica» (110) .
Al hablar del fenómeno mundial de
la "resurrección" de la religión se fija en la Iglesia.
Debe anotarse que Toffler en lo que califica como "resurgimiento"
de la religión distingue con toda claridad a la Iglesia
católica de los llamados fundamentalismos.
La Iglesia católica, según Toffler, habría
salido perdiendo en la guerra que libró «alineada con las
clases dirigentes de la era agraria» contra las «fuerzas seculares»
(111) que surgieron con la revolución industrial. De esta manera
«a mediados de la era industrial, esas fuerzas seculares habían
conseguido dominar a la religión organizada al debilitar su control
en las escuelas, en la moralidad y en el mismo
Estado» (112) .
Según su esquema, la Iglesia católica, una
de las "religiones organizadas", habría perdido la batalla por el
"control de la mente" frente a las fuerzas que luchaban
«por el modernismo industrial y la democracia de masas» (113)
, viendo en consecuencia disminuir su poder social, moral y
político.
Pero, según Toffler, a mediados de la década de
los sesenta, cuando empezaba el «auge» de las computadoras (114)
, el cambio del sistema de producción de la riqueza
y el desarrollo de la nueva economía, comenzaron a percibirse
señales de un "resurgimiento" mundial de la religión.
Así --siempre
según Toffler--, al tiempo que la revista Time se preguntaba
en su portada «¿Ha muerto Dios?» --sacando a luz el
tema religioso-- «una atormentada Iglesia católica convoca el Concilio Vaticano
Segundo, uno de sus acontecimientos más importantes en varios siglos»
(115) . Ésta sería una de las señales del inicio
del "resurgimiento" de la Iglesia católica en estos tiempos.
La Iglesia
a partir de los sesenta habría ido poco a poco
ganando espacio en el escenario mundial. Toffler descubre una creciente
presencia eclesial en diversos lugares del mundo. Sin embargo, pone
especialmente de relieve algunas situaciones en las que se han
producido cambios político-sociales muy importantes en los que la Iglesia
ha jugado un rol capital.
Si bien no se equivoca
en la percepción de tales hechos, su análisis, además de
ser manifiestamente escaso, parece estar centrado más en la acción
de la diplomacia papal o vaticana que en la realidad
misma de la comunidad eclesial en los lugares que menciona.
Da la impresión que no toma en cuenta que la
Iglesia tiene hondas raíces en naciones que menciona como Filipinas,
Panamá, así como en varias de la Europa oriental, como
es el caso también de Polonia. En estas naciones, si
bien la presencia en los últimos años del Papa Juan
Pablo II y las diversas iniciativas que involucran lo que
Toffler llama la "diplomacia vaticana" han sido sumamente importantes, no
por ello se puede minusvalorar la presencia secular de la
Iglesia en su historia, que ha sido generadora de cultura,
defensora de la dignidad humana y que siempre --incluso en
tiempos de tensiones y de graves ataques a la Iglesia--
ha sido muy importante.
Concretamente Toffler afirma sobre el particular: «La
diplomacia papal ha hecho acto de presencia recientemente en cambios
políticos importantes, desde Filipinas hasta Panamá. En Polonia, donde la
Iglesia se ganó la admiración del mundo por su valerosa
oposición al régimen comunista, ha surgido como fuerza dominante detrás
del primer Gobierno no comunista.
Los diplomáticos del Vaticano alegan
que los recientes cambios que se han producido por toda
Europa Oriental fueron propiciados en gran medida por el Papa
Juan Pablo II» (116) . En otro pasaje afirma también:
«Uno de los mayores ganadores de la revolución de 1989
en Europa Oriental ha sido la Iglesia católica, reprimida durante
mucho tiempo por los regímenes comunistas que, sin embargo, nunca
llegaron a destruirla por completo» (117).
Es interesante la explicación que
Toffler ensaya sobre este "auge" de la Iglesia. Como ya
se ha dicho, desde sus premisas agnósticas y secularizantes reduce
a la Iglesia a una suerte de gran transnacional que
busca y ejerce un enorme poder. «La Iglesia --afirma-- tiene
poder hoy en día en el mundo debido, en parte,
a su influencia moral y a sus recursos económicos; pero,
también, porque sigue sirviendo como medio de comunicación de masas»
(118) .
Sería especialmente esta capacidad de comunicación de masas
lo que explicaría para Toffler su «creciente poder». «Mientras que
la Iglesia católica --o cualquier otra organizada-- sea capaz de
reunir enormes grupos de gente, y contactar de ese modo
con una audiencia masiva, ningún gobierno puede pasarla por alto.
Algunos gobiernos, por lo que nosotros sabemos, han tratado de
extirpar la Iglesia (lo que es prácticamente imposible). Otros han
tratado de imponer un sustitutivo de la religión basado en
el nacionalismo, el marxismo o cualquier otra doctrina.
Y, finalmente,
hay algunos que transigen y tratan de cooperar con la
Iglesia, con intención de poder controlarla en parte» (119) .
Esta capacidad de comunicación de masas convertiría para Toffler a
la Iglesia en una amenaza para cualquier Estado totalitario, puesto
que para él siempre existiría el peligro de que ese
canal --la Iglesia como comunicadora-- pasara a manos de la
oposición.
En esto encuentra «la razón de la ferocidad con
que los estados comunistas trataron de eliminar a la Iglesia,
o de sobornarla cuando lo primero resultó imposible» (120) .
Teniendo
en cuenta su enorme capacidad de comunicación de masas, Toffler
opina que la Iglesia habría canalizado casi naturalmente el descontento
popular en muchos países, especialmente en los oprimidos por regímenes
totalitarios --Corea del Sur, Polonia, Filipinas, por ejemplo--.
La Iglesia
de alguna manera se habría "fusionado" con la oposición política,
en una suerte de "oportunismo político", convirtiéndose en «vehículo... de
disidencia». Lo que sin embargo desconcierta a Toffler es cómo
la Iglesia termina "orientando" las situaciones siempre en términos religiosos:
«...cuando la Iglesia abre su "canal" y expresa el resentimiento
popular desde el púlpito, el medio altera el mensaje y
la protesta, la cual puede tener su origen en el
hambre y otras quejas materiales, y se replantea en términos
religiosos. Esto explica por qué determinados movimientos que empiezan a
luchar buscando alcanzar metas que de por sí tienen poco
que ver con la religión, acaban convirtiéndose en cruzadas religiosas»
(121) .
Es interesante también su opinión sobre el Papa Juan
Pablo II. Por un lado desliza un comentario positivo: «El
Papa no es fanático y ha tendido su mano a
otras religiones. Ha hablado en contra de la violencia interétnica»
(122) . Lo cual encaja bien dentro de su concepción
de "tolerancia y diversidad" del nuevo orden mundial que estaría
generando la tercera ola.
Pero va a criticar, desde su
relativismo secularizante, tanto la prédica del Santo Padre en favor
de una renovación de las raíces cristianas de Europa, como
su constante denuncia de la falta de fundamentos morales de
los países europeos occidentales: «...en su llamada en pro de
una "Europa cristiana" se oyen los ecos de un antiguo
pasado presecular --y sus repetidas críticas de las democracias de
Europa Occidental por su carencia de "referencia moral trascendental"--, una
referencia que el Vaticano estaría harto dispuesto a facilitar» (123)
.
Y hace mención de un supuesto documento de 1918,
que según él habría circulado por diversas capitales europeas, en
el que se propugnaría la creación en Europa de un
«Superestado católico» (124) que abarcaría: Baviera, Hungría, Austria, Croacia, Bohemia,
Eslovenia y Polonia.
Se trata a todas luces de una
opinión poco seria y carente de sustento para pretender explicar
la prédica del Papa Juan Pablo II y sus intenciones.
Comparaciones de este tipo, que parecen más orientadas a descalificar,
no ayudan a aclarar las cosas sino que deslizan, de
manera subrepticia, descalificaciones ad hominem sin ningún aporte para mostrar
la verdad.
Teniendo en cuenta lo dicho --en lo que
no se puede evitar descubrir los muchos prejuicios del autor
contra la Iglesia católica y la acción evangelizadora de sus
Pontífices en los últimos lustros-- Toffler termina abogando por que
se mantenga la «saludable separación entre Iglesia y Estado», como
dice que fue en la era industrial.
Es lamentable que se
reduzca la presencia y acción de la Iglesia a un
conjunto de iniciativas diplomáticas en medio de una pugna por
el poder, a la vez que se desconozcan los dos
mil años de fecundo servicio en los más diversos aspectos
de la vida de tantas naciones en el mundo.
Resulta
sumamente grave el constatar cómo un autor que se presenta
como "analista", prescinda sistemáticamente de la naturaleza de las instituciones,
y las presente según una alquimia en la que su
visión subjetiva de ellas reemplaza lo que no le "gusta"
y somete a una metamorfosis lo que le "gusta", ajustando
la imagen a una idea preconcebida.
Por lo demás, se
percibe en el análisis del autor un persistente intento de
prescindir de toda moral objetiva, con la reducción de la
Iglesia a una asociación mundial más --una suerte de transnacional
religiosa-- en el mercado de ofertas ideológicas y de servicios
sociales.
Desde ese enfoque reductivo, y siempre y cuando la
Iglesia no exceda su esfera privada y personal, y no
trate de difundir su visión de la vida y la
convicción de la verdad que ella encuentra, puede ser admitida
y hasta reconocida en su aporte a la sociedad. Pero
jamás debe pretender --según la visión toffleriana-- pasar los límites
de su esfera espiritual y privada.
--------------------------------------------------- Notas
54. En su libro Creating
a new civilization, cuando Alvin y Heidi Toffler toman distancia
de Newt Gringich --quien les hace el prólogo--, hablan de
sí mismos como <> (Creating a new civilization. The politics
of the third wave, p. 9).
55. Alvin Toffler, La
tercera ola, p. 33.
56. Alvin Toffler, El cambio del
poder, p. 524.
57. Allí mismo, p. 432. La palabra
frenesí significa: <> (ver Real Academia Española, Diccionario de la
lengua española, vigésima edición, t. I, Madrid 1984, p. 660).
58. Alvin y Heidi Toffler, Las guerras del futuro, p.
38.
59. Organizaciones no gubernamentales.
60. <> (Alvin Toffler, La
tercera ola, p. 250).
61. Allí mismo, p. 347.
62.
Allí mismo, p. 367.
63. La expresión cultos es la
traducción al castellano de la palabra inglesa cults, que en
realidad se refiere específicamente a los que hoy se suelen
calificar con la inexacta expresión de movimientos religiosos libres. En
realidad se trata de formas extremas y a veces secularizadas
de sectas --como New age, la secta de Moon, que
son a las que el mismo Toffler se refiere--. Toffler,
por lo demás, evidencia significativas coincidencias con el pensamiento de
grupos como New age.
64. Hablando de la segunda ola
dice: <<...la segunda ola trajo una redefinición de Dios...>> (Alvin
Toffler, La tercera ola, p. 109). En otro de sus
ensayos sostiene: <> (Alvin Toffler, El cambio del poder, p.
432).
65. Lug. cit.
66. Allí mismo, p. 525.
67.
Allí mismo, p. 407.
68. Allí mismo, p. 525.
69.
Alvin Toffler, La tercera ola, pp. 322 y 369. Se
ve aquí también la influencia de las ideas de Max
Weber, cuyo libro The protestant Ethic and the Spirit of
Capitalism cita en su bibliografía. Esta obra está llena de
prejuicios anti-católicos y sobresale por el simplismo de sus argumentos,
tanto sobre el desarrollo capitalista de los países del norte
protestante, como sobre el subdesarrollo del sur católico que liga
directamente al influjo "negativo" del catolicismo. Toffler, muy en la
línea de Weber, habla por ejemplo de los fracasos de
la segunda ola en superar el subdesarrollo y la pobreza
de algunos países mencionando entre los obstáculos las <> (allí
mismo, p. 320).
70. Hablando de la concepción atomista afirma:
<> (Alvin Toffler, La tercera ola, p. 122).
71. Alvin Toffler,
El cambio de poder, p. 432.
72. Se debe entender a
la Iglesia católica, pues, en Europa no existía ninguna otra
forma de <> comparable a la Iglesia antes del siglo
XVI cuando se produjo la revuelta protestante y surgieron confesiones
como la luterana y la calvinista.
73. Alvin Toffler, El
cambio del poder, p. 432.
74. Lug. cit.
75. Ver
Alvin y Heidi Toffler, Las guerras del futuro, p. 38.
76. Alvin Toffler, La tercera ola, p. 17.
77. Allí
mismo, p. 18.
78. Allí mismo, p. 250.
79. Allí mismo,
p. 251.
80. Lug. cit.
81. Allí mismo, p. 223.
82. Allí
mismo, p. 252.
84. Allí mismo, p. 294.
85. Allí mismo, p.
283.
86. Alvin Toffler, El cambio del poder, p. 524.
87. Allí mismo, p. 432. Calificar el fenómeno hippy como
algo religioso parece totalmente inadecuado. El que Toffler proceda en
este sentido habla de sus opiniones sobre la religión y
sus manifestaciones.
88. Allí mismo, p. 433.
89. Allí mismo,
p. 434.
90. Hay que tener mucho cuidado con el
uso de la palabra fundamentalismo que engloba cosas muy distintas
y que es del todo imprecisa para describir fenómenos como
el crecimiento del Islam. Es muy ilustrativa la opinión del
Cardenal Ratzinger sobre este concepto. Hablando del fundamentalismo islámico afirma:
<> (Cardenal Joseph Ratzinger, Una mirada a Europa, Rialp, Madrid
1992, pp. 204-205).
91. Alvin Toffler, El cambio del poder,
p. 435.
92. Lug. cit.
93. Lug. cit.
94. Allí
mismo, p. 437.
95. Allí mismo, p. 439.
96. Lug.
cit.
97. Allí mismo, p. 526.
98. Allí mismo, p.
525.
99. Allí mismo, p. 432.
100. Alvin y Heidi Toffler,
Las guerras del futuro, p. 339.
101. Alvin Toffler, El
cambio del poder, p. 525.
102. Es revelador también el
análisis que hace de los mormones y su sistema comunitario
de producción, a quienes les "perdona" su talante <> en
función de su aporte en las nuevas formas de organizar
la producción (ver Alvin Toffler, La tercera ola, p. 273).
103. Allí mismo, p. 362.
104. Allí mismo, p. 363.
105. Lug. cit.
106. Allí mismo, pp. 364-365.
107. Allí
mismo, p. 365.
108. Alvin Toffler, El cambio del poder,
p. 435.
109. Allí mismo, p. 436.
110. Allí mismo,
p. 526.
111. Allí mismo, p. 432.
112. Lug cit.
113. Lug. cit.
114. Quizá sea excesivo hablar de auge
de las computadoras a comienzos de los sesenta.
115. Lug. cit.
116.
Allí mismo, p. 526.
117. Allí mismo, p. 410.
118.
Lug. cit.
119. Lug. cit.
120. Lug. cit.
121. Allí mismo,
p. 411. En otro pasaje de su ensayo El cambio
del poder Toffler desliza una opinión en la misma línea
--en la que se perciben los ecos de Marshall McLuhan--:
<> (allí mismo, p. 475).
122. Allí mismo, p. 526.
123. Lug. cit.
124. Lug. cit.
|
|