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| Carta apostólica de Juan Pablo II «El rápido desarrollo» |
Publicamos la carta apostólica de Juan Pablo II dirigida a
los responsables de las comunicaciones sociales con el título «El
rápido desarrollo».
CARTA APOSTÓLICA DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II A LOS
RESPONSABLES DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES
1. Un signo del progreso
que experimenta la sociedad actual consiste, sin duda, en el
rápido desarrollo de las tecnologías en el campo de los
medios de comunicación. Al contemplar estas novedades en continua evolución
resulta aún más actual cuanto se lee en el Decreto
del Concilio Ecuménico Vaticano II «Inter mirifica» promulgado por mi
predecesor, el siervo de Dios Pablo VI, el 4 de
diciembre de 1963: «Entre los maravillosos inventos de la técnica
que, sobre todo en nuestros tiempos, ha extraído el ingenio
humano, con la ayuda de Dios, de las cosas creadas,
la Madre Iglesia acoge y fomenta con peculiar solicitud aquellos
que miran principalmente al espíritu humano y han abierto nuevos
caminos para comunicar, con extraordinaria facilidad, todo tipo de noticias,
ideas y doctrinas»[1].
I. Un camino fecundo trazado por
el Decreto «Inter mirifica» 2. Transcurridos más de cuarenta años desde
la publicación de aquel documento, se hace oportuna una nueva
reflexión sobre los «desafíos» que las comunicaciones sociales plantean a
la Iglesia, la cual, como indicó Pablo VI, «se sentiría
culpable ante Dios si no empleara esos poderosos medios»[2]. De
hecho, la Iglesia no ha de contemplar tan sólo el
uso de estos medios de comunicación para difundir el Evangelio
sino, hoy más que nunca, para integrar el mensaje salvífico
en la ‘nueva cultura’ que precisamente los mismos medios crean
y amplifican. La Iglesia advierte que el uso de las
técnicas y de las tecnologías de la comunicación contemporánea es
parte integrante de su propia misión en el tercer milenio.
Movida
por esta conciencia, la comunidad cristiana ha dado pasos significativos
en el uso de los medios de comunicación para la
información religiosa, para la evangelización y la catequesis, para la
formación de los agentes de pastoral en este sector y
para la educación de una madura responsabilidad de los usuarios
y destinatarios de los mismos instrumentos de la comunicación.
3.
Los desafíos para la nueva evangelización, en un mundo rico
en potencialidad comunicativa como el nuestro, son múltiples. Al tomar
en cuenta esta realidad he querido subrayar, en la Carta
encíclica «Redemptoris missio», que el mundo de la comunicación es
el primer areópago del tiempo moderno, capaz de unificar a
la humanidad transformándola, como suele decirse, en «una aldea global».
Los medios de comunicación social han alcanzado importancia hasta el
punto de que son para muchos el principal instrumento de
guía e inspiración para su comportamiento individual, familiar y social.
Se trata de un problema complejo, ya que tal cultura,
antes que de «los contenidos», nace del hecho mismo de
la existencia de nuevos modos de comunicar, dotados de técnicas
y lenguajes inéditos.
Vivimos en una época de comunicación global, en
que muchos momentos de la existencia humana se articulan a
través de procesos mediáticos o por lo menos deben confrontarse
con ellos. Me limito a recordar la formación de la
personalidad y de la conciencia, la interpretación y la estructuración
de lazos afectivos, la articulación de las fases educativas y
formativas, la elaboración y la difusión de fenómenos culturales, el
desarrollo de la vida social, política y económica.
En una visión
orgánica y correcta del desarrollo del ser humano, los medios
de comunicación pueden y deben promover la justicia y la
solidaridad, refiriendo los acontecimientos de modo cuidadoso y verdadero, analizando
completamente las situaciones y los problemas, y dando voz a
las diversas opiniones. Los criterios supremos de la verdad y
la justicia en el ejercicio maduro de la libertad y
de la responsabilidad, constituyen el horizonte dentro el cual se
sitúa una auténtica deontología en el aprovechamiento de los modernos
y potentes medios de comunicación social.
II. Discernimiento evangélico y compromiso
misionero 4. También el mundo de los medios de comunicación necesita
la redención de Cristo. Para analizar, con los ojos de
la fe, los procesos y el valor de las comunicaciones
sociales resulta de indudable utilidad la profundización de la Sagrada
Escritura, la cual se presenta como un «gran código» de
comunicación de un mensaje no efímero y ocasional, sino fundamental
en razón de su valor salvífico.
La historia de la salvación
narra y documenta la comunicación de Dios con el hombre,
comunicación que utiliza todas las formas y modalidades del comunicar.
El ser humano ha sido creado a imagen y semejanza
de Dios para acoger la revelación divina y para entablar
un diálogo de amor con Él. A causa del pecado,
esta capacidad de diálogo ha sido alterada, sea a escala
personal o social, y los hombres han hecho y continúan
haciendo la amarga experiencia de la incomprensión y de la
lejanía. Sin embargo Dios no los ha abandonado y les
ha enviado a su mismo Hijo (cf. Mc 12, 1
11). En el Verbo hecho carne el evento comunicativo asume
su máxima dimensión salvífica: de este modo se entrega al
hombre, en el Espíritu Santo, la capacidad de recibir la
salvación y de anunciarla y testimoniarla a sus hermanos.
5. La
comunicación entre Dios y la humanidad ha alcanzado por tanto
su perfección en el Verbo hecho carne. El acto de
amor a través del cual Dios se revela, unido a
la respuesta de fe de la humanidad, genera un diálogo
fecundo. Precisamente por esto al hacer nuestra, en cierto modo,
la petición de los discípulos «enséñanos a orar» (Lc 11,
1), podemos pedirle al Señor que nos guíe para entender
cómo comunicarnos con Dios y con los hombres a través
de los maravillosos instrumentos de la comunicación social. Reconducidos al
horizonte de tal comunicación última y decisiva, los medios de
comunicación social se revelan como una oportunidad providencial para llegar
a los hombres en cualquier latitud, superando las barreras de
tiempo, de espacio y de lengua, formulando en las más
diversas modalidades los contenidos de la fe y ofreciendo a
quien busca lugares seguros que permitan entrar en diálogo con
el misterio de Dios revelado plenamente en Cristo Jesús.
El Verbo
encarnado nos ha dejado el ejemplo de cómo comunicarnos con
el Padre y con los hombres, sea viviendo momentos de
silencio y de recogimiento, sea predicando en todo lugar y
con todos los lenguajes posibles. Él explica las Escrituras, se
expresa en parábolas, dialoga en la intimidad de las casas,
habla en las plazas, en las calles, en las orillas
del lago, sobre las cimas de los montes. El encuentro
personal con Él no deja indiferente, al contrario, estimula a
imitarlo: «Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo
vosotros a plena la luz; y lo que os digo
al oído, proclamadlo desde los terrados» (Mt 10, 27).
Hay después
un momento culminante en el cual la comunicación se hace
comunión plena: es el encuentro eucarístico. Reconociendo a Jesús en
la «fracción del pan» (cf. Lc 24, 30 31), los
creyentes se sienten impulsados a anunciar su muerte y resurrección
y a volverse valientes y gozosos testigos de su Reino
(cf. Lc 24, 35).
6. Gracias a la Redención, la capacidad
comunicativa de los creyentes se ha sanado y renovado. El
encuentro con Cristo los transforma en criaturas nuevas, les permite
entrar a formar parte de aquel pueblo que Él ha
conquistado con su sangre muriendo sobre la Cruz, y los
introduce en la vida íntima de la Trinidad, que es
comunicación continua y circular de amor perfecto e infinito entre
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
La comunicación penetra
las dimensiones esenciales de la Iglesia, llamada a anunciar a
todos el gozoso mensaje de la salvación. Por esto, ella
asume las oportunidades ofrecidas por los instrumentos de la comunicación
social como caminos ofrecidos providencialmente por Dios en nuestros días
para acrecentar la comunión y hacer más incisivo el anuncio[3].
Los medios de comunicación permiten manifestar el carácter universal del
Pueblo de Dios, favoreciendo un intercambio más intenso e inmediato
entre las Iglesias locales y alimentando el recíproco conocimiento y
colaboración.
III. Cambio de mentalidad y renovación pastoral 7. En los medios
de comunicación la Iglesia encuentra un apoyo excelente para difundir
el Evangelio y los valores religiosos, para promover el diálogo
y la cooperación ecuménica e interreligiosa, así como para defender
aquellos sólidos principios indispensables para la construcción de una sociedad
respetuosa de la dignidad de la persona humana y atenta
al bien común. Asimismo la Iglesia los emplea con gusto
para la propia información y para dilatar los confines de
la evangelización, de la catequesis y de la formación, en
la conciencia de que su utilización da respuesta al mandato
del Señor: «Id por todo el mundo y proclamad la
Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15).
Misión ciertamente
no fácil en nuestra época, en la cual se ha
difundido en muchos la convicción de que el tiempo de
las certezas ha pasado irremediablemente: el hombre debería aprender a
vivir en un horizonte de total ausencia de sentido, en
busca de lo provisorio y de lo fugaz[4]. En este
contexto, los instrumentos de comunicación pueden ser usados «para proclamar
el Evangelio o para reducirlo al silencio en los corazones
de los hombres»[5]. Esto representa un serio reto para los
creyentes, sobre todo para los padres, familias y para cuantos
son responsables de la formación de la infancia y de
la juventud. Es oportuno que, con prudencia y sabiduría pastoral,
se fomente en las comunidades eclesiales la dedicación al trabajo
en el campo de la comunicación, y así contar con
profesionales capaces de un diálogo eficaz con el vasto mundo
mediático.
8. Valorizar los medios de comunicación no es sólo tarea
de «entendidos» del sector, sino también de toda la comunidad
eclesial. Si, como se ha dicho antes, las comunicaciones sociales
comprenden todos los ámbitos de la expresión de la fe,
es la vida cristiana en conjunto la que debe tener
en cuenta la cultura mediática en la que vivimos: desde
la liturgia, suprema y fundamental expresión de la comunicación con
Dios y con los hermanos, a la catequesis que no
puede prescindir del hecho de dirigirse a sujetos influenciados por
el lenguaje y la cultura contemporáneos.
El fenómeno actual de las
comunicaciones sociales impulsa a la Iglesia a una suerte de
«conversión» pastoral y cultural para estar en grado de afrontar
de manera adecuada el cambio de época que estamos viviendo.
De esta exigencia se deben hacer intérpretes, sobre todo, los
Pastores: es importante trabajar para que el anuncio del Evangelio
se haga de modo incisivo, que estimule la escucha y
favorezca la acogida[6]. En sintonía con los Pastores deben obrar
todos los organismos de consejo y de coordinación de modo
que, en su campo específico, se identifiquen las líneas pastorales
más adecuadas para una eficaz acción misionera. Las personas consagradas,
según su propio carisma, tienen una especial responsabilidad en este
campo de las comunicaciones sociales. Una vez formadas espiritual y
profesionalmente, «presten de buen grado sus servicios, según las oportunidades
pastorales […] para que se eviten, de una parte, los
daños provocados por un uso adulterado de los medios y,
de otra, se promueva una mejor calidad de las transmisiones,
con mensajes respetuosos de la ley moral y ricos en
valores humanos y cristianos.»[7].
9. Al tener precisamente en cuenta la
importancia de los medios de comunicación, hace ya quince años
que juzgué insuficiente dejarlos a la iniciativa individual o de
grupos pequeños y sugerí que se insertaran con claridad en
la programación pastoral[8]. Las nuevas tecnologías, en especial, crean nuevas
oportunidades para una comunicación entendida como servicio al gobierno pastoral
y a la organización de las diversas tareas de la
comunidad cristiana. Piénsese, por ejemplo, en Internet: no sólo proporciona
recursos para una mayor información, sino que también habitúa a
las personas a una comunicación interactiva[9]. Muchos cristianos ya están
usando este nuevo instrumento de modo creativo, explorando las potencialidades
para la evangelización, para la educación, para la comunicación interna,
para la administración y el gobierno. Junto a Internet se
van utilizando nuevos medios y verificando nuevas formas de utilizar
los instrumentos tradicionales. Los periódicos, las revistas, las publicaciones varias,
la televisión y la radio católicos siguen siendo, todavía hoy,
indispensables en el panorama completo de las comunicaciones eclesiales.
Los contenidos
–que, naturalmente, se deben adaptar a las necesidades de los
diversos grupos-, tendrán siempre por objeto hacer a las personas
conscientes de la dimensión ética y moral de la información[10].
Del mismo modo, es importante garantizar la formación y la
atención pastoral de los profesionales de la comunicación. Con frecuencia
estas personas se encuentran ante presiones particulares y dilemas éticos
que emergen del trabajo cotidiano; muchos de ellos «están sinceramente
deseosos de saber y de practicar lo que es justo
en el campo ético y moral» y esperan de la
Iglesia orientación y apoyo[11].
IV. Los medios de comunicación, encrucijada de
las grandes cuestiones sociales 10. La Iglesia, que en razón del
mensaje de salvación confiado por su Señor es maestra de
humanidad, siente el deber de ofrecer su propia contribución para
una mejor comprensión de las perspectivas y de las responsabilidades
ligadas al actual desarrollo de las comunicaciones sociales. Precisamente porque
influyen sobre la conciencia de los individuos, conforman la mentalidad
y determinan la visión de las cosas, es necesario insistir
de manera clara y fuerte que los instrumentos de la
comunicación social constituyen un patrimonio que se debe tutelar y
promover. Es necesario que las comunicaciones sociales entren en un
cuadro de derechos y deberes orgánicamente estructurados, sea desde el
punto de vista de la formación y responsabilidad ética, cuanto
de la referencia a las leyes y a las competencias
institucionales.
El positivo desarrollo de los medios de comunicación al servicio
del bien común es una responsabilidad de todos y de
cada uno[12]. Debido a los fuertes vínculos que los medios
de comunicación tienen con la economía, la política y la
cultura, es necesario un sistema de gestión que esté en
grado de salvaguardar la centralidad y la dignidad de la
persona, el primado de la familia, célula fundamental de la
sociedad, y la correcta relación entre las diversas instancias.
11.
Se imponen algunas decisiones que se pueden sintetizar en tres
opciones fundamentales: formación, participación, diálogo.
En primer lugar es necesaria una
vasta obra formativa para que los medios de comunicación sean
conocidos y usados de manera consciente y apropiada. Los nuevos
lenguajes introducidos por ellos modifican los procesos de aprendizaje y
la cualidad de las relaciones interpersonales, por lo cual, sin
una adecuada formación se corre el riesgo de que en
vez de estar al servicio de las personas, las instrumentalicen
y las condicionen gravemente. Esto vale, de manera especial, para
los jóvenes que manifiestan una natural propensión a las innovaciones
tecnológicas y que, por eso mismo, tienen una mayor necesidad
de ser educados en el uso responsable y crítico de
los medios de comunicación.
En segundo lugar, quisiera dirigir la atención
sobre el acceso a los medios de comunicación y sobre
la participación responsable en la gestión de los mismos. Si
las comunicaciones sociales son un bien destinado a toda la
humanidad, se deben encontrar formas siempre actualizadas para garantizar el
pluralismo y para hacer posible una verdadera participación de todos
en su gestión, incluso a través de oportunas medidas legislativas.
Es necesario hacer crecer la cultura de la corresponsabilidad.
Por último,
no se debe olvidar las grandes potencialidades que los medios
de comunicación tienen para favorecer el diálogo convirtiéndose en vehículos
de conocimiento recíproco, de solidaridad y de paz. Dichos medios
constituyen un poderoso recurso positivo si se ponen al servicio
de la comprensión entre los pueblos y, en cambio, un
«arma» destructiva, si se usan para alimentar injusticias y conflictos.
De manera profética, mi predecesor el beato Juan XXIII, en
la encíclica «Pacem in terris», había ya puesto en guardia
a la humanidad sobre tales potenciales riesgos[13].
12. Suscita un gran
interés la reflexión sobre la participación «de la opinión pública
en la Iglesia» y «de la Iglesia en la opinión
pública». Mi predecesor Pío XII, de feliz memoria, al encontrarse
con los editores de los periódicos católicos les decía que
algo faltaría en vida de la Iglesia si no existiese
la opinión pública. Este mismo concepto ha sido confirmado en
otras circunstancias[14], en el código de derecho canónico, bajo determinadas
condiciones, se reconoce el derecho a expresar la propia opinión[15].
Si es cierto que las verdades de fe no están
abiertas a interpretaciones arbitrarias y el respeto por los derechos
de los otros crea límites intrínsecos a las expresiones de
las propias valoraciones, no es menos cierto que existe en
otros campos, entre los católicos, un amplio espacio para el
intercambio de opiniones, en un diálogo respetuoso de la justicia
y de la prudencia.
Tanto la comunicación en el seno de
la comunidad eclesial, como la de Iglesia con el mundo,
exigen transparencia y un modo nuevo de afrontar las cuestiones
referentes al universo de los medios de comunicación. Tal comunicación
debe tender a un diálogo constructivo para promover en la
comunidad cristiana una opinión pública rectamente informada y capaz de
discernir. La Iglesia, al igual que otras instituciones o grupos,
tiene la necesidad y el derecho de dar a conocer
las propias actividades pero al mismo tiempo, cuando sea necesario,
debe poder garantizar una adecuada reserva, sin que ello perjudique
una comunicación puntual y suficiente de los hechos eclesiales. Es
éste uno de los campos donde se requiere una mayor
colaboración entre fieles laicos y pastores ya que, como subraya
oportunamente el Concilio, «de este trato familiar entre los laicos
y pastores son de esperar muchos bienes para la Iglesia,
porque así se robustece en los seglares el sentido de
su propia responsabilidad, se fomenta el entusiasmo y se asocian
con mayor facilidad las fuerzas de los fieles a la
obra de los pastores. Pues estos últimos, ayudados por la
experiencia de los laicos, pueden juzgar con mayor precisión y
aptitud tanto los asuntos espirituales como los temporales, de suerte
que la Iglesia entera, fortalecida por todos sus miembros, pueda
cumplir con mayor eficacia su misión en favor de la
vida del mundo»[16].
V. Comunicar con la fuerza del Espíritu
Santo 13. El gran reto para los creyentes y para las
personas de buena voluntad en nuestro tiempo es el de
mantener una comunicación verdadera y libre, que contribuya a consolidar
el progreso integral del mundo. A todos se les pide
saber cultivar un atento discernimiento y una constante vigilancia, madurando
una sana capacidad crítica ante la fuerza persuasiva de los
medios de comunicación.
También en este campo los creyentes en Cristo
saben que pueden contar con la ayuda del Espíritu Santo.
Ayuda aún más necesaria si se considera cuan grandes pueden
ser las dificultades intrínsecas a la comunicación, tanto a causa
de las ideologías, del deseo de ganancias y de poder,
de las rivalidades y de los conflictos entre individuos y
grupos, como a causa de la fragilidad humana y de
los males sociales. Las modernas tecnologías hacen que crezca de
manera impresionante la velocidad, la cantidad y el alcance de
la comunicación, pero no favorecen del mismo modo el frágil
intercambio entre mente y mente, entre corazón y corazón, que
debe caracterizar toda comunicación al servicio de la solidaridad y
del amor.
En la historia de la salvación Cristo se
nos ha presentado como «comunicador» del Padre: «Dios ... en
estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo»
(Heb 1,2). Él, Palabra eterna hecha carne, al comunicarse, manifiesta
siempre respeto hacia aquellos que le escuchan, les enseña la
comprensión de su situación y de sus necesidades, impulsa a
la compasión por sus sufrimientos y a la firme resolución
de decirles lo que tienen necesidad de escuchar, sin imposiciones
ni compromisos, engaño o manipulación. Jesús enseña que la comunicación
es un acto moral «El hombre bueno, del buen tesoro
saca cosas buenas; el hombre malo, del tesoro malo saca
cosas malas. Os digo que de toda palabra ociosa que
hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio.
Porque por tus palabras serás declarado justo y por tus
palabras serás condenado» (Mt 12,35-37).
14. El apóstol Pablo ofrece un
claro mensaje también para cuantos están comprometidos en las comunicaciones
sociales -políticos, comunicadores profesionales, espectadores-: « Por lo tanto desechando
la mentira, hablad con verdad cada cual con su prójimo,
pues somos miembros los unos de los otros. […]No salga
de vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea conveniente
para edificar según la necesidad y hacer el bien a
los que os escuchan» (Ef 4,25.29).
A los operadores
de la comunicación y especialmente a los creyentes que trabajan
en este importante ámbito de la sociedad, aplico la invitación
que desde el inicio de mi ministerio de Pastor de
la Iglesia he querido lanzar al mundo entero: «¡No tengáis
miedo!».
¡No tengáis miedo de las nuevas tecnologías!, ya que están
«entre las cosas maravillosas» –«Inter mirifica»– que Dios ha puesto
a nuestra disposición para descubrir, usar, dar a conocer la
verdad; también la verdad sobre nuestra dignidad y sobre nuestro
destino de hijos suyos, herederos del Reino eterno.
¡No tengáis miedo
de la oposición del mundo! Jesús nos ha asegurado «Yo
he vencido al mundo» (Jn 16,33).
¡No tengáis miedo de vuestra
debilidad y de vuestra incapacidad! El divino Maestro ha dicho:
«Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin
del mundo» (Mt 28,20). Comunicad el mensaje de esperanza, de
gracia y de amor de Cristo, manteniendo siempre viva, en
este mundo que pasa, la perspectiva eterna del cielo, perspectiva
que ningún medio de comunicación podrá alcanzar directamente: «Lo que
ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al
corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los
que le aman. » (1Cor 2,9).
A María, que nos ha
dado el Verbo de vida y ha conservado en su
corazón las palabras que no perecen, encomiendo el camino de
la Iglesia en el mundo de hoy. Que la Virgen
Santa nos ayude a comunicar, con todos lo medios, la
belleza y la alegría de la vida en Cristo nuestro
Salvador.
Desde el Vaticano, 24 de enero de 2005, memoria de
san Francisco de Sales, patrono de los periodistas.
IOANNES PAULUS
II
_____________________________________ Notas
[1] N. 1.
[2] Exhortación Apostólica «Evangelii nuntiandi» (8 de diciembre
de 1975): AAS 68 (1976), 35.
[3] Cf. Juan Pablo II,
Exhortación apostólica post sinodal «Christifideles laici» (30 de diciembre de
1998), 18 24: AAS (1989), 421 435; cf. Pontificio Consejo
de las Comunicaciones Sociales, Instrucción pastoral «Ætatis novæ» (22 de
febrero de 1992), 10: AAS 84 (1992), 454 455.
[4] Cf.
Juan Pablo II, Carta encíclica «Fides et ratio» (14 de
septiembre de 1998), 91: AAS 91 (1999), 76 77.
[5] Pontificio
Consejo de las Comunicaciones Sociales, Instrucción pastoral «Ætatis novæ» (22
de febrero de 1992), 4: AAS 84 (1992), 450.
[6]Cfr Juan
Pablo II, Exhort. Ap. Post-sinodal, «Pastores gregis», 30: L’Osservatore Romano,
17 octubre 2003, p.6.
[7]Juan Pablo II, Exhort. Ap. Post-sinodal, «Vita
consecrata» (25 marzo 1996), 99: AAS 88 (1996), 476.
[8]Juan
Pablo II, Carta enc. «Redemptoris missio» (7 diciembre 1990), 37:
AAS 83 (1991), 282-286.
[9] Cf. Pont. Consejo para las Comunicaciones
Sociales, «La Iglesia e Internet» (22 febrero 2002), 6: Ciudad
del Vaticano, 2002, pp.13-15.
[10] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Inter mirifica, 15-16; Pont. Comisión para los Comunicaciones Sociales, Inst.
pastoral «Communio et progressio» (23 mayo 1971), 107: AAS 63
(1971) 631-632; Pont. Consejo para las Comunicaciones Sociales, inst. pastoral
«Ætatis novæ» (22 febrero 1992), 18: AAS 84 (1192), 460.
[11]Cf. Ibid., 19: l.c.
[12] Cf. Catecismo de la Iglesia
Católica, n. 2494.
[13] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la
37 jornada mundial de las comunicaciones sociales (24 enero 2003):
«L’Osservatore Romano», 25 enero 2003, p. 6.
[14] Cf. Conc. Ecum.
Vat. II, «Lumen Gentium», 37; Pont. Comisión para las Comunicaciones
Sociales, Inst. pastoral «Communio et progressio» (23 mayo 1971), 114-117:
AAS (1971), 634-635.
[15] Can. 212, § 3: «Tienen el derecho,
y a veces incluso el deber, en razón de su
propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar a los Pastores
sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de
la Iglesia y de manifestar a los demás fieles, salvando
siempre la integridad de la fe y de las costumbres,
la reverencia hacia los Pastores y habida cuenta de la
utilidad común y de la dignidad de las personas».
[16] Conc.
Ecum. Vat. II, «Lumen gentium», 37
[Traducción no oficial distribuida
por la Sala de Prensa de la Santa Sede] |
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