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Autor: Benedicto XVI | Fuente: Vatican.va XLII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales
Mensaje del Papa Benedicto XVI con motivo de la XLII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales: «Los medios: en la encrucijada entre protagonismo y servicio. Buscar la Verdad para compartirla»
XLII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales
Los medios: en la encrucijada entre protagonismo y servicio.
Buscar la
Verdad para compartirla
Queridos hermanos y hermanas
1. El tema de la
próxima Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, "Los medios: en
la encrucijada entre protagonismo y servicio. Buscar la Verdad para
compartirla", señala la importancia del papel que estos instrumentos tienen
en la vida de las personas y de la sociedad.
En efecto, no existe ámbito de la experiencia humana –más
aún si consideramos el amplio fenómeno de la globalización- en
el que los medios no se hayan convertido en parte
constitutiva de las relaciones interpersonales y de los procesos sociales,
económicos, políticos y religiosos. A ese respecto escribía en mi
Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del pasado
1 de enero: «los medios de comunicación social, por las
potencialidades educativas de que disponen, tienen una responsabilidad especial en
la promoción del respeto por la familia, en ilustrar sus
esperanzas y derechos, en resaltar su belleza» (n.5).
2. Gracias a
una vertiginosa evolución tecnológica, estos medios han logrado potencialidades extraordinarias,
lo cual plantea al mismo tiempo nuevos e inéditos interrogantes.
Es innegable la aportación que pueden dar al flujo de
noticias, al conocimiento de los hechos y a la difusión
del saber. Han contribuido de manera decisiva, por ejemplo, a
la alfabetización y la socialización, como también al desarrollo de
la democracia y al diálogo entre los pueblos. Sin su
aportación sería realmente difícil favorecer y mejorar la comprensión entre
las naciones, dar alcance universal a los diálogos de paz,
garantizar al hombre el bien primario de la información, asegurando
a la vez la libre circulación del pensamiento, en orden
sobre todo a los ideales de solidaridad y justicia social.
Ciertamente, los medios en su conjunto no solamente son medios
para la difusión de las ideas, sino que pueden y
deben ser también instrumentos al servicio de un mundo más
justo y solidario. No obstante, existe el riesgo de que
en vez de ello se transformen en sistemas dedicados a
someter al hombre a lógicas dictadas por los intereses dominantes
del momento. Éste es el caso de una comunicación usada
para fines ideológicos o para la venta de bienes de
consumo mediante una publicidad obsesiva. Con el pretexto de representar
la realidad, se tiende de hecho a legitimar e imponer
modelos distorsionados de vida personal, familiar o social. Además, para
ampliar la audiencia, la llamada audience, a veces no se
duda en recurrir a la transgresión, la vulgaridad y la
violencia. Puede suceder también que a través de los medios
se propongan y sostengan modelos de desarrollo que, en vez
de disminuir el abismo tecnológico entre los países pobres y
los ricos, lo aumentan.
3. La humanidad se encuentra hoy ante
una encrucijada. También para los medios es válido lo que
escribí en la Encíclica Spe salvi sobre la ambigüedad del
progreso, que ofrece posibilidades inéditas para el bien, pero abre
al mismo tiempo enormes posibilidades de mal que antes no
existían (cf. n.22). Por lo tanto, es necesario preguntarse si
es sensato dejar que los medios de comunicación se subordinen
a un protagonismo indiscriminado o que acaben en manos de
quien se vale de ellos para manipular las conciencias. ¿No
se debería más bien hacer esfuerzos para que permanezcan al
servicio de la persona y del bien común, y favorezcan
«la formación ética del hombre, el crecimiento del hombre interior»?
(cf. ibíd.). Su extraordinaria incidencia en la vida de las
personas y de la sociedad es un dato ampliamente reconocido,
pero hay que tomar conciencia del viraje, diría incluso del
cambio de rol que los medios están afrontando. Hoy, de
manera cada vez más marcada, la comunicación parece tener en
ocasiones la pretensión no sólo de representar la realidad, sino
de determinarla gracias al poder y la fuerza de sugestión
que posee. Se constata, por ejemplo, que sobre algunos acontecimientos
los medios no se utilizan para una adecuada función de
informadores, sino para "crear" los eventos mismos. Este arriesgado cambio
en su papel es percibido con preocupación por muchos Pastores.
Justamente porque se trata de realidades que inciden profundamente en
todas las dimensiones de la vida humana (moral, intelectual, religiosa,
relacional, afectiva, cultural), poniendo en juego el bien de la
persona, es necesario reafirmar que no todo lo que es
técnicamente posible es también éticamente realizable. El impacto de los
medios de comunicación en la vida de las personas contemporáneas
plantea, por lo tanto, interrogantes ineludibles y espera decisiones y
respuestas inaplazables.
4. El papel que los medios de comunicación han
adquirido en la sociedad debe ser considerado como parte integrante
de la cuestión antropológica, que se plantea como un desafío
crucial del tercer milenio. De manera similar a lo que
sucede en el campo de la vida humana, del matrimonio
y la familia, y en el ámbito de los grandes
temas contemporáneos sobre la paz, la justicia y la tutela
de la creación, también en el sector de la comunicación
social están en juego dimensiones constitutivas del ser humano y
su verdad. Cuando la comunicación pierde las raíces éticas y
elude el control social, termina por olvidar la centralidad y
la dignidad inviolable del ser humano, y corre el riesgo
de incidir negativamente sobre su conciencia y sus opciones, condicionando
así la libertad y la vida misma de las personas.
Precisamente por eso es indispensable que los medios defiendan celosamente
a la persona y respeten plenamente su dignidad. Más de
uno piensa que es necesaria en este ámbito una "info-ética",
así como existe la bio-ética en el campo de la
medicina y de la investigación científica sobre la vida.
5. Se
ha de evitar que los medios se conviertan en megáfono
del materialismo económico y del relativismo ético, verdaderas plagas de
nuestro tiempo. Por el contrario, pueden y deben contribuir a
dar a conocer la verdad sobre el hombre defendiéndola ante
los que tienden a negarla o destruirla. Se puede decir
incluso que la búsqueda y la presentación de la verdad
sobre el hombre son la más alta vocación de la
comunicación social. Utilizar para este fin todos los lenguajes, cada
vez más bellos y refinados, de los que los medios
disponen, es una tarea entusiasmante confiada, en primer lugar, a
los responsables y operadores del sector. Es una tarea que,
sin embargo, nos corresponde en cierto modo a todos, porque
en esta época de globalización todos somos usuarios y a
la vez operadores de la comunicación social. Los nuevos medios,
en particular la telefonía e Internet, están modificando el rostro
mismo de la comunicación y tal vez ésta es una
maravillosa ocasión para rediseñarlo y hacer más visibles, como decía
mi venerado predecesor Juan Pablo II, las líneas esenciales e
irrenunciables de la verdad sobre la persona humana (cf. Carta
ap. El rápido desarrollo, 10).
6. El hombre tiene sed de
verdad, busca la verdad; así lo demuestran también la atención
y el éxito que tienen tantos productos editoriales y programas
de ficción de calidad en los que se reconocen y
son adecuadamente representadas la verdad, la belleza y la grandeza
de la persona, incluyendo su dimensión religiosa. Jesús dijo: «Conoceréis
la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8,32).
La verdad que nos hace libres es Cristo, porque sólo
Él puede responder plenamente a la sed de vida y
de amor que existe en el corazón humano. Quien lo
ha encontrado y se apasiona por su mensaje, experimenta el
deseo incontenible de compartir y comunicar esta verdad: «Lo que
existía desde el principio, lo que hemos oído, lo
que hemos visto con nuestros propios ojos –escribe San Juan–,
lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de
Vida [...], os lo anunciamos para que estéis unidos con
nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y
con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que nuestra
alegría sea completa» (1 Jn 1, 1-3).
Invoquemos al Espíritu Santo
para que no falten comunicadores valerosos y testigos auténticos de
la verdad que, fieles al mandato de Cristo y apasionados
por el mensaje de la fe, «se hagan intérpretes de
las actuales exigencias culturales, comprometiéndose a vivir esta época de
la comunicación no como tiempo de alienación y extravío, sino
como un tiempo oportuno para la búsqueda de la verdad
y el desarrollo de la comunión entre las personas y
los pueblos» (Juan Pablo II, Discurso al Congreso Parábolas
mediáticas, 9 noviembre 2002, 2). Con estos deseos os imparto con
afecto mi bendición. Vaticano, 24 de enero 2008, Fiesta de San
Francisco de Sales.
BENEDICTUS PP. XVI
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