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Catequistas y Evangelizadores | sección
Cursos para cada etapa de la catequesis | categoría
Catequesis de Iniciación cristiana | tema
Autor: Mons. Juan José Omella Omella | Fuente: revistaecclesia.com
Carta a los niños, adolescentes y jóvenes de Confirmación
Carta a los jóvenes que están en el proceso catequético de confirmación y que buscan en Jesucristo un camino de esperanza.
 
Carta a los niños, adolescentes y jóvenes de Confirmación
Carta a los niños, adolescentes y jóvenes de Confirmación
Querido amigo:

¡Que la Paz, la Alegría y el Amor de Jesucristo estén hoy y siempre contigo!



Te felicito por tu decisión de seguir a Jesús de Nazaret, Vivo y Resucitado, de llegar a vivir una verdadera amistad con Él y de recibir la plenitud de su Espíritu en el Sacramento de la Confirmación. Te animo a seguir en este camino y en esta decisión de recibir ese Sacramento que te dará la Fuerza de Dios, la potencia inmarchitable, inmortal, del Espíritu Santo. Seguramente te cuesta mantenerte en esta decisión, ya que la sociedad en la que vivimos no nos ayuda mucho a permanecer unidos a Dios. El ambiente que nos rodea trata de prescindir de Él o de combatirlo por todos los medios. Puede que, a veces, sientas deseos de abandonar el camino y de dejar la catequesis, dejar de rezar, de ir a Misa, de ser amigo de Jesús… Sé fuerte y valiente. No tengas miedo. Te repito las palabras del salmista: «El Señor es mi luz y mi salvación ¿a quién temeré?»

Jesucristo Resucitado, vencedor del pecado y del mal, vencedor de la muerte, se ha hecho presente en nuestras vidas, en nuestros corazones, y está siempre con nosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. No temas decir con san Pablo: «Sé de quién me he fiado». Sí, Cristo nos ha traído la salvación. Sin Él, nuestra vida queda indefensa ante el mal, a merced de poderes que nos esclavizan, sometida al certero horizonte de la muerte. Ni la ciencia, ni la técnica, ni el dinero, con sus inmensas capacidades para alcanzar grandes logros humanos, consiguen la cabal y plena realización del hombre. Sin Jesucristo, Dios hecho hombre, no hay verdadera plenitud. Esto no quiere decir que el mundo y la sociedad sean desdeñables para un cristiano, pues Dios ama al mundo y quiere que todos los hombres se salven. La Iglesia considera que todo lo bueno y verdadero que se da entre los hombres es como una preparación al Evangelio y que es dado por Aquel que ilumina a todo hombre para que al fin tenga la vida eterna.

¡Ánimo, pues, querido amigo, y sé valiente! No temas abrir de par en par las puertas de tu corazón a Cristo, el Señor. La fe en Jesucristo, nuestro Salvador, es un tesoro todavía más valioso que tu juventud. Su Evangelio es la mayor riqueza del mundo.

Sabes perfectamente que el hombre no puede vivir sin amor. Su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor. Sin la revelación del amor el hombre permanece para sí mismo un ser incomprensible. Por esto precisamente, Cristo Redentor revela plenamente el hombre al mismo hombre. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador si ha «merecido tener tan gran Redentor», si «Dios ha dado a su Hijo», a fin de que él, el hombre, «no muera sino que tenga vida eterna»! Dios no ha pasado de largo de ninguna persona, sino que nos ha creado a cada uno, nos ha redimido y nos ha destinado a la vida eterna, plena, sin límites. El Dios invisible se ha hecho visible, ha venido a mostrarnos su Rostro propicio en Jesús de Nazaret, su Hijo eterno, y se ha revelado a nosotros dándonos la fe por el Espíritu Santo, a través de su Iglesia. El Señor, pues, ha estado grande con nosotros ¡y estamos alegres! Dios te ama a ti personalmente y quiere vivir contigo una gran aventura de amor.

Seguramente dedicas cada semana, junto con tus compañeros de grupo, un tiempo de catequesis para conocer el Mensaje de Jesús, que brota permanentemente de los Evangelios, y la Iglesia ha conservado como un tesoro, como tradición viva, en el Catecismo de la Iglesia Católica. Eso está muy bien y te animo a que no faltes a esa reunión semanal. Seguramente que, en esa reunión del grupo, rezaréis también unidos, al menos un rato. Algunos grupos de Confirmación incluso se comprometen a hacer algún servicio en alguna Residencia de Ancianos, visitan a enfermos del Hospital, a jóvenes que están en Proyecto Hombre o se las ingenian para financiar algún proyecto de desarrollo para el Tercer Mundo. De esta manera se van preparando para recibir el Sacramento de la Confirmación. No olvides que eso es lo mínimo exigible para recibir el Sacramento.



Eso que es tan hermoso y valorado por mí, por los catequistas, por los sacerdotes de la Parroquia, no te dispensa, de entrada, a profundizar en tu amistad personal con Jesús, el Crucificado que ahora vive Resucitado, y es Vencedor del Tiempo y Señor de la Historia. Al final de los tiempos vendrá con poder a poner a cada uno y todas las cosas en su sitio. Él está presente e implicado en tu propia biografía, en lo secreto de tu corazón, a través de su Palabra, en la unidad del Espíritu. Cada uno, cada hombre, cada mujer, somos valiosos para Él. Por eso, debes completar esta gran amistad con algo más.



■ Te invito a que, cada día, dediques un ratito a estar a solas con Jesús, el Hijo de Dios, tu Amigo. ¿Cómo hacerlo? Busca un lugar tranquilo en el que puedas estar tú sólo y en silencio. Pon ante tu mirada el Crucifijo o una imagen, un icono, de Jesús. Mírale con amor. San Ignacio de Loyola invita a hacerlo de esta manera: «Imaginando a Cristo nuestro Señor delante y puesto en Cruz, hacer un coloquio, cómo de Criador ha venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados.

Otro tanto mirando a mí mismo lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo, así viéndole tal, y así colgado en la Cruz, discurrir por lo que se ofreciere». Sí, atrévete a mirarle con amor y a darle gracias porque ha muerto por ti, por todos los hombres, para permitir que tengamos Vida y Vida en abundancia. Es decir, para que seamos plenamente libres y plenamente felices.


■ No dejes de participar en la Eucaristía dominical. Cuando uno se acuesta tarde, cuesta un poco madrugar; pero, una vez que se hace y por una causa noble, se siente un gozo enorme. Más le costó al Señor sufrir la Pasión y no podemos olvidar que todo lo padeció por ti y por mi, por cada uno de nosotros, por salvarnos, porque nos ama con un amor personal y eterno.

Lo más triste que puede sucedernos en la vida es que, cuando vuelva gloriosamente el Señor, nos presentemos ante Él y nos diga: No os conozco...El mal último y radical de nuestra sociedad, raíz de todos las calamidades que padecemos, origen de todos los sufrimientos, es haber “expulsado” a Dios, creyendo que podemos vivir mejor lejos de su Rostro.

■ No te separes de Él. La celebración del Sacramento de la Confirmación empieza con la renovación de las promesas del Bautismo y éstas son como la conclusión de un contrato. Recuerdan la conclusión de la Alianza de Dios con Israel en el Sinaí. Allí Dios puso a Israel ante esta elección: “Te pongo delante vida y muerte… Elige, pues, la vida, para que vivas” (Dt 30,19). La confirmación es tu Sinaí. El Señor se halla ante ti y te dice: “¡Elige la vida!” Cada uno de nosotros desea vivir, desea sacar el máximo partido de la vida, desea obtener provecho de lo que la vida le ofrece. “¡Elige la vida!” Y sólo hemos elegido realmente la vida cuando estamos en alianza con aquello que es la vida misma.

Renunciar a Satanás significa renunciar al poder de la mentira, que nos embauca la vida y nos conduce al desierto. Quien, por ejemplo, se deja atrapar por la droga busca ensanchar su vida de una manera inaudita en lo fantástico e ilimitado; y al principio cree encontrarlo. Pero en realidad se engaña. Al final no puede soportar más ni la vida real ni la otra vida, irreal y ficticia; la mentira en la que ha sido apresado, acaba también por desmoronarse. “¡Elige la vida!” Las preguntas y las respuestas de las promesas de la Confirmación son una clara invitación a la vida; son como los letreros indicadores de las calles para avanzar por la vida e ir a donde queremos ir y no donde el azar u otros más fuertes quieran llevarnos. Este avanzar por la vida no siempre es cómodo.



Pero lo cómodo no es lo verdadero y sólo lo verdadero es vida. Esa renovación de las promesas del Bautismo son una especie de contrato, una alianza. Podríamos también decir que tienen semejanza con un enlace matrimonial. Ponemos nuestra mano en las manos de Jesucristo. Nos decidimos a recorrer nuestro camino con Él, porque sabemos que Él es la vida (Jn 14,6). Y desde ese contrato de amistad con Jesucristo nos comprometemos a anunciarle en medio del mundo.


Anunciar a Jesucristo, con nuestra conducta y nuestras palabras; tener la valentía y la humildad de pronunciar su Nombre, su Palabra, de anunciar su muerte inolvidable, de proclamar a los cuatro vientos su Resurrección, de seguir esperando su venida gloriosa, es la tarea más hermosa y urgente que debemos realizar, cada cual desde su propia situación y con los dones y recursos que ha recibido. Sí, querido amigo, La Confirmación perfecciona la gracia bautismal; es el sacramento que da el Espíritu Santo para enraizarnos más profundamente en la filiación divina, incorporarnos más firmemente a Cristo, hacer más sólido nuestro vínculo con la Iglesia, asociarnos todavía más a su misión y ayudarnos a dar testimonio de la fe cristiana por la palabra acompañada de las obras.

No olvides que en nuestra Diócesis hay algunos grupos juveniles en los que se vive con gozo la fe cristiana. Muchos de ellos están preparándose para participar en las Jornadas Mundiales de la Juventud, que tendrán lugar los días 16-21 de agosto de 2011 en Madrid. Será un extraordinario y hermoso momento de vivir juntos la gozosa experiencia de ser amigos del Señor, junto al Papa Benedicto XVI, «Dulce Cristo en la tierra», como llamaba al Papa santa Catalina de Siena. Tu participación en esas jornadas y tu vinculación a los grupos juveniles de nuestra Diócesis reforzarán tu pertenencia a la Iglesia y te ayudarán a madurar en la fe, en la alegre esperanza que el Señor ha encendido en nuestros corazones y en la belleza inmarchitable del compromiso cristiano. No olvides lo que decía con tanta fuerza el Papa Juan Pablo II: «la fe se fortifica dándola».



Nos veremos a lo largo del año en tu parroquia, en alguno de los encuentros juveniles a los que te convocaré y, ciertamente, el día de tu Confirmación. Ten la seguridad de que rezaré por ti cada día. No dejes de hacerlo tú también. Te entrego esta pequeña oración, como despedida, para que puedas hacerla cada día. Jesucristo decía que todo lo que pidamos en su nombre Él nos lo concederá. Rézala con esa confianza, en la seguridad de ser escuchado.



Con mi especial afecto a vosotros, los más jóvenes cristianos; y con mi bendición para ti y los tuyos.

+ Juan José Omella Omella

Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño
 
 

 
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