Autor: Jorge Enrique Mújica, LC | Fuente: GAMA-Virtudes y valores Reflexión sobre la obediencia
La obediencia supone confianza en el que obedece y responsabilidad en el que manda; observancia y docilidad en el que acata y justicia y humildad en el que ordena. Obediencia y autoridad son virtudes en relación permanente.
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“He aquí que vengo para hacer, oh Dios,
tu voluntad” (Hb 10, 9). Nada más repugna al hombre
de nuestro tiempo que cumplir una voluntad que no sea
la propia. En el fondo subyace esa actitud tan actual
de rechazo a todo aquello que frene “la libertad”. En
definitiva: que obedecer no está de moda.
Y sin embargo todos
los días nuestra vida pasa girando en torno a la
obediencia. Es más, desde que nacemos hasta que nos despedimos
de este mundo vivimos en actitud constante de obediencia: obediencia
a leyes del mundo que ordenan nuestra relación para con
la naturaleza; obediencia a unas leyes del Estado que regulan
las relaciones entre los hombres; obediencia a una ley interior
que regula nuestra relación con Dios.
Ciertamente, para que se dé
la obediencia como virtud hace falta mucho más que la
simple vivencia inconsciente. Obedecer la ley de la gravedad no
tiene mérito. Se vive y ya. Por mucho que alguno
deseara omitirla, por más que mueva los brazos, no volará.
Sí hay valor en el vivir la obediencia en relación
a los demás hombres y en relación con Dios. Es
aquí donde nos encontramos con maneras de obedecer que le
darán el toque de virtud.
Se puede obedecer por miedo a
un castigo, por el prurito de un premio o por
amor. Durante el régimen de Hitler muchos se enrolaban en
el ejército por temor a ser asesinados en caso de
rehusarse: obedecían por temor. En la Edad Media muchos príncipes
y caballeros se alistaban en los ejércitos convocados por los
reyes y Emperadores pensando en el botín que alcanzarían en
caso de ganar la batalla: obedecían por el prurito de
un premio. En la guerra cristera mexicana los “soldados” se
incorporaban a los regimientos por amor a su fe (que
era amor a Dios).
¡He aquí la diferencia! ¡He aquí el
detalle donde radica la virtud al obedecer! Y es que
la obediencia supone confianza en el que obedece y responsabilidad
en el que manda; observancia y docilidad en el que
acata y justicia y humildad en el que ordena. Obediencia
y autoridad son virtudes en relación permanente. En buena medida,
si en el plano de las relaciones entre los hombres
se ha dado una crisis en la obediencia es porque
antes hubo una crisis en la autoridad. Todos obedecen con
ecuanimidad donde hay personas dignas. Mas como todos ejercitamos el
mando-autoridad en algún momento de nuestra existencia, en magnitudes y
sobre números de personas distintos, no estamos como para echarle
la culpa de esta crisis a los otros y sí
para comprometernos en un buen desempeño de ella y en
una mejora de su imagen.
En el plano de nuestras relaciones
con Dios no tenemos nada que argüir. Ante Él no
queda más que repetir aquello que decía Virgilio en la
Eneida (5, 467): “Cede Deo” (“cede ante Dios”). ¿Y cómo
saber ante qué debo ceder? ¿Qué modelos de obediencia puedo
tomar de ejemplo? ¿Qué actitudes tomar cuando obedecer me cueste?
Sabemos qué debemos obedecer. Ya lo decía Jesús: “Ya sabes
los mandamientos: no cometerás adulterio, no mates, no robes, no
levantes falso testimonio, honra a tu padre y a tu
madre” (Lc 18, 20); y además nuestro interior nos lo
dicta: hacer el bien y evitar el mal. Obedecer sólo
tiene sentido y plenitud cuando de las intenciones se baja
a los hechos. ¿Modelos? Abraham, Moisés, María… ¿Actitudes? Las del
amor y la confianza. Dios jamás pedirá algo que esté
fuera de nuestro alcance, algo que no podamos darle. Podrá
parecernos humanamente imposible pero no será así en el fondo.
Uno que ama sólo pedirá al amado más amor.
Obediencia también
dice relación con la fe. ¿Cómo entender sino los modelos
antes mencionados? A Abraham Dios le prometió una descendencia más
grande que las arenas del mar y las estrellas del
cielo. Y cuando tuvo a su hijo Isaac ¡Dios le
pide sacrificárselo! ¿Cómo no imaginar la lucha interior, el humano
pensamiento donde la razón no da para comprender aquellas palabras
divinas, “multiplicaré tu descendencia”, y la petición de sacrificio del
vástago prometido? Vamos, que si Abraham fuese un chavalito tendría
tiempo de sobra para tener más hijos que ofrecerle a
Dios y multiplicarse según aquellas promesa; pero era hombre anciano
como su esposa Sara. Y qué decir de María: dijo
que se hiciera en ella la voluntad de Dios, ¡obedeció
libremente! Su sí no era uno cualquiera; no lo estaba
dando a una orden de hamburguesas en el restaurante como
quien no se entera de lo que está aceptando. Con
su respuesta se jugaban muchas otras cosas…; tenía 15 años,
era hija única, estaba comprometida… y de repente, ¡embarazada! “¿De
quién es María?”, debieron preguntarle sus padres y el mismo
José. Y qué iba a responder ella sino la verdad.
Verdad verdadera –valga la redundancia- pero costosísima de creer. Y
todo por obedecer porque amaba y confiaba en Dios.
Sabemos en
qué terminaron aquellas historias: en la paz, en la serenidad
de quien sabe ha obedecido. En Cristo hallamos el modelo
más perfecto de obediencia -¡y qué obediencia!-. Y mirad qué
beneficios nos dio su obedecer la voluntad de Dios al
morir de la forma como lo hizo: la paz de
sabernos redimidos. Como decía el lema del Papa Juan XXIII:
“obediencia y paz”. La consecuencia de la obediencia es
la paz. Tan sencillo y tan profundo como eso. Y
no se puede olvidar.
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