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| TEMA 19. La Eucaristía (1) |
1. Naturaleza sacramental de la Santísima Eucaristía
1.1. ¿Qué es la
Eucaristía?
La Eucaristía es el sacramento que hace presente, en la
celebración litúrgica de la Iglesia, la Persona de Jesucristo (todo
Cristo: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad) y su sacrificio redentor,
en la plenitud del Misterio Pascual de su pasión, muerte
y resurrección. Esta presencia no es estática o pasiva (como
la de un objeto en un lugar) sino activa, porque
el Señor se hace presente con el dinamismo de su
amor salvador: en la Eucaristía Él nos invita a acoger
la salvación que nos ofrece y a recibir el don
de su Cuerpo y de su Sangre como alimento de
vida eterna, permitiéndonos entrar en comunión con Él —con su
Persona y su sacrificio— y en comunión con todos los
miembros de su Cuerpo Místico que es la Iglesia.
En efecto,
como afirma el Concilio Vaticano II, «Nuestro Salvador, en la
Última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el
sacrificio eucarístico de su Cuerpo y su Sangre, para perpetuar
por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la
cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia,
el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad,
signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual “en el
que se recibe a Cristo, el alma se llena de
gracia y se nos da una prenda de la gloria
futura”»[1].
1.2. Los nombres con los que se designa este sacramento
La
Eucaristía es denominada, tanto por la Sagrada Escritura como por
la Tradición de la Iglesia, con diversos nombres, que reflejan
los múltiples aspectos de este sacramento y expresan su inconmensurable
riqueza, pero ninguno agota su sentido. Veamos los más significativos:
a)
unos nombres recuerdan el origen del rito: Eucaristía[2], Fracción del
Pan, Memorial de la pasión, muerte y resurrección del Señor,
Cena del Señor;
b) otros subrayan el carácter sacrificial de la
Eucaristía: Santo Sacrificio, Santo Sacrificio de la Misa, Sacramento del
Altar, Hostia (= Víctima inmolada);
c) otros intentan expresar la
realidad de la presencia de Cristo bajo las especies consagradas:
Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, Pan
del Cielo (cfr. Jn 6,32-35; Jn 6,51-58), Santísimo Sacramento (porque
contiene al Santo de los Santos, la misma santidad de
Dios encarnado);
d) otros hacen referencia a los efectos causados por
la Eucaristía en cada fiel y en toda la Iglesia:
Pan de Vida, Pan de los hijos, Cáliz de salvación,
Viático (para que no desfallezcamos en el camino a Casa),
Comunión. Este último nombre indica que mediante la Eucaristía nos
unimos a Cristo (comunión personal con Jesucristo) y a todos
los miembros de su Cuerpo Místico (comunión eclesial, en Jesucristo);
e)
otros designan toda la celebración eucarística con el término que
indica, en el rito latino, la despedida de los fieles
después de la comunión: Misa, Santa Misa;
Entre todos estos nombres
el término Eucaristía es el que ha ido prevaleciendo cada
vez más en la Iglesia de Occidente, hasta ser la
expresión común con la que se designa tanto la acción
litúrgica de la Iglesia, que celebra el memorial del Señor,
como el sacramento del Cuerpo y de la Sangre de
Cristo.
En Oriente la celebración eucarística, sobre todo a partir del
siglo X, es designada habitualmente con la expresión Santa y
Divina Liturgia.
1.3. La Eucaristía en el orden sacramental de la
Iglesia
«El amor de la Trinidad a los hombres hace que,
de la presencia de Cristo en la Eucaristía, nazcan para
la Iglesia y para la humanidad todas las gracias»[3]. La
Eucaristía es el sacramento más excelso, porque en él «se
contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir,
Cristo mismo, nuestra Pascua y pan vivo, que por su
carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da la
vida a los hombres»[4]. Los otros sacramentos, si bien poseen
una virtud santificadora que proviene de Cristo, no son como
la Eucaristía, que hace presente verdaderamente, realmente y sustancialmente la
misma Persona de Cristo —el Hijo encarnado y glorificado del
Padre Eterno—, con la potencia salvífica de su amor redentor,
para que los hombres puedan entrar en comunión con Él
y vivan por Él y en Él (cfr. Jn 6,56-57).
Además,
la Eucaristía constituye la cumbre hacia la que convergen todos
los demás sacramentos en orden al crecimiento espiritual de cada
uno de los creyentes y de toda la Iglesia. En
este sentido el Concilio Vaticano II afirma que la Eucaristía
es fuente y cima de la vida cristiana, el centro
de toda la vida de la Iglesia[5]. Todos los demás
sacramentos y todas las obras de la Iglesia se ordenan
a la Eucaristía porque su fin es llevar a los
fieles a la unión con Cristo, presente en este sacramento
(cfr. Catecismo, 1324).
No obstante contenga a Cristo, fuente a través
de la cual la vida divina llega a la humanidad,
y aun siendo el fin hacia el que todos los
demás sacramentos se ordenan, la Eucaristía no substituye a ninguno
de ellos (ni al bautismo, ni a la confirmación, ni
a la penitencia, ni a la unción de los enfermos),
y puede ser consagrada sólo por un ministro válidamente ordenado.
Cada sacramento tiene su papel en el conjunto sacramental y
en la vida misma de la Iglesia. En este sentido
la Eucaristía se considera el tercer sacramento de la iniciación
cristiana. Desde los primeros siglos del cristianismo el bautismo y
la confirmación han sido considerados como preparación a la participación
en la Eucaristía, como disposiciones para entrar en comunión sacramental
con el Cuerpo de Cristo y con su sacrificio, y
para insertarse más vitalmente en el misterio de Cristo y
de su Iglesia.
2. La promesa de la Eucaristía y su
institución por Jesucristo
2.1. La promesa El Señor anunció la Eucaristía durante
su vida pública, en la Sinagoga de Cafarnaún, ante quienes
le habían seguido después de ser testigos del milagro de
la multiplicación de los panes, con el que sació a
la multitud (cfr. Jn 6,1-13). Jesús aprovechó aquél signo para
revelar su identidad y su misión, y para prometer la
Eucaristía: «En verdad, en verdad os digo que Moisés no
os dio el pan del cielo, sino que mi Padre
os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan
de Dios es el que ha bajado del cielo y
da la vida al mundo. —Señor, danos siempre de este
pan—, le dijeron ellos. Jesús les respondió: —Yo soy el
pan de vida… Yo soy el pan vivo que ha
bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente;
y el pan que yo daré es mi carne para
la vida del mundo… El que come mi carne y
bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré
en el último día. Porque mi carne es verdadera comida
y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi
carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo
en él. Igual que el Padre que me envió vive
y yo vivo por el Padre, así, aquel que me
come vivirá por mí» (cfr. Jn 6,32-35.51.54-57).
2.2. La institución y
su contexto pascual Jesucristo instituyó este sacramento en la Última Cena.
Los tres evangelios sinópticos (cfr. Mt 26,17-30; Mc 14,12-26; Lc
22,7-20) y san Pablo (cfr. 1 Co 11,23-26) nos han
transmitido el relato de la institución. He aquí la síntesis
de la narración que ofrece el Catecismo de la Iglesia
Católica: «Llegó el día de los Azimos, en el que
se había de inmolar el cordero de Pascua; (Jesús) envió
a Pedro y a Juan, diciendo: “Id y preparadnos la
Pascua para que la comamos”... fueron... y prepararon la Pascua.
Llegada la hora, se puso a la mesa con los
Apóstoles; y les dijo: “Con ansia he deseado comer esta
Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que
ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento
en el Reino de Dios”... Y tomó pan, dio gracias,
lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi
Cuerpo que va a ser entregado por vosotros. Haced esto
en recuerdo mío [en conmemoración mía; como memorial mío]”. De
igual modo, después de cenar, el cáliz, diciendo: “Este cáliz
es la Nueva Alianza en mi Sangre, que va a
ser derramada por vosotros”» (Catecismo, 1339).
Jesús celebró pues la Última
Cena en el contexto de la Pascua judía, pero la
Cena del Señor posee una novedad absoluta: en el centro
no se encuentra el cordero de la Antigua Pascua, sino
Cristo mismo, su Cuerpo entregado (ofrecido en sacrificio al Padre,
en favor de los hombres)… y su Sangre derramada por
muchos para remisión de los pecados (cfr. Catecismo, 1339). Podemos
pues decir que Jesús, más que celebrar la Antigua Pascua,
anunció y realizó —anticipándola sacramentalmente— la Nueva Pascua.
2.3. Significado y
contenido del mandato del Señor El precepto explícito de Jesús: «Haced
esto en conmemoración mía [como memorial mío]» (Lc 22,19; 1
Co 11,24-25), evidencia el carácter propiamente institucional de la Última
Cena. Con dicho mandato nos pide que correspondamos a su
don y que lo representemos sacramentalmente (que lo volvamos a
realizar, que reiteremos su presencia: la presencia de su Cuerpo
entregado y de su Sangre derramada, es decir, de su
sacrificio en remisión de nuestros pecados).
— «Haced esto». De este
modo designó quienes pueden celebrar la Eucaristía (los Apóstoles y
sus sucesores en el sacerdocio), les confió la potestad de
celebrarla y determinó los elementos fundamentales del rito: los mismos
que Él empleó (por tanto en la celebración de la
Eucaristía es necesaria la presencia del pan y del vino,
la plegaría de acción de gracias y de bendición, la
consagración de los dones en el Cuerpo y la Sangre
del Señor, la distribución y la comunión con este Santísimo
Sacramento.
— «En conmemoración mía [como memorial mío]». De este modo
Cristo ordenó a los Apóstoles (y en ellos a sus
sucesores en el sacerdocio), que celebraran un nuevo “memorial”, que
sustituía al de la Antigua Pascua. Este rito memorial tiene
una particular eficacia: no sólo ayuda a “recordar” a la
comunidad creyente el amor redentor de Cristo, sus palabras y
gestos durante la Última Cena, sino que, además, como sacramento
de la Nueva Ley, hace objetivamente presente la realidad significada:
a Cristo, “nuestra Pascua” (1 Co 5,7), y a su
sacrificio redentor.
3. La celebración litúrgica de la Eucaristía La Iglesia, obediente
al mandato del Señor, celebró enseguida la Eucaristía en Jerusalén
(cfr. Hch 2,42-48), en Tróade (cfr. Hch 20,7-11) en Corinto
(cfr. 1 Co 10,14,21; 1 Co 11, 20-34), y en
todos los lugares a donde llegaba el cristianismo. «Era sobre
todo “el primer día de la semana”, es decir, el
domingo, el día de la resurrección de Jesús, cuando los
cristianos se reunían para “partir el pan” (Hch 20,7). Desde
entonces hasta nuestros días la celebración de la Eucaristía se
ha perpetuado, de suerte que hoy la encontramos por todas
partes en la Iglesia, con la misma estructura fundamental» (Catecismo,
1343).
3.1. La estructura fundamental de la celebración Fiel al mandato de
Jesús, la Iglesia, guiada por el “Espíritu de verdad” (Jn
16,13), que es el Espíritu Santo, cuando celebra la Eucaristía
no hace otra cosa que conformarse al rito eucarístico realizado
por el Señor en la Última Cena. Los elementos esenciales
de las sucesivas celebraciones eucarísticas no pueden ser otros que
aquellos de la Eucaristía originaria, es decir: a) La asamblea
de los discípulos de Cristo, por Él convocada y reunida
en torno a Él; y b) La actuación del nuevo
rito memorial.
La asamblea eucarística
Desde los comienzos de la vida de
la Iglesia, la asamblea cristiana que celebra la Eucaristía se
manifiesta jerárquicamente estructurada: habitualmente está constituida por el obispo o
por un presbítero (que preside sacerdotalmente la celebración eucarística y
actúa in persona Christi Capitis Ecclesiae), por el diácono, por
otros ministros y por los fieles, unidos por el vínculo
de la fe y del bautismo. Todos los miembros de
esta asamblea están llamados a participar conscientemente, devotamente y activamente
en la liturgia eucarística, cada uno según su modo propio:
el sacerdote celebrante, el diácono, los lectores, los que presentan
las ofrendas, el ministro de la comunión y el pueblo
entero, cuyo “Amén” manifiesta su real participación (cfr. Catecismo, 1348).
Por tanto, cada uno deberá cumplir el propio ministerio, sin
que haya confusión entre el sacerdocio ministerial, el sacerdocio común
de los fieles y el ministerio del diácono y de
otros posibles ministros.
El papel del sacerdocio ministerial en la celebración
de la Eucaristía es esencial. Sólo el sacerdote válidamente ordenado
puede consagrar la Santísima Eucaristía, pronunciando in persona Christi (es
decir, en la identificación específica sacramental con el Sumo y
Eterno Sacerdote, Jesucristo), las palabras de la consagración (cfr. Catecismo,
1369). Por otra parte, ninguna comunidad cristiana está capacitada para
darse por sí sola el ministerio ordenado. «Éste es un
don que se recibe a través de la sucesión episcopal
que se remonta a los Apóstoles. Es el obispo quien
establece un nuevo presbítero mediante el sacramento del Orden, otorgándole
el poder de consagrar la Eucaristía»[6].
El desarrollo de la celebración
La
actuación del rito memorial se desarrolla, desde los orígenes de
la Iglesia, en dos grandes momentos, que forman un solo
acto de culto: la “Liturgia de la Palabra” (que comprende
la proclamación y la escucha-acogida de la Palabra de Dios),
y la “Liturgia Eucarística” (que comprende la presentación del pan
y del vino, la anáfora o plegaria eucarística —con las
palabras de la consagración— y la comunión. Estas dos partes
principales están delimitadas por los ritos de introducción y de
conclusión (cfr. Catecismo, 1349-1355). Nadie puede quitar o añadir a
su antojo nada de lo que ha sido establecido por
la Iglesia en la Liturgia de la Santa Misa[7].
La constitución
del signo sacramental
Los elementos esenciales y necesarios para constituir el
signo sacramental de la Eucaristía son: por una parte, el
pan de harina de trigo[8] y el vino de uvas[9];
y, por otra, las palabras consagratorias, que el sacerdote celebrante
pronuncia in persona Christi, en el contexto de la «Plegaria
Eucarística». Gracias a la virtud de las palabras del Señor
y a la potencia del Espíritu Santo, el pan y
el vino se convierten en signos eficaces, con plenitud ontológica
y no solo de significado, de la presencia del “Cuerpo
entregado” y de la “Sangre derramada” de Cristo, es decir,
de su Persona y de su sacrificio redentor (cfr. Catecismo,
1333 y 1375).
Bibliografía básica
Catecismo de la Iglesia Católica, 1322-1355.
Juan Pablo
II, Enc. Ecclesia de Eucharistia, 17-IV-2003, 11-20; 47-52.
Benedicto XVI, Ex.
Ap. Sacramentum caritatis, 22-II-2007, 6-13; 16-29; 34-65.
Congregación para el Culto
Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Redemptionis Sacramentum,
25-III-2004, 48-79.
Lecturas recomendadas
San Josemaría, Homilía La Eucaristía, misterio de fe
y de amor, en Es Cristo que pasa, 83-94.
J. Ratzinger,
La Eucaristía centro de la vida. Dios está cerca de
nosotros, Edicep, Valencia 2003, pp. 29-44; 61-80; 135-144.
J. Echevarría, Eucaristía
y vida cristiana, Rialp, Madrid 2005, pp. 17-48.
J.R. Villar –
F.M. Arocena – L. Touze, Eucaristía, en C. Izquierdo (dir.),
Diccionario de Teología, Eunsa, Pamplona 2006, pp. 355-356; 362-366.
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[1]
Concilio Vaticano II,
Const. Sacrosanctum Concilium, 47.
[2]
El término eucaristía significa acción de gracias, y remite
a las palabras de Jesús en la Última Cena: «Y
tomando pan, dio gracias [es decir, pronunció una plegaria eucarística
y de alabanza a Dios Padre], lo partió y se
lo dio diciendo… » (Lc 22,19; cfr. 1 Co 11,24).
[3]
San Josemaría, Es
Cristo que pasa, 86.
[4]
Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum Ordinis, 5.
[5]
Cfr. Concilio Vaticano II, Const.
Lumen gentium, 11.
[6]
Juan Pablo II, Enc. Ecclesia de Eucharistia, 29.
[7]
Cfr. Concilio Vaticano II, Const.
Sacrosanctum Concilium, 22; Congregación para el Culto Divino y la
Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Redemptionis Sacramentum, 14-18.
[8]
Cfr. Misal Romano, Institutio generalis,
n. 320. En el rito latino el pan debe ser
ácimo, es decir, no fermentado; cfr. Ibidem.
[9]
Cfr. Misal Romano, Institutio generalis, n.
319. En la Iglesia latina al vino se añade un
poco de agua; cfr. Ibidem. Las palabras que dice el
sacerdote al añadir agua al vino, manifiestan el sentido de
este rito: «Que por el misterio de este agua y
de este vino, participemos de la divinidad del que se
dignó hacerse partícipe de nuestra humanidad» (Misal Romano, Ofertorio). Para
los Padres de la Iglesia este rito significa también la
unión de la Iglesia con Cristo en el sacrificio eucarístico;
cfr. San Cipriano, Ep. 63,13: CSEL 3,711. |
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