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Más allá del sufrimiento

Autor: P. Ángel Peña O. A. R.
Este libro quiere ser una respuesta de fe para todos aquellos que sienten en su vida la espina del sufrimiento. Para muchos hombres, el sufrimiento es algo absurdo y sin sentido que debe desaparecer de la faz de la tierra. Pero lo cierto es que, mientras exista el hombre, existirá el sufrimiento. Podrán superarse algunas enfermedades, pero vendrán otras. Además, siempre habrá accidentes y hombres malos, que harán daño a los demás. El sufrimiento es parte integrante de la vida humana. Debemos saber convivir con él y no verlo como un enemigo, sino como un mensajero que llega de parte de Dios para decirnos algo importante.
Indice:
• Introducción general
Introducción
1.- PRIMERA PARTE: El sentido del sufrimiento
2.- SEGUNDA PARTE: Amor Sanador
3.- TERCERA PARTE: Reflexiones y oraciones
4.- CONCLUSIÓN
5.- BIBLIOGRAFÍA

Más allá del sufrimiento
Autor: P. Ángel Peña O. A. R.

Capítulo 9: Oraciones. Oración de san Agustín

ORACIONES


Señor, estoy enfermo; me siento solo y triste. Quisiera hacer grandes obras por tu amor, recorrer el mundo y viajar por todos los senderos de la tierra y predicar tu Palabra, pero estoy enfermo. ¿Es esto lo que Tú quieres para mí? Mi vida transcurre monótona y fría sin una perspectiva feliz. Parece que ya no hay curación para mí y me siento acabado. No sirvo para nada y todos me compadecen. Pero no pueden entender cómo me siento. Me siento incomprendido…

Señor, ¿no te importa que esté enfermo? ¿Quieres que me muera? Quisiera seguir viviendo para seguir trabajando y haciendo algo también por tu amor. Pero parece que ya no hay remedio. A veces, me parece que quiero rebelarme contra tus designios sobre mí. ¡Qué rápido se ha pasado mi vida! Tengo sólo cincuenta años y me parece que hubiera vivido cien años. Y ahora me estás esperando para pedirme cuentas.

Señor, mi vida me parece vacía y ya no hay tiempo para enmendarla. Señor, acógeme en tus brazos, dime que me quieres, dime que me perdonas más allá de la muerte. Ahora pienso en mi pasado. ¿Para qué malgasté mis energías juveniles en extrañas y vanas aventuras? ¿De qué me han servido?

Oh Señor, haz que mis últimos días los viva en paz contigo. Te ofrezco mi vida y te ofrezco mi amor con todo mi dolor y mi inutilidad. También te ofrezco mi deseo de curación. Ten compasión de mí y dame tu perdón y paz. Amén.
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Señor, soy tu hijo y estoy enfermo. Tengo miedo a morir. No sé qué será de mí. Mi vida esta vacía, sólamente he pensado durante años en trabajar y trabajar y trabajar… Y me olvidé de ti. Pensaba que lo único que valía la pena era tener dinero para poder divertirme. Y ahora ¿de qué me sirve todo mi dinero? ¿Dónde están todos mis amigos? Señor, dame paciencia, porque a veces me desespero de estar así. Mis familiares también se sienten tristes con mi situación y no hay ninguna solución humana. Estoy desahuciado y me rebelo, porque quiero seguir viviendo. ¿Por qué a mí? ¿Por qué?

Señor, no quiero echarte las culpas de todas mis desgracias, pero quisiera que me des más paciencia y comprensión para todos. Dame tu amor para amar a los que me aman y agradecerles todo lo que hacen por mí. Señor, gracias por la vida que me has dado. Prepárame para el último viaje. Te ofrezco mis limitaciones y mis debilidades, con mi enfermedad y mi dolor. Te entrego mi corazón, con todo lo que soy y tengo, para amarte siempre. Gracias, Señor, por tener compasión de mí. Espero verte pronto y ser feliz contigo por toda la eternidad.
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Señor, estoy destrozado interiormente. Ha muerto mi hijo, a quien tanto quería. Ha sido un accidente absurdo. Algo que nunca debió ocurrir. ¿Por qué, Señor, permitiste que ese joven irresponsable condujera a alta velocidad y atropellara a mi hijo, que iba tranquilamente por la carretera? ¿Por qué? Señor, son muchas las preguntas que quisiera hacerte en este momento, pero sé que ninguna respuesta me podrá devolver otra vez a mi hijo. Y me siento mal. Y estoy desesperado hasta el punto que me parece que sería mejor terminar con todo de una vez y suicidarme para irme con él, pero sé que eso no arreglaría nada. Por eso, quiero seguir viviendo.

Señor, perdóname todos mis pensamientos de odio y de venganza contra ese joven y su familia. Mi dolor es demasiado grande para poder vivir en paz. Perdóname y déjame que llore ante ti al caer de la tarde. Señor, dame paz, necesito paz. Así no puedo seguir viviendo; es demasiado grande mi dolor. Mi vida ya nunca será la misma. Mi hijo tenía sólo ocho años. Era mi esperanza, soñaba con un futuro prometedor para él. ¡Era tan bueno y obediente! Era tan inteligente… Oh Señor, gracias por estos años que me lo has prestado. Gracias, por mi hijo. Haz que esté feliz contigo en tu reino. Dame tu paz.

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Señor, acabo de venir del médico y me ha dicho que tengo un cáncer avanzado. Me lo ha dicho sin compasión. Yo pensaba que eso nunca me podría ocurrir a mí. Yo creía que eso sólo le pasaba a los otros. Por eso, hoy me siento derrumbado. Me parece que no es cierto, que todo es mentira, que estoy soñando. Mi familia tampoco se lo puede creer. Yo, el hombre fuerte, que nunca tenía una gripe, ahora estoy destrozado por dentro y con los días contados. ¿Por qué, Señor?

Señor, ¿es posible que tú quieras esto para mí? ¿Es posible que tú lo hayas dispuesto todo esto para mi bien? No te entiendo, pero quiero aceptar tu voluntad. Te ofrezco mi cuerpo y mi alma, te ofrezco mi vida con mi pasado y presente y los días que me queden. Te ofrezco mi familia y te pido que la cuides, cuando yo me vaya. Señor, prepárame para estar listo en el momento que tú me llames. Señor, no lo puedo comprender, pero acepto tu voluntad. Cuento contigo. Confío en Ti. Dame tu paz y bendice mi vida entera. Gracias por todas las alegrías que me has dado. Gracias por mi familia y mi fe en ti. Gracias por todo el bien que he podido hacer por los demás. Gracias, porque creo que mi vida no ha sido en vano y ahora, al atardecer de mi existencia, puedo decirte: Señor, yo te amo y yo confío en Ti.

Señor, ayúdame a ser consciente
de mis propias limitaciones.
Que sea tan valiente que no me hunda
ante las inevitables dificultades de la vida.
Que sea tan humilde que llegue a descubrir
que sin Ti no soy nada ni valgo nada.

Haz, Señor, que, cuando el dolor
llame a mi puerta,
no lo mire nunca como un castigo
que Tú me envías,
sino como una oportunidad que me brindas
de poderte demostrar que te amo de verdad
y que soy consciente de que Tú me amas
a pesar de todo.
Que el dolor, Señor,
me haga cada vez más maduro,
que me haga más comprensivo con los demás,
que me haga más amable y más humano.
Que, cuando venga el dolor,
lejos de rebelarme contra Ti,
sepa ofrecértelo y repartir amor y paz
a todos los que me rodean.
Te había pedido, Señor, fuerza para triunfar.
Tú me has dado flaqueza
para que aprenda a obedecer con humildad.
Te había pedido salud
para realizar grandes empresas.
Me has dado enfermedad
para hacer cosas mejores.
Deseé la riqueza para llegar a ser dichoso.
Me has dado pobreza para alcanzar sabiduría.
Quise tener poder
para ser apreciado de los hombres.
Me concediste debilidad
para que llegara a tener deseos de Ti.
Pedí una compañera para no vivir solo.
Me diste un corazón
para que pudiera amar a todos los hombres.
Anhelaba cosas que pudieran alegrar mi vida
y me diste vida
para que pudiera gozar de todas las cosas.
No tengo nada de lo que te he pedido,
pero he recibido todo lo que había esperado.
Porque, sin darme cuenta,
mis plegarias han sido escuchadas
y yo soy, entre todos los hombres, el más rico.

(Grabado en placa de bronce en el Instituto
de readaptación de Nueva York).

--------



¿Dónde estás, Señor?
Yo tengo ojos, pero no te veo.
Yo oigo, pero no te escucho.
Yo te busco, pero no te encuentro.
¿Dónde estás, Señor?
- Yo estoy, donde tú no quieres estar,
donde tú no quieres ver,
donde tú no quieres escuchar,
donde tú no quieres perdonar.
Tú no me encuentras,
porque te buscas sólo a ti,
tu estima, tus seguridades,
tus satisfacciones, tus recompensas.
Tú me encontrarás, cuando decidas
en no pensar en ti, sino en Mí.
Porque yo estoy en el lugar,
donde te he salvado:
EN LA CRUZ.
Allí me encontrarás, allí encontrarás
mi amor y mi misericordia. No temas.
Yo te espero y tú conmigo serás feliz.

------

Señor, me siento inútil y estorbo en todas partes. Soy un trasto viejo, que no saben qué hacer con él. Para mis familiares, soy un problema; para las enfermeras, un paciente más; para los médicos, un número del hospital.
Oigo por mi ventana el bullicio de niños y jóvenes y tengo envidia. Quisiera trabajar, hacer algo, en una palabra, vivir de verdad, porque creo que, si esto es vivir, prefiero morir.

Muchos me consideran un parásito, un inútil, porque no valgo para nada y no puedo hacer nada. Soy como un abandonado de la sociedad. Señor, ¿qué significado tiene mi vida?

- Hijo mío, tú no estás solo ni eres un inútil. Tú eres alguien muy importante para mí y puedes colaborar en la gran empresa de la salvación del mundo ¿Estás dispuesto ayudarme a salvar a tus hermanos? ¿Quieres unir tus sufrimientos a los de Jesús para que tengan un valor sobrenatural? ¿Sí? Pues, desde este momento, ya eres un gran bienhechor de la humanidad y tu vida vale para mí más que la de los más grandes genios o la de lo más grandes héroes de la humanidad.

------

Señor, ahora que estoy enfermo,
deja que mi corazón te busque
y se desahogue contigo.

Desciende con tu amor hasta
mis miedos, mis oscuridades y mis dudas.
Llena con tu presencia
mis silencios vacíos,
alienta mi esperanza decaída,
ayúdame a abandonarme en Ti,
y a ser agradecido en todo momento.

Señor, ahora que vivo en la adversidad,
haz que mis ojos no dejen de mirarte,
pues en la cruz encontraré fuerzas
para seguir amando más allá del sufrimiento.

Señor, que tu amor me inunde
y tu luz me ilumine
para seguir esperando contra toda esperanza
en este largo camino de mi enfermedad. Amén.



ORACIÓN DE SAN AGUSTÍN
POR LA MUERTE DE SU MADRE


Deja, Señor, que mi llanto fluya
manso y calmante.
¡Sé qué tú sabrás interpretar mis lágrimas!
Déjame llorar, Señor, a lágrima viva,
siquiera una hora,
a mi madre recién muerta ante mis ojos,
a mi madre que, por tantos y tantos años,
me ha llorado a mí, muerto entre los vivos…

He cerrado los ojos de mi madre,
mientras contenía las lágrimas
en penosísima congoja interior.
Yo disimulaba también el lamento dolorido
de mi corazón,
pues sabía que mi madre no moría del todo.
Estaba seguro de su vida en la eternidad
por el testimonio diario de su fe no fingida
y por la fuerza de tu gracia, Señor.
Pero, a pesar de las consolaciones de la fe,
me quemaba vivamente la herida reciente
de esta separación,
acostumbrado como estaba a la grata presencia de mi madre
y hecha mi alma a la delicia cotidiana
de estar juntos.

Privado de aquel consuelo,
me sentí desgarrado,
como si desapareciera la seguridad
de mis pasos.
Sentí una hendidura en mi alma,
pues mi vida y la suya, fundidas en sentimientos
y con deseos tan unísonos,
se habían hecho una sola...

Ahora nada podía calmar mi dolor,
ni siquiera las palabras de los amigos
ni los saludos de quienes se creían obligados
a acompañarme en aquel trance,
ni los consuelos de muchos cristianos
ni las voces de aliento religioso
ni los pésames, ni el retiro a la soledad…
Déjame llorar en tu presencia, Dios mío…
Perdóname el desahogo
de soltar la compuerta
de mis lágrimas represadas
y consentir que fluyan cuanto quieran…
Te pido, Oh Dios, que mi madre repose
en tu paz
juntamente con su esposo,
a quien amó enteramente.
De nuevo juntos en tu paraíso,
reúne a mis padres,
por quienes me trajiste a la vida.
Que se cumpla lo único que ella me pidió:
“Ruega por mi alma ante el altar del Señor”


(Confesiones 9,12,29-33 y 9,13,34-37).

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