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El Jóven de Carácter

Autor: Mons Tihamer Tóth (adaptación realizada por Alberto Zúñiga Croxatto).
He caído en la cuenta que cada joven es una mina de diamantes inagotable, un caudal lleno de promesas. Ayudarles en su formación me resulta no sólo un deber, sino un orgullo. Porque no hay misión más sublime en la vida que dar a beber de la fuente eterna de la verdad a las almas sedientas. No existe nada más grato a Dios que librar de la perdición a un joven, llamado a ser templo vivo de Dios. Así nació este libro. Así es como me vino la idea de redactarlo.
Indice:
• Introducción general
1.- El joven de carácter
2.- Fuente Bibliográfica
3.- Índice
4.- Prólogo
5.- ¿Cuál es el joven de carácter?
6.- Obstáculos en la formación del carácter
7.- Medios para formar el carácter

El Jóven de Carácter
Autor: Mons Tihamer Tóth (adaptación realizada por Alberto Zúñiga Croxatto).

Capítulo 7: Medios para formar el carácter

Quiérelo
La palabra ¡Quiero! tiene una fuerza maravillosa. Gracias a ella se torna posible lo que parece imposible. Algunos, al contemplar los Alpes, cubiertos de nieve y hielo, exclamaron: «Es imposible atravesarlos». Aníbal y Napoleón pensaron de otra forma: «Quiero... es necesario». Y pasaron con ejércitos enteros por encima de los Alpes.

Cuántas veces dices: «Si quisiera, haría esto o aquello! Si quisiera, podría tener las mejores notas. Si quisiera, sería puntual. Si quisiera, podría rezar siempre las oraciones de la mañana y de la noche...» Quieres suponer que tienes voluntad, pero nunca das pruebas de tenerla. Pues, bien: !Quiérelo! Lo que puedes, sólo lo verás después de probarlo. Pero, ¡pruébalo siquiera una vez, y quiérelo de veras!

No tenemos una voluntad fuerte; he ahí la fuente de casi todos nuestros defectos. Si la tuviéramos, entonces de un solo golpe nos libraríamos de todas las debilidades.
El hombre no será verdaderamente libre mientras no sea firme su voluntad. Una voluntad fuerte no es un don que traemos al mundo al nacer, sino un tesoro que cada cual ha de conseguir a costa de arduas luchas.

No podemos tener gratuitamente una voluntad firme, ni podemos exclamar en un instante: «De hoy en adelante tendré una voluntad recia»; sino que has de trabajar seriamente para lograrla.

La voluntad no será fuerte si no logras dominar tus sentidos, tus sentimientos, tu imaginación y tu cuerpo. Cuando lo logres, entonces realmente tendrás libertad de espíritu: tus aspiraciones más nobles predominarán sobre tus deseos materiales.

La voluntad es como una semilla sembrada en tu alma: si la cuidas con esmero se desarrollará, crecerá y será como un roble que resista los huracanes; no ocurrirá esto si la descuidas, no dando importancia a las pequeñas faltas.
La libertad de espíritu sólo se alcanza lentamente, tras un continuo pulimento propio, mediante pequeños esfuerzos, constantes y animosos. Por esto caminan a nuestro alrededor tantos hombres que arrastran las cadenas del pecado: porque temieron aceptar el duro trabajo de los esfuerzos cotidianos.

«Podría, si quisiera.» Pues quiérelo. Pruébalo. Quien desea ser un hombre ha de quererlo de verdad.
Del «quisiera» al «quiero» va la misma diferencia que de los perritos de compañía a los mastines que guardan la casa. Aquellos raquíticos animalitos no saben ni morder ni ladrar, ni hacer labor de provecho; tan sólo comen y lloriquean. El mastín que guarda la casa no gimotea, sino que ladra con fuerza, y cuando es necesario muerde al huésped inoportuno. Así también, el joven que tiene voluntad no lloriquea, sino que ladra a las tentaciones de la pereza y del pecado, es decir, está vigilante; muerde a sus enemigos, haciéndolos huir, es decir, no transige con sus enemigos, no juega con ellos, sino que les opone rostro con voluntad firme y no pierde de vista el fin que se propuso hasta lograrlo.

¿Quieres tener las mejores notas? «¡Quiérelo!» Pues bien, date órdenes a ti mismo: «¡Media vuelta a la derecha!» Es decir, fulanito, coge al punto la lección de mañana, pero en seguida, y no «ya la empezaré la semana que viene»; y «un—dos—, un—dos...! adelante con esta lección. Tu mesa de trabajo es el yunque en que fraguas tu porvenir.
¿Quieres ser puntual en tus oraciones de la mañana y de la noche? «¡Quiérelo!» Entonces empieza a rezar esta misma noche, aunque tengas muchas cosas que hacer. Siempre dispones de cinco minutos para ello.

«Y por la mañana hay que correr para llegar a tiempo.» Bien; pues ¿qué dificultad hay para que te levantes cinco minutos antes?

Quién no tiene voluntad disciplinada...
Quien no posea una voluntad disciplinada y obediente, será incapaz de cumplir cualquier deber serio y abnegado. Tú mismo conoces estudiantes de quienes no se puede decir que sean inactivos y, sin embargo, nada adelantan en los estudios. Ya los hemos descrito más arriba. Los pobres trabajan, aun más que los otros, pero sin resultado. No saben concentrarse en el estudio, porque no tienen voluntad. Se mueven continuamente, pero no emprenden cosa alguna con seriedad. El libro de texto está continuamente ante sus ojos, pero a cada cuarto de hora le toca el turno a un libro distinto, porque el anterior «¡es tan terriblemente aburrido!» Continuamente están atareados, pero temen el más pequeño esfuerzo; y sin esfuerzo no hay trabajo provechoso.

Por no esforzarse no hacen sino disponer tan hábilmente la inactividad que parece una actividad febril. Al final del curso se quejan con amargura de lo mucho que han trabajado y, no obstante, sacan malas notas. Y cuando ya sean hombres, ¿qué será de ellos? Hombres que se dejan arrastrar por la impresión del momento, que no tienen principios, que se olvidan fácilmente del deber, que van pasando por la vida sin plan y sin objetivo. ¡Pobres! ¿Qué falta es la suya? La flaqueza de su voluntad.

Quien no posea una voluntad disciplinada no será un buen observador. La facultad de observar con exactitud y rapidez es imprescindible para adquirir conocimientos. Para emplear bien y aprisa tus sentidos, para distinguir lo principal de lo secundario, para ver con claridad la situación del momento y obrar en consecuencia, para todo esto necesitas una voluntad fuertemente disciplinada.

Quien no tenga una voluntad disciplinada no sabrá pensar, no sabrá instruirse. El conocimiento y la conquista de la verdad requiere duro trabajo.

El joven con voluntad débil es impaciente con la lectura. Continuamente va volviendo las hojas del libro. Corre nervioso tan sólo para terminar cuanto antes. No saca ningún provecho.

Quien, en cambio, tiene una voluntad disciplinada, lee despacio, meditando, repasa las frases importantes, no acepta ciegamente todas las afirmaciones, sino que las piensa, para ver si se ajustan, en efecto, a la verdad lo que afirma el autor; toma notas de las cosas interesantes, etc. Sólo de este modo se pueden adquirir conocimientos nuevos. Pero para eso se necesita fuerza de voluntad.
Quien no disponga de una voluntad disciplinada no podrá tener buena memoria.

Muchos muchachos creen haber cumplido con sólo leer la lección y así contestan cuando se les pregunta: «Señor profesor, sé la lección, sólo que no la recuerdo». O bien, si se les encargó algún trabajo y ellos «se olvidaron» de hacerlo, creen que «olvidarse» ya es una excusa.

Sin embargo, la falta de memoria proviene por lo común de una voluntad indisciplinada. Si no te viene a la memoria un nombre o un acontecimiento, no has de mirar en seguida el libro, sino esfuérzate, intenta recordarlo, aunque te cueste sudores; y así robustecerás tu voluntad. Si tienes un encargo que cumplir, no hagas un nudo en el pañuelo, sino piensa muchas veces al día en tu deber; propónte recordarlo con frecuencia, y verás cómo no se te olvida.

Sólo quien se ejercita continuamente de esta manera podrá curarse fácilmente de la falta de memoria. En cambio, si el joven no lucha contra su falta de memoria y va creciendo con este defecto, no podrá emplearla en la vida, y tendrá continuos disgustos.

Demóstenes
A la edad de siete años perdió Demóstenes a su padre; su astuto tutor lo despojó de toda su fortuna. En una ocasión, el muchacho asistió a un juicio y oyó el discurso del defensor, y cuando el pueblo acompañaba en triunfo al orador, decidió dedicarse también a la elocuencia.
Desde entonces no tuvo otro pensamiento. Pero la tarea no era fácil. A su primer discurso, la multitud levantó tanto alboroto, que hubo de interrumpirlo, sin poder llegar al final. Abatido, discurría por la ciudad, hasta que un anciano le infundió ánimo y le alentó a seguir ejercitándose. Se aplicó entonces con más tenacidad a conseguir el propósito concebido de antemano. Era el blanco de burlas continuas por parte de sus contrarios; pero él no se preocupaba. De vez en cuando se apartaba por completo de los hombres, y en grutas subterráneas seguía ensayando sus discursos. Tartamudeaba un poco al hablar. Para remediar este defecto y para que su lengua se moviera sin trabazón poníale una piedrecita debajo, se iba a la orilla del mar y gritaba con todas sus fuerzas. Como sus pulmones eran débiles, para robustecerlos daba grandes paseos al aire libre, y recitaba en voz alta discursos y poesía... Siempre que oía una discusión se iba al punto a su cuarto, pensaba una y otra vez los argumentos de ambas partes y procuraba ver quien tenía razón. Con este tipo de autoeducación poco a poco corrigió sus defectos, y llegó a ser un orador tan formidable que sus discursos, hoy todavía, después de dos mil trescientos años, siguen siendo un modelo que deben estudiar cuantos desean destacarse en el campo de la oratoria. Y, sin embargo, de niño era un pobre huérfano tartamudo. ¡Qué admirables fuerzas están latentes en el hombre! Todo gracias a su voluntad tenaz.

La regla más importante para robustecer la voluntad es la siguiente: Ejercítate cada día en vencerte a ti mismo aunque sólo sea en algo insignificante, y así, tras un ejercicio de años, alcanzarás una fuerte voluntad. Sólo lo conseguirás mediante innumerables ejercicios.

Quien desea hacer hábiles ejercicios sobre la barra fija o las paralelas, ha de ejercitarse antes varios años en los movimientos más elementales del brazo, de la pierna, de tensión del cuerpo, etc.

Si alguien desea tocar bien el piano ha de repetir años y años las escalas más ingratas. No se puede tocar una pieza de Beethoven de improviso; para llegar a ejecutarla se necesitan constantes ejercicios.

¿Y cómo ha de tener una voluntad recia en las luchas decisivas el que no sabe dominarse ni siquiera en las pequeñas?

Cuánto más débil es la voluntad tanto mayor la necesidad del ejercicio. Parece insignificante el copo de nieve, pero muchos copos juntos pueden unirse y formar aludes que arrastren casas y árboles.

¿Cuál es el joven que no ejercita su voluntad sino que la debilita más todavía? El joven al que se le facilitan todas las cosas, que tiene de todo y que nunca sabe negarse nada, a quien no se le manda nada ni se le exigen responsabilidades. Estos jóvenes se vuelven tiranos de sus propios padres. ¿Por qué motivo? Porque la furia de los instintos, la pequeña fiera no domada que anida en ellos, salta continuamente.

Podríamos así distinguir tres tipos de jóvenes con voluntad débil:

Los primeros son los jóvenes comodones, amigos de lo fácil y de lo agradable, que no saben decir nunca «no» a lo placentero, aunque no sea conveniente ni bueno; para éstos, la mejor escuela de voluntad es el sacrificio, la abnegación, la privación.

Hay otros alegres, lo emprenden todo en seguida y a la carrera, pero no tienen paciencia, perseverancia; éstos deben ejercitar su voluntad en la constancia del trabajo empezado, en la calma, en la tenacidad. Vivarachos e hiperactivos, no saben pensar reposadamente y obrar con premeditación
Los del tercer tipo son los soñadores, demasiado silenciosos; para éstos, una vida de acción debe ser la escuela de su voluntad.

Absténte
El refrenamiento de los sentidos, el dominio de sí mismo, la abnegación, el tener a raya los deseos, no son un fin pero sí son un medio para alcanzar la libertad de espíritu, para someter el cuerpo al espíritu. Por eso debes sacrificarte muchas veces en cosas pequeñas. Por ejemplo: haz con alegría tu tarea, aunque te resulte cuesta arriba; prívate de cuando en cuando de alguna diversión, de algún placer, de algún plato, por mucho que lo desees, etc. Estos ejercicios de voluntad te servirán de entrenamiento para lograr tener una voluntad fuerte.
Los romanos llamaban virtus tanto a la virtud como a la fuerza; esto significa que no hay virtud sin esfuerzo y sin victoria alcanzada sobre nosotros mismos.

Tanto la ciencia especulativa como la misma vida diaria dan la razón a las palabras de Jesucristo: «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame» (Mt 16, 24). No es buen jardinero el que, por sentimiento de compasión, no poda inexorablemente del rosal los retoños excesivos. Como no da rosas el rosal que jamás sintió el filo de las tijeras. De modo análogo, no tendrá voluntad fuerte el joven que nunca supo negarse ninguno de sus deseos. Por eso Tomás de Kempis escribe sabiamente en la Imitación de Cristo: «Tanto adelantarás en el bien cuanto sepas dominar tu voluntad.»

Llaman un día a la puerta de Macario, ermitaño del desierto: «Padre —le dice desde fuera un labrador—, le traigo un precioso racimo de uvas. Acéptelo, le servirá de refrigerio.»

Macario toma con gratitud el presente y bendice al hombre; pero cuando mira el apetitoso racimo, se dice para sus adentros: «¿No lo necesita acaso más que yo el venerable ermitaño que vive a mi lado?» Lleva el racimo al anciano ermitaño vecino suyo. Éste lo toma con gratitud y alegría, pero después, estando ya a solas, se pone a pensar: «¡Qué bien sentaría este racimo al hermano Nazario que está enfermo!» Y se pone en camino para llevárselo. Pero Nazario tampoco quiere comerlo: «¿Cómo podría yo comer esto? A mi Salvador le dieron a beber hiel en la cruz. Yo quiero ser discípulo suyo.» De esta forma va peregrinando el racimo de una celda a otra, hasta el ocaso del sol, cuando uno de los ermitaños llega para ofrecerlo, a su vez, a Macario. El anciano quedó enormemente contento al verlo de nuevo; se alegraba por tener compañeros tan generosos y olvidados de sí mismos.

Esto es fuerza de voluntad. Estos hombres sabían lo que es la abnegación, la renuncia. Sabían abstenerse. Haz algo tú semejante cada día. Cada día haz algo que te cueste.
Sólo poseemos aquello de que podemos privarnos. Somos esclavos y no dueños de aquellos tesoros que consideramos imprescindibles. Quien pretenda educar a los hombres, debe dominarse primero a sí mismo.
No pierdas ningún día. Hay hombres que toman la resolución de realizar todos los días una obra buena. Y si por la noche notan que durante ese día no se han ejercitado en el bien, se reprochan a sí mismo con estas palabras: «He perdido este día.»

Ejercítate
Ejercítate tú también en vencerte cada hora, cada día. No necesitarás buscar mucho la ocasión: se te ofrecerán a millares, aun en tu vida de estudiante.

Aquí te propongo algunos ejercicios:
Si no puedes evitar algún mal, un dolor, una prueba... no te quejes, súfrelo con paciencia. No lloriquees: «¡Ay, qué sed tengo!», «¡Ay, cuánto me duele la cabeza!»,«¡Ay, cómo me aprieta el zapato!». Acuérdate de Nuestro Señor Jesucristo crucificado, y sufre, sufre sin decir palabra.
Lo que has decidido tienes que hacerlo. Cueste lo que costare; no importa. Lo que has empezado no lo dejes a mitad de camino. Hay jóvenes que cada cuarto de hora esbozan nuevos planes sin rematar uno solo felizmente.
Cumple con escrupulosa fidelidad el deber de cada día. Hasta el más leve. Porque si vale la pena hacerlo, vale también la pena de que lo hagamos bien.

Ahí tienes la lucha matutina con la almohada, lucha en que tantos jóvenes quedan vencidos; si suena la hora, salta en seguida de la cama.

Domina siempre tu humor, sea cual fuere, bueno o malo. Has de moderarte hasta en las alegrías, en el entusiasmo. Lo mismo en el hablar que en el callar.

Medio fenomenal para robustecer la voluntad es el tener a raya nuestros sentidos. No dejes vagar la mirada continuamente. No mires todo lo que excita tu curiosidad. Una gran muchedumbre se agrupa en la calle; la curiosidad te importuna por dentro. No importa. Quiero ejercitarme un poco en vencerme a mí mismo. No iré, y... no iré a ver lo que pasa.

Y domina también tu lengua, lo que resulta terriblemente difícil. No descubras el secreto que se te ha confiado. No divulgues maliciosamente las faltas de los demás. No murmures. No punzes con traidora ironía a los presentes y no hables mal de los ausentes. No te extasíes oyéndote a ti mismo hasta el punto de no dejar respiro a los demás ni ocasión para que puedan hablar. No presumas de tus propias hazañas. Por último, persevera siempre en la verdad, aunque sea en detrimento tuyo. No mientas nunca, ni en las cosas pequeñas, aunque pudieras lograr grandes ventajas a cambio de una pequeña mentira.
También el momento de la comida brinda muchas ocasiones para dominarte a ti mismo en el ejercicio de la abnegación. Para ello, no busques lo que más te gusta, no llenes el estómago, no comas con voracidad.

¿Ves cuantas ocasiones se te presentan? Pero debes ejercitarlas y no contentarte con saberlas. A nadar se aprende, no leyendo, sino nadando. Y en las paralelas nunca sabrás imitar el vuelo del águila por mucho que te lo expliquen, si no te ejercitas todos los días.

«Procedan según el espíritu, y no satisfagan los apetitos de la carne. Porque la carne tiene deseos contrarios a los del espíritu, y el espíritu los tiene contrarios a la carne», nos avisa San Pablo (Ga 5, 16—17).

¿Quién de vosotros no ha sentido esta lucha, esta guerra entre el bien y el mal, que nos hace decir a veces como San Pablo: «Veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor» (Rom 7, 22—23).

Por tanto, si deseas ser libre no retrocedas ante la guerra sin cuartel contra la propia comodidad y regalo. No pases ningún día sin realizar algún sacrificio.

David se hizo famoso por su gesto heroico, haciendo morder el polvo al gigante Goliat. Pero esto no es lo más admirable de él. Ya nombrado rey, un día se encontraba con sus tropas frente a los filisteos, entre Belén y Jerusalén; el calor sofocante había secado todos los riachuelos y fuentes; entonces suspiró: «¡Ah, si alguno me diera a beber agua de aquella cisterna que hay en Belén junto a la puerta!»

Oyen el suspiro tres soldados de los más valientes, y pasan a través de las filas filisteas, y, en medio de continuos peligros de muerte, traen el agua a su rey. David, atormentado como estaba por una sed abrasadora, derrama en el suelo el agua tan anhelada en «libación... en obsequio del Señor», con estas palabras: «¡Y yo bebería la sangre de estos hombres que han ido a exponer su vida!» (II Reyes, 23, 14—17).

¿Qué sacrificó David? Nada más que un sorbo de agua.
¿Qué perdió con el sacrificio? El placer de un solo momento.

¿Qué ganó? El respeto profundo y entusiasta de sus soldados, el robustecimiento de su voluntad y la gracia de Dios, ya que ofreció el agua en obsequio del Señor.
Las hazañas heroicas están hechas de pequeñas cosas, lo mismo que los sacrificios agradables a Dios.
Los antiguos griegos pitagóricos llenaban su mesa de platos exquisitos; sentábanse ante los manjares escogidos con el estómago vacío, y, después de haberlos mirado largo rato, se levantaban y se iban sin haber tocado nada.

¡Qué tontos eran!, exclamará alguien. Pero si tú lo meditas con serenidad, indudablemente sentirás el respeto que impone un gesto heroico. Porque sabían muy bien estos paganos la importancia decisiva de vencerse a sí mismos, de la abnegación, del ejercicio de la voluntad.
Ejercítate tú también renunciando a algunas cosas y verás cómo el gozo comienza a manar de las fuentes de tu alma, porque ha brotado de un golpe de azadón, es decir, del esfuerzo doloroso de tu abnegación. Este gozo, esta alegría profunda, nace siempre que dominas un deseo, una inclinación, siempre que haces un sacrificio para cumplir con tu deber, siempre que eres generoso con los demás.

El gallo del pintor japonés
Cuenta una leyenda japonesa que un comerciante rico hizo un encargo peculiar a un pintor. Debía pintar un gallo, pero con la mayor fidelidad posible. Después del encargo, el comerciante esperó varios años sin que tuviera ninguna noticia del pintor. Por fin, llegó a cansarse de tanto aguardar, y se fue a ver qué pasaba con el cuadro. Todavía el pintor no había comenzado el cuadro. Pero el pintor hizo sentar al comerciante, se puso a trabajar, y al cuarto de hora tuvo acabado el cuadro. Una obra maestra, irreprochable. El comerciante se entusiasmó... Cuando llegó el momento de pagar quedó espantado al oír la enorme suma que el pintor se atrevía a exigir por aquel trabajo de «un cuarto de hora» y estalló en indignación. Para contenerle, el pintor, con un gesto, señaló el montón de papeles que inundaban todo el estudio. En cada hoja había dibujado un gallo. «Estos cuadros los he pintado durante tres años, y sólo mediante tan largo ejercicio he logrado la destreza necesaria para poder hacer en tan breve tiempo y con tanta perfección un cuadro del mismo asunto. Ahora bien, he de cobrar el precio de mis largos ensayos», dijo el pintor. El comerciante le dio la razón, y pagó la suma pedida.
Para el pintor cada nuevo cuadro resultaba más fácil que el anterior, y el último no le costó más que un cuarto de hora. Lo mismo en la educación, los principios siempre son los más difíciles. Cuanto más practiques el bien, más fácil te resultará. Si queremos que la voluntad nos obedezca en todo y que haga con facilidad y perfección el bien que nos hemos propuesto, hemos de ejercitarla continuamente durante años.

Puedes ejercitarte con mil pequeñeces, y con cuanta mayor frecuencia lo hagas, con más facilidad podrás permanecer dueño de ti mismo en las cosas importantes.
Por la mañana salta aprisa de la cama y di para tus adentros: «Un poco de dominio de mí mismo.»
Si te duele una muela, no te quejes, y di para tus adentros: «Un poco de dominio de mí mismo.»
¿Es muy sugestivo el libro y tienes que hacer otra cosa? Ciérralo en el pasaje más emocionante: «Un poco de dominio de mí mismo.»

¿Te entra un hambre devoradora y te sientas a la mesa? Espera unos minutos antes de empezar a comer.
Tus padres han salido, y tú les has prometido quedarte en casa para estudiar. A los cinco minutos llama a tu puerta Juan: «Javier, aquí están tus amigos; vamos a jugar un partido de fútbol». Fuera, una espléndida tarde de sol; dentro, en el cuarto sombrío, un fastidioso problema de Matemáticas. Se entabla la lucha: ¿has de decir «sí» o «no»? «He prometido que me quedaría en casa. ¡Sí! Pero los compañeros se reirán de mí si echo a perder el partido. ¡Qué bien si saliera un rato! Pero me regañarán mis padres. Y si vuelvo antes que ellos, sin que ni siquiera se enteren. Pero... ¿y el problema de Matemáticas? Pues muy sencillo: mañana diré que «me puse enfermo.» Pero esto no es verdad... Así van sucediéndose los argumentos. Los muchachos que acompañan a Juan se impacientan. Por fin, después de un duro combate, suelta la frase: «Han de disculparme, hoy no puedo ir...» Los muchachos se van, Javier se queda en casa. Quizás en los primeros momentos mira pesaroso cómo se van alejándose. Pero después se queda con la paz y la alegría del deber cumplido. En la segunda o tercera ocasión ya no le costará tanto decidirse, y al fin, considerará la cosa más natural del mundo decir «sí» en seguida, cuando se trate de cumplir el deber.

Esfuérzate por adquirir progresivamente una disposición continua, resuelta, sin titubeos, para el ejercicio del bien. Sólo así llegarás a practicar el bien como por costumbre, con facilidad y alegría, sin pensar en los pros y los contras, volviendo las espaldas instintivamente al mal.

Sé constante
Nuestro Señor Jesucristo nos dirige una seria advertencia: «Quien persevere hasta el fin se salvará» (Mt 10, 22). Esta frase encierra una gran verdad, no sólo en relación con la vida eterna, sino con los éxitos terrenos.

Por falta de perseverancia se vienen a tierra muchas veces en el último momento el éxito de largos trabajos. No hacía falta más que la perseverancia de una sola hora, de un solo día... ¡pero hacía falta!

En una espléndida mañana de verano, dos jóvenes emprendieron el camino para escalar una cumbre. Ambos eran inexpertos en la montaña. Al ritmo de una canción alegre iban caminando de prisa, y riéndose dejaron atrás a un anciano que, al parecer, también se dirigía hacia la cumbre, pero con pasos tan reposados, tan lentos, que «hasta el caracol se arrastra más aprisa», observó uno de los jóvenes. Cuando a los diez minutos volvieron su mirada al anciano, les parecía una pequeña hormiga allá lejos, a sus pies. Pero los muchachos poco a poco empezaron a jadear cada vez más; al principio tomaban cada media hora de subida un descanso de cinco minutos; más tarde tuvieron que descansar un cuarto de hora. Y cuando hacia el mediodía se tumbaron, completamente agotados, junto a la orilla de una cascada, aparece de repente por el camino el anciano, y con los mismos pasos reposados y lentos como por la mañana, pasa delante de ellos, y sube... sube... cada vez más arriba... Otra vez parece una pequeña hormiga... Los dos jóvenes, en cambio, están tendidos sobre las rocas, presos de un cansancio que los paraliza. Porque para llegar a las alturas y alcanzar la cumbre no basta un arranque juvenil sino que es necesario una perseverancia reposada, siempre igual, constante.

Saber sufrir con esperanza
La vida humana es una mezcla de momentos tristes y alegres. A veces, predomina el sufrimiento, se presentan dificultades, duras pruebas, empresas sin éxito, fracasos, mala inteligencia, enfermedades...

Hay quienes crispan el puño con coraje en medio de la desgracia y dejan caer de sus labios maldiciones a su suerte. Son espíritus rudos.

Hay quienes, impotentes y resignados, con la frente hundida, quebrantada el alma, lloran sobre lo irremediable: son espíritus débiles.

Hay otros, por fin, a quienes les duele vivamente la desgracia, que lloran sinceramente por la muerte de su madre y sufren cuando les hiere la enfermedad, etc.; pero saben, por otra parte, que es una prueba que Dios permite para su bien y mantienen, por tanto, la esperanza y la paz.

En todo cuadro vemos luces y sombras; el talento del artista está en la manera de cómo sabe fundir estos dos elementos en un conjunto armónico. Dios, mi Padre, conoce mis males; por tanto, si permitió que me visitara esta desgracia, seguro que tenía un plan. ¿Qué plan? ¿Quién va a saberlo sino sólo Él? ¿Me castiga por el pasado? ¿Me fortalece por el porvenir? ¿Quiere purificarme y probarme? ¿Quiere que sea más reflexivo en mi sentir y obrar? ¿Qué sé yo? En cambio, se muy bien que todo es para mi bien, que he de salir del sufrimiento con el alma más cristiana, más pura. Mi oración será en estas ocasiones: «Hágase, Señor, tu voluntad, aunque no lo comprenda; Hágase, Señor, tu voluntad, por más sufrimientos que me acarree.»

Además, el sufrimiento soportado sin palabra de queja es un instrumento eficaz para moldear mi carácter y robustecer mi voluntad.
Todos los hombres, por naturaleza, desean librarse del sufrimiento, y si no lo logran, por lo menos quieren procurarse un alivio quejándose. Pero al no esforzarse por soportar con el alma tranquila lo irremediable, pierden la ocasión de fortalecer su voluntad.

Quien tiene una voluntad débil se verá hecho trizas, bajo los martillazos del sufrimiento, como un castillo de yeso. El hombre de carácter, en cambio, echará quizás chispas, como el acero, pero también se hará más resistente. Quien sabe conservar en el sufrimiento la confianza en la divina Providencia, no se sentirá anonadado por los golpes de la suerte.

El pesimismo, la tristeza, el abatimiento, invadía el alma de los hombres más nobles de la antigüedad pagana. No vislumbraban la vida eterna después de esta vida de sufrimiento. ¡Qué deprimentes resultan por ello las tragedias de Esquilo! El cristianismo, sin embargo, aunque no suprime el sufrimiento, le da sentido: es un medio que Dios permite para nuestro bien definitivo.

Puede ser que Dios Padre te conduzca a través de la vida como el guía de montaña que lleva al turista hacia las cumbres. «¡Por qué senderos pedregosos, duros, estrechos, incómodos, me ha conducido!», exclama el turista. «Si, señor, por senderos incómodos; pero sepa que si le hubiera guiado por los caminos llanos y fáciles, no estaríamos a estas horas en esta magnífica altura, sino acaso a la orilla de un pantano.»

«¿Por qué he de sufrir yo tanto?», exclamas. ¡Cómo vas a saber tú el porqué! Tan sólo Dios lo sabe. Mira una hermosa alfombra persa; flores, figuras, colores, forman un artístico conjunto. Pero míralo por el otro lado: una mezcla descabellada de hilos y de colores. Así es también la vida. Nosotros sólo vemos el reverso. El anverso, la cara verdadera, lo ve Dios. Junto al telar de la Historia está sentado Dios eterno, cuyos designios nos son desconocidos. Sus pensamientos no son los nuestros y sus caminos no son nuestros senderos.
Santa Catalina de Siena tuvo que luchar un día con una fuerte tentación. Cuando, a costa de grandes fatigas, logró librarse, se quejó con tristeza: «Jesús mío, ¿dónde estabas cuando las tinieblas envolvían mi corazón?» «Estaba en tu alma —contestó el Salvador—. Si no hubiera estado contigo, los pensamientos que sitiaron tu alma habrían penetrado también en tu voluntad y habrían causado la muerte de tu alma.»

Por tanto, no desmayes en el sufrimiento. Ésta es la labor de artista que hace Dios sobre el mármol de tu alma. Si el artista «tratara bien» a su mármol, ¿llegaría el mármol a ser una obra maestra, admirablemente tallada? Dios busca oro en tu alma; pero el oro no está en la superficie, hay que sacarlo con ansias y sudores en el fondo de la mina. No has de buscar el sufrimiento; pero si viene, míralo a la cara con la frente levantada.

Fieles a la verdad
Decir siempre la verdad es otro medio estupendo para ser hombre de carácter, sin doblez.

¿Por qué mienten los jóvenes? Muchas veces por miedo. Hicieron algo mal o prohibido y temen el castigo. Y, sin embargo, al mentir se redobla la falta, el pecado. Que diferente del que piensa: «¿Qué me pasará si lo confieso? Me reñirán. Pues... ¡que me riñan! Al fin y al cabo, lo merezco. Por lo menos seré sincero.» Y así se decide a hablar: «Madre, he sido duro, precipitado, desordenado... desde hoy iré con más cuidado. Si quieres, ponme un castigo.» Muchas veces, después de semejante confesión, hasta se aminora o perdona el castigo. Pero, aunque no se perdonara, más vale que yo sufra por la verdad, y no al revés, que la verdad tenga que sufrir por mí.

Hay otros que mienten por cobardía. Se habla de algo que compromete, de moral, de religión... Ahora surge la discusión y llega el momento de dar tu opinión con franqueza, sin titubeos. No te atreves, te dan miedo sus ironías. Prefieres mentir. Eres cobarde.

Se puede mentir también por envidia, por celos. Se felicita a un compañero. «¡No se lo merece: tiene tales y cuales defectos», dices tú y mientes.

Se puede mentir para lograr ventajas: «No es verdad, no ha sido gol.» Y hasta puede inducir a mentir la fidelidad mal entendida: cuando alguien quiere ayudar con mentiras a un amigo.

Se puede mentir por vanidad: «Si supieras todas las aventuras que he tenido este verano...» Y, sin embargo, es pura invención.

Se puede mentir, no sólo con la palabra, sino con el silencio, con la hipocresía, con un comportamiento astuto y engañoso...

Miente también el que sólo dice la mitad de lo que piensa, el que va siempre con rodeos, el de medias tintas.

¿Vale la pena mentir?
Tarde o temprano sale al fin el embuste, y entonces se pierde sin remedio la confianza en el joven. ¿Puede concebirse situación más bochornosa cuando te cogen en una mentira?

Algunos piensan: «Le han cogido porque es un torpe. Hay que ser hábil para mentir. Hay que pensar antes bien qué contestar si me preguntan tal cosa o tal otra; así resultará...»

Y, sin embargo, el resultado no es duradero. «En vano se esconde el burro detrás de la puerta: se le ve la oreja», dice el refrán. Un día u otro caerá en contradicción; ha de alimentar una mentira con otra si quiere mantenerlas en pie, y para mantener la segunda mentira ha de mentir por tercera, cuarta o décima vez. Al desviarse una vez del camino de la verdad se pisa en un terreno pantanoso, en que los pies van hundiéndose cada vez más. El mentiroso, al día siguiente, ya no se acuerda de lo que dijo ayer, y, al término del camino, le espera la vergüenza, la perdida de su honor.

Pero supongamos que no llegue a descubrirse. Al entrar dentro de sí, resonará la voz de su conciencia: «No tengo carácter. Nadie se debería fiar de mi.» El remordimiento es bastante amargo.

Quien teme, baja la vista; teme que su mirada turbia lo delate.

Y si logra acallar hasta la misma voz de su conciencia, habrá un día, el del juicio final, en que Dios descubrirá toda astucia, toda mentira, toda maldad. «Abomina Dios los labios mentirosos» (Proverbios 12, 22). Dios es la verdad viviente: toda mentira es, pues, su negación y afea el parecido divino de nuestra alma.

El hombre de palabra
Hay ocasiones en que no es fácil ser fiel a la verdad, situaciones en que se ha de escoger entre la mentira y un grave contratiempo. A pesar de todo, el criterio ha de quedar firme: «Nunca mentiré.» Por otra parte, me amenaza un grave contratiempo si manifiesto la verdad.

¿Qué he de hacer en estos casos?
La solución más sencilla es no contestar. Nuestro silencio advertirá a quien nos dirige la palabra que su pregunta nos es desagradable, y quizá no insista más.

Si se tiene bastante habilidad, se podrá dar una contestación que esquive la dificultad, que permita «escaparse por la tangente», «salir garboso», «desviar la pregunta», naturalmente sin mentir.

Si no es posible proceder de semejante manera, entonces, no hay más remedio que aceptar con heroísmo todas las contingencias desagradables por decir la verdad.
¡Qué nobleza de alma demuestra el joven que no sabe mentir!, cueste lo que costare. ¡Qué alegría poder confiar en una persona así!

Dios quiso que la mentira fuese difícil al hombre. Por eso lo creó de manera que, en principio, se ruborice al mentir. Se puede aprender, sin embargo, a mentir de continuo sin rubor y con soltura.

El mentiroso emprende el camino de su degradación moral. Quien falta a la verdad, no sabrá respetar sus deberes y querrá abrirse camino en la vida de esta forma: si es funcionario público, se dejará sobornar; si es comerciante, cometerá fraudes; si es médico, matará a algunos pacientes, porque descuidó alguna «pequeñez» en sus recetas; si es farmacéutico, preparará mal la receta del médico por haberla leído superficialmente... etc.
La verdad a cualquier precio, debe ser tu consigna. Dice la Sagrada Escritura: «El que no tropieza en palabras es varón perfecto» (Santiago 3, 2). Negar la verdad es abdicar de la dignidad humana.

Nunca es necesario mentir, porque si en un solo caso nos permitimos la mentira, ya hemos derribado toda la ley. Si todos se excusasen con una mentira, nadie podría creer al otro. El hijo no podría creer a sus padres, ni los padres a sus hijos. En cada momento habría que sospechar: éste me quiere engañar. No se puede vivir de esa manera. La mentira es un insulto a la dignidad humana.

Quien cumple siempre su palabra nunca tendrá que acogerse al salvavidas de los que suelen mentir, al juramento hecho con ligereza: «Vendrás esta tarde al partido de fútbol?», «Sí», «¡Júralo! «¿Me prestarás el diccionario?», «Sí», «¡Júralo!» Y así sucesivamente.

No te dejes arrastrar. Es mucho mejor contestar en estas ocasiones: «Amigos, os aseguro que sí. No suelo mentir.»
No puedo remediarlo; si oigo jurar a un muchacho, pienso en seguida: Este joven, indudablemente, miente mucho, y ahora, por milagro, dice la verdad; pero como sabe que no suelen creerle, por eso la corrobora con un juramento. El que no suele mentir, no tiene por qué jurar.

Cumple siempre la promesa y la palabra dada. Antes piensa bien lo que vas a prometer. Pero si llegas a prometer algo, entonces, cueste lo que costare, has de cumplirlo. El mentiroso no tiene honor. Guarda tu fama, aunque pierdas lo demás.

Sé sincero contigo mismo
Quiero llamarte la atención sobre una cosa: sé sincero, no sólo con los demás, sino contigo mismo.
Pero ¿y esto, a qué viene?, estarás pensando.

Tras realizar cualquier acción, pregunta a tu conciencia si lo aprueba. Pero no te engañes a ti mismo. Si te atreves a ser sincero contigo mismo, cuántas veces habrás de reconocer que no es verdad que «no he tenido tiempo para preparar la lección»; y que cuando mirabas aquella mujer desnuda, no es verdad que «has querido estudiar su belleza artística », y que cuando te has enredado en una conversación obscena no es verdad que «lo hacía en broma», sino que eres un cobarde que reniega de sus principios morales.

Habla reiteradamente contigo mismo en el silencio para que así llegues a conocerte cada vez mejor. Y, sobre todo, sé sincero con Dios. Dios es la verdad eterna y todo lo ve. No puedes engañarle.

La vida humana se forma con eslabones de pequeñas acciones. Uno a uno parecen de poca monta, de insignificancias, y, no obstante, son ellos los que integran la vida.

Todas las grandes caídas morales tuvieron por principio un leve tropiezo. El que sabe guardarse de las faltas pequeñas, se guardará de las grandes.

Observa en qué tropiezan la mayoría de los hombres de la calle. ¿En grandes piedras que encuentran por su camino? No. Estas las notan ya de lejos. Pero resbalan al pisar, por casualidad, un hueso de cereza, y caen.

Napoleón tenía grandes cualidades y habría podido servir muchísimo a la Humanidad. Pero le hizo tropezar, y causó su propia perdición, un solo defecto: su vanidad sin medida.

La perdición de muchos jóvenes empieza por pequeñeces inocentes, como no cumplir alguna que otra regla de disciplina escolar, excusando con pequeñas mentiras su pereza, pasando el rato sin hacer nada...

De las acciones repetidas se forma el hábito: de las acciones malas, nace la mala costumbre, el vicio; de las buenas, la buena costumbre, la virtud.

¿Por qué tienen tanto poder las pequeñeces? Nada se pierde en el mundo sin dejar huella. Lo que tiene consecuencias importantes y graves no puede ser una pequeñez, por insignificante que parezca.

Los pequeños hilitos y Gulliver
Los hábitos en el alma humana se parecen a los lagos helados en que juegan los niños. Al principio la superficie del hielo no está lisa y no es posible patinar sobre ella; pero ahí se meten los muchachos, y, a medida que van pasando sobre el hielo, lo igualan y alisan; al fin, lo han convertido en una pista por la que se deslizan con facilidad. Algo semejante nos sucede con las acciones: cuantas más veces hacemos algo, bueno o malo, tanto más nos acostumbramos, y nos deslizamos ya sin poder pararnos en la dirección tomada.

¿Conoces el cuento de Gulliver? Cuando llegó al país de los enanos parecía un gigante entre ellos. Y, sin embargo, le jugaron una mala pasada los liliputienses. No tenían, en verdad, cuerda bastante resistente para sujetarle.
Tranquilo se quedó dormido, sin prestarles ninguna atención a lo que hacían. Y ellos aprovecharon su sueño para atarlo con miles y miles de hilos delgados. Al despertar ya no podía moverse, tan sólo unos hilos insignificantes lo habían vencido.

Es cosa que espanta el ver cómo muchos jóvenes, que en sus tiernos años inspiraron las más risueñas esperanzas, se desviaron más tarde y marcharon por el camino del pecado, porque empezaron a descuidarse en las cosas pequeñas. Las pequeñeces también tienen importancia.
Cuando veo la mesa de trabajo o la habitación de algunos estudiantes, muchas veces pienso para mis adentros: «¡Dios mío! Si habrá el mismo desorden en el alma de este joven... Un cepillo para los zapatos, el diccionario, una pelota de fútbol, botones rotos, una regla, un mendrugo de pan, papeles... todo en desorden, esparcido por la mesa».

Pon orden en tu mesa, en tu armario, en tu cuarto. El orden exterior no es tan sólo manifestación de la armonía íntima, sino también eficaz instrumento para llegar a ella; quien siempre tiene orden en sus cosas ordenará con más facilidad sus pensamientos. Pon orden, y el orden te guardará.

Además, has de tener orden, porque sólo el hombre ordenado sabe ser puntual, mientras que el desordenado pierde mucho tiempo en buscar las cosas, y después, en la vida, también llegará siempre tarde a todas partes. ¿No conoces jóvenes que diez minutos antes de las clases buscan afanosos su cuaderno de clase? Revuelven todo el cuarto; en vano. No está. Ha desaparecido. Por fin, lo descubren debajo de la mesa, junto a la caja de betún. Pero sólo faltan cinco minutos para empezar la clase. Corren... llegan tarde... se les pone falta... por desorden.
Y aquí, sin embargo, no se trata más que de llegar tarde al centro educativo, pero cuando lleguen tarde a sus oficinas y se olviden de asuntos importantes...

¡Y aquellos cuadernos desordenados, llenos de garabatos y manchas de tinta! Cuando se revisan los libros de comerciantes declarados en quiebra se halla, en la mayoría de los casos, que no llevan en orden y de forma sistemática su contabilidad.

Cuidado, joven, con los hilitos de las malas costumbres, de las pequeñas negligencias, no vayan a maniatar tu personalidad.

Pon orden en las cosas más insignificantes. Que tu cajón esté ordenado; que apuntes estén al día y bien archivados; que en la mesa no haya otra cosa que lo necesario para el estudio o lo que sirve de adorno; que cada libro, cada cuaderno, cada cosa tenga su puesto acostumbrado, de suerte que puedas hallar cualquiera de estos objetos aun a oscuras.

Cuídate especialmente de los objetos prestados: libros, diccionarios, apuntes... No prestes a otro lo que te prestaron a ti, y no esperes que el dueño venga a pedirte que le devuelvas lo suyo.

El cerrojo roto
En una finca se deterioró el cerrojo de la puerta del corral. Habría podido arreglarse en varios minutos, pero «no tiene importancia», pensó el granjero. Naturalmente, día tras día iban escapándose los animales, hoy un pollo, otro día un pato. Un día llegó a huir el cerdo. «¡Ay! ¡Esto ya no se puede aguantar!» Toda la familia se puso a coger al cerdo. El padre, al descubrirlo, no le faltaba para cogerlo más que saltar una zanja. Pero tropezó al saltar y se rompió una pierna. La madre, al volver de la caza del cerdo, vio con espanto que la ropa que había colgado cerca del horno para que se secara se había quemado. He aquí cuánto el daño que causó el cerrojo descuidado, que se habría podido arreglar rápidamente.

Algunas veces, la cosa más insignificante adquiere importancia decisiva. ¡Qué cosa tan insignificante que el alga marina que se pega al costado de los buques! Y, sin embargo, Cristóbal Colón, en el momento en que la tripulación empezó a rebelarse después del largo viaje aparentemente sin resultado, se aprovechó de ese detalle insignificante. Para animarles a continuar el viaje les dijo: «Mirad, ya están aquí las algas; debe estar cerca la tierra.»
Observa a los grandes compositores. ¡Cuánto han de estudiar, día tras día, para dominar técnicamente las dificultades más pequeñas! Francisco Listz dijo: «Si no hago ejercicio un día, lo noto yo; si lo omito durante tres días, entonces lo nota el público.»

Quien domina las cosas pequeñas es señor también de las grandes. ¿Cómo podrá lanzarse a una empresa grande quien no se preocupa de las pequeñas? Lo dice el mismo Jesucristo: «Quien es fiel en lo poco, también lo será en lo mucho» (Lu 16, 10).

Del criminal que meten en la cárcel, no podía figurarse la madre, cuando lo mecía en sus brazos de niño, que acabaría así su vida. El camino del delirium tremens empieza con la primera copa de alcohol. Comprendes ahora la frase de San Agustín: «Lo pequeño es pequeño, pero ser fiel en lo pequeño es cosa grande.»

El espíritu observador
El ojo tan sólo ve; el espíritu, además, observa. El espíritu observador no es únicamente una cualidad necesaria de los pilotos, sino de todos los que navegan por los mares de la vida.

Gracias a la observación, los indios llegan a rastrear muchas cosas por unas huellas casi imperceptibles; los antiguos astrólogos árabes, sin telescopio, descubrieron el curso de los astros; los pintores chinos supieron dar vida con admirable fidelidad en sus cuadros a todos las sutiles acrobacias del pájaro. Tenían un finísimo espíritu de observación.

La observación aguda ha proporcionado los descubrimientos más importantes de la Humanidad.
¡Cuántos fueron los que antes de Newton vieron caer una manzana del árbol! ¡Y él fue el único que meditó este hecho sencillo, tan profundamente que llegó a descubrir la ley de la gravedad!

¡Cuántos habían visto cómo sale el vapor de la cafetera! Y, sin embargo, sólo Papín se puso a meditarlo hasta el punto de descubrir la máquina de vapor.

Röntgen encontró una placa deteriorada en su máquina fotográfica. ¿La tiró enfadado? No. Empezó a meditar cómo pudo la luz llegar a la placa tapada. Y descubrió los rayos X, que atraviesan los cuerpos consistentes.

El capitán Brown no pensaba sino en el modo de hacer un puente sobre el río Tweed con la mayor economía. Un día, paseándose por su jardín, y sin dejar de pensar en ello, notó una sutil telaraña que se extendía de un arbusto a otro. Ahí está. Ya lo tengo. ¿No habría manera de hacer con barras de hierro y con cadenas un puente de semejante estructura? Y no pasó mucho tiempo para que se construyera el primer puente sostenido por cadenas, el puente colgante.

¿Y sabes cómo descubrió Galileo la ley del péndulo? En la cúpula de la catedral de Pisa puso el sacristán aceite en la lámpara del Sagrario, suspendida del elevadísimo techo con una cuerda. ¡Cuántas veces se había repetido este hecho al correr de los siglos, y cuántos hombres lo habían visto! Y, no obstante, fue el entendimiento perspicaz, el gran espíritu observador de Galileo, quien meditó por primera vez los movimientos regulares, de un lado al otro, de la lámpara. A base de este fenómeno insignificante empezó a rumiar el hecho, y, después de una labor fatigosa de cincuenta años, descubrió la ley del péndulo y pudo perfeccionar su instrumento, que juega un papel importante en la medida del tiempo y en los cálculos astronómicos.

Ejercítate, pues, en ser observador. Te podrán ayudar los siguientes ejercicios.
Un ejercicio consiste en colocar un gran montón de objetos, unos treinta o cuarenta, previamente en desorden, sobre la mesa; los muchachos no pueden mirar más que un momento la mesa y después, vueltos de espalda, han de decir todo lo que hay en ella.

Otro ejercicio consiste en lo siguiente: después de haber presenciado un acontecimiento, trata de describirlo.
Ejerecítate con la Naturaleza. ¡Qué magníficos e interesantes descubrimientos se pueden hacer! Cómo la ardilla rompe la nuez; de qué modo comen el perro y el gato, el ganso, los polluelos; cómo el ave de rapiña destroza su víctima; cómo se arrastra el caracol, la serpiente, el gusano, etc. Cuántas veces habrás visto un caballo al paso, al trote, al galope; y apuesto que no sabrías explicar los diferentes movimientos de las patas que acontecen en las distintas marchas.

Quien no se sorprende por las cosas, inútil que viaje por el mundo entero, de nada le servirá, porque no es observador. Mira, pero no ve. En cambio, quien sabe observar con mirada penetrante, ése llegará al fondo de los acontecimientos, descubrirá el reverso de la medalla.

Pon entusiasmo en tu trabajo
Un medio extraordinario en la escuela de la voluntad es el trabajo, el deber diario cumplido con alegría.
El trabajo, para el sentir de los paganos, era algo degradante, indigno de un hombre libre. Fue el Cristianismo quien consideró al trabajo como un medio que ennoblece al hombre. El trabajo fortalece la voluntad porque exige dominio de sí mismo, abnegación, perseverancia. Y quien tiene una voluntad fuerte, sabe dominarse, y por tanto, sabe guiar sus instintos hacia el bien integral de la persona.

Trázate un plan minucioso para la tarde: si al llegar al estudio te vienen ganas de tumbarte en el sofá, de salir con tus amigos, no vaciles. Lo primero es el cumplimiento de tu deber. Coge con alegría el libro. Échale alma y vida. El deber cumplido con entusiasmo tiene gran fuerza educadora de la voluntad.

Pero tan sólo es el trabajo verdadero el que educa el alma, y no el hábito de matar el tiempo. Tan sólo el trabajo que triunfa del capricho, de la inconstancia y comodidad.
¿Sabes qué es lo que me admira al visitar una catedral medieval? Este pensamiento: los antiguos, pintores, arquitectos, escultores, dieron lo mejor de su trabajo, concentraron todas sus fuerzas y las invirtieron en sus obras. ¿Y hoy día? El trabajo de los hombres es muchas veces tan rápido, precipitado, superficial, que parece un trabajo de mercenario.

Sentirás profunda satisfacción si haces con entusiasmo, con todo el corazón, el trabajo más insignificante. Lo importante no es la importancia del trabajo que haces, sino la disposición con que lo realizas. Lo que vale la pena hacer, merece que se haga bien, y lo que no se está dispuesto a hacer a conciencia es preferible que ni siquiera se empiece.

Un amigo fue a visitar a Miguel Angel, y se quedó maravillado de que todavía estuviese haciendo la misma obra.

— Su trabajo no adelanta nada —le dijo.
— ¿Cómo que no? He corregido ya mucho; aquí he quitado algo, allí he perfeccionado una arruga; he dado más suavidad a esta línea, he procurado dar más expresión a aquella boca.
— Pero todas estas cosas son pequeñeces —proseguía, maravillado, el visitante.
— Sí, lo son —le contestó el maestro—. Pero las pequeñeces hacen lo perfecto, y la perfección no es pequeñez.

Cuando pasé por Milán subí al techo de la catedral, ese templo soberanamente hermoso. Toda la iglesia está construida de mármol blanco deslumbrante; hasta en el techo se levantan innumerables torrecitas de mármol, y los nichos de las torres también están llenos de estatuas marmóreas de santos, a cual más hermosa. Mientras duraba la construcción dijo alguien al escultor, que trabajaba con gran celo: «Pero ¡tanto trabajo! Desde abajo nadie verá las estatuas. ¿Para qué tanta fatiga?

— Desde abajo, nadie —contestó el artista—; pero Dios lo ve.
Dios ve mi trabajo y esto me basta. El trabajo hecho sin entusiasmo, sin alma, refunfuñando, es peor que la completa inactividad, pues te engaña, haciéndote creer que trabajas mucho.

De la misma materia en que el artista esculpe una estatua maravillosa, el chapucero no sabe sino moldear una caricatura. De la misma manera podemos trabajar con entusiasmo y, mediante él, pulir nuestro carácter, mientras que otros permanecen esclavos y gimen con cara entristecida bajo el yugo de su estado de ánimo.

El hombre nació para el trabajo y, ya que no hay más remedio que trabajar, por lo menos trabajaré de buena gana.

Hazlo bien
En una antigua iglesia hay una interesante pintura que representa los diferentes estados de la vida. Allí está el Papa revestido con los ornamentos de gran solemnidad, y debajo se leen estas palabras: «Yo os enseño a todos.»
Allí está el emperador, con una corona en las sienes, con un cetro en la mano, y debajo se lee esta inscripción: «Yo os gobierno a todos.»

Allí está el general con la espada en la mano, y dice: «Yo os defiendo a todos.»
El labrador abre un largo surco con el arado, y dice: «Yo os alimento a todos.»

En la parte inferior del cuadro se ve pintado el diablo, haciendo muecas y riéndose a carcajadas, y exclama: «Y yo os llevaré a todos si no cumplís vuestro deber.»
¡Qué profundo significado encierra este cuadro! Que en esta tierra seas emperador o labriego, es indiferente; pero has de cumplir tu deber. La vida terrena es el gran teatro en que Dios distribuye a todos el papel que han de desempeñar. No depende de ti el papel que has de recibir, pero sí está completamente en tu mano el modo cómo lo representes.

En una representación teatral lo importante no es el papel que has de hacer, sino el cómo. Quien tiene el papel de emperador, quizá sea acogido con silbidos por no hacerlo bien. En cambio, se aplaude a un aprendiz de zapatero remendón porque hizo con maestría lo que le tocaba hacer.

Con tristeza oigo a cada paso en boca de los estudiantes: «No sé qué carrera coger. Están todas tan concurridas» No te asustes, todavía en todas las carreras hacen gran falta hombres diligentes que cumplan a conciencia con su deber.

Hoy no estoy de buen humor
El estudio y el éxito dependen, en primer lugar, de la voluntad y no del humor. Sin embargo, ¡cuántos jóvenes se disculpan con que: «Hoy no puedo estudiar; no tengo humor adecuado. No tengo ganas. Lo dejaré para mañana.» Hay jóvenes que para estudiar esperan siempre que a estar de «buen humor», a tener ganas. Y sin embargo quien ha emprendido el trabajo tiene ya hecha la mitad.

Nelson, el famoso almirante inglés, murió con estas palabras: «Gracias a Dios he cumplido con mi deber.» Ojala puedas decir un día lo mismo de ti mismo. Pero no esperes a tener ganas para conseguirlo.

Muchos jóvenes se quejan de que «no tienen suerte», de que el profesor «les tiene inquina», de que «todo les sale mal »; y sin embargo, en la mayoría de los casos no se trata más que de un solo defecto: en estos muchachos lo primero son las diversiones; siguen después muchas cosas, y allá muy atrás está su deber.

No estamos en esta tierra para ser felices, sino para cumplir todo cuanto Dios espera de nosotros. «Mi comida es hacer la voluntad del que me ha enviado» (Juan 4, 34), dijo de sí mismo el Redentor del mundo y así deberíamos repetir todos.

El Señor le dio al hombre la libertad, y el hombre puede oponer esta libertad a la voluntad de Dios: he aquí el pecado.

Hazte un plan
Quien no trabaja no puede ser feliz. El trabajo es, además, garantía de salud corporal. Si el arado yace abandonado en un rincón, se oxida; en cambio, si se usa, recobra el brillo. También el hombre holgazán llega a cubrirse de moho, mientras que en los ojos del hombre trabajador brilla la alegría.

«¡Pero... si no me gusta trabajar! ¡Si es tan antipática esta lección!» Lo mismo da. La cuestión es lanzarse de una vez al trabajo, hacerlo con entusiasmo. Verás cómo superas el desaliento inicial.

Has de tener orden en el estudio. «Guarda el orden y el orden te guardará», decían los antiguos. El deber cumplido con orden tiene doble valor; en cambio, el trabajo a capricho, desordenado, mal encaminado, es sencillamente perder el tiempo.

Haz todas las noches tu plan, tu horario, para el día siguiente, por lo menos a grandes rasgos. Y síguelo firmemente.

Por ejemplo, a la una salgo de clase y vuelvo a casa; comida, descanso hasta las dos y media; lecciones hasta las cinco, juego, diversiones hasta las seis; música, hasta las siete; estudio de idiomas, cena, lectura, a las nueve de la noche; rezos, acostarse.

Y cuando toca estudiar, entonces a ello. Pero de veras, firmemente, por más que oigas una voz que te susurra al oído: «Déjalo para mañana, ya habrá tiempo»; y por mucho que el sol te invite a salir a la calle. No te dejes ablandar. Ahora lo principal es estudiar.
Verás cuánto te cunde el tiempo distribuyéndolo bien con orden.

Tiene razón el dicho inglés: «Quien se acuesta temprano y madruga, será sano, rico y sabio.»
Había un estudiante que sistemáticamente llegaba tarde a todas partes. Ni por casualidad podía ser puntual. Sus maliciosos compañeros tuvieron una aguda ocurrencia: «Este muchacho nació cinco minutos más tarde de lo debido, y desde entonces no sabe recuperar estos cinco minutos de retraso.» Cuando ya fue un hombre no servía para nada, tenía una infinidad de disgustos en su oficina por sus continuos retrasos. ¿Y qué será de él si llega tarde al cielo? No muy tarde: ¡sólo unos cinco minutos!

Sé puntual
Propiamente, ¿qué es la puntualidad? Una cosa muy sencilla: Suspender un trabajo cuando se acaba su tiempo y emprender otro cuando llega su turno. Quien cumple esta regla sencilla desempeñará bien su oficio y lo hará todo a su tiempo.

La puntualidad empieza muy de mañana. Suena la hora de levantarse; por ejemplo, las seis de la mañana. Ya pasó el tiempo del descanso y saltas heroicamente de la cama. Si lo haces al instante, nunca tendrás que lamentarte: «No tuve tiempo para mis oraciones de la mañana. Llegué tarde al colegio.»

Sé, sobre todo, puntual a la hora de empezar el estudio, sin pensarlo dos veces.
Será siempre puntual el que sabe apreciar el tiempo. El que no se hace esperar da pruebas de tener en su justa estima el tiempo propio como el de los demás. No en vano dice el refrán: «La puntualidad es la cortesía de los reyes».

Es puntual el que sabe aprovechar el tiempo, pues aprecia su valor.
Cuando me detengo en las grandes bibliotecas ante las largas hileras formadas por las obras de un San Agustín, de un San Buenaventura, de un Santo Tomás de Aquino... me pongo a pensar: «¿Cómo tenían tiempo para escribir tantos libros, cuando algunos de ellos murieron relativamente jóvenes y tuvieron múltiples quehaceres, además de escribir?»

Me detengo, por ejemplo, ante los libros de Santo Tomás de Aquino: treinta y ocho grandes volúmenes en folio. ¿Cómo pudo escribir tanto un hombre que en total vivió cincuenta y dos años y, además, gastó mucho tiempo enseñando y predicando? Y hay que tener en cuenta que su producción literaria no está hecha de novelas, sino que trató las cuestiones más difíciles: Filosofía y Teología.
¿Cómo tuvieron tanto tiempo? Sencillamente, no perdían un momento de su vida.

Y puedes observar lo contrario: justamente los que nada tienen que hacer suelen ser los que «no tienen tiempo» para el trabajo. El estudiante perezoso retrasa sus deberes para el último día, y aun más para el último minuto de ese día, y escribe por la noche el tema que ha de presentar al día siguiente.

Si un médico te diagnosticase que te quedan ocho días de vida, dime, ¿qué harías? ¿Cómo aprovecharías esa semana? ¿No habrías de rectificar muchas cosas? ¿No habrías de pedir perdón a muchos? ¿No tratarías de reparar tus pecados?

Miguel Ángel fue un artista célebre del siglo XVI y creó obras maestras de una belleza insuperable. A pesar de ello mira cómo se queja, en edad ya avanzada, del tiempo que había perdido:

«¡Ay, ay de mí! ¡Cómo me engañaron los momentos fugaces! Me pasó el tiempo sin notarlo, y en breve me veré lleno de canas. El pensar es infructuoso; fracasa la buena intención. Pisando mis talones viene la muerte. No hay mal peor como el tiempo perdido.»

Medita qué breve es la vida y aprovecha el tiempo cuanto puedas. Recapacita en lo que dice Séneca: «Los hombres suelen pasar la mayor parte de su vida haciendo el mal, una gran parte no haciendo nada, y toda la vida en no hacer lo que deberían hacer.»

Aprovecharías más la vida si meditaras en lo rápido que se pasa.
El pasado ya se te escapó, el futuro aún no es tuyo; no tienes más que el momento presente; aprovéchalo, pues.
En rigor, lo único en el tiempo que podemos llamar nuestro es el instante presente.
«Mi señor pierde cada mañana una hora, y después ya no la encuentra en todo el día», dijo agudamente un criado de su dueño, que estaba desperezándose largo rato en la cama todas las mañanas.

«Vivió veinte años», leí en la tumba de un joven. «¡Qué poco tiempo vivió!», dice alguien a mi lado. ¿Poco tiempo? ¡Oh no! Si es que de veras «vivió veinte años», si encaminó su vida según la voluntad divina y aprovechó bien los momentos, ha podido vivir mucho en pocos años.

Descanso, no ocio
Naturalmente, también es necesario que descanses, que rehagas tus fuerzas y que suspendas un poco tu trabajo. El arco siempre tensado, pierde su fuerza, su fuerza de tensión. Pero el descanso ha de ser acumulación de fuerzas, y no tiempo perdido por pereza. Sólo descansa quien antes ha trabajado.

Los romanos solían poner esta inscripción a la entrada de su finca veraniega: «Para el descanso, no para el ocio.» Por tanto, el descanso nunca ha de ser para ti inactividad completa. Siempre tienes que buscar algún quehacer, sea cómo fuere.

Aunque no vivas en una hermosa región montañosa, esto no obsta que hagas excursiones agradables, que no sólo darán vigor a tu salud corporal sino refrigerio a tu alma. Dedícate a algún trabajo manual para ejercitar tu habilidad. Paseos, excursiones, trabajos manuales, lectura... son excelentes medio para disfrutar las vacaciones. Haz cualquier cosa con tal que no te aburras.
¿Cuándo cometen los hombres más maldades, crímenes, asesinatos, riñas? Cuando están ociosos, no durante el trabajo.

Tú también has podido experimentar en ti mismo que durante el curso, cuando estás abrumado de trabajo, te resulta mucho más fácil guardar tu alma de los malos pensamientos y del pecado, que durante las vacaciones, en que no tienes urgentes quehaceres.

La lengua alemana tiene la misma palabra para la expresión de «perezoso» y «podrido»; ambas son faul. Como si dijera: el alma que pasa su tiempo en la vagancia no deja de pudrirse sin remedio. Never to be doing nothing, fue la magnífica divisa de Walter Scott, «no estar jamás ocioso.»

Todos los estudiantes esperan rebosando de alegría las largas vacaciones de verano, y bien las merecen los que han trabajado seriamente todo el curso. Después de tanto estudiar, bien está soltar los libros, dormir algo más; pero nunca está bien pasar el rato en la cama despierto, entregado a la pereza. Porque sólo el cuerpo necesita descansar, el espíritu está siempre trabajando. Por tanto, si ya ha descansado el cuerpo no tienes porqué quedarte en la cama. No olvides nunca el excelente consejo que San Jerónimo dio al joven Nepociano: «El espíritu del mal ha de encontrarte siempre trabajando.» Si así lo haces no tendrás que temer al demonio.

Los cardos y malas hierbas no crecen en el jardín que se trabaja, sino en el terreno abandonado, en el barbecho.

¿Qué es lo más difícil en el mundo?
Hay muchos estudiantes que saben enumerar sin equivocarse los nombres de los integrantes de sus equipos de fútbol favoritos, pero apenas conocen los valores escondidos en su alma ni tienen idea de las pasiones que se desencadenan en su interior.
El pagano Pitágoras encargó con solicitud a sus discípulos que dos veces al día, a la mañana y a la tarde, se dirigieran estas tres preguntas: «¿Qué he comido? ¿Cómo he comido? ¿He cumplido todo lo que había de hacer?»
Sextio se hacía las siguientes preguntas cada noche: « ¿Qué defectos has vencido hoy? ¿En qué te has enmendado hoy?»

El pagano Séneca escribió lo siguiente: «Tengo el hábito de examinarme cada día. Por la noche, al apagar las luces, repaso el día, y pongo en la balanza todas mis palabras y todas mis obras.»

Sólo quien se conoce puede mandarse a sí mismo, y ser dueño de sí. El maquinista sólo domina la locomotora si la conoce hasta el último tornillo; sabe cómo han de manejarse las válvulas, etc.

Pero ¿sabes por qué no les gusta a los hombres hacer una inspección de su propia alma? Temen el espectáculo de ver sus múltiples defectos y egoísmos. Quizá tú también te hayas encontrado en semejante caso. Hiciste, hablaste cosas, por las cuales los hombres te felicitaron; sin embargo, si hubieras pensado sinceramente, habrías visto que esto lo dijiste por vanidad y aquello lo hiciste por egoísmo u obstinación.

«¡En vano; no tengo suerte!», dice un joven después del suspenso. Sin embargo, si hablara con sinceridad, diría:
«No estudio lo suficiente.»

«En casa siempre me hacen rabiar», dice otro. Tendría que decir: «Otra vez no seré tan insoportable y caprichoso.»
Preguntaron a un sabio griego, Tales, qué era la cosa más difícil en el mundo. El sabio contestó: «La cosa más difícil es conocernos a nosotros mismos; la más fácil es hablar mal de los demás.»

Y es que, además, quien no conoce su propia alma culpa con facilidad a los otros.
Pregúntate a menudo:
— ¿Cómo es, en realidad, mi temperamento?
— ¿Cuáles son mis anhelos? A los otros les gusta tal libro, tal canto, tal música, ¿y a mí?
— ¿Cuáles son mis ocupaciones favoritas? ¿Merece la pena gastar en ellas tanto tiempo y dinero?
— ¿Para qué me creó Dios? Él a cada uno señala un fin; ¿qué fin me señalo a mí?
— ¿Qué cualidades especiales puso en mi?
— ¿Qué es lo que más me gusta?
— ¿Qué es lo que siempre me sale mejor?
— ¿Qué hago para acrecentar las cualidades más sobresalientes en mí?
— ¿Cuántos defectos tengo? ¿Tantos? ¿Y de mí dependen que disminuyan?

Dime a quién admiras y qué es lo que más te entusiasma, y te diré quién eres.
Si admiras al rico, eres un joven de pensar materialista.
Si quieres codearte con los poderosos, eres ambicioso.
Si tu ideal es el hombre honrado, el hombre de carácter, estás en camino de serlo.

Así verás que el joven que con frecuencia se hace semejantes preguntas en su interior, poco a poco, por un lento trabajo, llegará a conocerse y a mejorar. Esto también le servirá para escoger la carrera que mejor le convenga.

Al final del día
Antes de acostarte haz una pausa en la noche, y tras tus oraciones, recorre con el pensamiento el día y pregúntate: ¿Está todo en orden?
¿Qué he hecho hoy?
¿Qué he omitido de lo que debía hacer?
¿Lo he hecho todo bien?

Y si descubres que has faltado en esto o en aquello, has sido negligente, has pecado, levanta tus ojos a Jesús crucificado: «Señor, he pecado. Perdóname. Mañana será otro día.»

Benjamín Franklin, el inventor del pararrayos, procuraba con seriedad extirpar el más leve defecto de su alma. Bien sabía que poderío tienen las cosas pequeñas sobre nosotros, y por esto hizo un tablero especial, en que llevaba cuenta cada noche de las obras que había hecho durante el día: se alegraba de sus victorias y deploraba sus defectos. Se examinaba cada noche de estas trece virtudes: moderación, silencio (evitar las palabras ociosas), orden, decisión, economía, diligencia, sinceridad, justicia, sobriedad, pureza, tranquilidad de espíritu, educación y humildad.

«He anhelado vivir —escribe de sí mismo— de manera que no cometa falta alguna; me he propuesto luchar contra toda mezquindad... ¡Por qué no voy a ser capaz de obrar el bien y evitar el mal!»

Era muy severo consigo mismo; anotaba cada día de la semana en su tablero con una cruz si había faltado a alguna de estas trece virtudes.

¿No podrías tú también durante algunos años poner en práctica este modo excelente de formación?
Ni que decir tiene que has de ser inexorablemente sincero contigo mismo. A nadie podemos engañar tan fácilmente como a nosotros mismos.

Si te atreves a ser sincero contigo mismo, en más de una ocasión deberás pensar como pensó Franklin después de un serio examen de conciencia: «Vi espantado que tengo muchos más defectos de los que me creía; pero, por lo menos, tuve la satisfacción de ver que van disminuyendo. Muchas veces me vi tentado de dejar el examen de conciencia; me parecía que la puntualidad que me exigía a mí mismo era demasiado meticulosa. No obstante, proseguí el ejercicio. Y aunque nunca haya llegado a la perfección completa, de la que he estado bastante lejos, me sirvió este empeño para mejorar como hombre y para ser más feliz de lo que hubiera sido sin él.»

Tú también te notarás muchos defectos: te enfadas demasiado, te dejas llevar de la pereza, del orgullo... No te tranquilices ante esos defectos diciendo: «Es mi temperamento. Soy así. No hay manera de cambiarlo.»
¡Poco a poco! Precisamente aquí empieza el trabajo de la educación. No se puede suprimir la naturaleza, mutilarla con violencia; pero sí se la puede ennoblecer, levantar, es decir, se la puede educar. Podemos ejercitarnos en las virtudes que se oponen a nuestros defectos, y de esta suerte poner orden en nuestras inclinaciones instintivas y desordenadas.

Sigue una cierta prioridad: en primer lugar, lucha contra las faltas que conscientemente y libremente sueles cometer, contra las que protesta enérgicamente tu conciencia. Si ya las has puesto en orden, lucha contra las precipitaciones y descuidos más pequeños, contra las debilidades más insignificantes.

No te contentes con contestar a la pregunta: «¿Qué pecados he cometido hoy?» Gracias a Dios, muchos jóvenes viven meses y meses sin ningún pecado grave.

Hazte también preguntas de este género:
— ¿Cómo he podido ser tan bruto, que por respeto humano haya hablado tan mal de mi amigo?
— ¿Cómo he podido ser tan cobarde, que por miedo a una sonrisa irónica no haya sido coherente con mi fe o valores morales?
— ¿Qué obras buenas he dejado de practicar que hubiera podido hacer hoy?
— ¿En qué hubiera podido ser más noble, más puntual, más educado, más abnegado, más comprensivo?
— ¿He hecho algo para difundir el reino de Dios, ya sea en mi propia alma o en la de otros?

Y así sucesivamente. En muchas de estas cosas ni siguiera suele haber pecado, pero cabe muy bien la imperfección, que puede destruir la armonía de tu alma.
No temas bajar al fondo de tu espíritu, aunque tuvieras que descubrir en sus profundidades un montón de inmundicia. Cuántas más veces dirijas a tu alma el reflector del examen de conciencia más fácilmente la limpiaras.

Descubrir la raíz
El buen examen de conciencia diario no consiste tan sólo en echar cuentas sobre las obras del día, sino en procurar descubrir la raíz de cada falta. No sólo determino el mal, sino procuro dar también contestación a esta pregunta: ¿Cuál ha podido ser la causa de esta falta? Hay que encontrar las raíces y destruirlas.

Y en estas ocasiones encontrarás cosas interesantes.
«Hoy me he enfadado muchas veces. ¿Por qué? Una vez porque no me gustaba algo en la comida y he tenido que comerla a pesar de todo; después porque me han estropeado el juego de la tarde, obligándome a estudiar; otra vez porque no encontré el diccionario y en vano he revuelto todos mis libros buscándolo.»

¿De qué te arrepentirás en esta ocasión?
¿Y qué es lo que te propondrás? Ir con cuidado; pero ¿en qué cosas? ¿En el enfado? No. Sino en no ser demasiado comodón y dado al regalo. Ésta es la raíz del defecto, la que se ha de extirpar.

¿Hoy me he enfadado muchas veces.» ¿Por qué? Porque un compañero se rió de mí cuando no supe contestar a las preguntas del profesor. ¿De qué tendrás que arrepentirte? ¿Del enfado? No. Sino de ser demasiado vanidoso y perezoso.

Y así sucesivamente con todos tus defectos. Trata siempre de descubrir la causa, la raíz del mal.

Para algunos jóvenes la dificultad consiste en que quieren hacerlo todo de repente. El carácter no se hace en un día. Estarían muy dispuestos a decir con un arranque generoso: «¡De hoy en adelante quiero ser joven de carácter!» Sin embargo, en esto de nada sirven los grandes arranques, aquí sólo cuentan las pequeñas victorias de cada día.

Aún será más provechoso tu examen de conciencia si después de descubrir la raíz de tus faltas escoges tu defecto dominante y luchas principalmente contra él durante algunos meses.

Importa saber: ¿cuál es tu defecto dominante?
¿Recuerdas qué gritó Goliat al campamento hebreo? Escoged entre vosotros alguno que salga a combatir cuerpo a cuerpo. Si tuviese valor para pelear conmigo y me matare, seremos esclavos vuestros; mas si yo lo ganare y lo matare, vosotros seréis los esclavos, y nos serviréis.» (I Reyes 17, 8—9) Pues bien, tu defecto dominante viene a ser una especie de Goliat. Si lo vences, ya dominas los demás.

Cada joven tiene un defecto capital, del que provienen después todas su debilidades. El uno tiene un temperamento colérico; el otro miente con facilidad o, por lo menos, exagera y «recarga las tintas»; un tercero es terriblemente comodón y perezoso; el cuarto se inclina demasiado al sensualismo, etc.

Declara la guerra a tu defecto capital. ¡Pero una declaración categórica! ¡Inexorable! Párate cada mañana en tus oraciones, y si, por ejemplo, has de luchar contra la ira precipitada, piensa de un modo concreto (bastan algunos minutos) las ocasiones que pueden presentarse durante el día en que te dejes llevar de la ira: en el centro educativo, en los descansos, durante el juego, en casa. Después, haz el firme propósito: «Venga lo que viniere, quiero pasar el día sin encolerizarme, sin dejarme llevar de la ira. Dios mío, ayúdame a ello.»

Durante el día procura repetir tu noble decisión de la mañana. Por la noche, durante tu examen de conciencia, examínate: ¿Has cumplido tu propósito? ¿No lo has logrado? Pues mañana he de ser más fuerte. ¿Lo has logrado? Con alegría da gracias a Nuestro Señor Jesucristo.

En algunos conventos está vigente la costumbre de examinarse la conciencia mutuamente. Los religiosos se reúnen ciertos días y cada uno de ellos va enumerando los defectos que ha notado en los demás. Si tienes un amigo de confianza, puedes aprovechar este medio, indudablemente muy eficaz, de autoeducación. El ojo avizor de otro descubrirá tal vez manchas donde nuestro amor propio todo lo ve cubierto de nieve blanca. Alégrate si tienes un amigo que con amor sincero te avisa de tus defectos.

A los pies del Señor
Mi libro va acercándose a su término y te sorprenderá acaso que, después de exponerte todos mis pensamientos respecto a la formación del carácter, haya dejado para el final el medio más importante: la imitación de Nuestro Señor Jesucristo, modelo sublime de todo carácter humano.

Sólo el que tiene su alma en Dios, y sobre Él edifica toda su vida, puede tener un carácter realmente firme.
El ala más vigorosa de la voluntad es la oración, y el medio que más forma tu carácter es la vida de fe. Hemos sido creados para conocer, amar y servir a Dios en esta vida, y después, para verlo y gozarlo en la otra.
Tanto más adelantarás en el camino de tu formación integral cuanto más te acerques día tras día a la semejanza del ideal sublime de todo carácter... a Nuestro Señor Jesucristo.

«Gaudeamus igitur»
Gaudeamus igitur iuvenes dum sumus. «Alegrémonos mientras somos jóvenes», dice la antigua canción de los universitarios. Y tiene razón. La alegría pura es un medio para fortalecer la voluntad, es una fuente de vigor. Lo que hagas con alegría te resultará más fácil.

Pero acuérdate que la juventud pasa como la flor o el viento. Aprovecha la juventud para cumplir lo que Dios quiere de ti. No te desalientes: «Hasta el justo cae siete veces al día», y los jóvenes también caen muchas veces, resbalan y tropiezan. Ahora, todavía puedes escoger lo que será tu vida. ¿Qué quieres ser? No me refiero a si serás médico o comerciante, ingeniero o sacerdote, abogado o industrial. Adonde quiera que vayas, en cualquier dirección que te empujen tus inclinaciones, tu vocación, las circunstancias, para la sociedad casi viene a ser igual. Pero lo que no es igual es que adonde quiera que vayas, allí seas un hombre integro, un joven de carácter que sepa cumplir con su deber, para que al final de tu vida estés contento con la obra que Dios ha hecho en ti, si tú le dejas.

¿Puedo escoger?

Pues bien: escojo.
Quiero ser “joven de carácter”. Quiero vivir de suerte que mis acciones, palabras y pensamientos den gloria a Dios, en agradecimiento al infinito amor que Jesucristo me tiene. Él se puso de mi lado muriendo en la cruz por mí, para salvarme. ¡Sí! ¡Yo también me pongo de su lado y nunca le seré infiel! ¡NUNCA! ¡NUNCA!

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