
Las colecciones proféticas
Me pondré en mi puesto de guardia
y
me apostaré sobre el muro;
vigilaré para ver qué me dice
el Señor
y qué responde a mi reproche.
El Señor me respondió
y dijo:
Escribe la visión,
grábala sobre unas tablas
para que se pueda
leer de corrido.
Porque la visión aguarda el momento fijado,
ansía llegar
a término y no fallará;
si parece que se demora, espérala,
porque
vendrá seguramente, y no tardará.
Hab. 2. 1-3.
Nosotros hemos visto confirmada
la palabra de los Profetas,
y ustedes hacen bien en prestar
atención a ella,
como a una lámpara que brilla en un
lugar oscuro
hasta que despunte el día
y aparezca el lucero de
la mañana en sus corazones.
2 Ped. 1. 19
LAS COLECCIONES
PROFÉTICAS
Hacia el 750 a. C., se abre una nueva etapa
y comienza la edad de oro en la historia del
profetismo bíblico. Hasta ese momento, se habían conservado numerosas tradiciones
sobre la vida y la actividad de los Profetas. Esas
tradiciones –muchas de las cuales fueron luego incorporadas a los
libros de Samuel y de los Reyes– atestiguan la extraordinaria
vitalidad del movimiento profético en Israel, pero sólo ocasionalmente y
como de paso hacen referencia al mensaje de estos enviados
del Señor. A partir del siglo VIII, en cambio, el
interés se centra más bien en la "palabra" misma de
los Profetas, y así comienzan a formarse las "colecciones" que
conservan su predicación fijada por escrito.
La forma más frecuente de
transmisión del mensaje profético es el "oráculo" o declaración solemne
hecha en nombre del Señor. Pero también se encuentran otros
géneros literarios, a saber, la parábola, la alegoría, la exhortación,
e incluso el monólogo, como en el caso de las
"Confesiones" de Jeremías. Por lo general, los Profetas recurren al
lenguaje poético. Su poesía vibrante, construida rítmicamente, está cargada de
expresiones simbólicas, a fin de impresionar la imaginación de los
oyentes y hacer que las palabras queden bien grabadas en
la memoria.
Los oráculos proféticos comienzan casi siempre con esta frase:
"Así habla el Señor". En dicha fórmula está resumida la
esencia misma del profetismo bíblico. El profeta se presenta como
el mensajero y el portavoz del Señor. En su boca
está la Palabra de Dios (Jer. 1. 9; Ez. 31.
1). Él tiene la firme convicción de que ha recibido
un mensaje del Señor y que debe comunicarlo necesariamente (Jer.
20. 9; Am. 3. 8). Esto implica que el profeta
no dispone a su antojo del mensaje divino. Depende total
y enteramente de Dios, que no sólo habla cuando quiere,
sino que a veces parece guardar silencio y mantiene a
su enviado en una actitud de espera (Jer. 42. 4-7).
Pero
los Profetas no sólo hablan con "palabras". Cuando el lenguaje
resulta insuficiente y poco eficaz, suelen valerse de acciones simbólicas,
muchas veces desconcertantes, pero llenas de significado. Lo que pretenden
con esos gestos es provocar extrañeza y llamar la atención,
con el fin de sacudir la inercia de sus contemporáneos
y llevarlos a la conversión. En algunas ocasiones, como en
la experiencia matrimonial de Oseas, es la vida misma del
profeta la que se convierte en símbolo viviente del mensaje
que él anuncia.
Los Profetas eran hombres de acción. Si bien
algunas veces recibieron del Señor la orden de poner por
escrito una visión determinada (Is. 8. 1; 30. 8; Hab.
2. 2) o una serie de oráculos (Jer. 36. 2),
sin embargo, ninguno de ellos pensó en escribir un libro.
Fueron sus discípulos los que recogieron el mensaje profético, lo
fijaron por escrito y formaron las colecciones incorporadas posteriormente al
canon de los Libros sagrados. Esta formación progresiva de los
Libros proféticos explica el "desorden" y la falta de continuidad
que se advierte con frecuencia en la recopilación de los
diversos oráculos.
Los Profetas aparecen siempre que Dios quiere comunicar su
Palabra. Cada uno de ellos tiene su personalidad propia y
su mensaje característico. Amós y Miqueas reivindican la justicia social.
Isaías insiste en la importancia de la fe. Oseas proclama
el inagotable amor del Señor hacia su Pueblo. Sofonías anuncia
la salvación como un bien reservado a los humildes y
a los pobres. Jeremías descubre y valoriza la religión del
corazón. Ezequiel pone de relieve la responsabilidad personal en la
relación del hombre con Dios. Pero más allá de estas
diferencias, el mensaje fundamental de los Profetas es siempre el
mismo: todos ellos denuncian la idolatría, la corrupción moral, el
formalismo y la hipocresía; desenmascaran las falsas seguridades, defienden apasionadamente
al débil y al oprimido, y por encima de todo,
reclaman la fidelidad a la Alianza.
Con frecuencia, los Profetas predicen
tremendos castigos, pero a la vez infunden con su palabra
una inquebrantable esperanza. Al interpretar los acontecimientos a la luz
de Dios, que se manifiesta por medio de los "signos
de los tiempos", ellos abarcan con su mirada el pasado,
el presente y el futuro. Esto les hace comprender que
la meta final de la historia humana no puede ser
otra que la plena manifestación del designio salvador de Dios.
Pero los oráculos proféticos no son, como se piensa con
demasiada frecuencia, una predicción detallada y casi fotográfica de los
acontecimientos futuros. Son más bien una promesa, expresada por lo
general en forma simbólica, lo suficientemente concreta como para suscitar
la esperanza de Israel y lo bastante flexible como para
dejar siempre abierto el desarrollo de la historia futura a
la imprevisible acción de Dios. De esta manera, los Profetas
prepararon la instauración del Reino mesiánico y anunciaron de una
u otra forma el advenimiento de Cristo.
ISAÍAS
El libro de ISAÍAS
es el más extenso de los escritos proféticos. En él
se encuentran reunidos los oráculos que pronunció aquel gran profeta
del siglo VIII a. C., y algunos relatos referentes a
su actividad. Pero también contiene muchos otros escritos provenientes de
épocas posteriores. A lo largo de varios siglos, los discípulos
y continuadores del profeta trabajaron en la redacción de esta
obra densa y compleja, que lleva el nombre de Isaías.
En líneas generales, la obra consta de tres grandes partes,
que corresponden a tres etapas distintas de la historia de
Israel.
La primera sección (caps. 1-39) proviene en su mayor parte
del mismo profeta Isaías, aunque también contiene algunos fragmentos de
origen diverso, en especial, el llamado "Apocalipsis de Isaías" (caps.
24-27) y el epílogo sobre la actividad del profeta en
tiempos del rey Ezequías (caps. 36-39).
La segunda sección (caps. 40-55)
tiene un trasfondo histórico muy distinto. Cuando el Pueblo judío
estaba desterrado en Babilonia, un profeta anónimo dirigió un mensaje
de esperanza a los exiliados, anunciándoles su próxima liberación. Los
oráculos de este profeta fueron luego incorporados al libro de
Isaías, y a su autor se lo designa habitualmente con
el nombre de "Déutero Isaías" o "Segundo Isaías".
La tercera sección
(caps. 56-66) reúne una colección de oráculos pronunciados por varios
profetas de la escuela de Isaías, cuando el "Resto" de
Israel ya había regresado del exilio y trataba de instalarse
nuevamente en la Tierra de sus antepasados.
A pesar de su
enorme complejidad literaria, el libro de Isaías es mucho más
que una simple recopilación de oráculos provenientes de épocas y
autores diversos. Hay en él ciertos temas que se repiten
con insistencia: la santidad de Dios, la necesidad de la
fe, el "Resto" de Israel, la esperanza mesiánica, la gloria
futura de Jerusalén. El hecho de que escritos tan variados
hayan sido puestos bajo el nombre de Isaías atestigua la
gran influencia ejercida por este profeta y la importancia de
su obra. Dicha influencia se extiende incluso hasta el Nuevo
Testamento. Ningún otro libro del Antiguo Testamento es tan citado
como este, para mostrar que Jesús es el Mesías prometido
y esperado.
Primera Parte del Libro de Isaías
Isaías era originario de
Jerusalén y pertenecía a una familia de elevada posición social.
Por su maestría en el uso del lenguaje poético y
por su sensibilidad para los asuntos políticos y dinásticos, se
puede pensar que recibió una educación esmerada, en estrecho contacto
con las escuelas de escribas y "sabios" donde se formaban
los funcionarios de la corte real. Comenzó su actividad profética
cuando aún era relativamente joven, y continuó ejerciéndola, con períodos
intermitentes, durante no menos de cuarenta años.
Hacia el año 740
a. C., una grandiosa visión en el Templo cambió por
completo el curso de su vida. En ese momento se
le manifestó con toda su fuerza estremecedora la "santidad" del
Dios viviente. Anonadado por esta visión, Isaías tomó conciencia de
su propia indignidad y comprendió hasta qué punto sus compatriotas
se habían alejado del Señor. Esta experiencia es la "clave"
para entender toda su misión profética.
El mensaje de Isaías está
íntimamente ligado con los acontecimientos de su época. Asiria había
reafirmado su poderío y trataba de formar un vasto imperio,
extendiendo su dominación hasta la costa oriental del Mediterráneo. Este
intento chocaba contra las ambiciones de Egipto, que no quería
perder su influencia sobre Siria y Palestina. Al verse entre
dos fuegos, el reino de Judá trató de conjurar el
peligro mediante una política fluctuante, inclinándose alternativamente hacia uno y
otro lado.
Con una tenacidad inquebrantable, Isaías se opuso a todas
estas maniobras políticas. Para él, la única actitud debida ante
el Dios santo que habita en Sión, es la renuncia
a toda seguridad fundada en la astucia política o en
la fuerza de las armas. Sólo la fe en el
Señor –una fe que por momentos puede parecer absurda– puede
salvar a Judá. Nada de lo que acontece en el
mundo escapa a la soberanía de Dios, que dirige el
destino de los pueblos conforme a un "plan" oculto, muchas
veces desconcertante, pero siempre más sabio que la sagacidad de
los hombres. Aún en los momentos de mayor peligro, Isaías
promete a Jerusalén la liberación, con tal de que ponga
toda su confianza en el Señor.
Isaías es el gran "clásico"
de la poesía bíblica. Su expresión es clara, sobria y
vigorosa. Pero él es, sobre todo, el más grande de
los profetas mesiánicos. Su fe está profundamente arraigada en la
tradición davídica. La dinastía de David ha sido establecida para
siempre en Jerusalén, que no sólo es el centro de
Judá y de Israel, sino el punto hacia el que
convergerán todas las naciones de la tierra (2. 1-6). El
Mesías anunciado por Isaías es un descendiente de David, que
hará reinar la justicia y la paz sobre la tierra
(7. 10-17; 9. 1-6; 11. 1-9). Sin embargo, antes de
interpretar estos textos en la plenitud del sentido que les
confiere el Nuevo Testamento, es preciso comprenderlos en el sentido
más modesto que tuvieron en su origen, cuando Israel sólo
podía vislumbrar oscuramente el imprevisible cumplimiento de estos oráculos mesiánicos
en la persona y en la obra de Jesús.
ORÁCULOS SOBRE
JUDÁ Y JERUSALÉN
En los primeros años de su actividad profética,
la principal preocupación de Isaías es la situación moral, social
y religiosa de Judá y de Jerusalén. En medio de
la indiferencia generalizada –consecuencia de la prosperidad momentánea que vive
el país– el profeta lucha por disipar la ceguera de
sus habitantes. El Señor había plantado a su Pueblo como
una "viña" y lo había cuidado con solicitud paternal. Pero
esa viña no produjo los frutos que él esperaba, sino
las uvas amargas de la rebeldía y la injusticia (5.
1-7). Judá se ha convertido en una "nación pecadora", en
un "pueblo cargado de iniquidad" (1. 4). Sus hombres se
consideran sabios e inteligentes (5. 21), pero son incapaces de
reconocer "la obra de las manos del Señor" (5. 12).
Son arrogantes y orgullosos, pero "se postran ante la obra
de sus manos" (2. 8). Los poderosos sólo piensan en
acrecentar sus riquezas, conculcando el derecho de los pobres (5.
8).
Sin embargo, el Señor es "el Santo de Israel" y
no puede soportar la injusticia y la soberbia. Por eso,
ya se percibe a lo lejos la amenaza del ejército
asirio, que será un instrumento en las manos de Dios
para el juicio purificador (5. 26-30). Mientras tanto, la sentencia
divina queda en suspenso. Frente al inminente Juicio de Dios,
sólo hay una posibilidad de salvación: cambiar de vida, practicar
la justicia y hacer el bien (1. 16-17).