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Razones para el amor

Autor: Martín Descalzo
Con gran maestría Martín Descalzo nos muestra fabulosas y muy bien fundamentadas razones para conservar el amor, en su libro Razones para el Amor.
Indice:
• Introducción general
1.- Los miércoles milagro
2.- Vivir es convivir
3.- Las columnas del mundo
4.- Ana Magdalena
5.- Los espacios verdes
6.- Los prismáticos de Juan XXIII
7.- Compadecer con las manos
8.- Creer apasionadamente
9.- Un cadáver en la playa
10.- Clase sobre el matrimonio
11.- Tiempo de inquisidores
12.- Curas felices
13.- Al cielo en cohete
14.- El ángel del autobús
15.- La risa de Lázaro
16.- Notas sobre la amistad
17.- Notas sobre la libertad
18.- Las cadenas del miedo
19.- La sombra de Bucéfalo
20.- Los tres canteros
21.- Bomba en la cuna de la paz
22.- Como una novia recién estrenada
23.- El color de la sobrepelliz
24.- Cambiar el mundo
25.- Mozo de equipajes
26.- El muchacho que fuimos
27.- Nadar contra corriente
28.- Contra la resignación
29.- Profetas de desventuras
30.- La piedra filosofal
31.- Los calcetines
32.- Las otras loterías
33.- Teoría del cascabel
34.- El sueño de Barth
35.- Canción de amor para Canelo
36.- El padre enfermo
37.- Para ver más hondo
38.- Me suicido o me meto monja
39.- Odiarse a sí mismo
40.- La puerta cerrada
41.- Después de los exámenes
42.- Muchachos, os estamos engañando
43.- San Imprudente
44.- Las hojas nuevas
45.- Repartir la alegría
46.- El destino y el coraje
47.- Seres invisibles
48.- Te quiero tal y como eres
49.- ¿Un S.O.S. frente al caos?
50.- El gran silencio
51.- Salvar el fuego
52.- Una sonrisa trás la tapia
53.- Madame Bovary o cuando los sueños sustituyen a la
54.- La sonata de Kreutzer o cuando la carne devora al
55.- Engendrar con el alma
56.- La vergüenza de ser cristianos
57.- El grito
58.- Madre Iglesia
59.- Las clases medias de la santidad
60.- El milagro de las manos vacías
61.- Un rincón en el cielo
62.- Querida máquina
63.- La pasión del hombre de hoy
64.- La más honda historia de amor
65.- Carta a Dios

Razones para el amor
Autor: Martín Descalzo

Cuando, hace ahora cuatro años, comencé esta aventura de mis «razones», nunca pude imaginar lo que para mí llegarían a significar. Es asombroso: lanzas un día un pájaro a volar y, de pronto, te encuentras que él solito hace nido en miles de corazones. Y el primer asombrado es el propio autor. Porque lo que nacía como una simple serie de artículos circunstanciales y dispersos se iba convirtiendo, para mí, en un retrato interior y, para muchos, en un compañero en el camino de la vida. Y fue ese descubrimiento de los que caminaban a gusto a mi lado lo que me empujó a encuadernar aquellas primeras impresiones en mis Razones para la esperanza, que tuvo una inexplicable acogida entre sus lectores, que no sólo agotaban sus ediciones, sino que además me inundaban a mí con su cariño.

Fue este cariño el que me obligó a seguir. Y nacieron las Razones para la alegra, que tuvieron, en ediciones y acogida, la misma suerte misteriosa que su hermano mayor.

Al editar ese segundo volumen, me prometí a mí mismo que ahí se cerraba aquella serie. Pero la insistencia de los editores -me llevó a descubrir los muchos huecos que en los tomos publicados quedaban. Temas sin rozar, razones sin exponer. Faltaban, sobre todo, muchas de las más importantes raíces. En definitiva, sólo podemos tener esperanza cuando antes tenemos amor. Y la alegría no es sino el último fruto de ese amor. Si quería, pues, que estas razones -aunque aparentemente desordenadas y circunstanciales- recogieran las verdaderas claves de mi visión del mundo tendría que añadirle esos trasfondos para dar verdadero sentido a los dos volúmenes precedentes.

Introducción
Me animé por ello a cerrar esta serie de apuntes con una tercera y última entrega: estas Razones para el amor que tienes entre las manos.

El lector de los tomos precedentes encontrará en éste dos novedades: mientras aquellos eran simplemente una recogida de artículos previamente publicados en «ABC», esta vez un buen número de los que forman la última serie han sido reelaborados íntegramente o han sido directamente escritos para este volumen y son, por tanto, inéditos.

Más visible es la segunda característica: en este tercer volumen es mucho más notable la carga religiosa de la mayoría de mis comentarios. La razón es bastante simple: al estar las dos primeras entregas pensadas directamente como artículos para un periódico, prefería -aunque la visión religiosa estaba siempre al fondo de todos ellos- que predominara en sus planteamientos el simplemente humano, que pudiera llegar a todo tipo de lectores. Pues no todos los de un periódico son confesionalmente cristianos.

Esta vez, en cambio, al haber escrito pensando ya en el volumen, me he sentido más libre y he dejado a mi corazón que hablase con un mayor descaro de lo que realmente siente. Si soy cristiano, ¿cómo podrían mis razones no serlo? Si la -última raíz de mi amor, de mi esperanza y mi alegría estaba en Dios, ¿tendría yo derecho no diré a camuflarlo -cosa que creo no haber hecho nunca-, sino incluso a dejarlo en un segundo plano de fondo?

Con ello estoy queriendo decir que en este tercer volumen entrego lo que, en definitiva, son las últimas claves de mi vida. Soñé, a lo largo de mi vida, muchas cosas. ahora sé que sólo salvaré mi existencia amando; que los únicos trozos de mi alma que habrán estado verdaderamente vivos serán aquellos que invertí en querer y ayudar a alguien. ¡Y he tardado cincuenta y tantos años en descubrirlo! Durante mucho tiempo pensé que mi «fruto» seria dejar -muchos libros escritos, muchos premios conseguidos. Ahora sé que mis únicas líneas dignas de contar fueron las que sirvieron a alguien para algo, para ser feliz, para entender mejor el mundo, para enfrentar la vida con mayor coraje. Al fin de tan- tas vueltas y revueltas, termino comprendiendo lo que ya sabía cuando aún apenas si sabía andar.

Dejadme que os lo cuente: si retrocedo en mis recuerdos y busco el más antiguo de mi vida, me veo a mí mismo -¿con dos años, con tres?- corriendo por la vieja galería de -mi casa de niño. Era una galería soleada, abierta sobre el patio de mis juegos infantiles. Y que veo a mí mismo corriendo por ella y arrastrando una manta, con la que tropezaba y sobre la que me caía.

«Manta, mama, manta», dicen que decía. Y es que mi madre estaba enferma y el crío que yo era pensaba que todas las enfermedades se curan arropando al enfermo. Y allí estaba yo, casi sin saber andar, arrastrando aquella manta absolutamente inútil e innecesaria, pero intuyendo quizá que la ayuda que prestamos al prójimo no vale por la utilidad que presta, sino por el corazón que ponemos al hacerlo.

Me pregunto, cincuenta años después, si todo -nuestro oficio de hombres no será, en rigor, otro que el de arroparnos los unos a los otros frente al frío del tiempo. Por eso el niño que soy y fui ha escrito estas Razones. Si sirven para calentar el corazón de alguien, me sentiré feliz. Porque, entonces, sí que habré tenido razones para vivir.


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 Primer capitulo:
 Los miércoles milagro

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