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El Bautismo, fuente de la vocación y misión del cristiano

Autor: Miguel Salazar S.
En estas páginas vamos a buscar ahondar simultáneamente en dos direcciones: por un lado, en la transformación operada en el cristiano al recibir el Bautismo, y, por el otro, en la dinámica del desarrollo del don seminal de este sacramento.
Indice:
• Introducción general
1.- El Bautismo, fundamento de la vida cristiana
2.- El Bautismo y la vocación a la santidad
3.- El Bautismo y la misión apostólica
4.- Conclusión: el Bautismo y el reto de la Nueva Evangelización

El Bautismo, fuente de la vocación y misión del cristiano
Autor: Miguel Salazar S.

Capítulo 1: El Bautismo, fundamento de la vida cristiana

La ontología de la vida cristiana

En los tiempos de crisis de la verdad, de nihilismo antropológico y espiritual que nos ha tocado vivir, está siempre presente el riesgo de perder de vista el realismo de la vida cristiana. En un contexto en el cual la cultura está marcada por el agnosticismo funcional, la opción por la vida de fe empieza muchas veces a aparecer como una más entre las varias alternativas que se le ofrecen al "consumidor" de satisfactores espirituales, las cuales, por su mismo carácter de productos de consumo, se consideran como carentes de todo lazo ontológico con la realidad, suscitadas más bien por los "gustos del cliente". La afirmación de que nuestra vida cristiana es algo "dado", que los cristianos acogemos y que entraña un contacto con la realidad y en particular con la ontología del ser humano, aparece en ese contexto como una pretensión inaudita que suscita rechazo.

También muchos cristianos pueden empezar insensiblemente a vivir su fe de ese modo, perdiendo la convicción de que su opción vital supone la acogida de una verdad válida para todo ser humano. Esto se da particularmente cuando se entiende la fe cristiana como una serie de prácticas personales o de un pequeño grupo, y se reduce el compromiso cristiano a una opción personal e individualista, perdiendo dinamismo apostólico y evangelizador. La incapacidad de muchos cristianos para situarse críticamente frente al mundo y la cultura parece ser una consecuencia de este debilitamiento de la conciencia de la dimensión ontológica y antropológica de la fe, que se fundamenta en el realismo sacramental del Bautismo. Esta pérdida de conciencia parece subyacer también a algunas propuestas pastorales que plantean la Nueva Evangelización -dirigida a personas y grupos humanos que ya han recibido la iniciación sacramental- como una tarea que empieza prácticamente "desde cero", prescindiendo de la gracia sacramental ya presente, y también con frecuencia de los elementos tradicionales de catequesis y vida cristiana que siguen operantes en la cultura aunque puedan estar debilitados o faltos de sustento.

Reflexionar sobre el Bautismo como fuente de vocación y misión del cristiano significa recordar la verdad fundamental de que nuestra vida cristiana tiene en su fundamento un acontecimiento sacramental, es decir un hecho concreto, histórico, real incluso en el sentido físico, que ha acontecido en un momento determinado de nuestras vidas. La vida cristiana se origina en el acontecimiento del Bautismo, el cual -nos enseña el Catecismo- «significa y realiza la muerte al pecado y la entrada en la vida de la Santísima Trinidad a través de la configuración con el misterio pascual de Cristo» (2). Sin la transformación de nuestro interior que opera el signo sacramental del agua acompañada por las palabras del ministro, nuestra vida cristiana carecería de fundamento ontológico y antropológico; la vida de fe no tendría base suficiente en nuestra realidad personal. De allí la necesidad del Bautismo para la vida cristiana. Sin la vida de gracia que aquél inaugura, ésta sería imposible, porque la conformación con Cristo excede nuestras fuerzas y capacidades sin esa gracia sacramental: «todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el santo Bautismo» (3).

Esto significa también que la vida cristiana no se basa en primer lugar en la decisión humana de emprender el camino del seguimiento de las enseñanzas evangélicas, sino que tiene su primer fundamento en la iniciativa de Dios que sale al encuentro del ser humano mediante un signo eficaz específico, que como hecho histórico, concreto y real, transforma su existencia y funda una vida nueva. La acción cooperadora con la que el ser humano corresponde a la gracia santificante supone el don ontológico original del Bautismo, y surge precisamente como respuesta a él. La vida cristiana no es, pues, producto de la invención del ser humano, sino fruto de la apertura consciente y libre a una transformación real que Dios ha efectuado en su ser por medio de la gracia.

El hecho de que la vida cristiana tiene un fundamento ontológico sacramental se puede percibir también en la transformación que el Bautismo causa en el ser de la persona que lo recibe. Por la recepción del sacramento, el neófito es transformado interiormente, «participa en la muerte de Cristo; es sepultado y resucita con Él» (4), y por ello es «revestido de Cristo» (Gál 3,27). El bautizado se diferencia del no bautizado en su misma constitución ontológica, porque, como enseña el Catecismo, «el Bautismo imprime en el cristiano un sello espiritual indeleble (character) de su pertenencia a Cristo» (5).. Esta huella ontológica es tan radical que no se ve afectada en lo sustancial ni siquiera por la opción libre del cristiano en contra de su condición de tal: «Este sello no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de salvación» (6).. La huella del Bautismo permanece presente en el cristiano, incluso a pesar de sus pecados personales; es un principio de vida más fuerte que las traiciones e infidelidades, porque toca la realidad más profunda del ser humano que es el fundamento de toda su vida y actividad. Por eso, el cristiano obra siempre desde su dignidad de hijo de Dios, ya sea que obre conforme a esa dignidad que se le ha conferido, ya sea que la traicione.

Ahora bien, si el Bautismo transforma ontológicamente al ser humano, es necesario afirmar al mismo tiempo que lo presupone, como capaz de acoger la gracia de la filiación, y que lo conduce a la plenitud a la que está llamado. Esta afirmación no es más que la verificación en el plano sacramental de la antropología desarrollada por el Concilio Vaticano II. En efecto, si es verdad que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado», y que sólo Él «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (7), entonces es necesario afirmar que la naturaleza humana sólo puede encontrar su verdadera plenitud a partir de la gracia bautismal. Por eso la Iglesia enseña la necesidad radical del Bautismo para que el ser humano alcance su realización: «El Señor mismo afirma que el Bautismo es necesario para la salvación (ver Jn 3,5)... La Iglesia no conoce otro medio que el Bautismo para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna» (8).

Si la búsqueda del ser humano halla respuesta a todas sus inquietudes y anhelos sólo en el encuentro con Jesucristo Revelador y Reconciliador, el Bautismo es el sello sacramental y la garantía ontológica con que la iniciativa de Dios sale al encuentro no sólo de las preguntas que el ser humano se hace, sino de todas las hambres que brotan de lo más profundo de su ser. Por el don del Bautismo, acogido por el ser humano desde su naturaleza dotada de libertad y abierta a la comunión, se abre para él la posibilidad de afianzar su permanencia en la realización de su vocación y dignidad, y de desplegar su ser acogiendo y haciendo efectiva la misión a la que está llamado desde toda la eternidad. La vida humana verdadera es precisamente la vida cristiana, y por eso el Bautismo es la respuesta sacramental de Dios al hambre de plenitud presente en la naturaleza misma del ser humano.

La superación de la situación actual de crisis de verdad que prescinde del realismo de la vida cristiana supone hacer, pues, dos afirmaciones fundamentales. En primer lugar, que la vida cristiana hunde sus raíces en el mismo fundamento ontológico de la vida humana, y se basa no sólo en una elección de la persona, sino en primer término en la realidad ontológica del Bautismo. En segundo lugar, que el don del Bautismo nos es ofrecido por Dios -a través de la Iglesia- como respuesta concreta a las hambres fondales inscritas en nuestra naturaleza humana, como posibilidad realista de realización de los dinamismos fundamentales presentes en ella con anterioridad al Bautismo. Es pues un don gratuito, pero de ninguna manera extrínseco, porque responde a la misma naturaleza humana, llamada a la comunión.


El sacramento del Bautismo

Ahondar en la naturaleza del sacramento bautismal y abrirse al dinamismo al que da fundamento será pues una exigencia ineludible de la vida cristiana, y una condición imprescindible para que los esfuerzos por responder a la Nueva Evangelización den fruto. El Catecismo de la Iglesia Católica presenta de la siguiente manera los elementos fundamentales del Bautismo: «El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión: "Baptismus est sacramentum regenerationis per aquam in verbo" ("El Bautismo es el sacramento del nuevo nacimiento por el agua y la palabra" (9))» (10).

En esta definición se pueden distinguir tres elementos fundamentales. En el acápite anterior nos hemos referido ya a un aspecto del primero, según el cual el Bautismo es «el fundamento de toda la vida cristiana». El Catecismo añade, precisando los alcances de esta afirmación, que es «el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos». Toda la vida espiritual y la participación de la vida sacramental dependen del Bautismo.

En segundo lugar, el Catecismo indica que «por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios». El Bautismo da lugar a la vida nueva en el Señor Jesús. Ésta es la vocación del cristiano que tiene su raíz en el Bautismo: la filiación divina que recibe al ser liberado del pecado, y que debe hacerse vida concreta con su cooperación. Todas las vocaciones específicas a las que el Señor llama son participación de esta vocación a ser regenerados en el Hijo, el «Hombre nuevo», cuya gloria se manifiesta en cada cristiano de una manera única e irrepetible.

Esta vida nueva no es únicamente una transformación interior, sino que está ligada a la "obra" que cada fiel está llamado a realizar. Por eso, en tercer lugar, el Catecismo señala que por el Bautismo «llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión». El Bautismo, pues, hace al cristiano partícipe de la misión del Pueblo de Dios de ir por todo el mundo y proclamar la Buena Nueva a toda la creación (ver Mc 16,15).

La misión depende, como indica el Catecismo, de la incorporación a la Iglesia, que es uno de los efectos del Bautismo. De esta incorporación brota también una ineludible exigencia de comunión, que nace de la misma naturaleza del Bautismo: «Como la Iglesia es la comunión entre todos aquellos que profesan la única fe y viven en la caridad, la obligación primaria que brota del Bautismo es la de conservar la comunión con la misma Iglesia (11) y con Dios» (12).

La figura del cuerpo que el Espíritu inspira a San Pablo para expresar la realidad de la Iglesia ilumina ambas dimensiones de la comunión. Expresa por un lado la unidad de todos los miembros del cuerpo con la Cabeza que es el Señor, de quien todos reciben la vida. Participamos de la vida cristiana como miembros de la Iglesia, en la medida en que permanecemos unidos «a la Cabeza, de la cual todo el Cuerpo, por medio de junturas y ligamentos, recibe nutrición y cohesión, para realizar su crecimiento en Dios» (Col 2,19). La figura del cuerpo expresa también la unidad en la pluralidad de servicios que están llamados a desempeñar los cristianos en la Iglesia: «Pues, así como nuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros, y no desempeñan todos los miembros la misma función, así también nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte los unos miembros de los otros» (Rom 12,4-5). La unidad del cuerpo se fortalece cuando cada uno construye la comunión, acogiendo la reconciliación en la vida personal y comunitaria, y entregándose generosamente al «ministerio de la reconciliación», que se nos ha confiado en el Bautismo: «Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación» (2Cor 5,18). Esta unidad tiene su fundamento en la gracia bautismal: «El Bautismo constituye el fundamento de la comunión entre todos los cristianos, ..."constituye un vínculo sacramental de unidad, vigente entre los que han sido regenerados por él" (13) » (14).


La vida cristiana

Esta plenitud de la unidad y la comunión tiende a la perfección de la caridad, que es la esencia de la vida cristiana. Por el Bautismo, como nos recuerda el Concilio, «todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» (15).. El Bautismo es, así, el «fundamento de la existencia cristiana» (16).. Esta vida cristiana que los hijos de la Iglesia acogen por el Bautismo es la única vida verdaderamente humana: «Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo, tiene la vida; quien no tiene al Hijo, no tiene la vida» (1Jn 5,11-12).

Para comprender la transformación de la existencia humana que significa esta vida cristiana, la Iglesia ha mirado siempre a María, la primera en recibir en sí los frutos de la reconciliación. Ella es paradigma de esa vida de la que los cristianos participamos por el Bautismo. Manifiesta en su propio ser indiviso la plenitud de vida que se da en la comunión con la Trinidad creadora, que es la fuente de la reconciliación con uno mismo, con los demás y con toda la creación. La vocación a la vida cristiana, que María acoge plenamente, se manifiesta en Ella precisamente como la coronación y la plenitud de la vocación a la vida humana, y por lo tanto como la verdadera vida humana, vida reconciliada, existencia en la cual ha dado fruto la reconciliación que el Señor nos ha obtenido con su Encarnación, Muerte y Resurrección. En María se percibe claramente que la vida cristiana es la que se centra en el Señor Jesús, nutriéndose de Él, que ha venido para que tengamos vida y para que la tengamos en abundancia (ver Jn 10,10).

En Ella resulta claro también cómo la vocación a la vida cristiana, que alcanza una especificación particular en cada persona llamada a reflejar la gloria del Señor (17) de una manera única e irrepetible, no se queda en el ser, sino que está indesligablemente unida a un quehacer, a una obra, a una misión concreta y personal. María, que es la Inmaculada, la llena de gracia, la sierva del Señor, tiene, como enseña el Santo Padre, «un lugar preciso en el plan de la salvación», una «presencia activa y ejemplar en la vida de la Iglesia» (18). Al igual que Ella todos los cristianos tienen, junto a su vocación a la santidad, una misión a cumplir: «Cada ser humano, junto a esta vocación que venimos llamando "fundamental" tiene también, por designio divino, un llamado a realizar en este terreno peregrinar una misión propia. Así, el horizonte de la vocación pasa a una especificidad más individual con el llamado personal a una misión concreta, cuya huella lleva en su mismidad, según la divina Providencia» (19).



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Notas

1. Juan Pablo II, Homilía durante la misa de clausura de la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos, 12/12/1997, 2.
2. Catecismo de la Iglesia Católica, 1239.
3. Catecismo de la Iglesia Católica, 1266.
4. Catecismo de la Iglesia Católica, 1227.
5. Catecismo de la Iglesia Católica, 1272. Ver Gianfranco Ghirlanda, S.J., El derecho en la Iglesia misterio de comunión, Paulinas, Madrid 1992, p. 103: «El carácter bautismal expresa este carácter definitivo de la consagración por parte del Padre, consagración divina, que afecta a las dimensiones más profundas del ser y supone una transformación ontológica, que es como una nueva creación».
6. Lug. cit.
7. Gaudium et spes, 22.
8. Catecismo de la Iglesia Católica, 1257.
9. Catecismo Romano, 2,2,5.
10. Catecismo de la Iglesia Católica, 1213.
11. Ver C.I.C., c. 209, § 1.
12. Gianfranco Ghirlanda, S.J., ob. cit., pp. 73-74.
13. Unitatis redintegratio, 22.
14. Catecismo de la Iglesia Católica, 1271.
15. Lumen gentium, 40.
16. Tertio millennio adveniente, 41.
17. Ver 2Cor 3,18: «Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu».
18. Redemptoris Mater, 1.
19. Luis Fernando Figari, María y la vocación a la vida cristiana, Fondo Editorial, Lima 1995, p. 17. El subrayado es nuestro.

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