Autor: Pablo Córdoba | Fuente: Catholic.net Semana Santa en Familia
Vía Crucis para niños, en forma de cuento.
Semana Santa en Familia
La abuela le pide que la acompañen a la Iglesia.
Qué aburrido! –piensa Dalma, la nieta adolescente; pero, al recordar
que están en Semana Santa, decide ir.
–¡Vamos! –grita Matías, de
ocho, que ve en la invitación una ocasión para atrapar
palomas en el campanario.
Es una tarde fría. El cielo está
nublado.
Llegan a la Iglesia. Un candado avisa que está
cerrada. La abuela les indica ir por el lateral; seguro
que, la puerta estará abierta.
Entran por la parte trasera.
No hay nadie adentro.
–¿Qué les parece si rezamos el
Vía Crucis?
–¿Qué es eso? –pregunta Matías .
–Es recorrer, siguiendo estos
cuadritos, el camino que hizo Jesús llevando la Cruz, hasta
su muerte –responde su hermana.
El niño se para frente al
primer cuadro y lee: “Jesús es con–de–na–do”. Mira a
las mujeres y con picardía pide una explicación.
La nona hace
un gesto de complicidad y comienza con el relato:
“Eso
fue en la mañana del viernes. El gobernador sabía
que era inocente. Y, buscando excusas para liberarlo, les dio
a elegir al gentío entre Cristo y Barrabás, un asesino
que nadie quería.
“La muchedumbre pidió a gritos que liberen al
delincuente; y que crucifiquen a Jesús. ‘¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!’, gritaban enfurecidos.
–Pero...
¿no era bueno? –comentó Matías.
–Buenísimo. Él los había curado, les
había dado de comer, les había enseñado las cosas de
Dios, como en la catequesis –dijo la mujer acariciando la
cabecita del pequeño y prosiguió con el relato.
“Entonces, para que
la gente se calmase, el gobernador mandó azotar al Nazareno.
–Eso
es lo más impresionante de la película... –comentó Dalma– ...cuando
le arrancan la carne a latigazos.
“Después –continuó la abuela– lo
abofetearon y le clavaron una corona de espinas.
“Pero aún
faltaba lo peor: la humillación de llevar la cruz hasta
la cima del monte Calvario, donde sería crucificado.
“Jesús carga
con la Cruz. Apenas sale a la calle, la gente
se amontona. Algunos aprovechan para insultarlo y escupirlo. Otros, para
demostrarle a los soldados que no estaban de su lado,
le gritan groserías.
“Entre ellos está uno de los que
había curado la lepra, está la madre de una niña
que había resucitado... Cristo los reconoce. Podría llamarlos por su
nombre. Los mira. Ellos prefieren bajar la cabeza.
Dalma se
imagina entre la gente. Se siente parte del relato.
“Se escuchan
ruidos de metales. Son los soldados que vienen a exigirle
que se apure. Al día siguiente es feriado y quieren
terminar temprano. Uno le da un empujón. Jesús cae por
primera vez.
–Acá está el dibujo –dice Matías, señalando la tercera
estación.
–¿Alguna vez te caíste?
El niño recuerda cuando
se cayó de la bicicleta. Le había sangrado el codo
y se había raspado las rodillas. Lo peor había sido
cuando su mamá le lavó las heridas con agua y
jabón.
–¡Ay! –exclamó al comprender. La nona siguió contando.
“Los soldados se
enfurecieron porque demoraba en ponerse de pie. Uno le tiraba
de los pelos, otro lo azotaba.
“Gritó tan fuerte que
María, que estaba lejos, lo escuchó.
“Luego se abrió paso entre
la multitud.
“Por fin, Jesús se encuentra con su Madre”.
Pero está tan desfigurado que ella no lo reconoce. Lo
mira a los ojos y consigue ver en ellos, al
pequeño que había crecido entre sus brazos.
“Se contemplan durante unos
instantes. El ambiente se llena de ternura. La gente, emocionada,
los contempla sin hablar, hasta que otro latigazo obliga a
Cristo a separarse de su mamá.
“La Virgen se queda sola.”
Los
niños sienten compasión por la Madre de Dios.
Caminan unos pasos
y se detienen en la quinta estación.
–¿Quién es ese hombre?
–Simón
de Cirene carga con la Cruz –lee la joven, a
modo de respuesta.
“Cristo no tiene más fuerzas para continuar. Entonces,
los soldados buscan a un hombre para que le ayude
a cargar con los maderos.
“Lleno de miedo, Simón se
niega. Se siente poca cosa para estar al lado de
Cristo. Éste lo mira y le infunde confianza. El cireneo
vence el miedo y le ayuda con la Cruz.
“Es
un aporte ínfimo entre tanto dolor, pero significa mucho para
Cristo que recibe agradecido el favor de su nuevo amigo.
–Cuando
sea grande, yo le voy a ayudar –agrega el pequeño.
–No
hace falta que crezcas. Ahora podés hacerlo: siendo obediente, haciendo
las tareas, no peleando... Eso hace muy feliz a Jesús.
Se
detienen en la sexta estación. La abuela se inclina hacia
la nieta y en la intimidad le comenta:
“Entre la
muchedumbre hay una mujer que simpatizaba con su mensaje y
con el grupo de mujeres que lo seguía; pero, por
tímida, no se había comprometido a seguirlo.
“Obligan a Cristo
a tomar un atajo y, sin esperarlo, pasa delante
de ella. Al verlo tan cerca, la mujer rompe con
su timidez, arranca un lienzo de su vestido y, cuidadosamente,
Verónica enjuaga el rostro del Señor.
Dalma, recuerda cuando por
“timidez”, no defendió el mensaje de la Iglesia entre sus
compañeras... y se avergüenza.
La abuela teme que la joven esté
aburrida y quiera regresar a casa.
–Seguí contando –dijo el
mocoso.
La joven toca el brazo de la abuela con
gesto indeciso y también le pide que siga con el
relato.
Miran hacia atrás. Las puertas estaban abiertas. Había muchas personas
recorriendo el Vía Crucis. Algunos rezaban el Rosario. Otros, en
fila, esperaban para confesarse.
En la casa, no ha dejado de
sonar el teléfono. Son las adolescentes que preguntan por su
amiga.
“Salió con la abuela” –responde la mamá una y
otra vez. Al pasar por la habitación del niño sonríe:
no está con los jueguitos de la computadora.
–Si quieren que
sigamos, tenemos que cruzar del otro lado.
Los niños aceptan, buscan
la séptima estación y se detienen frente a ella.
“Estaba muy
cansado, sus pasos eran cada vez más cortos y torpes.
De pronto, topa con una piedra y cae por segunda
vez.
La abuela piensa en las caídas del alma que
suelen ser más dolorosas que las otras. Recuerda las veces
que prometió no volver a caer y que igual tropezó
con la misma piedra.
Admite que su carácter, sus caprichos y
su egoísmo, terminan siendo las piedras con las que tropieza
Cristo. Obstáculos que traicionan el camino espiritual.
–Abuela: ¿quiénes son estas
señoras? –la interrumpe en su reflexión, Matías.
–Son un grupo de
mujeres que, afligidas por lo que está pasando, lloran sin
consuelo. Cristo se detiene ante ellas y les dice: “No
lloren por mí, sino por sus pecados y por sus
hijos.
“Les explica que causan más sufrimiento las faltas de
caridad y la indiferencia de su hijos, que los latigazos
de los romanos. Así, Jesús consuela a las mujeres de
Jerusalén.
–Voy a pedirte una cosa, –le dijo a Matías
que, como a todo niño, le gusta que le hagan
encargos importantes–. Quiero que en tus oraciones pidas perdón por
las ofensas de los hombres que no rezan, que no
van a Misa y que blasfeman.
–Que rece por los ateos
también –agrega Dalma.
–No solamente por ellos sino también por
los bautizados que se han ido a otras iglesias, por
los que sólo acuden a Dios en los momentos malos
y después se olvidan...
“Por las mujeres que abortan y por
las que no transmiten la fe a sus hijos –concluye
la abuela y vuelve al Via Crucis:
“Le duele más el
corazón que el cuerpo. Es tanta la amargura de su
alma, que no resiste más... y cae por tercera vez.
“Sabe
que con su sacrificio está pagando el rescate de todos
los hombres que somos rehenes del pecado.
–Como los secuestros
que aparecen en la tele.
–Algo parecido –responde la mujer con
una leve sonrisa.
–Y acá... ¿qué pasó? –pregunta el niño.
“Llegaron al
lugar de la crucifixión. Los soldados le quitan la ropa
y se la sortean.
“Cristo, permanece en silencio, no se
queja ni está enojado.
“Lo acuestan encima del madero que
está en el suelo. Toman sus brazos y, traspasándolos a
golpe de martillo, lo clavan en la Cruz. Toman sus
pies y hacen lo mismo.
“Una vez clavado, lo elevan
junto a dos malhechores. Allí lo dejan: con las heridas,
la sangre y los brazos extendidos.
“Todo es desolación y misterio.
María no puede creer lo que han hecho con su
hijo. Desde la Cruz, Él la consuela con la mirada
y le regala una tenue sonrisa.
“Luego llama a su
amigo Juan, que estaba junto a María, y le pide
que en adelante cuide de su mamá, que no la
deje sola.
“María también se acerca para escuchar de labios
de su hijo la última petición: “quiero que seas la
Madre de todos”.
“El cielo se oscurece. Tiembla la Tierra.
Los ángeles lloran en el momento en que Cristo muere
en la Cruz.
“Aquel niño nacido en un pesebre, aquel
joven que había llorado y reído junto a sus amigos,
aquel mismo que había sanado a tantos... estaba muerto.
“La reflexión
ganó el corazón de todos. Al ver que habían clavado
a un inocente, comenzaron a marcharse. Algunos soldados sintieron el
sabor amargo del arrepentimiento; otros, el de la culpa.
“Lejos quedaron
los días de gloria: el milagro de Caná, la
pesca milagrosa, la resurrección de Lázaro, la entrada en Jerusalén.
“Hay dos seguidores: José de Arimatea y Nicodemo, que no
habían participado de estos momentos pero que estuvieron presente cuando
el Señor más los necesitó.
Piden permiso a Pilatos y
bajan su cuerpo de la Cruz.
“Su madre lo toma
entre sus brazos. Se renueva el dolor al comprobar que
el cuerpo de su hijo estaba muerto.
“La tarde llega
a su fin. Es de noche, cuando dan sepultura al
cuerpo de Jesús. Lo ponen en una cueva cavada en
roca y dejan caer una gran piedra sobre el ingreso.
“Todo hace pensar que sus enemigos tenían razón: Cristo no
era más que un gran hombre, un magnífico profeta... pero
no era Dios.
“El día sábado, ya muchos se habían
olvidado del Maestro, ya nadie hablaba del Nazareno. Todos estaban
ocupados en los preparativos de las fiestas.
La nona los invita
a sentarse.
“El domingo, antes de que amaneciera, un grupo
de mujeres fue a llevarle flores y perfumes. Durante el
camino se preguntaron quién movería la piedra. Ellas no tenían
tanta fuerza.
“Cerca del lugar, observaron que la piedra
estaba corrida. Corrieron y, al entrar al sepulcro, vieron que
no estaba el cuerpo. Pensaron que lo habían robado. En
su lugar, había dos ángeles vestidos de blanco.
“Uno de ellos
les dice: ‘¿por qué buscan entre los muertos al que
ha resucitado? ¡Cristo está vivo y vivirá por siempre!’, agrega
con una amplia sonrisa entre los labios.
“Es tanta la
alegría de las mujeres que tiran las flores al suelo
y salen corriendo para contar a los discípulos lo que
ha pasado.
Una vecina se acerca para saludar a la
abuela, sin embargo, al ver a la adolescente rezando de
rodillas, se detiene.
La abuela acomoda a Matías, que está
dormido, en su falda. Con tiernas caricias sobre su cabecita
da por finalizado el relato.
Dalma mira la imagen del
Cristo en la cruz y, emocionada, le anuncia que se
anotará en el grupo juvenil de la Parroquia.
Le brillan
los ojos de sólo imaginarse enseñando la catequesis a los
niños del barrio. Sueña con el campamento de verano. Se
imagina misionando, llevando la alegría cristiana a los más necesitados.
Sonríe.
En tanto, Matías sueña con que defiende al Señor con
su espada de juguete. Le asegura a la Virgen que,
en adelante, no estará más sola. Él será su protector.
Mientras
los nietos imaginan ese porvenir, la abuela recuerda los viernes
santos de su época: cuando las mujeres iban vestidas de
luto, cubriendo los rostros con mantillas negras.
Recuerda a su abuela
de tez blanca y ojos oscuros que, con la voz
clara y temblorosa de las mujeres valientes que hablan en
público, decía:
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