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Aprende a orar | sección
Habla con Dios | categoría
Autor: Centro de Hospitalidad y Misericordia | Fuente: Centro de Hospitalidad y Misericordia
4. Cuando has pecado
Para Orar. Dios nos busca.
 
4.  Cuando has pecado
4. Cuando has pecado



¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la que se perdió, hasta que la encuntra?
Lucas 15,4

PALABRA DE DIOS

Dios nos busca


  • “¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va a buscar la que se perdió, hasta que la encuentra? Cuando la encuentra, se la pone muy contento sobre los hombros y, llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos y les dice: «Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido.» Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión.”
    Lucas 15, 1-7


    Dios nos espera

  • “Jesús les dijo: «Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo al padre: `Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde.´ Y él les repartió la hacienda. Pocos días después, el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano, donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino.
    Cuando se lo había gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país y comenzó a pasar necesidad. Entonces fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pues nadie le daba nada. Y entrando en sí mismo, dijo: `¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.´ Y, levantándose, partió hacia su padre.
    Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: `Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.´ Pero el padre dijo a sus siervos: `Daos prisa; traed el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en la mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado.´ Y comenzaron la fiesta.”
    Lucas 15, 11-24


    Jesús no viene a condenar, sino a salvar

  • “Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?» Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.» E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?» Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.»”
    Juan 8, 1-11


    Miserere (Salmo 50)

  • “Piedad de mí, oh Dios, por tu bondad,
    por tu inmensa ternura borra mi delito,
    lávame a fondo de mi culpa,
    purifícame de mi pecado.
    Pues yo reconozco mi delito,
    mi pecado está siempre ante mí;
    contra ti, contra ti solo pequé,
    lo malo a tus ojos cometí.
    Por que seas justo cuando hablas
    e irreprochable cuando juzgas.
    Mira que nací culpable,
    pecador me concibió mi madre.
    Y tú amas la verdad en lo íntimo del ser,
    en mi interior me inculcas sabiduría.
    Rocíame con hisopo hasta quedar limpio,
    lávame hasta blanquear más que la nieve.
    Devuélveme el son del gozo y la alegría,
    se alegren los huesos que tú machacaste.
    Aparta tu vista de mis yerros
    y borra todas mis culpas.
    Crea en mí, oh Dios, un corazón puro,
    renueva en mi interior un espíritu firme;
    no me rechaces lejos de tu rostro,
    no retires de mí tu santo espíritu.
    Devuélveme el gozo de tu salvación,
    afiánzame con espíritu generoso;
    enseñaré a los rebeldes tus caminos
    y los pecadores volverán a ti.
    Líbrame de la sangre, oh Dios,
    Dios salvador mío,
    y aclamará mi lengua tu justicia;
    abre, Señor, mis labios,
    y publicará mi boca tu alabanza.
    Pues no te complaces en sacrificios,
    si ofrezco un holocausto, no lo aceptas.
    Dios quiere el sacrificio de un espíritu contrito,
    un corazón contrito y humillado, oh Dios,
    no lo desprecias
    ¡Sé benévolo y favorece a Sión,
    reconstruye los muros de Jerusalén!
    Entonces te agradarán los sacrificios legítimos
    -holocausto y oblación entera-
    entonces se ofrecerán novillos en tu altar.”


    Pedagogía paternal de Dios

  • “Habéis echado en olvido la exhortación que como a hijos se os dirige: Hijo mío, no menosprecies la corrección del Señor; ni te desanimes al ser reprendido por él. Pues a quien ama el Señor, le corrige; y azota a todos los hijos que reconoce. Sufrís para corrección vuestra. Como a hijos os trata Dios, y ¿qué hijo hay a quien su padre no corrige? Más si quedáis sin la corrección, que a todos toca, señal de que sois bastardos y no hijos. Además, teníamos a nuestros padres terrestres, que nos corregían, y les respetábamos. ¿No nos someteremos mejor al Padre de los espíritus para vivir? ¡Eso que ellos nos corregían según sus luces y para poco tiempo! Más él, para provecho nuestro, y para hacernos partícipes de su santidad. Cierto que ninguna corrección es, a su tiempo, agradable, sino penosa; pero luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella. Por tanto, robusteced las manos caídas y las rodillas vacilantes"
    Hebreos 12, 5-12


    ORACION

    Te pido perdón, Señor, por mis pecados…

    Por los pecados de toda una vida que en el amanecer de cada día dejo atrás. La mañana llega, y tú, amor Divino, me perdonas.
    Cada día lo haces, cada día esperas ese poco de mí que puedo dar. La pequeñez, que preñada de vida, de tu vida, sin duda va a florecer. Mientras tanto, mientras ese momento llega, te vienes junto a mí y me esperas. Te vienes conmigo nada más levantarme. No apartas de mí tus ojos cuando el pecado llega. Sostienes a mi alma; le imprimes aliento; susurras a mi corazón que se pierda en el tuyo. Pero... a menudo, no te oigo. No, de mí sólo te llega un lamento: no puedo más...
    De tu corazón un rayo brota hasta el fondo de mi pecho. Y entre tus brasas y mi lamento, se forma un ruego, una palabra, una oración que transforma mi ser y lo acerca, de nuevo, a ti.


    ORIENTACION

    Cuando se recibe el Sacramento de la Reconciliación o Confesión con un corazón contrito y con una disposición religiosa, se obtiene como resultado la paz y la tranquilidad de la conciencia, a las que acompaña un profundo consuelo espiritual.

    El Sacramento de la Reconciliación con Dios produce una verdadera “resurrección espiritual”, una restitución de la dignidad y de los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más precioso de los cuales es la amistad de Dios.
    Cf. Catecismo de la Iglesia Católica 1468


    REFLEXION

    “Cuando la conversión personal madura en el interior de la persona entonces en el interior del creyente se consolida una atmósfera descansada, serena, luminosa, limpia y fuerte. Una atmósfera al revés de la que deja el pecado”.
    (Mier Maza, Miguel; El pecado y sus consecuencias. Revista de la Cruz. Abril 2004)















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