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Aprende a orar | sección
Habla con Dios | categoría
Autor: Pedro Finkler | Fuente: www.abandono.com
7. Orar y contemplar
La contemplación pura es vivencia de comunicación con Dios sin utilizar ninguna palabra.
 

Y cuando me fuere y os haya preparado un lugar, volveré otra vez y os tomaré conmigo, para que, donde yo esté, estéis también vosotros (Jn 14,3).



El concilio Vaticano II ha despertado la necesidad y el deseo de renovación en todos los sectores de la Iglesia. Está fuera de toda duda que no se trata únicamente de redimensionar las estructuras administrativas o de reglamentar los usos y costumbres, aunque estas reformas sean también importantes. Pero las estructuras tienen únicamente una función organizativa con vistas a facilitar la vida. Esta es lo esencial de la Iglesia, de las personas que viven en asociaciones o en familias.

El gran esfuerzo de renovación que hay que hacer va en el sentido de un audaz crecimiento espiritual de los sacerdotes, de los religiosos y de los cristianos laicos. En la medida en que se desarrolla la dimensión contemplativa de los cristianos, la Iglesia se renueva y crece. Se trata de una cuestión vital para los institutos religiosos, cuyos miembros hacen profesión pública de seguir más radicalmente a Jesucristo. La misión específica de los religiosos consiste en dar al mundo el testimonio de Cristo y el anuncio de la Buena Nueva que él trajo al mundo. Este testimonio es posible y auténtico en la medida en que el religioso viva personalmente el misterio de Cristo. Vivir el misterio de Cristo es imitar a Jesucristo.

Pero imitar a Jesucristo no es hacer una parodia de él. La imitación nace de la admiración. El que admira, ama. Sólo podemos amar a la persona en que descubrimos unos valores que nos seducen. La primera tarea de los que se deciden por la vida religiosa es la de estudiar a Jesucristo. Tanto más fácil es conocer a una persona cuanto más cerca de ella se vive.

Por consiguiente, la tarea de estudiar a Jesucristo para conocerlo mejor lleva consigo la necesidad de aproximarse a él lo más posible. Contemplar es entrar en contacto íntimo con el Señor: verlo con los propios ojos, tocarlo, escuchar su mensaje de salvación de sus mismos labios. La generosa actitud y vida de oración y de contemplación alcanza de modo perfecto el doble objetivo de conocer al Señor y de vivir muy unido a él. Es que no puede haber auténtico testimonio evangélico si no hubiere un auténtico y generoso esfuerzo de crecimiento espiritual. La dimensión contemplativa del religioso se convierte de este modo en un aspecto esencial de su vida. Solamente el que vive la dimensión contemplativa vive de forma realista las verdades históricas del reino de Dios.

En un discurso pronunciado el día 24 de noviembre de 1978 ante un grupo de religiosos, el papa Juan Pablo II expresó esta importante inspiración: "Vuestras casas tienen que ser ante todo centros de oración, de recogimiento, de diálogo -personal y, sobre todo, comunitario- con aquel que es y debe ser el primero y principal interlocutor en la laboriosa sucesión de vuestros trabajos de cada día. Si sabéis alimentar este clima de intensa y amorosa comunión con Dios, seréis capaces de llevar adelante sin tensiones traumáticas ni peligrosas desbandadas esta renovación de la vida y de la disciplina a que os comprometió el concilio Vaticano.

Contemplativo es aquel que se siente atraído irresistiblemente por el Señor. Esta atracción lo lleva a abrirse a él y a dejarse trabajar por él en una progresiva transformación interior. Este es el resultado natural de la fidelidad con que el hombre responde a la llamada constante del Señor. El dinamismo interno que preside este movimiento transformador o de vida es el amor. El hombre que se deja arrastrar por este dinamismo de amor da a los hombres un testimonio permanente de su comunión con el Señor. La capacidad de testimoniar prácticamente, mediante el ejemplo personal, el amor de Dios a los hombres es la condición de eficacia apostólica. Y es también una condición sin la cual nadie consigue realizar un verdadero progreso en la vida de oración.

Sin una profunda unión con el Señor no hay verdadera fecundidad apostólica. Sólo el lenguaje del amor es comprensible a todos los hombres independientemente de su origen, de su raza o de su cultura. El contemplativo en acción es un apóstol que participa íntimamente de la pasión, de la muerte y de la gloria de Jesucristo. "A todos los miembros de cualquier instituto les conviene, buscando únicamente a Dios sobre todas las cosas, juntar la contemplación, por la que se unen a él con la mente y el corazón, con el amor apostólico, por el que procuren ser asociados a la obra de la redención y a la extensión del reino de Dios".

La fidelidad a las exigencias de la opción fundamental es la piedra de toque para juzgar del grado de autenticidad de una vida religiosa. Para mantener la coherencia íntima, el religioso debe renovar constantemente su actitud interna y su comportamiento exterior. Este no es sino la manifestación de aquélla. Por eso, "la regla suprema de la vida religiosa, su norma última, es la de seguir a Cristo según las enseñanzas del evangelio".

Orar y contemplar son modos distintos de comunicar con Dios. Orar o rezar es buscar comunicar con Dios sobre todo por medio de palabras, de conceptos, de imágenes o de pensamientos. Contemplar es buscar la misma comunicación de otro modo, en el cual se prescinde lo más posible de palabras, de conceptos y de imágenes. La contemplación pura es vivencia de comunicación con Dios sin utilizar ninguna palabra, imagen ni concepto. La mayor parte de las personas que rezan hacen también un poco de contemplación. Las que contemplan frecuentemente hacen también un uso moderado de palabras pronunciadas, murmuradas o solamente pensadas.

Las almas profundamente místicas muchas veces tienen la capacidad de conocer directamente a Dios, de comprenderlo y de intuirlo sin utilizar palabras ni conceptos. Por otro lado, de acuerdo con la experiencia de muchos directores espirituales y de dirigentes de grupos de oración, prácticamente todos pueden aprender este modo de orar. Consiste en la capacidad de captar a Dios directamente por medio de esa facultad que en lenguaje místico se conoce con el nombre de "corazón". Este concepto es muy parecido al de "intuición", al de "visión interior", al de "iluminación interior"..., al de natural tendencia hacia Dios, que atrae poderosamente al hombre hacia si.

Las palabras, los pensamientos, los raciocinios, las imágenes... constituyen otros tantos obstáculos para la comunicación directa e íntima con Dios. Los corazones enamorados se encuentran más íntimamente en el silencio de una simple mirada.

Para la mayor parte de las personas, el primer paso para llegar a este estado de simple mirada dirigida amorosamente al Señor consiste en vaciar o purificar la mente de cualquier pensar, reflexionar, imaginar.., activamente. Crear el vacío de la mente. Consiste en un esfuerzo por no hacer nada, por no pensar en nada, por no imaginarse nada... Observar solamente con fe y con amor ese vacío en donde se encuentra el Señor de modo misterioso y escondido. Se aprende a vivir ese estado pasivo mediante el ejercicio. Se trata de ver al Señor no con el sentido de la vista, sino con los ojos del "corazón". Los ojos del "corazón" pueden ver a Dios únicamente si están ya cerrados para todo lo demás. Cualquier apego o preocupación por otra cosa que no sea el Señor hace perderlo irremisiblemente de vista. Por eso precisamente es por lo que Jesús declaró bienaventurados a los limpios de corazón: sólo éstos pueden ver a Dios.

Hay personas muy simples, sinceras y auténticas que saben contemplar sin pasar por el laborioso proceso de aprendizaje que hemos indicado. Son como ciegos, que, al faltarles la visión, desarrollan espontáneamente una elevada sensibilidad en los otros sentidos, lo cual les permite participar casi tan activamente de la vida como las personas de vista normal. Hay ciegos que "ven" mejor algunos aspectos de la vida que otros cuya visión funciona normalmente. ¿No se dice que hay algunos que tienen ojos y no ven? El contemplativo en acción vive en su "corazón" en una unión amorosa con el Señor, mientras que con su cabeza trabaja con la misma normalidad que cualquier otra persona.

El ejercicio de aprendizaje de la contemplación consiste básicamente en obligar a la mente que piensa y habla activamente a que se calle, mientras uno permanece amorosamente en la presencia del Señor. La continuidad de este ejercicio lleva al descubrimiento del arte de comunicar directamente con el Señor a través del "corazón".

El pensar activo tiene su origen en las sensaciones, en los recuerdos, en las preocupaciones, en las emociones y en los sentimientos más o menos intensos... Para contemplar es necesario purificarse previamente de todo eso. Con la mente se puede pensar, reflexionar, discutir, crear, hablar, rezar... Pero contemplar sólo puede hacerse con el "corazón". Sólo el silencio profundo y total de la mente lleva a la visión contemplativa de Dios.

El cerebro es un motor que siempre funciona. El producto de su actividad se llama genéricamente pensamiento. No es posible no pensar. Cuando digo "no pensar activamente" quiero decir ocupar la mente en algo que no lleva a organizar mentalmente conceptos ni reflexiones lógicas, y menos aún a darles la forma de palabras más o menos expresadas. Esto se consigue fijando la atención activa más tranquilamente en Dios o, mejor aún, en la persona de Jesucristo. El que va hacia la presencia de Dios, que lo atrae amablemente, ve con espontaneidad la imagen del Señor con los ojos del "corazón". No es necesario imaginarse a la persona del Señor ni representársela mentalmente. Basta con buscarlo amorosamente, con desear que él se haga presente de algún modo. El que lo ama vive constantemente en su presencia. Para orar o contemplar basta con fijar atentamente los ojos del "corazón" en su amable persona y esforzarse en permanecer en su presencia. Dos personas que se aman apasionadamente sienten una enorme felicidad con el simple hecho de encontrarse uno en presencia del otro.

Para evitar las distracciones y facilitar la permanencia en el estado de contemplación basta con habituarse a repetir mentalmente con cierta frecuencia una palabra clave que exprese el sentimiento de amor y el deseo de unión. "¡ Señor mío y Dios mío!... ¡Señor, yo te amo!... ¡Señor mío Jesucristo, ten piedad de mí!".., etc. Es conveniente usar siempre la misma expresión. Se puede formar así el hábito de repetirla con frecuencia de día y de noche, incluso fuera de los momentos de oración contemplativa explícita.

La continuidad en este ejercicio conduce a la contemplación pura, en la que el "corazón" vive la amable presencia del Señor en el más absoluto silencio de la mente.

La causa más frecuente de abandono de la vida de oración está en la persistencia fatigosa y monótona de un método de oraciones hechas exclusivamente a nivel de la cabeza. El sujeto acaba cansándose y hastiándose de esas prácticas rutinarias. En la mayoría se necesita una buena dosis de capacidad de resistencia física y psíquica para no sucumbir a la tentación del desaliento. El único medio de huir del problema es aprender a sumergirse en la profundidad de los misterios del "corazón", que busca al Señor sin fatiga mental. Contemplar es tan fácil y tan agradable como amar. Basta con encontrar el camino de este método. El camino no se detiene en fatigosas elaboraciones mentales, sino en suaves explosiones de alegría, de paz, de amor, de entusiasmo, de ternura del "corazón" que encuentra al amado que lo llama.

La contemplación es una experiencia mística que comunica frescor a la mente, alimento al alma y bienestar al cuerpo. Llena de una felicidad tan real y tan satisfactoria, que aquel que la consigue no cambiaría esa riqueza por ninguno de los deleites que pueden proporcionar los sentidos, las emociones y la mente. Lo más curioso es que esta experiencia está al alcance de todos. Todos pueden aprender a comunicarse con Dios a través del "corazón". La mayor parte de las personas tienen necesidad de educar previamente su "corazón" por el ejercicio para que funcione adecuadamente.

La oración hace al hombre. Somos lo que llegamos a ser mediante la oración. "La persona se convierte en aquello que reza; rezar más para amar mejor; la verdadera oración no está hecha de palabras, sino de miradas; cuando estoy con Dios, hago lo más importante, porque rezar es amar".

Contemplar no es hablar con Dios. Tampoco es reflexionar o pensar. El resultado de la contemplación no consiste en unas cosas hechas, realizadas o alcanzadas. La contemplación no pretende un conocimiento mental, un saber. Apunta fundamentalmente hacia el ser de la persona. Esta se transforma y crece con la contemplación. Se trata de un beneficio mucho más importante que las luces y el saber que es posible obtener con otros tipos de oración y con la meditación.

La contemplación transforma a la persona con mucha mayor eficacia que la fuerza de la voluntad. El que tiene el hábito de orar por el método de la contemplación se hace generalmente muy sincero, sencillo, cordial, paciente... Hay vicios que desaparecen sin un gran esfuerzo: fumar demasiado, afición al alcohol, dependencia afectiva... En fin, la persona se transforma en otra distinta.

También la comunidad religiosa y la familia se benefician extraordinariamente por el hecho de que uno de sus miembros tenga el hábito de orar por el método de la contemplación. El cambio que la contemplación produce en la persona contagia a todas las de su entorno. Hay una unión mayor de corazones, hay un clima favorable al diálogo, hay una mayor participación en las actividades del grupo, y los encuentros se realizan en un clima de paz y de amistad. Contemplar es sensibilizar el corazón para el descubrimiento, para la aceptación y para el amor a los demás. Las personas que contemplan juntas en un mismo lugar entran también en una sintonía profunda unas con otras. Y acaban sintiéndose íntimamente unidas, en comunión.

Las personas que buscan juntas una misma cosa sienten un mayor estímulo para el esfuerzo común. La resistencia o el desinterés de uno bloquea el esfuerzo de todos. Las actitudes y las emociones individuales positivas o negativas de una persona en un grupo contagia fácilmente a los demás a través de una especie de comunicación inconsciente.

Contemplar es fijar la atención en el objeto considerado, penetrar en su intimidad, dejarse penetrar por él sin resistirse ante el movimiento de encanto y de admiración que suscita. En la oración contemplativa, el objetivo de la atracción, de la atención interior, del encanto y de la admiración.., es el Señor. El que contempla no piensa activamente, no calcula, no conversa. Se trata de una intensa actividad interna, silenciosa. De una experiencia interior. A veces el sujeto explota en exclamaciones de alegría, de júbilo, de gratitud, de tristeza, de maravilla...

Hay quienes descubren la oración contemplativa simplemente por miedo a perder el tiempo. Hay quienes creen que orar es hacer algo: pensar, reflexionar, pronunciar palabras, leer, cantar, etc. Está claro que todo esto puede ser también oración; todo depende, naturalmente, de la disposición interior del sujeto. Pero contemplar, o sea orar sin decir nada y sin pensar activamente, es seguramente una oración más profunda y más provechosa para el crecimiento de la unión del hombre con Dios que cualquier otra oración: "¡Marta, Marta! Tú te preocupas y te apuras por muchas cosas, y sólo es necesaria una. Maria ha escogido la parte mejor, que no se le quitará" (Lc 10,41-42).

Una de las condiciones personales para aprender a contemplar es tener el coraje de sentarse a los pies del Señor simplemente para mirar..., para escuchar..., para amar y dejarse amar. El contemplativo no hace nada. Deja que el Señor haga con él lo que quiera. Se limita a tomar conciencia de las maravillas que el Señor realiza en él.

Es difícil explicar lo que siente la persona en oración contemplativa. La mirada fija en Dios y en su reino, el secreto movimiento afectivo del corazón y la misteriosa respiración del alma entregada a las cosas del Espíritu son cosas más o menos inexplicables. Se trata de una experiencia que se vive. No hay palabras para describirla adecuadamente. Es tan imposible querer explicar como querer hacer comprender qué es el perfume del jazmín a una persona que nunca lo ha olido. Es un conocimiento que se adquiere solamente por la experiencia personal. La experiencia interior de la unión íntima con Dios es tan simple y tan espiritual, que no puede reducirse a ninguna idea bajo la forma de imagen sensible. Sólo la experiencia..., únicamente la experiencia...

La contemplación es una vivencia absolutamente personal e interior. Puede ir acompañada de gestos exteriores que, sin embargo, no expresan el contenido vivencial de la oración. Este permanece secreto, conocido únicamente por el sujeto. Por eso la oración contemplativa, aunque se haga en grupo, es siempre estrictamente personal, a pesar de que el sujeto siga siendo plenamente consciente del hecho de ser miembro de un grupo, de una comunidad, de la Iglesia.

Podemos forjarnos una vaga idea de cómo es la unión íntima con Dios a través de la descripción que hizo Jesús de su unión con el Padre. El evangelista Juan afirma que "el Hijo unigénito está en el seno del Padre" (Jn 1,18). Jesús declaró también: "Yo y el Padre somos una sola cosa" (Jn 10,30). Y en otro lugar: "Como tú, Padre, en mi y yo en ti, que también ellos sean una sola cosa en nosotros..." (Jn 17,21). Otra de sus palabras: "Volveré otra vez y os tomaré conmigo..." (Jn 14,3), es una clara indicación de cómo actúa el Señor en el alma del que se deja amar por él. Contemplar es dejarse amar por el Señor. Es estar enteramente disponible a él con plena conciencia de esa disponibilidad y de ese deseo de querer ser únicamente suyo.

La mentalidad horizontalista que nace de la actitud tendenciosamente social puede ser un sincero esfuerzo de vida espiritual. Sin embargo, es sumamente difícil -por no decir imposible- llegar por ese camino a una verdadera oración contemplativa. Todo indica que el descubrimiento de san Agustín es válido para todos los que buscan un encuentro más profundo y más personal con el Señor. "Tarde te amé, oh Belleza, tarde te amé. Sí; tú estabas en lo más íntimo de mi mismo y yo estaba fuera de mí. Yo te buscaba fuera de mí".

Santa Teresa se extraña de que algunos tengan miedo de entrar decididamente por este camino para progresar en la vida de oración: "No entiendo eso que temen los que temen comenzar oración mental, ni sé de qué han miedo".

Al hablar de la necesidad de orar y de la satisfacción que experimenta el que aprende a orar de veras, la misma santa escribe: "Para estas mercedes tan grandes que me ha hecho a mi (el Señor) es la puerta la oración; cerrada ésta, no sé cómo las hará, porque, aunque quiera entrar a regalarse con un alma y regalarla, no hay por dónde, que la quiere sola y limpia y con ganas de recibirlos. Si le ponemos muchos tropiezos y no ponemos nada en quitarlos, ¿cómo ha de venir a nosotros? ¡Y queremos nos haga Dios grandes mercedes!"

El Señor habla a quienes lo escuchan. Su palabra es misteriosa. Únicamente es perceptible en el silencio del corazón estrechamente unido a él. Los sentidos son puertas abiertas al mundo exterior. El reino de Dios está dentro de nosotros, nos advirtió Jesús. Por consiguiente, las realidades espirituales no pueden ser percibidas por los sentidos exteriores. Sólo los sentidos interiores -la imaginación, la fantasía, la representación, el sentimiento, la impresión...- son suficientemente sensibles para percibir las cosas del espíritu.

Si quieres oír lo que el Señor te dice, cierra tus sentidos exteriores -la vista, el oído, el tacto, el olfato y el gusto-, recógete en tu interior más intimo, entra con el Señor que está allí, permanece en su santa presencia y fija tu atención en él. El te hablará si estás suficientemente abierto y atento a sus palabras. Cualquier distracción es un ruido que apaga su voz. Sólo puedes oírla en el silencio más profundo de tu cuerpo y de tu mente.

La contemplación es un tipo de oración muy simple. No tiene nada de difícil y complicado. A muchos les puede parecer difícil precisamente porque no saben ser sencillos. La excesiva intelectualización y racionalización llevan al hombre a calcular sus actitudes y sus comportamientos delante de las realidades con que se enfrenta. Pero sólo la actitud simple y auténtica del niño consigue penetrar en la profundidad de las vivencias simples y naturales. Aprender a orar es reaprender a ser simples y puros como fuimos en tiempos de nuestra infancia. Se trata de un redescubrimiento de aquello que, en nuestros años infantiles, nos era muy familiar. Desgraciadamente, en el mundo tecnológico educar puede significar cambiar la naturaleza espontánea del hombre en unos comportamientos y actitudes artificiales, más útiles para los objetivos pragmáticos de la sociedad de producción y de consumo. Por fortuna, siempre es posible el retorno a un humanismo verdadero. l3asta con querer y adoptar los medios adecuados para ello. Y éstos están actualmente bastante difundidos gracias a las publicaciones de divulgación de la psicología aplicada a las más diversas finalidades. Existen ya buenos estudios de psicología aplicada a la vida de oración.

La Virgen María es un modelo extraordinario de vida contemplativa. Maria es imprescindible en la vida cristiana. Ejerce un papel pedagógico indispensable en la vida del que quiere aprender a orar. Si orar es amar, entonces hemos de comprender cómo nadie amó tanto como María a su divino hijo Jesús. Nadie en el mundo estuvo tan estrechamente unido a él como su madre. Por eso mismo, nadie jamás entró tan profundamente como ella en los misterios del corazón de Dios. Esta es la más importante de sus credenciales para que la consideremos como nuestra maestra en los trabajos de aprendizaje de la oración.

No cabe duda de que una de las actitudes que más agradan al Señor en sus amigos es la de una filial veneración a la Virgen Maria, su augusta madre. El mismo nos la presenta como modelo: "Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo que él amaba, dijo a su madre: ´Mujer, he ahí a tu hijo´. Luego dijo al discípulo: ´He ahí a tu madre´" (Jn 19, 26-27). Jesús y aquellos a los que él ama tienen la misma madre. Son hermanos. El es siempre el hermano mayor. Por eso mismo, en cualquier dificultad podemos contar con él. En cierto modo, él se responsabiliza de nosotros.

El primer modelo de un hijo es siempre su madre. Procura imitarla espontáneamente. En la medida en que consigue copiar el modelo que está continuamente ante su vista, va creciendo en la vida. Se desarrolla en el sentido de la edad adulta como la madre.

Lo mismo ocurre con el devoto de la Virgen Maria. En la medida en que imita el admirable ejemplo de su vida, se aproxima al ideal, a Jesucristo, su hermano, que a su vez forjó su humanidad siguiendo el prodigioso modelo de esta mujer singular. Es ella, la Virgen, madre de Jesús y madre nuestra, la misteriosa mujer descrita por Juan como "una gran señal que apareció en el cielo: una mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre la cabeza" (Ap 12,1).

La vida de Maria se caracteriza por unas actitudes espirituales que estimulan poderosamente nuestra vida de oración. Maria, la Virgen que escucha, la Virgen en oración, representa en la Iglesia el modelo más perfecto de unión con Jesucristo. Ved, por ejemplo, a Maria al pie de la cruz. ¿Quién contempló jamás la pasión de su divino Hijo con amor, con dolor, con sentimiento de compasión, como ella? Con su ejemplo anima a los cristianos y les indica ese excelente medio de contemplación del misterio de la pasión.

El que vive un amor profundo a Jesucristo no puede menos de amar y de imitar también a su heroica y santa Madre. Una de las manifestaciones más tiernas de ese amor es la celebración de las fiestas marianas. Las invocaciones, las preces y las celebraciones relacionadas con el culto de veneración a la Virgen siempre son muy apreciadas para el que ama al Señor.

La oración pasiva es una actitud semejante a la de Maria, que se dejó esclavizar por el Señor. Santa Teresa lo comprendió muy bien. En la oración más profunda, el alma, "si se hace pedazos a penitencias y oración y todas las demás cosas, si el Señor no lo quiere dar, aprovecha poco. Quiere Dios por su grandeza que entienda esta alma que está Su Majestad tan cerca de ella que ya no ha menester enviarle mensajeros, sino hablar ella misma con él y no a voces, porque está ya tan cerca que en meneando los labios la entiende". Y continúa la santa con la idea de esclavitud: la oración pasiva "es un recogerse las potencias dentro de si para gozar de aquel contento con más gusto, mas no se pierden ni se duermen; sola la voluntad se ocupa de manera que -sin saber cómo- se cautiva; sólo da consentimiento para que la encarcele Dios, como quien bien sabe ser cautivo de quien ama". Al hablar de la oración de quietud, dice: Cuando tenía cerca de veinte años "comenzó el Señor a regalarme tanto por este camino, que me hacia merced de darme oración de quietud y alguna vez llegaba a unión, aunque yo no entendía qué era lo uno ni lo otro ni lo mucho que era de preciar, que creo me fuera gran bien entenderlo. Verdad es que duraba tan poco esta unión, que no sé si era Avemaría; mas quedaba con unos efectos tan grandes, que, con no haber en este tiempo veinte años, me parecía traía el mundo debajo de los pies".

Tan iluminadora es la descripción de santa Teresa, que no puedo prescindir de presentar al lector algunas otras transcripciones de su maravilloso texto: "Tengo para mi que un alma que llega a este estado que ya ella no habla ni hace cosa por sí, sino que de todo lo que ha de hacer tiene cuidado este soberano Rey. ¡Oh, válgame Dios, qué claro se ve aquí la declaración del verso y cómo se entiende tenía razón y la tendrán todos de pedir alas de paloma! Entiéndese claro es vuelo el que da el espíritu para levantarse de todo lo creado y de si mismo el primero, mas es vuelo suave, es vuelo deleitoso, vuelo sin ruido". Al hablar de la oración mental profunda, la santa comenta: "No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama". Y también: "Entiende (el alma) que no quiere sino a su Dios, mas no ama cosa particular de él, sino todo junto le quiere y no sabe lo que quiere; digo no sabe porque no representa nada la imaginación ni, a mi parecer, mucho tiempo de lo que está en sí no obran las potencias; como en la unión y arrobamiento el gozo, aquí la pena las suspende".

Unos frutos personales importantes de la contemplación son los sentimientos de paz, de tranquilidad interior, de disponibilidad, de gozo de poder amar, de felicidad... Para el que contempla, estos sentimientos son como un paladar definitivamente adquirido. Despiertan la tendencia a buscarlos siempre, de experimentarlos de nuevo continuamente. El que ha descubierto la verdadera contemplación no se cansa jamás de contemplar.



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