Autor: María Esther de Ariño | Fuente: Catholic.net Saber decir ... ¡adiós!
Renunciación, olvido de uno mismo y oración por el que se va. Un abrazo y si se puede... una sonrisa.
Saber decir ... ¡adiós!
Cuando hay un dolor profundo, el corazón pesa. Se siente
su abatimiento y es como si una enorme losa nos
aplastara el pecho. Con esa sensación mortificante y amarga el
dolor sube hasta nuestros labios y se convierte en oración:
"Tú lo sabes Señor, lo sabes mejor que nosotros porque
Tú conoces a la perfección el corazón de los hombres.
Y Tú sabes lo adolorido que está este pobre corazón
porque tiene que decir adiós".
Decir adiós es una cosa y
saber decir adiós es otra. Decir adiós es abandonarse a
ese dolor que tiene sabor a muerte.
Decir adiós es
sumergirse en esa profunda pena que nos brota del corazón
y se asoma a nuestros ojos convertida en lágrimas.
Decir
adiós es quedarse con un hueco en el pecho...
es levantar la mano en señal de despedida y darnos
cuenta que es el aire, lo único que acarició nuestra
piel.
Es volver a casa y ver tantas y tantas
cosas del ser amado y junto a esas cosas, un
sitio vacío. Es llorar, desesperarse, vivir en la tristeza de
un recuerdo.
¡Decir adiós es tan triste y hay muchos
adioses en nuestras vidas! El adiós al ser querido que
se nos adelantó, el adiós de las madres a
sus hijos en países en guerra, el adiós a quién
amamos y se aleja del hogar... el adiós que se
le da a la tierra que nos vio nacer...
¿Cómo lograremos
saber decir adiós, dónde encontraremos una forma diferente para que
este adiós nos sea más soportable?
Para saber decir adiós nos
ayudaremos con el recuerdo o más bien con la meditación
de cómo debió de ser el adiós entre María y
su hijo Jesús. A mí en lo personal me gusta
pensar que fue después de una comida. Nada nos dicen
los Evangelio de estas escenas, ya que fueron escritos después,
bastante tiempo después. Jesús vivió tres años fuera de su
hogar dedicado a su misión de predicar.
Solos estaban ya la
Madre y el Hijo puesto que ya habían dado el
adiós a José tiempo atrás. Comida de despedida, de
miradas llenas de ternura, de silencios cargados de amor más
que de frases. La madre solícita y tierna y al
mismo tiempo firme y serena. El Hijo empezando a sentir
el primer dolor con un adiós para ir al encuentro
de la Redención de la Humanidad.
La tarde es calurosa y
el camino polvoriento. Por él van un hombre y una
mujer. Una madre y un hijo que se despiden, que
tienen que decirse adiós...
Y yo creo que María acompañó a
Jesús hasta el final del sendero donde el hijo
tomaría el camino definitivo. Nada sabemos de lo que hablaron,
nada sabemos de lo que se dijeron... pero tuvo
que ser un adiós de inconmensurable grandeza y amor.
También de dolor. Dolor que se hace incienso y sube
hasta el Padre Eterno.
Otra vez en los labios de
María el SÍ y en los de Jesús el primer
sorbo del amargo cáliz que beberá hasta la última gota.
Pero serenos y firmes, llenos de amor el uno
por el otro, cumpliendo, aceptando en sus corazones la Voluntad
del Altísimo: Saben como hay que decir adiós.
Así nosotros, con
este ejemplo de despedida hemos de saber decir adiós. Renunciación,
olvido de uno mismo y oración por el que se
va. Un abrazo, corazón con corazón y si se puede...
una sonrisa.
Y nuestra oración termina así:
"Señor, sabes que me
duele el corazón pero Tú me vas a enseñar a
"saber decir adiós".
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la sección Acompañamiento y ayuda espiritual. Dudas acerca de la oración y la vida espiritual en general; problemas de fe y de cuestiones morales y éticas. En general, cualquier duda acerca del desarrollo espiritual y apostólico en tu vida
Ver todos los consultores