Autor: Cardenal Joseph Ratzinger | Fuente: Catholic.net Meditaciones y Oraciones del Vía Crucis
Cardenal Joseph Ratzinger en el Coliseo el Viernes Santo del 2005.
Meditaciones y Oraciones del Vía Crucis
PRESENTACIÓN
El tema central de este Vía crucis se indica
ya al comienzo, en la oración inicial, y después de
nuevo en la XIV estación. Es lo que dijo Jesús
el Domingo de Ramos, inmediatamente después de su ingreso en
Jerusalén, respondiendo a la solicitud de algunos griegos que deseaban
verle: «Si el grano de trigo no cae en tierra
y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto»
(Jn 12, 24). De este modo, el Señor interpreta todo
su itinerario terrenal como el proceso del grano de trigo,
que solamente mediante la muerte llega a producir fruto.
Interpreta su
vida terrenal, su muerte y resurrección, en la perspectiva de
la Santísima Eucaristía, en la cual se sintetiza todo su
misterio. Puesto que ha consumado su muerte como ofrecimiento de
sí, como acto de amor, su cuerpo ha sido transformado
en la nueva vida de la resurrección. Por eso él,
el Verbo hecho carne, es ahora el alimento de la
auténtica vida, de la vida eterna. El Verbo eterno ˆla
fuerza creadora de la vidaˆ ha bajado del cielo, convirtiéndose
así en el verdadero maná, en el pan que se
ofrece al hombre en la fe y en el sacramento.
De este modo, el Vía crucis es un camino que
se adentra en el misterio eucarístico: la devoción popular y
la piedad sacramental de la Iglesia se enlazan y compenetran
mutuamente. La oración del Vía crucis puede entenderse como un
camino que conduce a la comunión profunda, espiritual, con Jesús,
sin la cual la comunión sacramental quedaría vacía. El Vía
crucis se muestra, pues, como recorrido «mistagógico».
A esta visión
del Vía crucis se contrapone una concepción meramente sentimental, de
cuyos riesgos el Señor, en la VIII estación, advierte a
las mujeres de Jerusalén que lloran por él. No basta
el simple sentimiento; el Vía crucis debería ser una escuela
de fe, de esa fe que por su propia naturaleza
«actúa por la caridad» (Ga 5, 6).
Lo cual no quiere
decir que se deba excluir el sentimiento. Para los Padres
de la Iglesia, una carencia básica de los paganos era
precisamente su insensibilidad; por eso les recuerdan la visión de
Ezequiel, el cual anuncia al pueblo de Israel la promesa
de Dios, que quitaría de su carne el corazón de
piedra y les daría un corazón de carne (cf. Ez
11, 19). El Vía crucis nos muestra un Dios que
padece él mismo los sufrimientos de los hombres, y cuyo
amor no permanece impasible y alejado, sino que viene a
estar con nosotros, hasta su muerte en la cruz (cf.
Flp 2, 8). El Dios que comparte nuestras amarguras, el
Dios que se ha hecho hombre para llevar nuestra cruz,
quiere transformar nuestro corazón de piedra y llamarnos a compartir
también el sufrimiento de los demás; quiere darnos un «corazón
de carne» que no sea insensible ante la desgracia ajena,
sino que sienta compasión y nos lleve al amor que
cura y socorre. Esto nos hace pensar de nuevo en
la imagen de Jesús acerca del grano, que él mismo
trasforma en la fórmula básica de la existencia cristiana: «El
que se ama a sí mismo se pierde, y el
que se aborrece a sí mismo en este mundo, se
guardará para la vida eterna» (Jn 12, 25; cf. Mt
16, 25; Mc 8, 35; Lc 9, 24; 17, 33:
«El que pretenda guardarse su vida, la perderá; y el
que la pierda, la recobrará»).
Así se explica también el
significado de la frase que, en los Evangelios sinópticos, precede
a estas palabras centrales de su mensaje: «El que quiera
venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue
con su cruz y me siga» (Mt 16, 24). Con
todas estas expresiones, Jesús mismo ofrece la interpretación del Vía
crucis, nos enseña cómo hemos de rezarlo y seguirlo: es
el camino del perderse a sí mismo, es decir, el
camino del amor verdadero. Él ha ido por delante en
este camino, el que nos quiere enseñar la oración del
Vía crucis. Volvemos así al grano de trigo, a la
santísima Eucaristía, en la cual se hace continuamente presente entre
nosotros el fruto de la muerte y resurrección de Jesús.
En ella Jesús camina con nosotros, en cada momento de
nuestra vida de hoy, como aquella vez con los discípulos
de Emaús.
ORACIÓN INICIAL
En el nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor
Jesucristo, has aceptado por nosotros correr la suerte del gano
de trigo que cae en tierra y muere para producir
mucho fruto (Jn 12, 24). Nos invitas a seguirte cuando
dices: «El que se ama a sí mismo, se pierde,
y el que se aborrece a sí mismo en este
mundo, se guardará para la vida eterna» (Jn 12, 25).
Sin embargo, nosotros nos aferramos a nuestra vida. No queremos
abandonarla, sino guardarla para nosotros mismos. Queremos poseerla, no ofrecerla.
Tú te adelantas y nos muestras que sólo entregándola salvamos
nuestra vida.
Mediante este ir contigo en el Vía crucis quieres
guiarnos hacia el proceso del grano de trigo, hacia el
camino que conduce a la eternidad. La cruz ˆla entrega
de nosotros mismosˆ nos pesa mucho. Pero en tu Vía
crucis tú has cargado también con mi cruz, y no
lo has hecho en un momento ya pasado, porque tu
amor es por mi vida de hoy. La llevas hoy
conmigo y por mí y, de una manera admirable, quieres
que ahora yo, como entonces Simón de Cirene, lleve contigo
tu cruz y que, acompañándote, me ponga contigo al servicio
de la redención del mundo.
Ayúdame para que mi Vía
crucis sea algo más que un momentáneo sentimiento de devoción.
Ayúdanos a acompañarte no sólo con nobles pensamientos, sino a
recorrer tu camino con el corazón, más aún, con los
pasos concretos de nuestra vida cotidiana. Que nos encaminemos con
todo nuestro ser por la vía de la cruz y
sigamos siempre tu huellas. Líbranos del temor a la cruz,
del miedo a las burlas de los demás, del miedo
a que se nos pueda escapar nuestra vida si no
aprovechamos con afán todo lo que nos ofrece.
Ayúdanos a
desenmascarar las tentaciones que prometen vida, pero cuyos resultados, al
final, sólo nos dejan vacíos y frustrados. Que en vez
de querer apoderarnos de la vida, la entreguemos.
Ayúdanos, al
acompañarte en este itinerario del grano de trigo, a encontrar,
en el «perder la vida», la vía del amor, la
vía que verdaderamente nos da la vida, y vida en
abundancia (Jn 10, 10).
PRIMERA ESTACIÓN Jesús es condenado a
muerte
V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos. R
/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del
Evangelio según San Mateo 27, 22-23.26
Pilato les preguntó: «¿y
qué hago con Jesús, llamado el Mesías?» Contestaron todos: «¡que
lo crucifiquen!» Pilato insistió :«pues ¿qué mal ha hecho?» Pero
ellos gritaban más fuerte: «¡que lo crucifiquen!» Entonces les soltó
a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó
para que lo crucificaran.
MEDITACIÓN
El Juez del mundo, que
un día volverá a juzgarnos, está allí, humillado, deshonrado e
indefenso delante del juez terreno. Pilato no es un monstruo
de maldad. Sabe que este condenado es inocente; busca el
modo de liberarlo. Pero su corazón está dividido. Y al
final prefiere su posición personal, su propio interés, al derecho.
También los hombres que gritan y piden la muerte de
Jesús no son monstruos de maldad. Muchos de ellos, el
día de Pentecostés, sentirán «el corazón compungido» (Hch 2, 37),
cuando Pedro les dirá: «Jesús Nazareno, que Dios acreditó ante
vosotros [...], lo matasteis en una cruz...» (Hch 2, 22
ss). Pero en aquel momento están sometidos a la influencia
de la muchedumbre. Gritan porque gritan los demás y como
gritan los demás. Y así, la justicia es pisoteada por
la bellaquería, por la pusilaminidad, por miedo a la prepotencia
de la mentalidad dominante. La sutil voz de la conciencia
es sofocada por el grito de la muchedumbre. La indecisión,
el respeto humano dan fuerza al mal.
ORACIÓN
Señor, has
sido condenado a muerte porque el miedo al «qué dirán»
ha sofocado la voz de la conciencia. Sucede siempre así
a lo largo de la historia; los inocentes son maltratados,
condenados y asesinados. Cuántas veces hemos preferido también nosotros el
éxito a la verdad, nuestra reputación a la justicia. Da
fuerza en nuestra vida a la sutil voz de la
conciencia, a tu voz. Mírame como lo hiciste con Pedro
después de la negación. Que tu mirada penetre en nuestras
almas y nos indique el camino en nuestra vida. El
día de Pentecostés has conmovido en corazón e infundido el
don de la conversión a los que el Viernes Santo
gritaron contra ti. De este modo nos has dado esperanza
a todos. Danos también a nosotros de nuevo la gracia
de la conversión.
SEGUNDA ESTACIÓN Jesús con la cruz
a cuestas
V /. Te adoramos o
Cristo y te bendecimos. R /. Que por tu Santa Cruz
redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 27-31
Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio
y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo
desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y
trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la
cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha.
Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él
diciendo: «¡Salve, Rey de los judíos!». Luego lo escupían, le
quitaban la caña y le golpeaban con ella en la
cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le
pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
MEDITACIÓN
Jesús, condenado por declararse rey, es escarnecido, pero precisamente en
la burla emerge cruelmente la verdad. ¡Cuántas veces los signos
de poder ostentados por los potentes de este mundo son
un insulto a la verdad, a la justicia y a
la dignidad del hombre! Cuántas veces sus ceremonias y sus
palabras grandilocuentes, en realidad, no son más que mentiras pomposas,
una caricatura de la tarea a la que se deben
por su oficio, el de ponerse al servicio del bien.
Jesús, precisamente por ser escarnecido y llevar la corona del
sufrimiento, es el verdadero rey. Su cetro es la justicia
(Sal 44, 7). El precio de la justicia es el
sufrimiento en este mundo: él, el verdadero rey, no reina
por medio de la violencia, sino a través del amor
que sufre por nosotros y con nosotros. Lleva sobre sí
la cruz, nuestra cruz, el peso de ser hombres, el
peso del mundo. Así es como nos precede y nos
muestra cómo encontrar el camino para la vida eterna.
ORACIÓN
Señor, te has dejado escarnecer y ultrajar. Ayúdanos a no
unirnos a los que se burlan de quienes sufren o
son débiles. Ayúdanos a reconocer tu rostro en los humillados
y marginados. Ayúdanos a no desanimarnos ante las burlas del
mundo cuando se ridiculiza la obediencia a tu voluntad. Tú
has llevado la cruz y nos has invitado a seguirte
por ese camino (Mt 10, 38). Danos fuerza para aceptar
la cruz, sin rechazarla; para no lamentarnos ni dejar que
nuestros corazones se abatan ante las dificultades de la vida.
Anímanos a recorrer el camino del amor y, aceptando sus
exigencias, alcanzar la verdadera alegría.
TERCERA ESTACIÓN Jesús cae
por primera vez
V /. Te adoramos
o Cristo y te bendecimos. R /. Que por tu Santa
Cruz redimiste al mundo.
Lectura del libro del profeta Isaías 53,
4-6
Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros
lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por
nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable vino
sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas,
cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre
él todos nuestros crímenes.
MEDITACIÓN
El hombre ha caído y
cae siempre de nuevo: cuántas veces se convierte en una
caricatura de sí mismo y, en vez de ser imagen
de Dios, ridiculiza al Creador. ¿No es acaso la imagen
por excelencia del hombre la de aquel que, bajando de
Jerusalén a Jericó, cayó en manos de los salteadores que
lo despojaron dejándolo medio muerto, sangrando al borde del camino?
Jesús que cae bajo la cruz no es sólo un
hombre extenuado por la flagelación. El episodio resalta algo más
profundo, como dice Pablo en la carta a los Filipenses:
«Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde
de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de
su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por
uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una
muerte de cruz» (Flp 2, 6-8). En su caída bajo
el peso de la cruz aparece todo el itinerario de
Jesús: su humillación voluntaria para liberarnos de nuestro orgullo. Subraya
a la vez la naturaleza de nuestro orgullo: la soberbia
que nos induce a querer emanciparnos de Dios, a ser
sólo nosotros mismos, sin necesidad del amor eterno y aspirando
a ser los únicos artífices de nuestra vida. En esta
rebelión contra la verdad, en este intento de hacernos dioses,
nuestros propios creadores y jueces, nos hundimos y terminamos por
autodestruirnos. La humillación de Jesús es la superación de nuestra
soberbia: con su humillación nos ensalza. Dejemos que nos ensalce.
Despojémonos de nuestra autosuficiencia, de nuestro engañoso afán de autonomía
y aprendamos de él, del que se ha humillado, a
encontrar nuestra verdadera grandeza, humillándonos y dirigiéndonos hacia Dios y
los hermanos oprimidos.
ORACIÓN
Señor Jesús, el peso de la
cruz te ha hecho caer. El peso de nuestro pecado,
el peso de nuestra soberbia, te derriba. Pero tu caída
no es signo de un destino adverso, no es la
pura y simple debilidad de quien es despreciado. Has querido
venir a socorrernos porque a causa de nuestra soberbia yacemos
en tierra. La soberbia de pensar que podemos forjarnos a
nosotros mismos lleva a transformar al hombre en una especie
de mercancía, que puede ser comprada y vendida, una reserva
de material para nuestros experimentos, con los cuales esperamos superar
por nosotros mismos la muerte, mientras que, en realidad, no
hacemos más que mancillar cada vez más profundamente la dignidad
humana. Señor, ayúdanos porque hemos caído. Ayúdanos a renunciar a
nuestra soberbia destructiva y, aprendiendo de tu humildad, a levantarnos
de nuevo.
CUARTA ESTACIÓN Jesús se encuentra con su
Madre
V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos. R
/. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del
Evangelio según San Lucas 2, 34-35.51
Simeón los bendijo y
dijo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para
que muchos en Israel caigan y se levanten; será una
bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones.
Y a ti, una espada te traspasará el alma». Su
madre conservaba todo esto en su corazón.
MEDITACIÓN
En
el Vía crucis de Jesús está también María, su Madre.
Durante su vida pública debía retirarse para dejar que naciera
la nueva familia de Jesús, la familia de sus discípulos.
También hubo de oír estas palabras: «¿Quién es mi madre
y quiénes son mis hermanos?... El que cumple la voluntad
de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y
mi hermana, y mi madre» (Mt 12, 48-50). Y esto
muestra que ella es la Madre de Jesús no solamente
en el cuerpo, sino también en el corazón. Porque incluso
antes de haberlo concebido en el vientre, con su obediencia
lo había concebido en el corazón. Se le había dicho:
«Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo...
Será grande..., el Señor Dios le dará el trono de
David su padre» (Lc 1, 31 ss). Pero poco más
tarde el viejo Simeón le diría también: «y a ti,
una espada te traspasará el alma» (Lc 2, 35). Esto
le haría recordar palabras de los profetas como éstas: «Maltratado,
voluntariamente se humillaba y no abría boca; como un cordero
llevado al matadero» (Is 53, 7). Ahora se hace realidad.
En su corazón habrá guardado siempre la palabra que el
ángel le había dicho cuando todo comenzó: «No temas, María»
(Lc 1, 30). Los discípulos han huido, ella no. Está
allí, con el valor de la madre, con la fidelidad
de la madre, con la bondad de la madre, y
con su fe, que resiste en la oscuridad: «Bendita tú
que has creído» (Lc 1, 45). «Pero cuando venga el
Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc
18, 8). Sí, ahora ya lo sabe: encontrará fe. Éste
es su gran consuelo en aquellos momentos.
ORACIÓN
Santa
María, Madre del Señor, has permanecido fiel cuando los discípulos
huyeron. Al igual que creíste cuando el ángel te anunció
lo que parecía increíble ˆque serías la madre del Altísimoˆ
también has creído en el momento de su mayor humillación.
Por eso, en la hora de la cruz, en la
hora de la noche más oscura del mundo, te han
convertido en la Madre de los creyentes, Madre de la
Iglesia. Te rogamos que nos enseñes a creer y nos
ayudes para que la fe nos impulse a servir y
dar muestras de un amor que socorre y sabe compartir
el sufrimiento.
QUINTA ESTACIÓN El Cireneo ayuda a Jesús
a llevar la cruz
V /. Te adoramos
o Cristo y te bendecimos. R /. Que por tu Santa
Cruz redimiste al mundo.
Lectura Evangelio según San Mateo 27, 32;
16, 24
Al salir, encontraron a un hombre de Cirene,
llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz.
Jesús había dicho a sus discípulos: «El que quiera venir
conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con
su cruz y me siga».
MEDITACIÓN
Simón de Cirene, de
camino hacia casa volviendo del trabajo, se encuentra casualmente con
aquella triste comitiva de condenados, un espectáculo quizás habitual para
él. Los soldados usan su derecho de coacción y cargan
al robusto campesino con la cruz. ¡Qué enojo debe haber
sentido al verse improvisamente implicado en el destino de aquellos
condenados! Hace lo que debe hacer, ciertamente con mucha repugnancia.
El evangelista Marcos menciona también a sus hijos, seguramente conocidos
como cristianos, como miembros de aquella comunidad (Mc 15, 21).
Del encuentro involuntario ha brotado la fe. Acompañando a Jesús
y compartiendo el peso de la cruz, el Cireneo comprendió
que era una gracia poder caminar junto a este Crucificado
y socorrerlo. El misterio de Jesús sufriente y mudo le
llegado al corazón. Jesús, cuyo amor divino es lo único
que podía y puede redimir a toda la humanidad, quiere
que compartamos su cruz para completar lo que aún falta
a sus padecimientos (Col 1, 24). Cada vez que nos
acercamos con bondad a quien sufre, a quien es perseguido
o está indefenso, compartiendo su sufrimiento, ayudamos a llevar la
misma cruz de Jesús. Y así alcanzamos la salvación y
podemos contribuir a la salvación del mundo.
ORACIÓN
Señor, a
Simón de Cirene le has abierto los ojos y el
corazón, dándole, al compartir la cruz, la gracia de la
fe. Ayúdanos a socorrer a nuestro prójimo que sufre, aunque
esto contraste con nuestros proyectos y nuestras simpatías. Danos la
gracia de reconocer como un don el poder compartir la
cruz de los otros y experimentar que así caminamos contigo.
Danos la gracia de reconocer con gozo que, precisamente compartiendo
tu sufrimiento y los sufrimientos de este mundo, nos hacemos
servidores de la salvación, y que así podemos ayudar a
construir tu cuerpo, la Iglesia.
SEXTA ESTACIÓN La Verónica
enjuga el rostro de Jesús
V /. Te
adoramos o Cristo y te bendecimos. R /. Que por tu
Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del libro del profeta Isaías
53, 2-3
No tenía figura ni belleza. Lo vimos sin
aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como un
hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se
ocultan los rostros; despreciado y desestimado.
Del libro de los
Salmos 26, 8-9 Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro».
Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No
rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi
auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi
salvación.
MEDITACIÓN
«Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu
rostro » (Sal 26, 8-9). Verónica ˆBerenice, según la tradición
griegaˆ encarna este anhelo que acomuna a todos los hombres
píos del Antiguo Testamento, el anhelo de todos los creyentes
de ver el rostro de Dios. Ella, en principio, en
el Vía crucis de Jesús no hace más que prestar
un servicio de bondad femenina: ofrece un paño a Jesús.
No se deja contagiar ni por la brutalidad de los
soldados, ni inmovilizar por el miedo de los discípulos. Es
la imagen de la mujer buena que, en la turbación
y en la oscuridad del corazón, mantiene el brío de
la bondad, sin permitir que su corazón se oscurezca. «Bienaventurados
los limpios de corazón ˆhabía dicho el Señor en el
Sermón de la montañaˆ, porque verán a Dios» (Mt 5,
8). Inicialmente, Verónica ve solamente un rostro maltratado y marcado
por el dolor. Pero el acto de amor imprime en
su corazón la verdadera imagen de Jesús: en el rostro
humano, lleno de sangre y heridas, ella ve el rostro
de Dios y de su bondad, que nos acompaña también
en el dolor más profundo. Únicamente podemos ver a Jesús
con el corazón. Solamente el amor nos deja ver y
nos hace puros. Sólo el amor nos permite reconocer a
Dios, que es el amor mismo.
ORACIÓN
Danos, Señor, la
inquietud del corazón que busca tu rostro. Protégenos de la
oscuridad del corazón que ve solamente la superficie de las
cosas. Danos la sencillez y la pureza que nos permiten
ver tu presencia en el mundo. Cuando no seamos capaces
de cumplir grandes cosas, danos la fuerza de una bondad
humilde. Graba tu rostro en nuestros corazones, para que así
podamos encontrarte y mostrar al mundo tu imagen.
SÉPTIMA ESTACIÓN Jesús cae por segunda vez
V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos. R /.
Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del libro
de las Lamentaciones 3, 1-2.9.16
Yo soy el hombre que
ha visto la miseria bajo el látigo de su furor.
El me ha llevado y me ha hecho caminar en
tinieblas y sin luz. Ha cercado mis caminos con piedras
sillares, ha torcido mis senderos. Ha quebrado mis dientes con
guijarro, me ha revolcado en la ceniza.
MEDITACIÓN
La tradición
de las tres caídas de Jesús y del peso de
la cruz hace pensar en la caída de Adán ˆen
nuestra condición de seres caídosˆ y en el misterio de
la participación de Jesús en nuestra caída. Ésta adquiere en
la historia for-mas siempre nuevas. En su primera carta, san
Juan habla de tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia
de la carne, la concupiscencia de los ojos y la
soberbia de la vida. Interpreta de este modo, desde la
perspectiva de los vicios de su tiempo, con todos sus
excesos y perversiones, la caída del hombre y de la
humanidad. Pero podemos pensar también en cómo la cristiandad, en
la historia reciente, como cansándose de tener fe, ha abandonado
al Señor: las grandes ideologías y la superficialidad del hombre
que ya no cree en nada y se deja llevar
simplemente por la corriente, han creado un nuevo paganismo, un
paganismo peor que, queriendo olvidar definitivamente a Dios, ha terminado
por desentenderse del hombre. El hombre, pues, está sumido en
la tierra. El Señor lleva este peso y cae y
cae, para poder venir a nuestro encuentro; él nos mira
para que despierte nuestro corazón; cae para levantarnos.
ORACIÓN
Señor Jesucristo, has llevado nuestro peso y continúas llevándolo. Es
nuestra carga la que te hace caer. Pero levántanos tú,
porque solos no podemos reincorporarnos. Líbranos del poder de la
concupiscencia. En lugar de un corazón de piedra danos de
nuevo un corazón de carne, un corazón capaz de ver.
Destruye el poder de las ideologías, para que los hombres
puedan reconocer que están entretejidas de mentiras. No permitas que
el muro del materialismo llegue a ser insuperable. Haz que
te reconozcamos de nuevo. Haznos sobrios y vigilantes para poder
resistir a las fuerzas del mal y ayúdanos a reconocer
las necesidades interiores y exteriores de los demás, a socorrerlos.
Levántanos para poder levantar a los demás. Danos esperanza en
medio de toda esta oscuridad, para que seamos portadores de
esperanza para el mundo.
OCTAVA ESTACIÓN Jesús encuentra
a las mujeres de Jerusalén
V /.
Te adoramos o Cristo y te bendecimos. R /. Que por
tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según San
Lucas 23, 28-31
Jesús se volvió hacia ellas y les
dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por
vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el
día en que dirán: «dichosas las estériles y los vientres
que no han dado a luz y los pechos que
no han criado». Entonces empezarán a decirles a los montes:
«Desplomaos sobre nosotros»; y a las colinas: «Sepultadnos»; porque si
así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?
MEDITACIÓN
Oír a Jesús cuando exhorta a las mujeres
de Jerusalén que lo siguen y lloran por él, nos
hace reflexionar. ¿Cómo entenderlo? ¿Se tratará quizás de una advertencia
ante una piedad puramente sentimental, que no llega a ser
conversión y fe vivida? De nada sirve compadecer con palabras
y sentimientos los sufrimientos de este mundo, si nuestra vida
continúa como siempre. Por esto el Señor nos advierte del
riesgo que corremos nosotros mismos. Nos muestra la gravedad del
pecado y la seriedad del juicio. No obstante todas nuestras
palabras de preocupación por el mal y los sufrimientos de
los inocentes, ¿no estamos tal vez demasiado inclinados a dar
escasa importancia al misterio del mal? En la imagen de
Dios y de Jesús al final de los tiempos, ¿no
vemos quizás únicamente el aspecto dulce y amoroso, mientras descuidamos
tranquilamente el aspecto del juicio? ¿Cómo podrá Dios ˆpensamosˆ hacer
de nuestra debilidad un drama? ¡Somos solamente hombres! Pero ante
los sufrimientos del Hijo vemos toda la gravedad del pecado
y cómo debe ser expiado del todo para poder superarlo.
No se puede seguir quitando importancia al mal contemplando la
imagen del Señor que sufre. También él nos dice: «No
lloréis por mí; llorad más bien por vosotros... porque si
así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?»
ORACIÓN
Señor, a las mujeres que lloran les has hablado
de penitencia, del día del Juicio cuando nos encontremos en
tu presencia, en presencia del Juez del mundo. Nos llamas
a superar un concepción del mal como algo banal, con
la cual nos tranquilizamos para poder continuar nuestra vida de
siempre. Nos muestras la gravedad de nuestra responsabilidad, el peligro
de encontrarnos culpables y estériles en el Juicio. Haz que
caminemos junto a ti sin limitarnos a ofrecerte sólo palabras
de compasión. Conviértenos y danos una vida nueva; no permitas
que, al final, nos quedemos como el leño seco, sino
que lleguemos a ser sarmientos vivos en ti, la vid
verdadera, y que produzcamos frutos para la vida eterna (cf.
Jn 15, 1-10).
NOVENA ESTACIÓN Jesús cae por tercera vez
V /. Te adoramos o Cristo y
te bendecimos. R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al
mundo.
Lectura del libro de las Lamentaciones 3, 27-32
Bueno es
para el hombre soportar el yugo desde su juventud. Que
se sienta solitario y silencioso, cuando el Señor se lo
impone; que ponga su boca en el polvo: quizá haya
esperanza; que tienda la mejilla a quien lo hiere, que
se harte de oprobios. Porque el Señor no desecha para
siempre a los humanos: si llega a afligir, se apiada
luego según su inmenso amor.
MEDITACIÓN
¿Qué puede decirnos la
tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz?
Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres,
en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia
a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también
en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia?
En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia,
y en el vacío y maldad de corazón donde entra
a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta
de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de
su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas
palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los
que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él!
¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de
la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos
de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión.
La traición de los discípulos, la recepción indigna de su
Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor
del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos
queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie,
eleison ˆ Señor, sálvanos (cf Mt 8,25).
ORACIÓN
Señor, frecuentemente
tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse,
que hace aguas por todas partes. Y también en tu
campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo
y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos.
Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y
las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en
ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al
caer, quedamos en tierra y Satanás se alegra, porque espera
que ya nunca podremos levantarnos; espera que tú, siendo arrastrado
en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre.
Pero tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado
y puedes levantarnos. Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos
y santifícanos a todos.
DÉCIMA ESTACIÓN
Jesús es despojado de sus vestiduras
V /. Te
adoramos o Cristo y te bendecimos. R /. Que por tu
Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según San Mateo
27, 33 -36
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que
quiere decir «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado
con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después
de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y
luego se sentaron a custodiarlo.
MEDITACIÓN
Jesús es despojado de
sus vestiduras. El vestido confiere al hombre una posición social;
indica su lugar en la sociedad, le hace ser alguien.
Ser desnudado en público significa que Jesús no es nadie,
no es más que un marginado, despreciado por todos. El
momento de despojarlo nos recuerda también la expulsión del paraíso:
ha desaparecido en el hombre el esplendor de Dios y
ahora se encuentra en mundo desnudo y al descubierto, y
se avergüenza. Jesús asume una vez más la situación del
hombre caído. Jesús despojado nos recuerda que todos nosotros hemos
perdido la «primera vestidura» y, por tanto, el esplendor de
Dios. Al pie de la cruz los soldados echan a
suerte sus míseras pertenencias, sus vestidos. Los evangelistas lo relatan
con palabras tomadas del Salmo 21, 19 y nos indican
así lo que Jesús dirá a los discípulos de Emaús:
todo se cumplió «según las Escrituras». Nada es pura coincidencia,
todo lo que sucede está dicho en la Palabra de
Dios, confirmado por su designio divino. El Señor experimenta todas
las fases y grados de la perdición de los hombres,
y cada uno de ellos, no obstante su amargura, son
un paso de la redención: así devuelve él a casa
la oveja perdida. Recordemos también que Juan precisa el objeto
del sorteo: la túnica de Jesús, «tejida de una pieza
de arriba abajo» (Jn 19, 23). Podemos considerarlo una referencia
a la vestidura del sumo sacerdote, que era «de una
sola pieza», sin costuras (Flavio Josefo, Ant. jud., III, 161).
Éste, el Crucificado, es de hecho el verdadero sumo sacerdote.
ORACIÓN
Señor Jesús, has sido despojado de tus vestiduras, expuesto
a la deshonra, expulsado de la sociedad. Te has cargado
de la deshonra de Adán, sanándolo. Te has cargado con
los sufrimientos y necesidades de los pobres, aquellos que están
excluidos del mundo. Pero es exactamente así como cumples la
palabra de los profetas. Es así como das significado a
lo que aparece privado de significado. Es así como nos
haces reconocer que tu Padre te tiene en sus manos,
a ti, a nosotros y al mundo. Concédenos un profundo
respeto hacia el hombre en todas las fases de su
existencia y en todas las situaciones en las cuales lo
encontramos. Danos el traje de la luz de tu gracia.
UNDÉCIMA ESTACIÓN Jesús clavado en la cruz
V
/. Te adoramos o Cristo y te bendecimos. R /. Que
por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según
San Mateo 7, 37-42
Encima de la cabeza colocaron un
letrero con la acusación: «Este es Jesús, el Rey de
los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a
la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban,
lo injuriaban y decían meneando la cabeza: «Tú que destruías
el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a
ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la
cruz». Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores
se burlaban también diciendo: «A otros ha salvado y él
no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel?
Que baje ahora de la cruz y le creeremos».
MEDITACIÓN
Jesús es clavado en la cruz. La Sábana Santa de
Turín nos permite hacernos una idea de la increíble crueldad
de este procedimiento. Jesús no bebió el calmante que le
ofrecieron: asume conscientemente todo el dolor de la crucifixión. Su
cuerpo está martirizado; se han cumplido las palabras del Salmo:
«Yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la
gente, desprecio del pueblo» (Sal 21, 27). «Como uno ante
quien se oculta el rostro, era despreciado... Y con todo
eran nuestros sufrimientos los que él llevaba y nuestros dolores
los que soportaba» (Is 53, 3 ss). Detengámonos ante esta
imagen de dolor, ante el Hijo de Dios sufriente. Mirémosle
en los momentos de satisfacción y gozo, para aprender a
respetar sus límites y a ver la superficialidad de todos
los bienes puramente materiales. Mirémosle en los momentos de adversidad
y angustia, para reconocer que precisamente así estamos cerca de
Dios. Tratemos de descubir su rostro en aquellos que tendemos
a despreciar. Ante el Señor condenado, que no quiere usar
su poder para descender de la cruz, sino que más
bien soportó el sufrimiento de la cruz hasta el final,
podemos hacer aún otra reflexión. Ignacio de Antioquia, encadenado por
su fe en el Señor, elogió a los cristianos de
Esmirna por su fe inamovible: dice que estaban, por así
decir, clavados con la carne y la sangre a la
cruz del Señor Jesucristo (1,1). Dejémonos clavar a él, no
cediendo a ninguna tentación de apartarnos, ni a las burlas
que nos inducen a darle la espalda.
ORACIÓN
Señor Jesucristo,
te has dejado clavar en la cruz, aceptando la terrible
crueldad de este dolor, la destrucción de tu cuerpo y
de tu dignidad. Te has dejado clavar, has sufrido sin
evasivas ni compromisos. Ayúdanos a no desertar ante lo que
debemos hacer. A unirnos estrechamente a ti. A desenmascarar la
falsa libertad que nos quiere alejar de ti. Ayúdanos a
aceptar tu libertad «comprometida» y a encontrar en la estrecha
unión contigo la verdadera libertad.
DUODÉCIMA ESTACIÓN Jesús
muere en la cruz
V /. Te
adoramos o Cristo y te bendecimos. R /. Que por tu
Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según San Juan
19, 19-20
Pilato escribió un letrero y lo puso encima
de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús el Nazareno,
el Rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos,
estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba
escrito en hebreo, latín y griego.
Del Evangelio según San
Mateo 27, 45-50. 54
Desde el mediodía hasta la media
tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde
Jesús gritó: «Elí, Elí lamá sabaktaní», es decir: «Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Al oírlo algunos
de los que estaban por allí dijeron: «A Elías llama
éste». Uno de ellos fue corriendo; enseguida cogió una esponja
empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio
de beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene
Elías a salvarlo». Jesús, dio otro grito fuerte y exhaló
el espíritu. El centurión y sus hombres, que custodiaban a
Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron
aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios».
MEDITACIÓN
Sobre la
cruz ˆen las dos lenguas del mundo de entonces, el
griego y el latín, y en la lengua del pueblo
elegido, el hebreoˆ está escrito quien es Jesús: el Rey
de los judíos, el Hijo prometido de David. Pilato, el
juez injusto, ha sido profeta a su pesar. Ante la
opinión pública mundial se proclama la realeza de Jesús. Él
mismo había declinado el título de Mesías porque habría dado
a entender una idea errónea, humana, de poder y salvación.
Pero ahora el título puede aparecer escrito públicamente encima del
Crucificado. Efectivamente, él es verdaderamente el rey del mundo. Ahora
ha sido realmente «ensalzado». En su descendimiento, ascendió. Ahora ha
cumplido radicalmente el mandamiento del amor, ha cumplido el ofrecimiento
de sí mismo y, de este modo, manifiesta al verdadero
Dios, al Dios que es amor. Ahora sabemos que es
Dios. Sabemos cómo es la verdadera realeza. Jesús recita el
Salmo 21, que comienza con estas palabras: «Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 21, 2). Asume
en sí a todo el Israel sufriente, a toda la
humanidad que padece, el drama de la oscuridad de Dios,
manifestando de este modo a Dios justamente donde parece estar
definitivamente vencido y ausente. La cruz de Jesús es un
acontecimiento cósmico. El mundo se oscurece cuando el Hijo de
Dios padece la muerte. La tierra tiembla. Y junto a
la cruz nace la Iglesia en el ámbito de los
paganos. El centurión romano reconoce y entiende que Jesús es
el Hijo de Dios. Desde la cruz, él triunfa siempre
de nuevo.
ORACIÓN
Señor Jesucristo, en la hora de
tu muerte se oscureció el sol. Constantemente estás siendo clavado
en la cruz. En este momento histórico vivimos en la
oscuridad de Dios. Por el gran sufrimiento, y por la
maldad de los hombres, el rostro de Dios, tu rostro,
aparece difuminado, irreconocible. Pero en la cruz te has hecho
reconocer. Porque eres el que sufre y el que ama,
eres el que ha sido ensalzado. Precisamente desde allí has
triunfado. En esta hora de oscuridad y turbación, ayúdanos a
reconocer tu rostro. A creer en ti y a seguirte
en el momento de la necesidad y de las tinieblas.
Muéstrate de nuevo al mundo en esta hora. Haz que
se manifieste tu salvación.
DECIMOTERCERA ESTACIÓN Jesús es
bajado de la cruz y entregado a su Madre
V /. Te adoramos o Cristo y te
bendecimos. R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura
del Evangelio según San Mateo 27, 54-55
El centurión y
sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto
y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo
de Dios». Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos,
aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderle.
MEDITACIÓN
Jesús está muerto, de su corazón traspasado por la
lanza del soldado romano mana sangre y agua: misteriosa imagen
del caudal de los sacramentos, del Bautismo y de la
Eucaristía, de los cuales, por la fuerza del corazón traspasado
del Señor, renace siempre la Iglesia. A él no le
quiebran las piernas como a los otros dos crucificados; así
se manifiesta como el verdadero cordero pascual, al cual no
se le debe quebrantar ningún hueso (cf Ex 12, 46).
Y ahora que ha soportado todo, se ve que, a
pesar de toda la turbación del corazón, a pesar del
poder del odio y de la ruindad, él no está
solo. Están los fieles. Al pie de la cruz estaba
María, su Madre, la hermana de su Madre, María, María
Magdalena y el discípulo que él amaba. Llega también un
hombre rico, José de Arimatea: el rico logra pasar por
el ojo de la aguja, porque Dios le da la
gracia. Entierra a Jesús en su tumba aún sin estrenar,
en un jardín: donde Jesús es enterrado, el cementerio se
transforma en un vergel, el jardín del que había sido
expulsado Adán cuando se alejó de la plenitud de la
vida, de su Creador. El sepulcro en el jardín manifiesta
que el dominio de la muerte está a punto de
terminar. Y llega también un miembro del Sanedrín, Nicodemo, al
que Jesús había anunciado el misterio del rena-cer por el
agua y el Espíritu. También en el sanedrín, que había
decidido su muerte, hay alguien que cree, que conoce y
reconoce a Jesús después de su muerte. En la hora
del gran luto, de la gran oscuridad y de la
desesperación, surge misteriosamente la luz de la esperanza. El Dios
escondido permanece siempre como Dios vivo y cercano. También en
la noche de la muerte, el Señor muerto sigue siendo
nuestro Señor y Salvador. La Iglesia de Jesucristo, su nueva
familia, comienza a formarse.
ORACIÓN
Señor, has bajado hasta la
oscuridad de la muerte. Pero tu cuerpo es recibido por
manos piadosas y envuelto en una sábana limpia (Mt 27,
59). La fe no ha muerto del todo, el sol
no se ha puesto totalmente. Cuántas veces parece que estés
durmiendo. Qué fácil es que nosotros, los hombres, nos alejemos
y nos digamos a nosotros mismos: Dios ha muerto. Haz
que en la hora de la oscuridad reconozcamos que tú
estás presente. No nos dejes solos cuando nos aceche el
desánimo. Y ayúdanos a no dejarte solo. Danos una fidelidad
que resista en el extravío y un amor que te
acoja en el momento de tu necesidad más extrema, como
tu Madre, que te arropa de nuevo en su seno.
Ayúdanos, ayuda a los pobres y a los ricos, a
los sencillos y a los sabios, para poder ver por
encima de los miedos y prejuicios, y te ofrezcamos nuestros
talentos, nuestro corazón, nuestro tiempo, preparando así el jardín en
el cual puede tener lugar la resurrección.
DECIMOCUARTA
ESTACIÓN Jesús es puesto en el sepulcro
V /.
Te adoramos o Cristo y te bendecimos. R /. Que por
tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según
San Mateo 27, 59-61
José, tomando el cuerpo de Jesús,
lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el
sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó
una piedra grande a la entrada del sepulcro y se
marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí
sentadas enfrente del sepulcro.
MEDITACIÓN
Jesús, deshonrado y ultrajado,
es puesto en un sepulcro nuevo con todos los honores.
Nicodemo lleva una mezcla de mirra y áloe de cien
libras para difundir un fragante perfume. Ahora, en la entrega
del Hijo, como ocurriera en la unción de Betania, se
manifiesta una desmesura que nos recuerda el amor generoso de
Dios, la «sobreabundancia» de su amor. Dios se ofrece generosamente
a sí mismo. Si la medida de Dios es la
sobreabundancia, también para nosotros nada debe ser demasiado para Dios.
Es lo que Jesús nos ha enseñado en el Sermón
de la montaña (Mt 5, 20). Pero es necesario recordar
también lo que san Pablo dice de Dios, el cual
«por nuestro medio difunde en todas partes el olor de
su conocimiento. Pues nosotros somos [...] el buen olor de
Cristo» (2 Co 2, 14-15). En la descomposición de las
ideologías, nuestra fe debería ser una vez más el perfume
que conduce a las sendas de la vida. En el
momento de su sepultura, comienza a realizarse la palabra de
Jesús: « Si el grano de trigo no cae en
tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho
fruto» (Jn 12, 24). Jesús es el grano de trigo
que muere. Del grano de trigo enterrado comienza la gran
multiplica-ción del pan que dura hasta el fin de los
tiempos: él es el pan de vida capaz de saciar
sobreabundantemente a toda la humanidad y de darle el sustento
vital: el Verbo de Dios, que es carne y también
pan para nosotros, a través de la cruz y la
resurrección. Sobre el sepulcro de Jesús resplandece el misterio de
la Eucaristía.
ORACIÓN
Señor Jesucristo, al ser puesto en el
sepulcro has hecho tuya la muerte del grano de trigo,
te has hecho el grano de trigo que muere y
produce fruto con el paso del tiempo hasta la eternidad.
Desde el sepulcro iluminas para siempre la promesa del grano
de trigo del que procede el verdadero maná, el pan
de vida en el cual te ofreces a ti mismo.
La Palabra eterna, a través de la encarnación y la
muerte, se ha hecho Palabra cercana; te pones en nuestras
manos y entras en nuestros corazones para que tu Palabra
crezca en nosotros y produzca fruto. Te das a ti
mismo a través de la muerte del grano de trigo,
para que también nosotros tengamos el valor de perder nuestra
vida para encontrarla; a fin de que también nosotros confiemos
en la promesa del grano de trigo. Ayúdanos a amar
cada vez más tu misterio eucarístico y a venerarlo, a
vivir verdaderamente de ti, Pan del cielo. Auxílianos para que
seamos tu perfume y hagamos visible la huella de tu
vida en este mundo. Como el grano de trigo crece
de la tierra como retoño y espiga, tampoco tú podías
permanecer en el sepulcro: el sepulcro está vacío porque el
Padre no te «entregó a la muerte, ni tu carne
conoció la corrupción» (Hch 2, 31; Sal 15, 10). No,
tú no has conocido la corrupción. Has resucitado y has
abierto el corazón de Dios a la carne transformada. Haz
que podamos alegrarnos de esta esperanza y llevarla gozosamente al
mundo, para ser de este modo testigos de tu resurrección.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
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Oración de amarre a La Santa Muerte
Poderosísima oración e invocación a La Santa
Muerte para amarrar y hacer retornar en siete días
a un amante, novio, o marido a tu lado.
Por los poderes de la tierra,
Por la presencia del fuego,
Por la inspiración del aire,
Por las virtudes del agua,
Invoco y conjuro a la Santa Muerte.
Por la fuerza de los ardientes corazones sagrados
y de las lágrimas amargas derramadas por amor,
Para que se dirijan a (…nombre de nuestro amante…)
donde esté, trayendo su espíritu ante mi (…nombre
propio…); amarrándolo definitivamente al mío.
Que su espíritu se bañe en la esencia de mi amor y
me devuelva el amor en cuádruple.
Que (…nombre de nuestro amante…) jamás quiera a
otra persona y que su cuerpo solo a mi me
pertenezca. Que mis recuerdos lo apresen para
siempre, por los poderes de esta Oración.
Mi niña blanca, Santísima muerte usa tu poder y
aleja a (…nombre de nuestro amante…) de cualquier
mujer con quien el esté en este momento, si
estuviera; que haz que su boca solo pronuncie y
diga mi nombre.
Yo (…nombre propio…); quiero amarrar el espíritu y
cuerpo de (…nombre de nuestro amante…) porque lo
quiero amarrado y enamorado perdidamente de mi.
Quiero que el se quede dependiente y esclavo de mi
amor, quiero verlo loco por mi deseándome
ardientemente como si yo (…nombre propio…); fuese
la última mujer en la faz de la tierra.
Quiero su corazón prendido a mí eternamente, que
en nombre de la gran Reina Santísima Muerte
florezca este sentimiento dentro de (…nombre de
nuestro amante…) dejándolo preso a mi las 24 horas
del día. “OH Mi niña blanca, Santísima Muerte, has
de traer a (…nombre de nuestro amante…) para mi,
pues yo a el lo deseo, y lo quiero deprisa. Por
tus poderes ocultos, que (…nombre de nuestro
amante…) comience a amarme y a desearme a mi (…
nombre propio…); a partir de este exacto instante
y que el piense sólo en mi (…nombre propio…); como
si yo fuese la única persona del mundo.
Que (…nombre de nuestro amante…) venga corriendo
hacia mí, lleno de esperanzas y deseo, que no
tenga sosiego ni paz, ni descanso hasta que venga
a buscarme, y vuelva manso u dulce a mí lado.
Santísima Muerte yo te imploro para que me traigas
urgente a
(…nombre de nuestro amante…). Que me ame y me
desee mucho, y venga manso y apasionado como yo lo
deseo.
Yo (…nombre propio…) agradezco a la Santísima
Muerte.
Y prometo siempre llevar su nombre conmigo. OH!
Poderosa mi Niña Blanca, Santísima Muerte, Quiero
de vuelta a mi amado (…nombre de nuestro amante…),
que me entristece con su desprecio, y me hiere con
su olvido.
Quiero que el olvide y deje de una vez y para
siempre, todos los otros amores, y a los que nos
quieran separar.
Que sea desanimado y frío con otras personas, que
se desanime y sea frío con todas las otras
mujeres, que cualquier otra mujer que este con (…
nombre de nuestro amante…) se estrese y se
desencante de el, y quiero que se peleen, y que el
salga inmediatamente de la vida de ella, y le tome
enojo, odio, aversión, rabia y rencor.
Y que (…nombre de nuestro amante…) sienta enojo,
odio, repulsión y rabia de cualquier otra mujer
que ande con el ahora, y que ellos terminen esa
relación urgentemente. Que el se sienta solo,
humillado y avergonzado.
Que (…nombre de nuestro amante…) venga a mi lado,
pida mi amor y mi perdón.
Oh! Linda Poderosa Santa Muerte, que en ese
momento (…nombre de nuestro amante…) no quiera más
andar con nadie, ni con sus amigos. Que pase sus
días y sus noches pensando en mí, y pensando cómo
va a hacer para HACERME FELIZ.
Necesito mi Niña Blanca una señal, una llamada
telefónica, cualquier contacto para yo saber si (…
nombre de nuestro amante…) piensa en mi y que me
quiere, y me quite de esa oscuridad.
Que (…nombre de nuestro amante…) hable conmigo,
que sienta fuertemente que me echa de menos.
Usted Santa Muerte es fuerte y poderosa, traiga a
mi amado a mis pies, para no más salir, y que
venga corriendo, que deje todo y a todos, y que
sólo piense en mi, y en hacerme el amor
apasionadamente, que me penetre por adelante y por
atrás apasionadamente, que me bañe con el jugo de
su simiente, y que se embriague de lujuria con el
néctar de mi sexo, que sus labios deseen
profundamente lamer la miel de mis seños, y solo a
mi me haga gemir de éxtasis y placer.
Oh mi linda y poderosa Niña Blanca, Santísima
Muerte, yo te pido que con tu grande y fuerte
poder quites todas las barreras que están
impidiendo que (…nombre de nuestro amante…) ame y
desee locamente y quiera unirse a mi (…nombre
propio…). Quiero a mi amado, amándome, deseándome
y admirándome siempre.
Que el no sienta mas deseos sexuales por ninguna
otra persona. Que su miembro viril solo se
endurezca al pensar en mi, o al rozar mi piel. Que
su blanca y cálida simiente termine siempre sobre
mi cuerpo, haciéndome gozar y vibrar de placer y
amor. Que todos sus deseos sean sólo para mi, que
sus pensamientos, gentilezas y bondades sean sólo
para mí.
Que (…nombre de nuestro amante…) quiera de verdad
que yo (…nombre propio…) me quede con el, y que el
se quede conmigo.
Pero además, quiero que Usted, Linda Poderosa
Santa Muerte, aleje de (…nombre de nuestro
amante…) a toda y cualquier otra mujer, para que
podamos ser felices juntos.
Que el sólo sienta atracción y deseo sexual por
mi.
Que el me llame por teléfono, desde mañana y a
todo instante.
Que sienta nostalgia por mi persona, y que sufra
lejos de mi y no aguante mas ese sufrir.
Quiero que el me busque hoy y ahora. Quiero oír la
voz de el, pidiendo verme para estar conmigo y
volviendo a mi lado para siempre, diciéndome que
me ama y que me quiere solo a mi.
Gracias mi Niña Blanca por el favor concedido.
GRACIAS MI SANTISIMA MUERTE EN TI CREO, Y EN TI
CONFIO...
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Gracias por este maravilloso material que me sirve personamete y que compartiré con quienes pueda para ver en ellos el amor infinito de Dios, que entregó su vida por mi y toda la humanidad.
Dios bendiga esta valiosa tarea de evangelización.
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