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Autor: P. Juan J. Ferrán LC | Fuente: Catholic.net El consejo de Cristo a Marta
La invita a tomarse la vida de otra forma, a respirar, a vivir serenamente, a preocuparse más de las cosas del espíritu.
El consejo de Cristo a Marta
Yendo Jesús de camino, pasó por un pueblo. Parece que
Jesús siempre va de paso, pero siempre va por algo,
siempre nos enseña algo. En ese pueblo una mujer llamada
Marta lo acoge en su casa. Mientras ella trajina para
atender lo mejor posible a aquel huésped tan ilustre, una
hermana suya, llamada María, se coloca a los pies de
Cristo para escucharle. Marta se impacienta y le reclama a
Cristo la tranquilidad de su hermana. Cristo aprovecha aquella situación
para decirle a Marta con enorme cariño que en la
vida realmente sólo hay una cosa importante y que María
ha elegido lo mejor. La confianza que trasmite esta escena
indica que la amistad de Cristo con aquellas hermanas era
total. El Señor debió pasar muchos momentos con aquellos hermanos.
Después nos contará el Evangelio que realizará con Lázaro uno
de los milagros más grandes de los que realizó. En
esta escena podemos descubrir cómo la vida humana tiene un
sentido y cuál es realmente ese sentido.
¿Cuál es el sentido
de la vida humana? Es ésta una pregunta que todos
nos hacemos cuando vemos que no podemos lograr todo lo
que queremos, cuando vemos que muere una persona en el
inicio mismo de su vida, cuando contemplamos el sufrimiento de
tantos seres humanos por culpa del egoísmo de los hombres,
cuando vemos la desesperación de tantas personas ante el sufrimiento
propio o de un ser querido. Y la realidad es
que no podemos aceptar que todo se reduzca a nacer,
vivir si es que se puede llamar vivir a muchas
vidas, para terminar en la nada. El ser humano debe
tener un fin más allá de las cosas que hace
o que ve.
Marta representa para nosotros una forma de vivir.
"Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas;
y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola".
Impresiona el cariño de Jesús por aquella mujer que se
desvivía por atenderle y procurarle bienestar. El hecho de repetir
dos veces su nombre es señal de cariño, de ternura
y de reconocimiento a su labor. Pero Jesús quiere prevenirla
contra un gran escollo de la vida: el vivir sin
más, el irse tragando los días sin ver en el
horizonte, el hacer muchas cosas, pero no preocuparse de lo
más importante.
Marta es el símbolo de una humanidad que
ha dado prioridad al hacer o al tener sobre el
ser, a la eficacia sobre lo importante, a la inmanencia
sobre la trascendencia. Marta somos cada uno de nosotros cuando
en el día al día decimos: "No tengo tiempo para
rezar". "No tengo tiempo para formarme". "No tengo tiempo para
pensar". "No tengo tiempo para Dios". Basta asomarse a la
calle y a las casas para ver cuánto se hace,
cómo se corre, cómo se vive. Pareciera que estamos construyendo
la ciudad terrena o que hubiera que terminar cada día
algo que mañana hay que volver a empezar.
El consejo de
Cristo a Marta, santa después al fin y al cabo,
está lleno de afecto, de afecto del bueno. La invita
a tomarse la vida de otra forma, a respirar, a
vivir serenamente, a preocuparse más de las cosas del espíritu.
Ahí va a encontrar la paz y la tranquilidad. Le
enseña a construir el presente mirando a la eternidad, pues
así aprenderá el verdadero valor de las cosas. Sin duda,
Marta aprendió aquella lección y, sin dejar de ser la
mujer activa y dinámica que era, en adelante su corazón
se aficionó más a lo verdaderamente importante. Marta, por medio
de Cristo, había comprendido que la vida tiene un sentido,
que el fin del hombre está por encima de las
cosas cotidianas.
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