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Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net 15. Con la Biblia en la mano. La lección de los de Berea
Pablo sabía aplicar la Biblia a cualquier circunstancia de la vida. Sabía el sentido exacto de lo que decía la palabra de Dios.
El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San
Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008
al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el
Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que
Dios regaló a la Iglesia naciente.
En las meditaciones de los
lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar
a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma
sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce
clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente
de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar
por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite
a todos. Pedro García Misionero Claretiano.
______________________________
Habíamos dejado a
los judíos de Berea formando una Iglesia preciosa junto con
los paganos que se les juntaron, convencidos de la verdad
que Pablo les predicaba, porque la veían comprobada por la
Sagrada Escritura. En vez de atacar a Pablo como los
judíos de Antioquía de Pisidia o de Tesalónica, los de
Berea fueron más sensatos.
No había afirmación de Pablo que
no fuera cotejada con las profecías del Antiguo Testamento, que
ellos leían en la traducción griega de los Setenta. Y
todo concordaba, todo estaba en perfecta armonía con lo que
Dios ya había dicho acerca de Jesús, el Cristo que
había de venir.
Es inolvidable, y nos edifica hondamente, lo
que dicen al pie de la letra los Hechos de
los Apóstoles:
“Al llegar Pablo y Silas a Berea fueron
a la sinagoga de los judíos, y éstos aceptaron la
palabra de Pablo con todo el corazón. Diariamente examinaban las
Escrituras para ver si las cosas eran así” (Hch 17,10-11)
“Diariamente”,
anota muy bien Lucas. Esto significa que no se trataba
sólo de un momento aislado el que dedicaban aquellos judíos
al estudio de las Escrituras, sino que era una ocupación
constante, algo que les llenaba la jornada entera del sábado,
y todos los atardeceres una vez acabadas las labores del
día.
Pablo disfrutó como nunca.
En vez de la consabida persecución
de los judíos, aquí “creyeron muchos de ellos”, y los
judíos que dudaron o no se convencieron del todo, al
menos dejaron en paz a los anunciadores de Jesús.
Nosotros,
aprendida la bella lección que nos dan estos judíos tan
sensatos y tan queridos - pues se hacen querer sin
más apenas leída esa nota de los Hechos -, nosotros,
digo, acudimos ahora a Pablo para que nos instruya en
el manejo de la Sagrada Biblia conforme a sus enseñanzas
y a sus ejemplos.
Pablo tomaba las Sagradas Escrituras como
un arma poderosa para su apostolado. Convencido de esta eficacia,
escribirá un día a su discípulo:
“Toda Escritura, al ser
inspirada por Dios, es útil para enseñar, para argüir, para
corregir y para instruir en la justicia” (2Tm 3,16)
Sus
ejemplos, ante todo. Pablo dominaba la Biblia de tal manera
que, podemos decir, se la sabía de memoria. De niño
la empezó a leer en hebreo, aprendido a los pies
del maestro en la escuela de la sinagoga de Tarso,
y después en la escuela superior de Jerusalén bajo la
dirección del gran Rabbí Gamaliel. Como judío heleno de la
diáspora, usó siempre la Biblia en su traducción griega de
los Setenta, y por sus citas vemos que se la
sabía al dedillo.
Conocemos el método de aprendizaje en
Jerusalén:
Los alumnos se sentaban en semicírculo sobre el
suelo o encima de bancos bajitos en torno al maestro,
sentado éste en sitio más alto y apoyado en una
columna.
El maestro - Gamaliel en nuestro caso -,
hacía leer un pasaje en hebreo que se traducía inmediatamente
al arameo, la lengua que hablaba el pueblo.
El
Rabbí exponía las diversas interpretaciones del pasaje escogido, y venía
la discusión animada de los discípulos a base de preguntas
y respuestas.
Así hacía el maestro con los discípulos jóvenes,
y así hacían también los graves maestros cuando discutían entre
sí. Hacía pocos años que un niño de Nazaret, a
sus doce años solamente, dejó asombrados a los doctores de
la Ley cuando se sentó entre ellos…
Ahora vemos a
Pablo, el joven venido de Tarso, aprender lo que era
la Halakhàh, como la llamaban en la escuela, es decir,
el montón de historias, tradiciones y normas de la Ley.
Venía después la Haggadàh, o sea, el sacar las consecuencias
de los hechos anteriores, el aplicar todo a la vida.
Aquí estaba el nudo de la cuestión en el aprendizaje
de la Biblia.
Al judío no le interesaba el hecho
histórico, sino el mensaje que encerraba. El judío no miraba
la historia, sino al Dios que se escondía en la
historia, y también el modo de vivir que aquella historia
le enseñaba.
De este modo, la historia se convierte en
vida. Es lo que aprendía el judío: conocer los hechos
de Israel; pero, mucho más aún, saber vivir conforme a
lo que Dios quería, tal como lo manifestaban aquellos hechos
prodigiosos.
Y esto es lo que hizo Pablo. La Biblia
la dominaba de punta a punta. Sabía el sentido exacto
de lo que decía la palabra de Dios, como lo
demostró con los judíos de Berea, que se convencieron de
la verdad y por eso se abrazaron la fe.
Pablo
sabía aplicar la Biblia a cualquier circunstancia de la vida.
De tal modo lo hacía, que en sus cartas llega
a citarla más de doscientas veces, literalmente o con alusiones
claras a casi todos los libros del Antiguo Testamento.
Lo
único que no toleraba Pablo era la falsificación de la
Biblia hecha por los herejes que empezaban a despuntar, y
de los cuales decía: “Esos que adulteran la palabra de
Dios”, y presentan de ese modo un Cristo adulterado también,
un Cristo falsificado (2Co 4,2)
Lo que enseñaba Pedro, igual que
Pablo, es hoy tan actual como entonces: “Tengan presente que
ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia”
(2P 1,20)
Al contrario, Pablo admira a su querido Timoteo, al
que le felicita, porque desde pequeñito le habían instruido en
la Biblia su madre Eunice y su abuela Loida, fervientes
judías:
“Desde niño conoces las sagradas Escrituras que te darán
la sabiduría que lleva a la salvación por la fe
en Cristo Jesús” (2Tm 3,15)
La enseñanza de los judíos de
Berea no la olvidaremos fácilmente:
¡Biblia en mano!
La Biblia
para aprender. La Biblia para nutrir nuestro espíritu. La Biblia
para meditar. La Biblia para orar… Para nosotros - ¡cuántas veces
repetimos esto!- la Biblia, junto con la Eucaristía, es el
alimento de nuestras almas. ¡Y qué alimento tan sabroso, tan
sustancioso, éste de las Sagradas Escrituras con el cual nos
alimentamos!...
Puedes encontrar todas las reflexiones anteriores de San Pablo
en esta dirección.
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