Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net 13. El cristiano. Fermento y semilla metidos en el Imperio
Manténgase firmes, mis queridos hermanos, y conserven las tradiciones de doctrina que han aprendido de nosotros, de viva voz o por carta.
El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San
Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008
al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el
Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que
Dios regaló a la Iglesia naciente.
En las meditaciones de los
lunes y miércoles realizaremos un modesto programa que pretende dar
a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma
sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce
clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente
de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar
por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite
a todos. Pedro García Misionero Claretiano.
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Conocemos ya el mundo
grecorromano, con un magnífico Imperio, pero que había degenerado tanto
en todas las costumbres ciudadanas. ¿Quién lo va a transformar,
creando una sociedad nueva, que influirá después decisivamente en la
Historia del mundo?
Lo hará ese ciudadano que en Antioquía de
Siria comenzó a ser llamado “cristiano”. ¿Y qué es lo
que trae ese tipo novedoso? ¿Quién es un cristiano?...
A una
importante Conferencia Episcopal de hoy le fue formulada esta cuestión:
“Quién es y quién puede considerarse un cristiano católico”
El
asunto se tomó muy en serio. Se nombró una comisión
especial de Obispos y teólogos, que contestó después de maduro
examen:
Los Hechos de los Apóstoles dicen que:
“...los que habían
sido bautizados perseveraban:
- en la enseñanza de los apóstoles - y
en la unión fraterna, - en la fracción del pan -
y en las oraciones” (Hechos 2,42) El que hoy hace lo
mismo es un verdadero cristiano católico.
¿Puede San Pablo decirnos
algo sobre esto?... ¡Demasiado, gracias a Dios!
Es decir, si
miramos estos cuatro puntos a la luz de las cartas
de Pablo, nos encontramos con una verdadera riqueza de textos,
los cuales confirman lo acertada que estuvo aquella respuesta de
los sabios y prudentes Pastores.
Y adivinamos los resortes
usados por el “cristiano” para transformar el Imperio.
Sobre la Doctrina
de los Apóstoles, comienza Pablo con su propio ejemplo. Nos
dicen los Hechos que “andaba con ellos por Jerusalén predicando
con valentía en el Nombre del Señor” (Hch 9,28). Y
añade Pablo por su cuenta que recibió de los apóstoles
tradiciones como las de la Resurrección y la Eucaristía:
“Yo
les transmití a ustedes lo que yo mismo recibí” (1Co
15,3)
“Porque recibí del Señor lo que yo les transmití
a ustedes” (1Co 11,21)
¿Por qué este empeño de Pablo en
reafirmarse en lo que recibió del Señor, unas cosas por
revelación, y todas por medio de los apóstoles?...
Predica
Pablo en todas partes, y ante las dudas que suscita
entre los judaizantes, quiere asegurarse de que está en la
verdad, y confiesa humildemente de sí mismo:
Al cabo de
catorce años expuse de nuevo en privado a Pedro, Santiago
y Juan el Evangelio que proclamo, para ver si estaba
correcto o equivocado. Y ellos me tendieron la mano en
señal de aprobación y me encomendaron que siguiera predicando igual
(Gal 1,9)
Cuando emprendió su segunda misión, siguen diciendo los Hechos,
“al ir pasando por las ciudades iba entregando, para que
las observasen, las decisiones tomadas por los apóstoles y presbíteros
de Jerusalén” (Hch 16,4)
Nos bastan estos datos para ver en
Pablo un modelo intachable de fidelidad a la doctrina de
los apóstoles del Señor.
Ahora tiene autoridad para pedir, imponer
y exigir lo mismo que él hace y predica.
No
tolera la doctrina de los judaizantes y de los iluminados
que empezaban a sembrar la confusión por la Galacia y
por toda el Asia Menor. Y sus expresiones son terribles:
¿Por qué se pasan a otro evangelio, con el que
esos falsos predicadores falsean o deforman el verdadero Evangelio de
Cristo?. “Aunque yo mismo o un ángel del cielo les
anunciara otro evangelio distinto del que les hemos anunciado, ¡que
sea maldito! Se lo repito: que ese tal ¡sea maldito!”
(Gal 1, 8-9)
Si esta vez truena, otras veces Pablo
exhorta con cariño grande:
“Manténgase firmes, mis queridos hermanos, y
conserven las tradiciones de doctrina que han aprendido de nosotros,
de viva voz o por carta” (2Ts 2,15)
¿Y qué va
a decir Pablo sobre la caridad, del amor entre los
hermanos? Aquí no le oiremos tronar, sino repetir una y
otra vez, incansablemente, el mandamiento del Señor: “Ámense los unos
a los otros”.
Con traer el inefable capítulo trece de
la primera a los de Corinto, habría más que de
sobra. Pero en todas las cartas acumula los textos uno
tras otro:
“Nada tengo que decirles sobre el amor a los
hermanos, ya que fueron instruidos por Dios sobre cómo amarse
mutuamente” (1Ts 4,9). ¿Caben palabras más bellas?...
“¡Colmen mi alegría,
al saber que se tienen todos un mismo amor!” (Flp
2,2)
“¡Ámense profundamente los unos a los otros!” (Ro 12,10)
“No tengan
ninguna deuda con otro, sino el amarse mutuamente” ((Ro 13,8)
¡Qué expresión tan bella esta última! Es como decir: -
Vamos a pasarnos factura. Todo lo que tú me debes,
todo lo que yo te debo a ti, todo lo
que nos debemos los dos, es amor, amarnos mucho, amarnos
siempre. ¿No podemos pagar?...
Si se pasa a otro punto esencial
en la vida cristiana, la Eucaristía, Pablo ofrece una página
incomparable. La relación primera que se escribió sobre la Eucaristía
es la de Pablo, anterior a la de los Evangelios
escritos.
Pablo transmite el mandato del Señor: “Hagan esto como
memorial mío”. Y sigue Pablo: “Por lo mismo, coman de
este Pan y beban de este Cáliz, como memorial del
Señor, hasta que él vuelva” (1Co 11,23-27)
Finalmente, ser cristiano
exige imperiosamente la oración.
¿Ser hijos de Dios, y no
hablar a Dios nuestro Padre? Es un imposible. Eso sería
hacer callar - así, como suena, imponer silencio - al
Espíritu Santo, el cual, no sabiendo nosotros por cuenta propia
cómo orar, grita dentro de nosotros y con nosotros: ¡Padre,
papá!” (Ro 8,15)
Por eso Pablo insistirá:
“¡Sean perseverantes en
la oración!” (Ro 12,12) “Reciten juntos sin cesar salmos, himnos y
cánticos inspirados; canten y alaben en su corazón al Señor,
dando gracias siempre y por todo a Dios Padre, en
nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5,19-20)
Aquellos Obispos, con solo
unas palabras de los Hechos de los Apóstoles, dijeron quién
es y quién no es un cristiano católico. El cristiano
de los Hechos fue el que transformó el Imperio. Si
hubieran acudido además a San Pablo, la respuesta en cuestión
hubiese llenado varios folios.
Con la gracia de Dios,
nos mantenemos fieles a la doctrina de los Apóstoles guardada
fielmente en la Iglesia. Nos amamos sinceramente. Ofrecemos y recibimos
con fervor el Cuerpo del Señor en la Eucaristía.
Y
la plegaria no se cae de nuestros labios. Con estos
resortes, el cristiano de los Hechos socavó el Imperio. Y
el cristiano de hoy, con esos mismos resortes, actuaría decisivamente
en la sociedad moderna.
¡Qué bendición la que llevamos dentro
con nuestra fe cristiana y católica!...
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Pablo en esta dirección.
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