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Autor: Pedro García Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net 10. Filipos. Se abre la puerta de Europa
Fueron los primeros pasos del Evangelio en Europa, de la que saltará el nombre de Jesús a todo el mundo...despacio, porque Dios no tiene prisa.
El Papa Benedicto XVI estableció el Año del Apóstol San
Pablo, comprendido entre las fechas 28 de Junio del 2008
al 29 de Junio del año 2009, para conmemorar el
Bimilenario del nacimiento de Pablo, el hombre más providencial que
Dios regaló a la Iglesia naciente.
En las meditaciones de los
lunes y martes realizaremos un modesto programa que pretende dar
a conocer la vida del Apóstol y exponer en forma
sencilla la doctrina cristiana de sus cartas inmortales, las catorce
clásicas, incluida la de los Hebreos, la cual contiene claramente
de principio a fin el pensamiento paulino, y encontrar
por nosotros mismos las enseñanzas que Pablo nos transmite
a todos. Pedro García Misionero Claretiano.
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Hay acontecimientos a veces
muy sencillos que tienen una trascendencia enorme. Como el que
nos toca ver hoy en la vida de Pablo con
la primera Iglesia cristiana en Europa, aunque tal vez ya
existiera una anterior en Roma.
Pablo se encuentra en el
puerto de Tróade, preguntándose:
-¿Hacia dónde voy?...
El Espíritu
del Señor Jesús le saca de dudas. Dormía Pablo -si
es que podía dormir con tanta ilusión-, cuando ve delante
de sí en visión a uno de aquellos hombres griegos
que el amigo Lucas le señalaba con el dedo. La
indumentaria del que se le aparecía no le engañaba. Y
más, cuando el hombre se le planta delante y le
suplica angustiado:
-¡Pasa a Macedonia, y ayúdanos!...
Se alejó el
de la visión, y Pablo entusiasmaba después a todos:
-¡Vamos
a Macedonia! Está sólo a dos días de navegación. No
esperamos más…
El grupo lo forman al menos cuatro: Pablo,
Silas, Timoteo y Lucas, que va ser en adelante cronista
de Pablo y hablará en primera persona, como testigo presencial
de todo.
Desembarcan los misioneros en Neápolis, y a quince
kilómetros se encuentran dentro de Filipos, ciudad no muy grande,
bella, colonia cargada de privilegios por Roma. Llegado el sábado
se dirigen a la vera del río o a los
pies de una de las famosas fuentes.
Allí se encuentran
con un grupo de mujeres “piadosas”, es decir, creyentes y
adoradoras del Dios de Israel, adheridas a la pequeña comunidad
judía allí existente, que cada sábado hacen de aquel rincón
su lugar de descanso, de reunión y de plegaria.
Una
de estas mujeres se hará célebre: Lidia, natural de la
Tiatira del Apocalipsis, comerciante de telas de púrpura, negocio de
lujo y que daba dinero.
“Nos escuchaba atenta -dice
Lucas-, y el Señor le abrió el corazón para que
se adhiriese a las palabras de Pablo”.
Se prepara bien,
se bautiza con todos los suyos, y Pablo tiene que
luchar con ella, que quiere alojar en su casa a
los misioneros:
-¡Gracias! Pero no aceptamos el hospedarnos en tu
casa, que ofreces con tanta generosidad. Queremos vivir por nuestra
cuenta, ganándonos la vida con nuestras propias manos.
Lidia se
mantiene terca:
-Trabajen lo que quieran y siéntanse libres. Pero hospedarse,
se hospedarán en mi casa…
No hubo remedio, pues “nos
obligó”, añade Lucas, y aquella casa acomodada vino a ser
la primera iglesia europea, cuidada por Lidia, la primera cristiana
europea también.
Esta acogida y este primer paso del Evangelio
en Filipos resultan una delicia. Aunque el siguiente hecho va
a tener consecuencias desagradables. Al dirigirse los misioneros al lugar
de oración que ya conocemos, les salía al encuentro en
la calle una muchacha pitonisa, bruja que adivinaba las cosas.
Como era esclava, sus dueños, probablemente sacerdotes paganos, sacaban con
ella buenas cantidades de dinero, como todos los adivinos, y
más con ésta joven que estaba endemoniada. Así, que empezó
a gritar:
“Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, que
anuncian el camino de la salvación”.
Esto un día y
otro día. Hasta que Pablo se hartó:
“En nombre de
Jesucristo te mando que salgas de ella”.
El demonio abandonó
a su víctima ante la voz imperiosa del Apóstol. Pero,
¿cuál fue la consecuencia?
Viendo los amos de la muchacha,
liberada del demonio y hecha tal vez cristiana, que habían
perdido con ella el negocio que tanto dinero les daba,
amotinan a la ciudad, agarran a Pablo y a Silas,
los llevan hasta el ágora y los presentan a los
magistrados romanos:
“Estos judíos alborotan nuestra ciudad y predican unas
costumbres que nosotros, romanos, no podemos aceptar”.
¿Judíos?... Esto han
dicho los acusadores. Entonces las autoridades romanas toman una precipitada
resolución, de la que se van a arrepentir:
-¡A azotarlos!...
Y después de una feroz flagelación aplicada por los lictores
con varas, ordenan:
-Carcelero, guárdalos bien y con todo cuidado…
El carcelero lo hizo tan bien que los metió en
el calabozo más hondo y con los pies sujetados en
el cepo.
Seguimos contando, pero vale más que dejemos la
palabra a Lucas:
“Hacia la media noche Pablo y Silas
estaban en oración cantando himnos a Dios; los presos los
escuchaban. De repente se produjo un terremoto tan fuerte que
se conmovieron los mismos cimientos de la cárcel. Al momento
quedaron abiertas todas las puertas y se soltaron las cadenas
de todos”.
Momento terrible para el pobre carcelero. Como tenía
pena de muerte si dejaba escapar a los presos, y
pensaba que todos habían huido aprovechado las puertas abiertas, toma
su espada y la dirige a su pecho para matarse.
Pablo que lo ve, grita con todas sus fuerzas:
¡No
lo hagas, que estamos todos aquí!...
Ahora vino la complicación
a las autoridades romanas, cuando mandaron a los lictores:
-Vayan,
y digan al carcelero que deje libres a los dos
presos de ayer.
Al recibir la comunicación de la
libertad, Pablo se planta:
-¿Cómo? Después de habernos azotado públicamente
sin habernos juzgado, a pesar de ser nosotros ciudadanos romanos,
nos echaron a la cárcel; ¿y ahora quieren mandarnos de
aquí a escondidas? ¡Eso, no! Que vengan ellos a sacarnos.
Los lictores transmiten las palabras de Pablo a sus superiores:
-¿Ya saben que han azotado y metido en prisión a
dos ciudadanos romanos?
-¿Quéee?...
Con el miedo que es de
suponer, los pretores piden ahora muy mansitos, ante el grave
castigo que les podía venir a ellos:
-¡Por favor, marchen,
marchen!...
Los misioneros marcharon. En Filipos dejaban la Iglesia más
querida de Pablo, como lo demuestra la carta que años
más tarde les escribirá y que nosotros veremos en su
momento.
Estos fueron los primeros pasos del Evangelio en Europa, de
la que saltará el nombre de Jesús a todo el
mundo. Despacio, porque Dios no tiene prisa. Formadas las naciones
cristianas de Europa, de ellas surgirán innumerables apóstoles que oirán
lo del macedonio.
-¡Ven a esta América recién descubierta, y
ayúdanos!...
Javier escuchará: ¡Ven a la India, al Japón, a
China!...
Daniel Comboni, igual: ¡Adéntrate en África!...
Pedro Luis Chanel,
apegando los oídos al suelo, percibirá voces: ¡Ven a las
islas perdidas de la Oceanía!…
Hoy oímos este grito en
todas nuestras Iglesias, lo atendemos con la generosidad de Pablo,
y el Evangelio corre, no se detiene y va llegando
a todas las gentes.
Porque la Iglesia misionera responde siempre
“¡Sí!” al Espíritu que la llama y la envía…
Puedes encontrar todas las reflexiones anteriores de
San Pablo en esta dirección.
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