 |
| La resurrección de Cristo |
Cristo ha resucitado. La Iglesia lo anuncia
muchas veces durante esta Vigilia Pascual y no se cansará
de repetirlo durante estos días de Pascua. Por todas partes
hace resonar sus aleluyas, expresión de alabanza a Dios, pero
también de euforia, de alegría, de entusiasmo. ¡Aleluya! La Iglesia
está desbordante de gozo y por eso se pone a
cantar. Necesita desahogar de mil maneras su alegría, su felicidad:
Jesús ha resucitado. “Surrexit Dominus vere, alleluia”. El Señor ha
resucitado. ¡De veras! Aleluya, alegrémonos.
Alegrémonos por Cristo, nuestro Salvador, nuestro
mejor Amigo, que ya ha triunfado. Ya ha dejado de
sufrir. Ya vive glorioso, para siempre. Con corazón noble y
generoso nos alegramos, sobre todo, por El. Porque se lo
merece. Porque ha estado grande con nosotros, magnífico. Porque pasó
toda su vida haciendo el bien y murió pudiendo decir:
“Misión cumplida”. Nos alegramos sinceramente de que El ya pueda
descansar junto al Padre. Se lo merece. Nadie nos ha
amado como El. Nadie ha sido tan bueno y generoso
como El. Y nos alegra sinceramente que El ya descanse,
que sea feliz junto al Padre. Se lo merece.
Pero esta
fiesta, obviamente, no es sólo para Cristo. Es una fiesta
para todos nosotros. También debemos estar alegres por nosotros mismos.
Yo nada más quisiera detenerme en dos motivos. Luego ya
tendremos toda la Pascua para seguir penetrando, con la gracia
de Dios, en este gran misterio de la Resurrección. Pero,
por ahora, dos motivos:
a. En primer lugar, debemos alegrarnos
porque Cristo está vivo.
Ese es el mensaje que los
ángeles dan a las mujeres a la entrada del sepulcro:
“¿por qué buscáis entre los muertos, al que está vivo?
No está aquí, ha resucitado”.
Cristo está vivo. Estamos ya tan
acostumbrados a esta verdad que quizá no nos damos cuenta
de lo grandiosa que es, en su sencillez. Para entenderla
nos puede ayudar el imaginar la experiencia que hicieron los
apóstoles durante los momentos de la pasión y muerte de
Cristo. Cristo para ellos era todo:
era su Amigo:
la persona que mejor les conocía, hasta dentro, y que
mayor bien les había hecho.
era su Maestro:
El tenía la respuesta para todo; y, obviamente, la respuesta
verdadera, auténtica. Era su Verdad.
era su Camino, su Ideal,
su Modelo: sabían que, siendo como El, agradarían a Dios.
era su Fuerza, el que aplacaba la tempestad con un
gesto de la mano
era su Sostén, con El podrían
incluso caminar sobre las aguas y dar de comer a
las multitudes. Con El sí se podía El era
TODO: Amigo, maestro, modelo, apoyo... todo. Y, de repente, de
un día para otro, ven que Jesús no se defiende,
no se esconde, le traicionan, le apresan, no hace ningún
milagro, lo golpean, lo flagelan, lo crucifican... ¡lo matan!
Imagínense a los apóstoles: no podían creer lo que había
pasado; el Maestro ha muerto... ¡Qué angustia, qué desilusión, qué
amargura! Porque hay algo peor que no conocer a Cristo.
Sí, hay algo mucho peor: y es haberlo conocido y
perderlo. Y los apóstoles habían perdido a Cristo. Cristo había
muerto. Y, con El, habían muerto sus ilusiones, sus ideales,
su confianza, su felicidad.
Pero, de repente, la noticia:
¡el Maestro ha resucitado! Poco a poco la noticia se
va imponiendo: ¡Jesús está vivo y se ha aparecido a
las mujeres, y a éste y a este otro!
Imagínense el
suspiro de alivio, la satisfacción interior, la felicidad profunda que
sentirían los apóstoles. Pues bien, ésa tiene que ser también
la nuestra: Cristo está vivo. Está vivo ahora, hoy. Y
no de un modo metafórico (como el que dice que
vivirá en el recuerdo de los que le seguirán o
le amarán...) No: Cristo está vivo realmente. La vida cristiana
no es una doctrina filosófica, es la relación de amistad
con Cristo, un diálogo de amistad. Y podemos entablar esta
relación de amistad precisamente por eso: porque está vivo. Un
cadáver, un muerto, no puede hacer compañía y tampoco la
necesita, no puede hablar y tampoco escucha, no puede ayudar
y de nada sirve lo que se le haga. No:
Cristo, nuestro Amigo, está vivo. Por eso podemos hablar con
El, vivir juntos, llorar y reír juntos, trabajar juntos. No
tenemos por qué envidiar a los apóstoles, pues también nosotros
podemos entablar una relación auténtica, real, no sólo imaginativa, con
Cristo. Esta simple verdad, bien creída y asimilada, bastaría para
que muchas cosas cambiaran en nuestra vida.
b. Una segunda razón
por la que debemos alegrarnos es que Cristo, precisamente porque
está vivo, continúa amándonos, continúa buscando nuestra salvación, continúa actuando.
Está claro que, después de todo lo que Jesús ha
hecho por nosotros, no va a dejar la tarea a
la mitad.... Eso nos tiene que dar una grandísima confianza:
Cristo resucitado, Cristo glorioso no se olvida de sus hermanos,
de sus amigos que todavía no han alcanzado la gloria.”Ve
a mis hermanos y diles...” Hermanos: así nos llama en
la aparición a María Magdalena.
Un detalle de las apariciones del
resucitado que me llama la atención es el hecho que
Cristo haya querido resucitar manteniendo las huellas de las heridas
en sus manos, en sus pies, en su costado. Está
claro que son heridas gloriosas, que no le causan dolor,
pero al fin y al cabo son heridas. Puesto a
resucitar, podía haber quedado perfecto, sin ninguna huella. Pero no.
Quiso conservar sus heridas. ¿Por qué? ¿Sano orgullo del soldado
que conserva sus cicatrices como si fueran medallas? ¿Una forma
para acordarse de nosotros? ¡Quién sabe! Bueno, El sí lo
sabe. Pero a mí me agrada pensar que nos quería
dar a entender precisamente esto: aunque ya esté glorioso, aunque
ya esté resucitado y triunfante, El no se desentiende de
nosotros, sino que nos recuerda y recordará siempre y no
dejará a la mitad la obra que comenzó en nosotros.
Continuará su obra en cada uno de nosotros hasta que
alcancemos lo que El nos mereció con su cruz.
Durante este
periodo pascual nos acompañará siempre en la capilla el cirio,
símbolo de Jesús resucitado. Ojalá que siempre que lo veamos,
miremos los cinco clavos, símbolo de sus llagas, y nos
acordemos precisamente de esto: que El está vivo, nos ama
y sigue actuando en nuestra vida. Que esto sea el
sostén de nuestra alegría y de nuestra confianza pascual.
Preguntas
o comentarios al autor P. José Luis Richard, L.C.
|
|