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Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net Gente importante
Ante los ojos de Dios, ¿quién es importante? A la luz del amor y de la entrega se ve quién es realmente grande, quién es “gente importante”.
Gente importante
La prensa nos presenta cada día a hombres y mujeres
famosos. Personajes del hoy, esos que escriben la historia con
opciones dramáticas y decisivas. Personajes del ayer, a los que
recordamos en un aniversario o cuando llega la noticia de
su muerte: “Fulanito, director de cine, murió con 93 años”.
“Menganito, presidente del gobierno en la crisis X, acaba de
dejarnos...”
Gente importante: empresarios, militares, guerrilleros, pensadores, literatos, deportistas... Gente que
ha sido conocida, de la que se ha hablado durante
meses o años. Gente que ha dejado huella en la
historia.
Otros muchos, la inmensa mayoría, viven una vida sencilla, oculta,
sin ninguna importancia aparente. Son oficinistas encerrados horas y horas
en un despacho. Son obreros que ajustan piezas de coches
en una fábrica. Son campesinos que miran al cielo en
espera de lluvia mientras arrojan la semilla entre los surcos.
Son padres y madres de familia que besan a sus
hijos, los visten, los cuidan y les dan comida, medicinas
y consejos.
No aparecen en la prensa. No son protagonistas del
cine. No ganan premios de fórmula uno o la copa
mundial de fútbol. Sin embargo, tejen, con hilos finos, parte
de la trama del mundo, pequeñas notas de esa vida
hecha de mil colores, penas y alegrías. Sus corazones laten
para lo ordinario, y con lo ordinario llenan de esperanza
y de cariño la vida de millones de casas y
chabolas en casi todos rincones de la tierra.
Ante los ojos
de Dios, ¿quién es importante? Tal vez ese político famoso
resulte ser un mezquino y un egoísta, mientras el anciano
que ayuda a limpiar la casa de sus nietos brilla
con una luz intensa, azul y blanca, entre los ángeles
que cantan y las estrellas que suspiran alegrías.
A la luz
del amor y de la entrega se ve quién es
realmente grande, quién es “gente importante”. Es importante ese niño
al que la policía aparta con violencia mientras pasa un
futbolista famoso, porque todas las tardes dedica su tiempo a
escuchar a su abuelita. Es importante ese enfermo que reza,
con un rosario entre sus dedos hambrientos de justicia, para
que el terrorismo y las guerras dejen de hacer llorar
a miles de inocentes. Es importante ese señor o esa
señora que cada noche, mientras la luna pasea por los
cielos, se pone de rodillas, junto a los hijos, para
rezar, en familia, una oración que conmueve el corazón de
Dios: “Padre nuestro...”
No vale la pena ser fuego de hojarasca
o fulgor de pirotecnia. No sirve para nada tener un
lugar en los manuales de historia, en las páginas de
la prensa, y no haber dado amor a quien vivía
a nuestro lado. Sólo importa darse a otros, ser fiel
a la esposa o al esposo, dar cariño a los
padres ancianos y a los hijos, al vecino y a
ese enemigo que, quizá, necesita sentir el amor de Dios
a través del perdón que le ofrece un corazón bueno.
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