|
Audiencia miércoles 14 de febrero de 1979
1.
Jesús enseña a sus discípulos a orar.
El camino de
la oración quizá nos resulta familiar. Quizá comprendemos con más
facilidad que sin ella no es posible convertirse a Dios,
permanecer en unión con Él, en esa comunión que nos
hace madurar espiritualmente. Sin duda, entre vosotros, que ahora me
escucháis, hay muchísimos que tienen una experiencia propia de oración,
que conocen sus varios aspectos y pueden hacer partícipes de
ella a los demás. En efecto, aprendemos a orar orando.
El Señor Jesús nos ha enseñado a orar ante todo
orando Él mismo: «y pasó la noche orando» (Lc. 6,12);
otro día, como escribe San Mateo, «subió a un monte
apartado para orar y, llegada la noche, estaba allí sólo»
(Mt. 14,23). Antes de su Pasión y de su Muerte
fue al monte de los Olivos y animó a los
Apóstoles a orar, y Él mismo, puesto de rodillas, oraba.
Lleno de angustia, oraba más intensamente (cf. Lc 22,39- 46).
Sólo una vez, cuando le preguntaron los Apóstoles: «Señor, enséñanos
a orar» (Lc 11,1), les dio el contenido más sencillo
y más profundo de su oración: el «Padrenuestro».
2. Todos
nosotros, cuando oramos, somos discípulos de Cristo.
Dado que es imposible
encerrar en un breve discurso todo lo que se puede
decir o lo que se ha escrito sobre el tema
de la oración, querría hoy poner de relieve una sola
cosa. Todos nosotros, cuando oramos, somos discípulos de Cristo, no
porque repitamos las palabras que Él nos enseñó una vez
–palabras sublimes, contenido completo de la oración–; somos discípulos de
Cristo incluso cuando no utilizamos esas palabras. Somos sus discípulos
sólo porque oramos: «Escucha al Maestro que ora; aprende a
orar. Efectivamente, para esto oró Él, para enseñar a orar»,
afirma San Agustín (Enarrationes in Ps. 56,5). Y un autor
contemporáneo escribe: «Puesto que el fin del camino de la
oración se pierde en Dios, y nadie conoce el camino
excepto el que viene de Dios: Jesucristo... Es necesario (...)
solamente fijar los ojos en Él, porque Él es el
camino, la verdad y la vida. Sólo Él ha recorrido
el camino en las dos direcciones. Es necesario poner nuestra
mano en la suya y partir» (Y. Raguin, Chemins de
la contemplation, Desclee de Brouwer, 1969, p.179).
Orar significa hablar con
Dios –o diría aún más–, orar significa encontrarse en el
único Verbo eterno a través del cual habla el Padre,
y que habla al Padre. Este Verbo se ha hecho
carne, para que nos sea más fácil encontrarnos en Él
también con nuestra palabra humana de oración. Esta palabra puede
ser muy imperfecta a veces, puede tal vez hasta faltarnos;
sin embargo, esta incapacidad de nuestras palabras humanas se completa
continuamente en el Verbo, que se ha hecho carne para
hablar al Padre con la plenitud de esa unión mística
que forma Él con cada hombre que ora. En esta
particular unión con el Verbo está la grandeza de la
oración, su dignidad y, de algún modo, su definición.
Es necesario
sobre todo comprender bien la grandeza fundamental y la dignidad
de la oración. Oración de cada hombre. Y también de
toda la Iglesia orante. La Iglesia llega, en cierto modo,
tan lejos como la oración, dondequiera que haya un hombre
que ora.
3. La plegaria del Padrenuestro.
Es necesario orar basándose en
este concepto esencial de la oración. Cuando los discípulos pidieron
al Señor Jesús: «Enséñanos a orar», Él respondió pronunciando las
palabras de la oración del Padrenuestro, creando así un modelo
concreto y al mismo tiempo universal. De hecho, todo lo
que se puede y se debe decir al Padre está
encerrado en las siete peticiones que todos sabemos de memoria.
Hay en ellas una sencillez tal, que hasta un niño
las aprende, y a la vez una profundidad tal, que
se puede consumir una vida entera en meditar el sentido
de cada una de ellas. ¿Acaso no es así? ¿No
nos habla cada una de ellas, una tras otra, de
lo que es esencial para nuestra existencia, dirigida totalmente a
Dios, al Padre? ¿No nos habla del pan de cada
día, del perdón de nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos,
y, al mismo tiempo, de preservarnos de la tentación y
de librarnos del mal?
Cuando Cristo, respondiendo a la pregunta de
los discípulos «Enséñanos a orar», pronuncia las palabras de su
oración, enseña no sólo las palabras, sino enseña que en
nuestro coloquio con el Padre debemos tener una sinceridad total
y una apertura plena. La oración debe abrazar todo lo
que forma parte de nuestra vida. No puede ser algo
suplementario o marginal. Todo debe encontrar en ella su propia
voz. También todo lo que nos oprime; de lo que
nos avergonzamos; lo que por su naturaleza nos separa de
Dios. Precisamente esto, sobre todo. La oración es la que
siempre, primera y esencialmente, derriba la barrera que el pecado
y el mal pueden haber levantado entre nosotros y Dios.
A
través de la oración, todo el mundo debe encontrar su
referencia justa: esto es, la referencia a Dios: mi mundo
interior y también el mundo objetivo, en el que vivimos
y tal como lo conocemos. Si nos convertimos a Dios,
todo en nosotros se dirige a Él. La oración es
la expresión precisamente de este dirigirse a Dios; y esto
es, al mismo tiempo, nuestra conversión continua: nuestro camino.
Dice la
Sagrada Escritura: «Como baja la lluvia y la nieve de
los cielos y no vuelven allá sin haber empapado y
fecundado la tierra y haberla hecho germinar, dando la simiente
para sembrar y el pan para comer, así la palabra
que sale de mi boca no vuelve a mi vacía,
sino que hace lo que Yo quiero y cumple su
misión» (Is 55,10?11).
La oración es el camino del Verbo que
abraza todo. Camino del Verbo eterno que atraviesa lo íntimo
de tantos corazones, que vuelve a llevar al Padre todo
lo que en Él tiene su origen.
La oración es el
sacrificio de nuestros labios (cf Heb 13,15). Es, Como escribe
San Ignacio de Antioquia, «agua viva que susurra dentro de
nosotros y dice: ven al Padre» (cf. Carta a los
romanos VII 2).
|