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Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Cantar a María
Porque necesitamos la paz de su mirada, el calor de su compañía, la ternura de su afecto, la alegría de su sí al Padre.
Cantar a María
Cantar a María es una manera íntima, humana, muy nuestra,
de cantar a Dios. Es reconocer que la Redención ha
sido completa en nuestra Madre. Es celebrar que Ella, en
cierto modo, nos representa ante el Dios amante de la
vida, redentor del hombre y de la historia.
Cantar a María
es mirar al mundo con ojos distintos. Porque la santidad
divina purificó completamente una existencia humana. Porque el sí de
la creatura fue genuino y alegre. Porque el Amor encontró
en una joven de Nazaret su morada. Porque no faltó
el vino en Caná y empezaron, para todo el mundo,
las bodas del Cordero.
Cantar a María es reconocer la grandeza
de Dios. Porque mira al humilde, porque acoge al débil,
porque rechaza al soberbio, porque salva al pecador arrepentido. Porque
quiso ser Niño, porque quiso tener Madre humana, porque empezó
a ser Hermano nuestro. Porque tuvo necesidad de alguien que
sufriese, como Mujer, como Mediadora, al lado de la cruz.
Cantar
a María es aprender a ser como niños. Porque necesitamos
la paz de su mirada, el calor de su compañía,
la ternura de su afecto, la alegría de su sí
al Padre. Porque queremos ser creyentes como Ella, porque necesitamos
fiarnos de Dios, porque no nos resulta fácil caminar en
las tinieblas, porque necesitamos ayuda para escuchar la voz del
Espíritu.
Cantar a María es parte de nuestro caminar cristiano. No
hay Hijo del Hombre sin la Madre. Jesús la quiso,
y, en Ella, nos quiso a todos. También a quien
lucha contra el egoísmo, a quien siente difícil la pureza,
a quien piensa que es imposible el amor al enemigo.
También a quien se levanta, una y mil veces, tras
la caída, para pedir perdón a Dios (un Dios presente
a través del sacerdote que repite lo que diría el
Hijo: te perdono).
Cantar a María es decir, simplemente, desde el
corazón, un gracias a Dios. Porque en su Madre nos
ha amado con locura. Porque venció así nuestro pecado. Porque
nos abrió el cielo, donde está Ella esperándonos. Porque nos
quiere pequeños, débiles, pero seguros: no hay miedo junto a
la Madre. Sólo hay esperanza, alegría y amor sincero.
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