Autor: P. Sergio Córdova LC | Fuente: Catholic.net La más tierna de las madres y la más poderosa de las reinas
Ella nos consolará, nos confortará, nos acompañará en el camino de este nuevo año y de toda la vida.
La más tierna de las madres y la más poderosa de las reinas
El sacerdote y escritor español José Luis Martín Descalzo narra
en una de sus obras: «Recuerdo que hace ya muchos
años, me encontraba desayunando en la cafetería de un hotel
de Roma. Se me acercó una chica japonesa, y me
preguntó si yo era sacerdote. Le respondí que sí, y
entonces me dijo a bocajarro:
–“¿Podría usted explicarme quién es
la Virgen María?”. Sus palabras me sorprendieron tanto que sólo
supe responder: –“¿Por qué me hace esa pregunta?”. Y aún
recuerdo sus ojos tan conmovidos cuando me explicó: –“Es que
ayer oí rezar por primera vez el Avemaría, y no
sé por qué me he pasado toda la noche llorando”.
Y entonces tuve que explicarle que también yo necesitaría pasarme
muchas noches llorando para poder responder a esa pregunta....».
Y
para ti, querido amigo, ¿quién es la Virgen María?... La
solemnidad del día de hoy nos da una respuesta, que
corresponde a uno de los muchos títulos de María Santísima:
1)
María es la Madre de Dios.
¡Tantas veces lo hemos escuchado
y lo rezamos cada día que tal vez ya nos
hemos acostumbrado! Debido a nuestra educación y al ambiente en
el que vivimos, tal vez ya no nos impresiona ni
nos dice nada –como sucede, tristemente, con tantas otras verdades
y misterios de nuestra fe—. A fuerza de repetir las
cosas, nos hemos arrutinado e insensibilizado.
Pero no era así para
los cristianos de los primeros siglos de la Iglesia. Les
parecía algo increíble, inaudito y –si me permiten la expresión—
algo apoteósico. ¿Cómo era posible que una criatura humana pudiera
ser la madre del Dios infinito y omnipotente? Eso sólo
cabía en los mitos paganos y en los círculos heréticos
de la religión politeísta. Y tanto era así que insignes
teólogos de entonces se opusieron rotundamente a esta afirmación. Y
cuando no aceptaron la doctrina de la Iglesia, se convirtieron
en “herejes”: Arrio, Nestorio y otros.
¡María Santísima es realmente la
Madre de Dios! Así lo había revelado Dios mismo en
la Sagrada Escritura y lo ratificaban los Santos Padres y
los Concilios de la Iglesia. Fue en Éfeso, el año
431, cuando se proclamó solemnemente a María como la “Theotókos”,
la que engendró a Dios. Y después de once siglos
exactos, el año 1531, María de Guadalupe se aparecía en
México al indio Juan Diego, diciéndole: “Juanito, el más pequeño
de mis hijos, sabe y ten entendido que yo soy
la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien
se vive”.
María ha engendrado al Hijo de Dios y Dios
ha nacido de las entrañas purísimas de María porque Él
así lo ha querido. El Verbo se hizo carne en
María y así pudo habitar entre nosotros, para redimirnos y
realizar el plan de salvación. Gracias a ella, Dios ha
podido hacer nuevas todas las cosas.
Como afirma bellamente san
Anselmo: “Dios, a su Hijo, el único engendrado de su
seno igual a sí, al que amaba como a sí
mismo, lo dio a María; y de María se hizo
un hijo, no distinto, sino el mismo, de suerte que
por naturaleza fuese el mismo y único Hijo de Dios
y de María.
Toda la naturaleza ha sido creada por
Dios, y Dios ha nacido de María. Dios lo creó
todo, y María engendró a Dios. Dios, que hizo todas
las cosas, se hizo a sí mismo de María; y
así rehizo todo lo que había hecho. El que pudo
hacer todas las cosas de la nada, una vez profanadas,
no quiso rehacerlas sin María. Por eso, Dios es padre
de las cosas creadas y María es madre de las
cosas recreadas. Dios es padre de la creación y María
es madre de la universal restauración”.
2) Y María, por ser
la Madre de Dios, es también todopoderosa como Medianera.
San Bernardo
y los Santos Padres solían llamarla “Omnipotentia supplex”, la Omnipotencia
suplicante. Porque es la más poderosa de las reinas y
la más eficaz de las intercesoras. En Caná arrancó a
su Hijo el primer milagro “cuando aún no había llegado
su hora”. Y puede hacer siempre lo mismo, si acudimos
a ella con fe, con confianza y amor filiales, pues
una madre no niega nada a un hijo.
Los siglos XV
y XVI fueron una gravísima amenaza para la cristiandad. Los
turcos arrasaban Europa con la pretensión de conquistarla para el
Islam (hoy también se cierne un peligro no muy diferente).
Y entonces el Papa Pío V armó a la Iglesia
con el santo Rosario para la defensa de la civilización
cristiana. El 7 de octubre de 1571 la flota cristiana
presentó batalla a los turcos en Lepanto. La victoria fue
clamorosa. Por eso el sultán Solimán decía: "Le tengo más
miedo a las oraciones del Papa que a los ejércitos
europeos". ¡A las oraciones a María Santísima!
Fátima, Lourdes, persecución de
la Iglesia en el siglo XX y XXI... Las cosas
no han cambiado demasiado. Y María sigue siendo hoy y
siempre el “Auxilio de los cristianos”.
3) María es también mi
Madre.
Entonces, con María, ¡estamos seguros, somos poderosos! San Estanislao de
Kotska solía repetir, lleno de ternura y emoción: “¡La Madre
de Dios es también mi madre!”. Y en esta expresión
encerraba toda su relación íntima, personal y afectiva con María
Santísima. Un amor mutuo que enlazaba ambos corazones y en
él se sentía acogido y protegido.
“Oye y ten entendido,
hijo mío el más pequeño, que es nada lo que
te asusta y aflige. No se turbe tu corazón ni
te inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy
tu madre? ¿No estás bajo mi sobra? ¿No estás por
ventura, en mi regazo?”… Ya sabemos de quién son estas
palabras. ¡Todos necesitamos de una madre, necesitamos de María! Sobre
todo en los momentos difíciles de la vida, en la
aflicción, en la soledad, en la tribulación. Ella nos consolará,
nos confortará, nos acompañará en el camino de la vida
hasta llegar al cielo, a la presencia adorable de su
bendito Hijo.
Por eso, en este día en que iniciamos el
Año nuevo y en el que celebramos la solemnidad de
la Madre de Dios, acudamos a nuestra Madre santísima, postrémonos
ante ella, acojámonos en su regazo maternal y, con todo
el afecto de nuestro corazón, consagrémosle todo nuestro ser.
¡Ella
es la más tierna de las madres y la más
poderosa de las reinas! Con ella todo lo podemos. Pidámosle
con todas las veras de nuestra alma lo que traigamos
en lo más íntimo de nuestro corazón y ella nos
lo concederá. Y ojalá que nosotros también podamos decir,
como el Papa Juan Pablo II: “Totus tuus, Maria, ego
sum!”, “Todo tuyo, María, yo soy!”.
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Es tan grande el misterio que encierra María, y lo que logra en nosotros al ponernos en oración, que es muy dificil decir con palabras lo que siento al saber mas de ella.
Gracias por compartir estos relatos...
Nancy...
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